Maya Izoutcheev, trabajadora del festival Nova, reconstruye minuto a minuto su huida de la matanza de Hamas del 7 de octubre: los cohetes, los disparos en la carretera, un refugio que abandonó minutos antes de la llegada de los terroristas y una carrera de 20 kilómetros para salvar la vida.
A Maya Izoutcheev le cambió la vida un gesto tan sencillo como cambiarse de zapatos. Aquella madrugada se quitó los tacones de plataforma que llevaba y se puso unas zapatillas New Balance. «Creo que aquella decisión me salvó la vida», recuerda.
Maya trabajaba controlando las entradas y colocando pulseras en el festival Nova cuando, al amanecer del 7 de octubre de 2023, comenzó el ataque de Hamás. Miles de jóvenes se encontraban en los terrenos próximos a Re’im. Hoy, el lugar se ha convertido en un inmenso memorial: fotografías de los asesinados, flores, velas y pequeños recuerdos ocupan el espacio en el que aquella madrugada todavía sonaba la música.
Maya formaba parte de un grupo de diez amigos. Había DJs, fotógrafos y trabajadores de seguridad. «Éramos una comunidad. Nos cuidábamos unos a otros», explica.

Alrededor de las 6.30 de la mañana comenzaron a escuchar explosiones e interceptaciones de cohetes. Poco después llegó la alerta roja.
«Es irónico. Aquí, en el sur, tienes unos 15 segundos para llegar a un refugio y, sin embargo, la alerta es una voz muy suave diciendo Tzeva Adom, alerta roja. Yo ni siquiera la escuché. Escuché las interceptaciones, vi que la música se detenía y que la gente empezaba a ponerse nerviosa».
Maya decidió mantener la calma. A su alrededor, las reacciones eran completamente diferentes. Algunos se tumbaban en el suelo, se cubrían la cabeza con las manos y rezaban el Shema Israel. Otros desmontaban precipitadamente sus tiendas y recogían sus pertenencias.
Entre las 6.40 y las 6.45 ya estaba claro que el festival no iba a continuar. Policías y miembros de seguridad retiraron las pequeñas vallas que delimitaban el recinto y miles de personas comenzaron a dirigirse hacia sus vehículos.
«Sabíamos lo que iba a pasar. Si el festival cerraba de repente, miles de personas intentarían salir al mismo tiempo y se formaría un atasco enorme. Había dos posibilidades: marcharte inmediatamente o quedarte atrapado».
«O seguimos el protocolo o me dejas conducir»
Maya se puso al volante. A su lado iba Sagi, un amigo al que, según cuenta, normalmente era capaz de tranquilizar cuando se ponía nervioso.
Aquella mañana fue imposible. Cada vez que escuchaba una interceptación, Sagi abría la puerta del coche, saltaba fuera y se tumbaba en el suelo con las manos sobre la cabeza, siguiendo el protocolo establecido ante los ataques con cohetes. Maya tenía que detener el vehículo una y otra vez.
«Le dije: ‘Sagi, tenemos que decidir. O nos quedamos aquí y seguimos el protocolo o vamos en coche. No podemos hacer las dos cosas'».
Poco después consiguieron alcanzar la carretera 232. A la izquierda, en dirección a Tel Aviv, comenzaba a formarse un enorme atasco. Maya decidió girar hacia la derecha, en dirección a los kibutzim, pensando que podría rodear la zona y encontrar después otra ruta hacia el centro de Israel.
Era una decisión aparentemente lógica. Pero estaban conduciendo directamente hacia el ataque.
Durante varios minutos, Sagi comenzó a pedirle en voz baja que detuviera el coche. Maya no comprendía por qué. Siguió avanzando hasta que él gritó.
«Frené inmediatamente. Miré hacia delante y vi dos coches haciendo movimientos extraños, giros en mitad de la carretera. Al principio pensé que habían tenido un accidente. Entonces comprendí lo que Sagi había visto antes que yo: estaban disparando contra ellos».
Hombres armados apostados a ambos lados de la carretera abrían fuego contra los vehículos.
