DULCINEA DEL TRUE CRIME II — Expediente norte
Del día que Inés Perada Vuelta se equivocó y de lo que eso demostró
Nuevos casos, mismas personas
El error fue pequeño en sus dimensiones y relevante en sus implicaciones, que es la descripción más exacta de la mayor parte de los errores que importan. Inés lo cometió en el episodio 84 de La Raíz del Asunto, en una sección donde citaba datos de un estudio sobre tasas de reincidencia en delitos patrimoniales publicado por un equipo de investigación de una universidad pública española. Los datos eran reales, el estudio existía, la cita era fiel al texto. El problema era el texto.
Dos días después de la publicación del episodio, un investigador de criminología de otra universidad publicó un hilo detallado en una red social académica señalando que el estudio citado por Inés tenía un problema metodológico serio que había sido identificado en el proceso de revisión por pares pero que, por razones que el investigador no especulaba, no había impedido la publicación. El problema era técnico pero sus consecuencias no lo eran: las tasas de reincidencia que el estudio reportaba y que Inés había citado, eran probablemente más altas de lo que la evidencia disponible permitía sostener, lo que podía generar una percepción distorsionada del riesgo real asociado a este tipo de delitos.
Inés lo supo el mismo día en que se publicó el hilo, porque alguien se lo mandó. Lo leyó. Lo verificó. Tardó exactamente cuatro horas en publicar una respuesta.
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De lo que hizo Inés, paso a paso
Lo primero que hizo fue retirar el episodio de todas las plataformas donde estaba disponible, con una nota que explicaba brevemente el motivo: revisión en curso por posible error en las fuentes citadas.
Lo segundo fue ponerse en contacto con el investigador que había señalado el problema, no para discutir sino para pedir la documentación completa sobre el error metodológico y entender exactamente qué parte de lo que ella había citado era problemático y en qué medida.
Lo tercero, tres días después, fue publicar un episodio nuevo. Se llamaba El episodio 84 tenía un error: esto es lo que pasó y lo que he aprendido. Duraba veintiocho minutos. Inés explicaba en él, con la misma claridad con que explicaba cualquier otro tema, qué había citado, por qué lo había citado, cuál era el problema que no había detectado, qué consecuencias podía haber tenido esa cita en la percepción de quien la hubiera escuchado y qué cambiaría en su proceso de verificación de fuentes para que algo así fuera menos probable en el futuro.
No pedía disculpas en exceso. No hacía de ello un drama. Lo explicaba, con la misma voz de siempre, con la misma cadencia pausada de quien tiene cosas que decir y tiempo para decirlas, como si la capacidad de equivocarse y corregirse formara parte del mismo oficio que la capacidad de investigar y divulgar. Porque lo era.
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De lo que don Justo pensó al escucharlo
Don Justo escuchó el episodio de corrección un sábado por la mañana, caminando con Cancerbero por el parque. Cancerbero tenía ya catorce años y el paso de los parques era más corto y más lento que antes, lo cual don Justo había aprendido a respetar sin acelerar.
Lo escuchó entero, sin notas, que era como escuchaba ahora la mayoría de las cosas de Inés: para entender, no para acumular. Y cuando terminó, se quedó un momento parado en el banco donde Cancerbero descansaba siempre a mitad del recorrido, pensando en algo que le había costado formular durante el paseo y que al sentarse finalmente encontró palabras.
Inés hacía esto, lo que acaba de hacer, con la misma naturalidad con que hacía los episodios correctos. No como excepción, no como crisis, no como un momento especial que requería un registro distinto. Como parte del trabajo. Y eso, pensó don Justo, era exactamente lo que hacía que Inés fuera digna de confianza: no que nunca se equivocara, sino que cuando se equivocaba lo decía de la misma manera en que decía todo lo demás.
Pensó también, con la honestidad que había ido desarrollando en los últimos dos años, en cuántas veces él había preferido anotar en el cuaderno método correcto, datos insuficientes antes que escribir, simplemente, me equivoqué. En cuántas veces la fórmula había sido una manera de no decir la palabra.
Cancerbero lo miró desde el suelo con sus ojos de galgo viejo.
