En las guerras del siglo XXI ya no basta con conquistar una ciudad, destruir una infraestructura estratégica o derrotar a una unidad militar. Existe otro campo de batalla, menos visible pero extraordinariamente importante, en el que los contendientes luchan por imponer su interpretación de los acontecimientos: el de la información, la percepción y el relato.
Una guerra puede librarse simultáneamente sobre el terreno y en las pantallas de millones de ciudadanos que, a miles de kilómetros del frente, reciben imágenes, declaraciones, vídeos, testimonios, análisis y mensajes destinados a convencerles de quién tiene razón, quién es el agresor, quién es la víctima, quién está ganando y, sobre todo, qué significado debe atribuirse a lo que está sucediendo.
Es lo que en los últimos años se ha denominado guerra de narrativas o narrative warfare. El concepto parte de una idea sencilla: en un conflicto no solo se combate por controlar territorios o destruir capacidades militares, sino también por controlar la explicación de lo que ocurre. Cada actor intenta construir una historia coherente en la que sus propias acciones aparezcan justificadas, sus objetivos sean presentados como legítimos y los del adversario como ilegítimos, peligrosos o moralmente inaceptables.
La guerra de narrativas no significa necesariamente que todo lo que comunique una de las partes sea falso. Este es uno de los aspectos más importantes para entender el fenómeno. Una narrativa puede estar construida sobre hechos reales y, al mismo tiempo, seleccionar determinados acontecimientos, omitir otros, emplear un vocabulario concreto y establecer una relación de causa y efecto destinada a favorecer una determinada interpretación. El poder de una narrativa no reside únicamente en inventar hechos, sino en decidir qué hechos se cuentan, cómo se cuentan, cuándo se cuentan y a qué audiencia se dirigen.
La propia OTAN reconoce que el término «guerra de información» puede resultar demasiado amplio y distingue entre fenómenos como la desinformación, la propaganda y la manipulación deliberada del entorno informativo. La Alianza señala que determinadas campañas no pretenden necesariamente conseguir que una población crea una mentira concreta. En ocasiones persiguen algo diferente: generar suficiente confusión como para que los ciudadanos dejen de distinguir entre información verdadera y falsa o terminen desconfiando de todas las fuentes.
Ahí aparece una de las grandes paradojas de la guerra contemporánea: para ganar la batalla narrativa no siempre es necesario convencer al adversario; en ocasiones basta con conseguir que deje de creer en cualquiera de las versiones disponibles.
La guerra que comienza antes de los disparos
La construcción de narrativas no empieza necesariamente cuando comienzan las operaciones militares. En muchos conflictos, los relatos se preparan durante meses o incluso años. Se crean marcos interpretativos, se identifican audiencias, se construyen enemigos, se recuperan episodios históricos y se establecen conceptos que posteriormente permiten interpretar cualquier acontecimiento.
Cuando finalmente llega la crisis, la sociedad ya dispone de un repertorio de explicaciones.
Por eso la narrativa estratégica puede ser considerada una especie de infraestructura invisible de la política exterior y de la seguridad nacional. Antes de que un misil alcance un objetivo, antes de que un ejército cruce una frontera o antes de que se anuncie una movilización, los actores políticos intentan explicar por qué determinados acontecimientos hacen inevitable, necesaria o legítima su actuación.
El relato permite responder a preguntas fundamentales: ¿quién comenzó?, ¿quién provocó?, ¿quién se está defendiendo?, ¿quién amenaza la seguridad?, ¿qué territorio pertenece legítimamente a quién?, ¿quién respeta las leyes internacionales?, ¿quién está atacando a civiles?, ¿quién está dispuesto a negociar?, ¿quién está bloqueando las negociaciones?
Las respuestas a esas preguntas constituyen buena parte de la batalla.
La investigación académica ha estudiado precisamente la utilización de las narrativas estratégicas para construir protagonistas, adversarios, amenazas y órdenes normativos. Un trabajo reciente publicado en International Affairs señala, por ejemplo, cómo la Unión Europea y la OTAN han ido modificando sus propias narrativas de seguridad a medida que cambiaban las amenazas y las crisis internacionales.