«Aquellos pequeños ruidos que escuchaba eran disparos. Los coches estaban a unos cien metros delante de nosotros. Mi cabeza no conseguía procesarlo. ¿Cómo podía estar ocurriendo aquello?».
Maya se quedó paralizada al volante.
El refugio de la carretera 232
El coche se había detenido prácticamente junto a un refugio antiaéreo. Sagi salió corriendo y se metió dentro. Desde el vehículo, Maya solo alcanzaba a verlo en la entrada, haciéndole señas desesperadamente con las manos.
«Pensé: si voy a morir, prefiero morir corriendo que escondida bajo el volante».
Salió del coche y corrió hacia él. Dentro había 29 personas, aunque a Maya le parecieron el doble. «Sentí una claustrofobia enorme. Para mí había sesenta personas allí dentro».
Seguían escuchándose los cohetes y las explosiones de las interceptaciones. Pero había otro sonido que se aproximaba. Disparos. «Empezamos a escuchar el ‘pa, pa, pa, pa’ cada vez más cerca. Era fuego automático. Ahí comprendimos que eran terroristas».
Maya permanecía cerca de la entrada. Sagi se encontraba más atrás, entre la multitud. De repente atravesó el refugio, llegó hasta ella y la agarró con fuerza de la muñeca. «Me miró directamente a los ojos y dijo: ‘Maya, no nos quedamos aquí'».
Ella intentó convencerlo de que estaban precisamente donde debían estar. Había cohetes y disparos en el exterior; un refugio parecía el lugar más seguro. «Trabajo en ventas. Si hay algo que sé hacer es convencer a la gente. Y si había alguien a quien yo podía convencer era a Sagi. Pero aquel día era imposible. No escuchaba una palabra. Solo repetía: ‘No nos quedamos aquí'».
Maya pensó que su amigo estaba perdiendo la cabeza. Sin embargo, alrededor de las 7.40, Sagi volvió a agarrarla de la muñeca y tiró de ella hacia el exterior. Abandonaron el refugio y regresaron al coche. Pocos minutos después llegarían los atacantes.
«¡Terroristas! ¡No vayáis hacia allí!»
Maya dio media vuelta en mitad de la carretera, exactamente igual que aquellos vehículos cuyos movimientos no había comprendido unos minutos antes.
Entonces comenzaron a cruzarse con coches que huían en sentido contrario. «Llevaban las ventanillas abiertas. Había personas heridas dentro y manos ensangrentadas asomando por las ventanas. Nos gritaban: ‘¡No vayáis! ¡Terroristas! ¡Terroristas!'».
Una de aquellas manos cubiertas de sangre quedó grabada en su memoria. Y, sin embargo, Maya seguía sin comprender la dimensión de lo que estaba sucediendo. «Pensaba que todo el mundo se estaba volviendo loco. Que quizá estaban borrachos o habían tomado drogas. Pensaba: puede haber un grupo de terroristas, pero ¿cómo va a estar pasando esto en todas partes? No tenía ninguna visión de conjunto».

Alrededor de las ocho de la mañana regresaron al gran atasco próximo al festival. Sagi abrió la puerta y echó a correr. Maya permaneció en el coche. Todavía pensaba que podía encontrar una salida. Como conducía un vehículo alto, intentó abandonar el asfalto y avanzar por un camino de tierra paralelo a la carretera.
No llegó muy lejos. Frente a ella apareció un coche rojo que estuvo a punto de estrellarse contra un árbol. «Nunca había visto un coche así. Parecía algo de una película: el techo destrozado, las ventanillas rotas, impactos de bala por todas partes».
Fue entonces cuando dejó de pensar que los demás estaban exagerando. Abrió la puerta y corrió hacia el campo.
Diez minutos borrados de su memoria
«No sabía hacia dónde corría. Solo corrí». Durante los siguientes diez o quince minutos Maya no recuerda prácticamente nada. «Tengo un apagón completo».
