Las máquinas ganan protagonismo en el campo de batalla 

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Los drones han dejado de ser una herramienta auxiliar de las fuerzas armadas para convertirse en uno de los elementos que más rápidamente están transformando la guerra moderna. Desde los pequeños aparatos FPV empleados a escasos metros de las líneas de combate hasta los drones de largo alcance utilizados contra infraestructuras estratégicas, Ucrania y Rusia han convertido el conflicto en un laboratorio tecnológico, mientras que Oriente Medio ha demostrado que estos sistemas pueden alterar el equilibrio militar mucho más allá de un campo de batalla convencional.

La consecuencia es una carrera paralela por desarrollar drones más baratos, autónomos y resistentes y, al mismo tiempo, sistemas capaces de detectarlos y neutralizarlos.

La guerra de Ucrania ha acelerado una transformación que ya estaba en marcha. Cuando Rusia inició la invasión a gran escala de Ucrania en febrero de 2022, los vehículos aéreos no tripulados ya formaban parte de los arsenales modernos, pero su empleo masivo ha llevado el concepto a una nueva dimensión. Los drones se utilizan para reconocimiento, vigilancia, adquisición de objetivos, corrección del fuego de artillería, ataques contra vehículos y posiciones, guerra electrónica y operaciones de largo alcance.

La SIPRI considera que la proliferación de vehículos aéreos no tripulados armados está alterando la naturaleza de la guerra y provocando una carrera paralela en tecnologías de defensa contra drones.

El cambio más visible se encuentra en los pequeños drones FPV (First Person View). Son relativamente baratos frente a muchas de las armas tradicionales y pueden ser empleados contra objetivos cuyo valor económico o militar es muy superior al coste del propio aparato. Esta relación entre precio y efecto obliga a replantear una de las reglas tradicionales de la defensa: utilizar un interceptor extremadamente caro para destruir una amenaza cuyo coste puede ser mucho menor. El resultado es una búsqueda acelerada de soluciones de bajo coste, desde armas de energía dirigida hasta otros drones diseñados específicamente para interceptar UAV enemigos.

La evolución tampoco se limita al tamaño pequeño. Rusia ha incrementado el empleo de drones de ataque de largo alcance, incluidos sistemas derivados de la familia Shahed/Geran, empleados contra infraestructuras, instalaciones militares y objetivos urbanos ucranianos. El informe de SIPRI señala que durante 2024 Ucrania comunicó cerca de 5.500 lanzamientos de misiles y vehículos aéreos no tripulados de ataque por parte de Rusia entre enero y septiembre, una media superior a 20 lanzamientos diarios.

En 2026 la evolución continúa. Informaciones recientes señalan que Rusia está incorporando drones propulsados por motores a reacción, capaces de alcanzar velocidades muy superiores a las de los modelos tradicionales. Esta tendencia complica todavía más la defensa aérea porque reduce el tiempo disponible para detectar, identificar y neutralizar el objetivo.

Pero la auténtica revolución está probablemente en la combinación de drones, inteligencia artificial, sensores y autonomía. Hasta ahora, muchos sistemas dependían de un operador humano que controlaba el aparato a distancia. La incorporación progresiva de algoritmos permite automatizar determinadas funciones, como la navegación, la identificación de objetos, el seguimiento de objetivos o la coordinación entre diferentes plataformas.

El ‘enjambre’

Esto abre la puerta a operaciones en las que numerosos drones trabajen conjuntamente como una “enjambre”, compartiendo información y distribuyendo tareas. La investigación tecnológica ya explora sistemas capaces de operar incluso en entornos donde no existe señal GPS o comunicaciones convencionales, utilizando sensores embarcados para localizar objetivos y coordinar los movimientos de diferentes aeronaves.

La consecuencia militar es profunda. Un ejército puede desplegar un número elevado de sistemas relativamente económicos para mantener bajo vigilancia permanente una determinada zona. La presencia constante de drones dificulta la concentración de tropas, vehículos y artillería y hace más complicado mover fuerzas sin ser detectadas. La sorpresa táctica se vuelve mucho más difícil de conseguir cuando el cielo está permanentemente vigilado.

La experiencia ucraniana está siendo estudiada por los países de la OTAN. La Alianza reconoce que los drones han transformado las operaciones en Ucrania y ha establecido mecanismos para extraer enseñanzas del conflicto. El Centro Conjunto de Análisis, Entrenamiento y Educación OTAN-Ucrania (JATEC), ubicado en Polonia, trabaja precisamente en la identificación y aplicación de esas lecciones.