—Ya sé —dijo don Justo en voz alta, lo cual era algo que hacía a veces con Cancerbero porque Cancerbero nunca lo contradecía y eso, a ciertas horas del sábado, era exactamente lo que hacía falta—. Ya sé.
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De la conversación entre Modesto e Inés y de lo que don Justo no supo hasta después
Lo que don Justo no supo hasta que Modesto se lo contó semanas después era que la publicación del episodio de corrección había generado entre los dos una conversación que había durado toda una tarde.
Modesto había llamado a Inés el mismo día en que ella publicó la corrección, con algo en la voz que Inés describió después como mezcla de admiración y culpa, que era una combinación que Modesto conocía bien por razones propias.
—Yo nunca habría hecho eso —le dijo Modesto—. En mi etapa anterior, quiero decir. Si alguien hubiera señalado un error en un episodio mío, lo habría enterrado. Habría dicho que era una interpretación legítima, que las fuentes eran válidas, que el que señalaba el error tenía sus propios sesgos.
—Lo sé —dijo Inés.
—¿Lo sabías antes de que te lo dijera?
—Lo intuía. Por eso cuando me propusiste trabajar juntos, puse las condiciones que puse. No como desconfianza personal. Como estructura.
Modesto lo pensó durante un momento.
—¿Y tú cómo lo haces? Lo de corregir en público, quiero decir. Sin que parezca una crisis.
—Porque no es una crisis —dijo Inés—. Es parte del trabajo. Si hago de cada error una crisis, la energía que necesito para trabajar bien se va en gestionar la crisis. Y además, la gente que me escucha aprende de lo que hago tanto como de lo que digo. Si cuando me equivoco lo corrijo con la misma calma con que explico cualquier otra cosa, les estoy diciendo que equivocarse y corregirse es normal. Que es lo que debe hacerse. Que no hay nada que temer en eso.
—¿Y no te da miedo perder credibilidad?
—Me da más miedo no corregirlo —dijo Inés—. Porque la credibilidad que se sostiene ocultando los errores no es credibilidad. Es una apariencia de credibilidad que se rompe cuando alguien encuentra el error que no se corrigió. Prefiero la credibilidad que se construye corrigiendo. Esa aguanta más.
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De lo que don Justo anotó en la libreta, que fue poco
Esa noche, después de que Modesto le contara la conversación, don Justo abrió la libreta azul. Estuvo un rato mirando la página en blanco. Luego escribió una sola línea, sin subrayado, sin rotulador de ningún color:
La credibilidad que se sostiene ocultando los errores no es credibilidad. Es una apariencia.
Cerró la libreta. Fue a la cocina. Remedios estaba leyendo en la mesa.
—¿Qué tal? —preguntó Remedios sin levantar los ojos del libro.
—Bien —dijo don Justo—. He aprendido algo.
—¿Otro episodio de Inés?
—Esta vez me lo ha contado Modesto. Que se lo había dicho Inés.
Remedios levantó los ojos del libro.
—O sea que ahora aprendes las cosas de Inés a través de Modesto.
—Sí —dijo don Justo.
—Eso —dijo Remedios, con una sonrisa que era pequeña pero real— es que algo ha cambiado de verdad.
Don Justo fue a hacer una infusión. Para los dos. Que era, en el lenguaje silencioso que llevan treinta años construyendo sin ponérselo nombre, una manera de decir que sí, que algo había cambiado de verdad y que eso estaba bien.
La corrección pública de errores en la divulgación científica y criminológica no es una señal de debilidad sino de rigor. La investigación sobre credibilidad en la comunicación de ciencia muestra consistentemente que los divulgadores que corrigen sus errores de manera transparente generan mayor confianza a largo plazo que quienes los evitan u ocultan. El error forma parte del proceso de conocimiento. Lo que distingue la divulgación responsable no es la ausencia de errores, sino la manera de gestionarlos cuando ocurren: con la misma honestidad con que se comunica cualquier otro hallazgo.
No son casos. Son personas.
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Esta obra es el resultado del trabajo creativo de sus autores. Para determinadas tareas de apoyo —como la organización de información, la estructuración de materiales y la asistencia en procesos de edición— se han empleado herramientas de inteligencia artificial. No obstante, la concepción, autoría, criterio y responsabilidad sobre los contenidos pertenecen exclusivamente a los autores humanos.