Dos historias para un mismo acontecimiento
Una de las características esenciales de la guerra de narrativas es que un mismo acontecimiento puede adquirir significados radicalmente diferentes dependiendo de quién lo explique.
Un ataque contra una instalación puede ser descrito por una parte como una operación militar legítima contra un objetivo estratégico y por la otra como un ataque deliberado contra infraestructura civil. Una movilización militar puede ser presentada como una respuesta defensiva o como la preparación de una ofensiva. La llegada de armas extranjeras puede ser interpretada como ayuda a un país agredido o como una escalada promovida por potencias externas.
El hecho puede ser el mismo. La historia que se construye alrededor de ese hecho puede ser completamente distinta.
Esta característica hace que la guerra de narrativas sea especialmente difícil de combatir. No todos los desacuerdos entre relatos constituyen desinformación. En ocasiones existen realmente diferentes interpretaciones de acontecimientos complejos. El problema aparece cuando una de las partes introduce deliberadamente información falsa, manipula imágenes, fabrica testimonios, utiliza cuentas falsas o presenta como hechos acontecimientos que nunca ocurrieron.
Pero incluso entonces la propaganda más eficaz no suele consistir exclusivamente en mentiras evidentes.
La propaganda moderna funciona mejor cuando mezcla elementos verdaderos, emociones, hechos incompletos, exageraciones y afirmaciones falsas dentro de una historia que resulta psicológicamente convincente.
El poder de las palabras
En este contexto, el lenguaje se convierte en una herramienta estratégica.
No es lo mismo hablar de «invasión» que de «operación militar». No es igual hablar de «resistencia» que de «terrorismo». Tampoco significa lo mismo hablar de «liberación» que de «ocupación». Las palabras no se limitan a describir la realidad: contribuyen a construirla.
Por eso los gobiernos y las organizaciones militares dedican una creciente atención a la comunicación estratégica, conocida habitualmente como Strategic Communications o StratCom.
La OTAN explica que la comunicación proactiva constituye uno de los instrumentos para hacer frente a las amenazas informativas y que la respuesta debe comenzar por comprender el entorno informativo en el que se desarrolla un conflicto.
La cuestión fundamental es que el relato debe ser capaz de llegar antes que el relato del adversario.
En la era de las redes sociales, las primeras horas posteriores a un acontecimiento pueden resultar decisivas. Una imagen difundida millones de veces puede fijar en la opinión pública una interpretación antes de que periodistas, investigadores o instituciones dispongan de tiempo suficiente para comprobarla.
La velocidad se convierte así en un arma.
De la televisión al teléfono móvil
Durante buena parte del siglo XX, la batalla informativa estuvo dominada por periódicos, emisoras de radio y cadenas de televisión. Los gobiernos controlaban buena parte del acceso a la información y los corresponsales constituían intermediarios fundamentales entre el campo de batalla y la opinión pública.
Internet modificó radicalmente este modelo.
Y las redes sociales lo transformaron todavía más.
Hoy un soldado puede grabar un vídeo desde el frente y distribuirlo directamente a millones de personas. Un civil puede retransmitir un ataque en tiempo real. Un dron puede registrar imágenes que después son utilizadas como prueba de una operación militar. Una cuenta anónima puede convertirse en una fuente de enorme influencia sin que el público conozca quién está detrás de ella.
La guerra de Ucrania constituye uno de los ejemplos más claros de esta transformación. La invasión rusa se convirtió en uno de los primeros grandes conflictos en los que teléfonos móviles, Telegram, TikTok, X, YouTube y otras plataformas participaron de manera permanente en la construcción de la percepción de la guerra. Reuters describió el conflicto como una guerra particularmente marcada por la desinformación y las operaciones psicológicas en el entorno digital.
La consecuencia es revolucionaria: el ciudadano deja de ser únicamente receptor de propaganda y puede convertirse simultáneamente en productor, distribuidor y amplificador de una narrativa.
