Rompiendo mitos: Creer que haber sido militar o policía te convierte en profesional de seguridad privada. Mito 9

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“Rompiendo mitos”

Una serie editorial de Carlos Enrique Pérez Barrios

La experiencia adquirida en otra profesión puede ser extraordinariamente valiosa, pero no sustituye la doctrina, la formación y las competencias necesarias para ejercer una profesión diferente.

Las profesiones no nacen simplemente porque alguien realiza determinadas tareas durante muchos años. Se construyen alrededor de una misión, desarrollan una doctrina, establecen principios, acumulan conocimientos y terminan formando una manera particular de comprender los problemas que les corresponde resolver. Por eso, aunque distintas profesiones puedan compartir experiencias, habilidades e incluso determinadas áreas de conocimiento, ninguna debería considerarse automáticamente equivalente a otra.

Un médico puede poseer extraordinarios conocimientos de anatomía sin que ello lo convierta en odontólogo. Un ingeniero puede haber dirigido durante décadas importantes proyectos de construcción sin que esa experiencia lo habilite automáticamente para ejercer arquitectura. Nadie considera que reconocer esas diferencias disminuya el valor de alguna de esas profesiones. Por el contrario, distinguirlas significa respetar la identidad, formación y responsabilidades de cada una.

Sin embargo, en el mundo de la seguridad latinoamericana esa lógica no siempre ha sido aplicada con la misma claridad. Durante décadas se instaló la creencia de que haber sido militar o policía constituía, por sí mismo, calificación suficiente para asumir la dirección de la seguridad de una empresa. Así, frente a la necesidad de contratar un gerente o jefe de seguridad, la primera pregunta muchas veces no fue qué formación tenía el candidato en seguridad privada, administración de riesgos o protección empresarial, sino de cuál organismo militar o policial provenía y qué grado o jerarquía había alcanzado.

De esa práctica nació un mito que todavía sobrevive y que es necesario revisar sin descalificar a ninguna de las profesiones involucradas.

Tres profesiones que no deben confundirse

El primer problema es doctrinario. Militar, policía y profesional de seguridad privada pueden encontrarse frente a riesgos, utilizar determinadas tecnologías, dirigir personas, investigar acontecimientos o participar en situaciones críticas, pero esas coincidencias operacionales no eliminan las profundas diferencias existentes entre sus respectivas profesiones.

El militar se forma dentro de la estructura del Estado para cumplir las responsabilidades que corresponden a la institución armada y a la defensa nacional. Su doctrina, organización, disciplina, sistema de mando y preparación responden fundamentalmente a esa misión.

El policía también es funcionario del Estado, pero su misión es diferente. Su formación se encuentra relacionada con la seguridad ciudadana, el orden público, la prevención y persecución del delito y el ejercicio de facultades que solamente el poder público puede otorgar. Precisamente por ello, ser militar no convierte a una persona en policía, del mismo modo que ser policía no la convierte en militar.

El profesional de seguridad privada pertenece a una realidad distinta. Su escenario es la organización privada y su responsabilidad consiste en identificar, analizar, administrar y reducir riesgos que puedan afectar personas, patrimonio, información, operaciones, reputación y continuidad. No posee las potestades coercitivas del Estado ni dirige su actividad hacia la defensa nacional o el mantenimiento general del orden público. Debe proteger intereses legítimos privados dentro del marco establecido por la ley.

Estamos, por tanto, frente a tres profesiones que pueden complementarse y compartir determinados conocimientos, pero que parten de doctrinas, misiones y responsabilidades diferentes.

Cuando el origen profesional se confundió con la profesión

La confusión tiene una explicación histórica. Durante mucho tiempo la seguridad privada latinoamericana tuvo escasos espacios propios de formación. Las empresas necesitaban personas capaces de organizar servicios de vigilancia, dirigir investigaciones, enfrentar situaciones críticas y establecer controles, mientras que militares y policías poseían disciplina, experiencia de mando, conocimientos operacionales y familiaridad con determinadas amenazas.

Era natural que muchos de ellos encontraran en la seguridad privada un espacio para continuar desarrollándose profesionalmente después de abandonar el servicio activo. Muchos realizaron aportes extraordinarios al sector y contribuyeron incluso a construir organizaciones de seguridad que todavía hoy constituyen referencias importantes.

El error no estuvo en incorporarlos. El error consistió en asumir que la profesión anterior hacía innecesaria la formación para la nueva.

La experiencia militar puede aportar liderazgo, planificación, disciplina y capacidad para trabajar bajo presión. La policial puede aportar conocimientos sobre criminalidad, investigación, prevención y manejo de situaciones complejas. Todo ese capital profesional merece reconocimiento y puede convertirse en una ventaja extraordinaria.

Pero una ventaja para comenzar una nueva carrera no significa haber completado esa carrera antes de comenzarla.

La experiencia transferible no sustituye la competencia

Al ingresar al sector privado cambia mucho más que el uniforme. Cambian la misión, el marco de actuación, las relaciones organizacionales y, sobre todo, la manera como debe entenderse el resultado de la gestión.

El profesional de seguridad privada necesita comprender el negocio que protege. Debe relacionarse con Recursos Humanos, Finanzas, Operaciones, Tecnología, Logística, Auditoría y alta dirección; interpretar los riesgos desde la realidad particular de cada organización y encontrar mecanismos de protección que permitan preservar los activos sin impedir que la empresa alcance sus objetivos.

Eso exige aprender a hablar un lenguaje diferente.