Cuando recupera algún fragmento de aquel momento, se ve sentada en medio del campo, encogida, con las manos tapándole los ojos.
Había elegido correr hacia la derecha. Hacia el otro lado se encontraba Gaza. Entre aquellos campos apareció Bitsan, uno de sus amigos y fotógrafo del festival. Muchos de quienes habían permanecido en el recinto todavía no sabían qué estaba sucediendo en las carreteras.
Bitsan la encontró y la levantó. «Me preguntó: ‘¿Qué haces? ¿Estás loca?’. Lo agarré por los hombros y empecé a zarandearlo. Le dije: ‘¡A Nitzi le han disparado! ¡Le han disparado! ¡No vuelvas!'».
Al principio su amigo no entendía nada. «No sabía quiénes eran. Yo tampoco. Pero sabía lo que había visto». Cuando Bitsan miró a Maya a los ojos dejó de hacer preguntas. Se dio la vuelta y comenzó a correr con ella.

«Sentía que éramos animales perseguidos»
En mitad de la huida Maya volvió a encontrarse con Sagi, esta vez dentro de uno de los vehículos particulares que intentaban atravesar los campos.
La escena fue casi absurda. «Él intentaba meterme dentro del coche y yo intentaba sacarlo. Él pensaba que aquel coche nos salvaría. Yo estaba convencida de que un coche sería nuestra muerte».
Una ráfaga de disparos detrás de ellos terminó con la discusión. Maya tiró de Sagi y ambos echaron a correr. Y siguieron corriendo. Durante cuatro horas y media.
Unos veinte kilómetros a través de los campos hasta alcanzar Patish. «No puedo explicar cómo era. Corríamos como animales perseguidos. Podrían haber sido veinte minutos o veinte horas. Para mí era exactamente lo mismo». Había perdido completamente la percepción del tiempo y de la distancia. Solo existía una instrucción: seguir avanzando.
«Lo peor fue no poder ayudar»
Tres años después, lo que más atormenta a Maya no son únicamente los disparos, el refugio, los coches destrozados o aquella interminable carrera por los campos. Es la impotencia.
Desde entonces ha conocido historias de personas que regresaron para rescatar a otros, conductores que llenaron sus vehículos de desconocidos y jóvenes que arriesgaron su vida para salvar a sus amigos. Uno de los hombres cuya historia conoció consiguió rescatar a trece personas. «Eso es lo que más me cuesta. No haber podido ayudar».
Para ella, esa impotencia choca con la esencia de la comunidad que rodeaba al festival. «Nosotros nos ayudamos. Si alguien necesita trabajo, intentamos conseguirle trabajo. Si alguien está pasando por un mal momento, intervenimos. Si vemos que alguien trata mal a una mujer, reaccionamos. Eso es lo que somos».
Por eso todavía le resulta insoportable recordar a personas cayendo mientras ella solo podía correr. «Entender lo que estaba pasando y no poder ayudar es, para mí, la parte más horrible».
Desde entonces, Maya ha reconstruido obsesivamente aquellas horas. Ha revisado conversaciones de WhatsApp, grabaciones y testimonios de otros supervivientes para recomponer su propia cronología. Saber exactamente dónde estaba y qué ocurrió en cada momento es, explica, una manera de recuperar el control sobre una historia que durante horas estuvo completamente fuera de sus manos.
También continúa contando lo sucedido en actos conmemorativos, encuentros y exposiciones. En los terrenos de Nova, convertidos hoy en un lugar de memoria, Maya puede señalar los puntos de aquella huida: dónde estaba el campamento, por dónde salieron los coches, la carretera 232, el refugio, los campos.
Y recuerda también aquel pequeño gesto de la madrugada, cuando todavía nadie podía imaginar lo que estaba a punto de ocurrir. Quitarse los tacones. Ponerse unas zapatillas. Y, cuando llegó el momento, correr.
Miguel Ángel Benedicto Solsona es periodista y profesor de Relaciones Internacionales en la Facultad de Ciencias Políticas de la Universidad Complutense de Madrid.