El ciudadano como combatiente informativo
Esta transformación introduce una diferencia fundamental respecto a la propaganda clásica.
Durante décadas, el Estado intentaba controlar los medios. Ahora, en cambio, necesita también conseguir que miles o millones de personas participen voluntariamente en la difusión de su interpretación de los acontecimientos.
La narrativa más poderosa no es necesariamente aquella que se repite más veces desde un ministerio. Puede ser aquella que millones de personas consideran suficientemente convincente como para compartirla con sus amigos, familiares y seguidores.
Un análisis difundido por Allied Command Transformation de la OTAN sobre la guerra de Ucrania subraya precisamente la importancia de las llamadas narrativas conectivas: relatos que no son únicamente diseñados desde las estructuras estatales, sino que son reproducidos y enriquecidos por civiles, militares, periodistas, blogueros y voluntarios.
La diferencia es importante.
Una propaganda estrictamente institucional puede resultar fría, previsible y poco creíble. Una historia contada por una persona que aparece en un vídeo desde una ciudad atacada puede producir una conexión emocional completamente distinta.
La narrativa deja entonces de ser únicamente una orden que baja desde el poder y se convierte en una historia que circula horizontalmente.
La emoción como multiplicador
Las narrativas no compiten únicamente con argumentos racionales.
Compiten, sobre todo, por emociones.
Miedo. Indignación. Orgullo. Patriotismo. Solidaridad. Venganza. Esperanza. Humillación. Victimismo. Deseo de justicia.
Una narrativa eficaz identifica aquellas emociones que ya existen en una sociedad y las conecta con acontecimientos concretos.
Por eso las imágenes tienen una importancia extraordinaria.
La fotografía de una familia huyendo, un edificio destruido, un niño herido, una bandera ondeando sobre una ciudad, un soldado abrazando a sus familiares o una multitud celebrando una victoria pueden adquirir un valor narrativo superior al de cientos de páginas de informes.
La imagen resume una historia.
Y, en una guerra, quien consigue decidir qué imágenes ve el mundo consigue también influir en cómo interpreta la guerra.
La selección de los hechos
Existe otra técnica mucho más sofisticada que la mentira directa: la selección.
Una organización puede proporcionar diez datos ciertos y dejar fuera otros diez igualmente ciertos. La información publicada puede ser rigurosamente auténtica y, sin embargo, producir una impresión incompleta.
Es lo que en comunicación se conoce como framing, el encuadre.
El encuadre determina qué aspecto de una realidad compleja ocupa el primer plano.
Un gobierno puede hablar durante semanas de sus bajas civiles y prácticamente no mencionar las bajas provocadas por sus propias operaciones. Su adversario puede hacer exactamente lo contrario.
Ambos pueden estar utilizando cifras reales.
Y ambos pueden estar construyendo una realidad parcial.
Esta es una de las razones por las que el periodismo profesional mantiene una importancia fundamental en las guerras contemporáneas. El periodista debería situarse precisamente en el espacio intermedio entre las narrativas enfrentadas: comprobar, contextualizar, contrastar y explicar.
La guerra de las cifras
Los números constituyen otra de las grandes armas narrativas.
¿Cuántos soldados han muerto? ¿Cuántos tanques han sido destruidos? ¿Cuántos civiles han fallecido? ¿Cuántos misiles han sido interceptados? ¿Cuánto territorio se ha conquistado? ¿Cuánto dinero se ha gastado?
En un conflicto, las estadísticas pueden convertirse en armas psicológicas.
Una parte puede exagerar las pérdidas del adversario para demostrar que está ganando. La otra puede minimizar las propias para mantener la moral de la población.
Y aparece un problema esencial: las cifras militares son extraordinariamente difíciles de verificar en tiempo real.
Por ello, el ciudadano puede encontrarse ante dos ejércitos de números: las bajas que anuncia un lado y las que anuncia el otro.
La verdad puede tardar semanas, meses o incluso años en emerger.
La narrativa de la victoria
Otro elemento esencial es la necesidad de demostrar que se está ganando.
En una guerra prolongada, la percepción de la victoria puede llegar a ser casi tan importante como determinados resultados militares.