La influencia del conflicto está llegando incluso a los ejercicios militares occidentales. En unas maniobras de la OTAN celebradas en Alemania durante 2026, unidades ucranianas especializadas en sistemas no tripulados demostraron la ventaja adquirida tras años de experiencia real frente a fuerzas estadounidenses con menor experiencia directa en este tipo de combate. El episodio ha reforzado dentro de los ejércitos occidentales la necesidad de adaptar doctrinas, entrenamiento y medios de protección.

El fenómeno se extiende además al ámbito terrestre. Ucrania está incorporando robots terrestres no tripulados para transportar suministros, evacuar heridos y realizar tareas en las zonas de mayor peligro. En julio de 2026, las unidades ucranianas llegaron a adquirir más de 640 robots terrestres a través de su plataforma militar Brave1 Market, mientras el ecosistema industrial nacional de robótica militar se ha expandido hasta varios cientos de empresas.

Oriente Medio constituye el segundo gran escenario de esta transformación. La guerra de Gaza y su extensión regional han puesto de manifiesto el uso de drones por Irán y grupos armados aliados, incluido Hezbolá y los hutíes de Yemen. Los vehículos no tripulados han sido empleados contra Israel y contra el tráfico marítimo en el mar Rojo, obligando a desplegar sistemas de defensa aérea y naval cada vez más sofisticados.

El problema es que defenderse de un enjambre de drones puede resultar económicamente más difícil que fabricarlo. Un misil interceptor sofisticado puede costar cientos de miles o incluso millones de dólares, mientras que determinados drones tácticos tienen un precio muy inferior. De ahí que la industria militar esté desarrollando nuevos conceptos de defensa: guerra electrónica, armas de energía dirigida, cañones automáticos, interceptores económicos y otros drones destinados a derribar drones.

Europa intenta reducir su dependencia exterior en este ámbito. En julio de 2026, MBDA presentó en el Salón Aeronáutico de Farnborough un interceptor diseñado específicamente para responder a ataques masivos de municiones y drones de bajo coste. El proyecto parte precisamente de una de las principales lecciones de Ucrania y Oriente Medio: las defensas tradicionales pueden verse desbordadas cuando deben hacer frente simultáneamente a grandes cantidades de objetivos baratos.

La ‘democratización’ militar

Esta carrera tecnológica plantea además una cuestión estratégica. La guerra con drones democratiza parcialmente determinadas capacidades militares. Un Estado con una fuerza aérea convencional limitada puede desarrollar o adquirir sistemas no tripulados capaces de alcanzar objetivos a cientos o miles de kilómetros. La combinación de componentes comerciales, software e inteligencia artificial puede reducir las barreras de entrada respecto a plataformas tripuladas extremadamente costosas.

Pero esa democratización tiene una cara problemática. La utilización creciente de sistemas autónomos plantea interrogantes sobre responsabilidad, proporcionalidad y control humano. El informe SIPRI de 2026 advierte de que no existe todavía un instrumento internacional vinculante específicamente dedicado a los UAV armados y señala que el avance hacia sistemas autónomos letales plantea cuestiones relevantes respecto al derecho internacional humanitario.

La guerra también está cambiando la economía de la defensa. Los grandes programas militares continúan siendo necesarios —aviones de combate, submarinos, misiles, satélites o sistemas de defensa aérea—, pero ahora conviven con una industria capaz de producir miles de plataformas relativamente baratas y modificarlas rápidamente. La velocidad de innovación empieza a ser tan importante como la potencia tecnológica.

La principal enseñanza de Ucrania y Oriente Medio no es que los drones vayan a sustituir a los soldados, los carros de combate o los aviones tripulados. Más bien apuntan hacia un modelo de guerra multidominio, en el que personas y máquinas trabajan conjuntamente y donde el dominio del aire a baja cota puede ser tan decisivo como la superioridad aérea tradicional.

El resultado es una transformación doctrinal que apenas comienza. Los ejércitos están aprendiendo a combatir con drones, pero también a combatir contra ellos. Y mientras la inteligencia artificial permita aumentar su autonomía, reducir su dependencia de las comunicaciones y coordinar grupos cada vez mayores de plataformas, la pregunta ya no será si los drones forman parte de la guerra moderna, sino hasta qué punto serán capaces de decidir su desarrollo.

 

 

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