Una empresa no existe para hacer seguridad. Produce bienes, presta servicios, atiende clientes, compite, invierte y necesita generar resultados. La seguridad forma parte de ese sistema porque contribuye a preservar las condiciones necesarias para que la organización pueda cumplir su propósito. Por ello, una medida puede ser extraordinariamente segura desde una visión exclusivamente restrictiva y, al mismo tiempo, resultar completamente inviable para la operación.

El profesional debe encontrar el equilibrio. Allí comienza una de las diferencias más importantes entre controlar y administrar riesgos.

Cuando también hay que “parir” los recursos

Existe además una realidad que transforma profundamente el ejercicio profesional: los recursos.

Las instituciones militares y policiales funcionan mediante presupuestos públicos asignados por los organismos correspondientes. Esos recursos pueden ser suficientes o insuficientes y quienes administran esas instituciones también deben establecer prioridades y responder por su utilización. Sin embargo, la naturaleza del financiamiento continúa siendo pública.

En la empresa privada la lógica es diferente. El responsable de seguridad no puede limitarse a identificar todo aquello que necesita y esperar que los recursos aparezcan porque la seguridad sea importante. Tiene que justificar cada inversión frente a otras necesidades igualmente legítimas de la organización.

En términos muy nuestros, muchas veces tiene que “parir” los recursos.

Para lograrlo debe demostrar riesgos, establecer prioridades, evaluar vulnerabilidades, comparar alternativas y explicar qué consecuencias económicas, operacionales y de reputación podría enfrentar la empresa si determinada exposición no es tratada adecuadamente. También necesita comprender que los recursos son limitados y que cada dólar destinado a seguridad compite con inversiones en producción, tecnología, comercialización, personal o expansión.

Por eso, administrar seguridad privada también significa administrar recursos. El profesional no solamente recomienda protección: debe demostrar por qué una inversión tiene sentido para el negocio.

La formación ya no puede seguir siendo una excusa

Durante décadas podía argumentarse que quien deseaba desarrollarse en seguridad privada encontraba pocas posibilidades de formación especializada. Hoy esa explicación resulta cada vez menos sostenible.

Existen universidades, institutos, academias, asociaciones profesionales, diplomados, certificaciones y programas especializados que permiten estudiar análisis y administración de riesgos, seguridad corporativa, investigaciones, continuidad operacional, protección de activos, tecnología, inteligencia, planificación y gerencia de organizaciones de seguridad.

La profesión ha construido progresivamente su propio cuerpo de conocimientos y continuará desarrollándolo.

Por eso, quien llega desde el mundo militar o policial no necesita renunciar a su experiencia anterior. Necesita hacer algo mucho más inteligente: incorporarla a una nueva formación. La disciplina, el liderazgo, la investigación o la capacidad operacional que trae consigo pueden convertirse en extraordinarias fortalezas cuando se integran a la doctrina y las competencias propias de la seguridad privada.

El problema aparece únicamente cuando se considera que esa transición no es necesaria.

Una nueva profesión exige una nueva mirada

Profesionalizar la seguridad privada requiere abandonar definitivamente la idea de que determinadas procedencias profesionales constituyen títulos automáticos de competencia. No porque debamos cerrar las puertas a militares o policías, sino precisamente porque debemos abrirlas correctamente.

Un militar retirado puede convertirse en un extraordinario profesional de seguridad. También puede hacerlo un policía. Sus experiencias anteriores pueden incluso permitirles avanzar con ventajas que otros profesionales deberán adquirir mediante años de trabajo. Pero ambos necesitan comprender que al ingresar al sector privado están entrando en una profesión diferente y que esa profesión merece el mismo respeto que las carreras de las cuales ellos provienen.

Reconocerlo no disminuye sus trayectorias. Las enriquece.

Porque la profesionalización comienza precisamente cuando dejamos de preguntarnos de dónde viene una persona y comenzamos a preguntarnos qué conocimientos, competencias y criterio posee para asumir la responsabilidad que ahora pretende ejercer.

El legado del mito

La seguridad privada latinoamericana recibió valiosos aportes del mundo militar y policial. Reconocer ese legado significa aprovechar sus conocimientos y experiencias, integrándolos a la formación específica que exige proteger personas, activos y continuidad empresarial.

El uniforme que alguna vez se vistió representa una trayectoria; la competencia para gestionar la seguridad privada debe demostrarse mediante formación, criterio y resultados.

“La experiencia de una profesión puede enriquecer el ejercicio de otra; nunca sustituir la formación necesaria para ejercerla.”

La siguiente etapa de nuestra evolución profesional requiere comprender que no existen profesiones heredadas ni competencias automáticas. Existen experiencias que pueden transferirse, conocimientos que pueden aprovecharse y trayectorias que pueden enriquecer extraordinariamente una nueva carrera, siempre que exista la disposición de aprenderla.

Rompiendo mitos… Construyendo profesionales

Profesionalizar no significa desconocer de dónde venimos. Significa comprender que cada nueva responsabilidad exige conocimientos, doctrina y competencias propias. El uniforme que alguna vez se vistió puede representar una experiencia extraordinaria; la capacidad para ejercer profesionalmente la seguridad privada deberá demostrarse en el escenario donde ahora corresponde actuar.

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Mito 9 en YouTube:

Carlos Enrique Pérez Barrios es Magíster en Seguridad y Defensa Nacional, Consultor Internacional en Seguridad, Director General de Global Security Academy, conferencista y articulista, y autor de las obras: ‘Control de Riesgos – Manual para Estudios de Seguridad‘; ‘El Factor M‘ y ‘Venezuela: Reconstrucción desde las Cenizas‘

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