Un ejército que sufre pérdidas pero mantiene la convicción de que está avanzando puede conservar la moral. Una sociedad que cree que su país está perdiendo puede comenzar a cuestionar el coste de la guerra incluso aunque la situación militar sea relativamente favorable.
Por eso cada parte intenta demostrar tres cosas simultáneamente: que su propio ejército es eficaz, que el enemigo está debilitándose y que el tiempo juega a su favor.
La narrativa de la victoria puede convertirse, por tanto, en una forma de resistencia.
Cuando el objetivo no es convencer
Quizá uno de los aspectos más interesantes de la guerra de narrativas contemporánea sea que no siempre pretende persuadir.
Puede pretender simplemente generar incertidumbre.
Si una población recibe diez versiones contradictorias sobre un mismo ataque, puede terminar pensando que nunca sabrá la verdad.
Este fenómeno ha sido señalado por la propia OTAN: algunas campañas informativas buscan crear confusión y erosionar la capacidad de distinguir entre hechos y ficción. El resultado buscado puede ser que una parte de la población adopte una determinada mentira, pero también que otra parte se canse y deje de prestar atención.
Esta segunda consecuencia es especialmente peligrosa.
Porque una sociedad democrática depende de ciudadanos capaces de formar opiniones a partir de información relativamente fiable.
Si desaparece la confianza en todas las fuentes, la desinformación alcanza una victoria sin necesidad de que nadie crea específicamente en ella.
El enemigo invisible: la desconfianza
La guerra de narrativas puede perseguir así un objetivo mucho más profundo que imponer una versión concreta.
Puede intentar destruir la confianza.
Confianza en el Gobierno. Confianza en los medios. Confianza en las Fuerzas Armadas. Confianza en las instituciones. Confianza en las elecciones. Confianza en los aliados. Confianza en la ciencia. Confianza incluso en otros ciudadanos.
Una sociedad profundamente desconfiada resulta mucho más vulnerable a la polarización.
Y la polarización constituye uno de los grandes objetivos estratégicos de determinadas campañas de influencia.
Porque una sociedad dividida tiene más dificultades para adoptar decisiones colectivas.
La guerra llega a las democracias
El problema ya no se limita a los países directamente involucrados en una guerra.
Una potencia extranjera puede intentar influir en la opinión pública de un país que no participa directamente en el conflicto. Puede explotar debates internos, tensiones sociales, inmigración, economía, energía, elecciones o descontento político.
El objetivo puede consistir en convencer a una parte de la población de que el adversario es responsable de sus problemas.
La información se convierte entonces en una herramienta de política exterior.
Un ejemplo especialmente relevante para Europa fue el caso rumano, donde las autoridades investigaron interferencias informativas y campañas digitales vinculadas al proceso electoral. La propia OTAN ha utilizado este tipo de episodios para advertir de la transición desde una respuesta reactiva frente a incidentes concretos hacia una estrategia de resiliencia permanente.
El papel de los algoritmos
La revolución narrativa no podría entenderse sin los algoritmos.
En la era de los medios tradicionales, un editor decidía qué noticia aparecía en portada. En las redes sociales, buena parte de la visibilidad depende de sistemas automatizados que priorizan contenidos en función de interacciones, intereses y comportamiento previo.
Y esto tiene una consecuencia: los contenidos más emocionales, polémicos o sorprendentes pueden tener una ventaja competitiva frente a los contenidos rigurosos pero menos llamativos.
Una explicación compleja sobre una operación militar puede recibir menos atención que un vídeo de veinte segundos acompañado de una acusación contundente.
La guerra de narrativas se encuentra, por tanto, condicionada por una economía de la atención.
No gana necesariamente quien tiene más información.
Puede ganar quien consigue más atención.
Bots, cuentas falsas y amplificación artificial
Las operaciones contemporáneas pueden utilizar además redes coordinadas de cuentas falsas para crear la sensación de que una determinada opinión es mucho más popular de lo que realmente es.
La técnica es conocida como comportamiento coordinado no auténtico.
Una afirmación puede aparecer simultáneamente en decenas de cuentas. Después puede ser recogida por usuarios reales y comenzar a circular de forma orgánica.
En ese momento resulta difícil separar la operación inicial de la conversación auténtica.
La propaganda ha conseguido integrarse en la conversación cotidiana.
Y esta es precisamente una de sus mayores fortalezas.
La inteligencia artificial entra en el campo de batalla
La inteligencia artificial está introduciendo una nueva dimensión.
Los deepfakes permiten generar vídeos o audios falsos en los que una persona parece decir algo que nunca dijo. Los sistemas generativos pueden producir imágenes ficticias de acontecimientos inexistentes. También pueden facilitar la traducción automática, personalización y producción masiva de mensajes destinados a diferentes públicos.
La OTAN advierte de que el desarrollo de la inteligencia artificial y los deepfakes puede ampliar la capacidad de las operaciones hostiles para generar confusión y erosionar la confianza en las comunicaciones.
Pero quizá el efecto más peligroso no sea que la inteligencia artificial permita fabricar una falsificación perfecta.
Puede ser que haga posible negar una imagen auténtica alegando que también podría haber sido generada por IA.
Si todo puede ser falso, incluso lo verdadero puede perder valor.
La paradoja del «todo es propaganda»
Este fenómeno genera una situación especialmente peligrosa.
Cuando una sociedad empieza a pensar que «todos mienten», la propaganda alcanza uno de sus objetivos más sofisticados.
El ciudadano deja de preguntar qué información es cierta y comienza a asumir que nunca podrá saberlo.
La frase «todos tienen su propia versión» puede parecer una posición prudente, pero en determinados contextos puede convertirse en una forma de relativismo informativo.
No todas las versiones tienen el mismo valor probatorio.
No todos los medios tienen el mismo nivel de profesionalidad.
No todas las imágenes son auténticas.
No todas las afirmaciones están respaldadas por pruebas.
Y no todos los actores que participan en una guerra tienen la misma responsabilidad.
Por eso la respuesta a la guerra de narrativas no puede consistir simplemente en sustituir una propaganda por otra.
La tentación de responder con otra propaganda
Aquí aparece uno de los grandes dilemas para los gobiernos democráticos.
Cuando un adversario utiliza propaganda, ¿debe responderse con propaganda?
La respuesta resulta complicada.
Un Estado democrático necesita comunicar sus posiciones, explicar sus decisiones y defenderse frente a campañas de desinformación. Pero si comienza a manipular deliberadamente la información del mismo modo que el adversario, corre el riesgo de deteriorar aquello que pretende proteger: la confianza de sus propios ciudadanos.
La comunicación estratégica democrática debería diferenciarse de la propaganda precisamente por su compromiso con los hechos.
La batalla narrativa no debería convertirse en una batalla para decidir quién miente mejor.
Debería convertirse en una batalla por explicar mejor la realidad sin renunciar a la realidad.
El periodista en medio de la batalla
Todo ello sitúa al periodismo ante una responsabilidad extraordinaria.
El periodista que cubre una guerra ya no se limita a recibir información de un ejército y trasladarla a sus lectores. Debe comprender que cada comunicado, cada vídeo, cada fotografía y cada declaración puede formar parte de una estrategia destinada a influir en la percepción pública.
Esto no significa desconfiar automáticamente de todas las fuentes.
Significa aplicar un nivel superior de verificación.
¿Quién proporciona la información?
¿Qué interés tiene?
¿Puede verificarse independientemente?
¿Existen imágenes geolocalizadas?
¿Coinciden las fechas?
¿Hay fuentes diferentes que confirmen el hecho?
¿La imagen corresponde realmente al lugar y momento que se afirma?
¿Se ha utilizado anteriormente?
¿Quién obtiene ventaja narrativa de que esa información sea aceptada?
Estas preguntas son tan importantes para el periodismo contemporáneo como las tradicionales preguntas sobre quién, qué, cuándo, dónde y por qué.
La geolocalización y la inteligencia de fuentes abiertas
En este nuevo escenario ha adquirido una enorme relevancia la inteligencia de fuentes abiertas, conocida como OSINT.
Fotografías, vídeos, imágenes por satélite, datos meteorológicos, mapas, registros públicos, redes sociales y documentos aparentemente secundarios pueden permitir reconstruir acontecimientos.
La tecnología permite comprobar cada vez más cosas que antes resultaban prácticamente imposibles de verificar.
Pero también exige nuevos conocimientos.
El periodista del futuro necesitará comprender tanto la lógica de la comunicación como la de la verificación digital.
La guerra de narrativas convierte al periodista, en cierta medida, en un analista de información.
La importancia del tiempo
En la guerra tradicional, el tiempo puede medirse en minutos y horas.
En la guerra narrativa, puede medirse en segundos.
La primera versión de un acontecimiento puede alcanzar millones de personas antes de que aparezca la segunda.
Cuando llega la rectificación, puede ser demasiado tarde.
La información falsa puede ser desmentida, pero el primer impacto emocional ya ha ocurrido.
De ahí que las instituciones estén desarrollando sistemas de comunicación más rápidos y proactivos. La OTAN ha señalado precisamente la necesidad de comprender el entorno informativo, prevenir la eficacia de determinadas campañas, contener incidentes y aprender de ellos para mejorar la resiliencia.
La batalla por la legitimidad internacional
La guerra de narrativas tiene además una dimensión diplomática.
Un conflicto moderno no se libra únicamente ante la población del país combatiente.
Se libra ante Naciones Unidas, gobiernos extranjeros, organizaciones internacionales, medios de comunicación, universidades, empresas, inversores y ciudadanos de terceros países.
Cada parte necesita construir una historia que resulte aceptable ante esas audiencias.
Por eso una misma potencia puede utilizar narrativas diferentes para públicos diferentes.
El mensaje destinado a su propia población puede centrarse en patriotismo y defensa nacional.
El mensaje dirigido a países aliados puede insistir en la seguridad colectiva.
El mensaje destinado al llamado Sur Global puede centrarse en colonialismo, soberanía, doble rasero o intervención extranjera.
No existe necesariamente una única narrativa.
Existen narrativas adaptadas a diferentes públicos.
El conflicto como competición de legitimidades
En última instancia, la guerra de narrativas es una batalla por la legitimidad.
Cada parte quiere que el mundo considere legítimos sus objetivos e ilegítimos los del adversario.
La legitimidad puede ser militar, política, jurídica o moral.
Un país puede intentar demostrar que actúa en defensa propia. Otro puede sostener que se trata de una agresión. Uno puede presentar a sus combatientes como héroes. Otro puede describirlos como terroristas.
Y cuanto más prolongado sea el conflicto, más importante se vuelve esa legitimidad.
Porque una guerra no termina necesariamente cuando cesan los disparos.
También queda la batalla por determinar quién fue responsable, quién sufrió más, quién tenía razón y qué memoria colectiva se construirá sobre el conflicto.
La guerra después de la guerra
La dimensión narrativa continúa incluso después del armisticio.
Los libros de historia, los documentales, los monumentos, las conmemoraciones, las fotografías y los discursos políticos contribuyen a construir la memoria de una guerra.
Dos países pueden recordar el mismo conflicto de formas radicalmente diferentes.
Para uno puede ser una guerra de liberación.
Para otro, una tragedia nacional.
Para uno, sus combatientes serán héroes.
Para otro, criminales.
La batalla por el relato histórico puede durar generaciones.
Por eso controlar la narrativa durante el conflicto significa también intentar controlar, en cierta medida, cómo será recordado el conflicto cuando termine.
La nueva frontera: el dominio cognitivo
Todo apunta a que la evolución tecnológica llevará esta batalla todavía más lejos.
Ya no se trata únicamente de controlar información.
Se trata de influir en cómo las personas perciben, interpretan y procesan la información.
De ahí conceptos como guerra cognitiva.
La investigación sobre las doctrinas de la OTAN señala precisamente el creciente interés por el componente psicológico y cognitivo de los conflictos contemporáneos y por la posibilidad de considerar este ámbito como una dimensión cada vez más relevante de la guerra.
El objetivo último ya no sería únicamente que alguien crea una determinada información.
Sería conseguir que adopte una determinada forma de interpretar el mundo.
Una guerra sin fronteras
La gran transformación consiste en que la línea del frente ha dejado de coincidir con la frontera geográfica.
Un ciudadano de Madrid puede estar expuesto a narrativas producidas en Moscú, Washington, Kiev, Pekín, Teherán o cualquier otro lugar del planeta sin saber necesariamente quién las ha generado.
Un conflicto localizado puede convertirse en una guerra global de información.
La frontera digital es prácticamente inexistente.
Y eso significa que cualquier sociedad puede convertirse en terreno de operaciones informativas.
La defensa empieza por la alfabetización
Frente a esta realidad, una de las defensas más importantes no es exclusivamente tecnológica.
Es educativa.
Una sociedad capaz de identificar una fuente, distinguir un hecho de una opinión, reconocer una manipulación emocional, comprobar una imagen y buscar información contrastada resulta mucho más difícil de manipular.
La alfabetización mediática y digital adquiere así una dimensión de seguridad nacional.
No se trata de enseñar a los ciudadanos qué deben pensar.
Se trata de enseñarles cómo comprobar aquello que se les invita a pensar.
Esa diferencia resulta fundamental en una democracia.
El verdadero campo de batalla
La guerra de narrativas demuestra que el campo de batalla moderno es mucho más amplio que el territorio donde se enfrentan los ejércitos.
Está en las televisiones, en los teléfonos móviles, en los periódicos, en las redes sociales, en las universidades, en los parlamentos, en las conversaciones familiares y en las comunidades digitales.
Está también en la memoria.
Y, sobre todo, está en la mente.
La guerra convencional intenta destruir las capacidades materiales del adversario. La guerra narrativa intenta modificar su percepción de la realidad. Una busca reducir tanques, aviones, misiles o soldados. La otra busca modificar la voluntad, la moral, la confianza y la percepción de legitimidad.
Ambas dimensiones están cada vez más conectadas.
Un ejército puede ganar una batalla y perder la narrativa. Puede perder una batalla y ganar tiempo gracias a una narrativa eficaz. Una operación militar puede conseguir un objetivo físico y, sin embargo, provocar un desastre político por la forma en que es percibida internacionalmente.
La guerra, por tanto, ya no consiste únicamente en qué sucede, sino también en quién consigue explicar qué ha sucedido.
Y ahí se encuentra la esencia de la guerra de narrativas.
No significa que la realidad deje de existir. Significa que, en un entorno saturado de información, la realidad necesita ser demostrada, contextualizada y explicada constantemente.
La frase atribuida a la tradición de los estudios sobre información militar —que una parte importante de la información disponible durante una guerra es contradictoria y que una parte aún mayor resulta dudosa— conserva una enorme actualidad en la era digital.
El desafío para las sociedades democráticas consiste precisamente en no aceptar que la existencia de múltiples relatos implique que todas las versiones tengan el mismo valor.
Porque una guerra de narrativas no se resuelve eligiendo automáticamente la historia que mejor nos gusta.
Se resuelve buscando evidencias.
Contrastando fuentes.
Reconociendo los propios sesgos.
Separando hechos de interpretaciones.
Y aceptando que, en ocasiones, la realidad puede ser mucho más incómoda que cualquiera de las narrativas que los contendientes han construido sobre ella.
En ese sentido, la gran batalla del siglo XXI quizá no sea únicamente la que se libra por el territorio, el espacio aéreo, el ciberespacio o el mar.
Es también la que se libra por la capacidad de una sociedad para conservar una idea compartida de realidad cuando dos o más actores intentan sustituirla por su propia versión de los hechos.
Y esa batalla, a diferencia de las guerras convencionales, no termina cuando callan las armas. Continúa mientras exista alguien dispuesto a contar la historia y alguien dispuesto a escucharla.






