Una propuesta para mirar la figura humana de otra manera
Siempre, cuando miro una obra de arte, procuro entrar en lo que el artista quería decirnos, transmitirnos y, sobre todo, en lo que siente cuando realizó la obra. Pero hay algo más, y aquí somos nosotros los que tenemos que adentrarnos y conectar con ella.
En este artículo quiero centrarme en el ser humano, en su figura y especialmente en su cara: los ojos, la boca, las orejas, en definitiva, en el rostro. Cuando miramos una obra en la que aparece una persona, estamos viendo algo que, en un momento determinado, otra persona ha decidido transmitir. Y me llama la atención que, en ocasiones, algunos elementos que parecen tan importantes para expresar lo que somos desaparezcan o pierdan su función. Hay ojos que prácticamente no existen, que están pero no expresan nada, miradas perdidas que no sabemos dónde se dirigen. Hay bocas que permanecen cerradas o que apenas están representadas y orejas que desaparecen o quedan escondidas.
No creo que el artista haga esto gratuitamente. No sé si cada ausencia tiene un significado concreto, ni creo que debamos buscar una explicación para cada una de ellas. Puede haber muchos motivos. Lo que me interesa es que el artista podría haberlo mostrado y no lo hace. Y cuando una persona decide representar a otra persona y elimina precisamente algo tan importante como una mirada, una boca o una parte del rostro, creo que merece la pena detenerse un momento.
El arte, la pintura, la escultura, etc. son formas que permiten a un artista transmitir algo. A veces son cosas que no sabemos explicar de otra manera, y quizá por eso me interesa tanto pretender entrar en lo que hay detrás de una obra. No solamente en lo que vemos, sino también en aquello que el artista ha decidido no mostrarnos.
Algo parecido me ocurre cuando veo una figura de espaldas. Podríamos pensar que el artista nos está ocultando su rostro, pero no siempre tiene por qué ser así. Pensemos en una figura que está mirando un paisaje. Quizá la intención no sea esconder al personaje, sino hacernos partícipes de lo mismo que está mirando él. Una espalda puede convertirse entonces en una forma de introducirnos en la obra y llevar nuestra mirada hacia ese paisaje, esa marina, ese bosque o esos árboles.
Por eso creo que hay que tener cuidado con dar un significado fijo a cada una de estas decisiones. Una figura de espaldas no tiene por qué significar ocultación, igual que una boca que no vemos no tiene por qué significar silencio. Pero sí creo que hay algo que merece nuestra atención: la decisión de mostrarlo de esa manera.
Porque un artista trabaja, piensa, observa, prueba y modifica. Pero también hay algo de su interior que termina quedando en aquello que hace. Me viene a la cabeza aquella frase de Picasso: «La inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando». Quizá sea precisamente esa mezcla entre el trabajo consciente y aquello que llevamos dentro la que termina dejando determinadas huellas en una obra.
Y quizá algunas de esas huellas estén precisamente en aquello que el artista ha decidido no mostrarnos.
Empezaré por un pintor, para mí un artista muy importante: Luis Caballero.

Luis Caballero — Sin título, 1973
Fuente: Colección de Arte del Banco de la República
Es un pintor que pinta figuras humanas en varias posiciones, contrapuestas, todas completamente diferentes y, en algunas de sus obras, sin rostro.
Este autor tiene una obra muy importante en el Banco de la República de Colombia y la entidad ha llegado a describir precisamente sus figuras como cuerpos desnudos que aparecen generalmente sin rostro.
Pero cuando miras estas figuras no tienes la sensación de que hayan perdido una capacidad de expresar algo. No, en absoluto. Al contrario, hay algo en esos cuerpos que siguen hablando.
La posición del brazo, la tensión de una espalda, la forma de apoyarse un cuerpo sobre otro, la manera de caer o de sostenerse… Es como si aquello que normalmente buscamos en la cara lo pudiéramos trasladar al cuerpo.
Esto me interesa porque quizá estamos demasiado acostumbrados a buscar los sentimientos de una persona en su rostro, en sus expresiones, en su cara. Pero Caballero, en alguna de sus obras, nos obliga a mirar a otro sitio, a profundizar en la obra y buscar y localizar ese sentimiento que él pretende transmitir con el cuerpo humano.
No sé si es exactamente la intención que él ha tenido en este cuadro, porque no se puede afirmar nada, pero la decisión yo la veo ahí. El rostro pierde protagonismo y el cuerpo adquiere una fuerza muy grande.
Otro pintor que considero importante es Friedrich. Hace una obra con una figura que nos hace mirar, un caminante que está de espaldas, que parece estar sobre un mar de nubes y aparece contemplando un paisaje.

Caspar David Friedrich — Wanderer above the Sea of Fog, ca. 1817
Fuente: The Metropolitan Museum of Art
Esto no nos enseña su cara, no apreciamos su expresión, pero precisamente por eso nosotros podemos llegar a ocupar su lugar y mirar la obra que él está mirando.
El propio Metropolitan Museum of Art, señala que la figura vista desde atrás, centra nuestra atención en su experiencia ante el paisaje. Es un paisaje de montañas y nubes.
Creo que es importante e interesante saber ver en las obras la función que quizá el autor, internamente, ha decidido expresar. Considero que es muy sugestivo entrar en este aspecto.
Algo parecido, aunque de una manera mucho más silenciosa, encontramos en Vilhelm Hammershøi, es Study of a Model. A Woman Seen from the Back, de 1888. Representa a una mujer de espaldas en una habitación.

Vilhelm Hammershøi — Study of a Model. A Woman seen from the Back, 1888
Fuente: SMK – The Vilhelm Hammershøi Digital Archive
La obra pertenece a la colección del SMK, que además ha realizado un estudio técnico muy detallado de la pintura y lo conserva en sus archivos.
Esta obra, cuando se mira, la primera sensación que puede llevarte es que esta persona está aislada, que se ha apartado, se ha retirado de su entorno, de su mundo. Y la verdad es que cuanto más la miro, quizá más afirmaría, o más seguro estoy de esa sensación.
En este caso, la figura de espalda no sé si la mujer es lo más importante de la obra o es el ambiente, esa soledad aparente en un espacio en el que solo la acompañan una mesa y una silla. Todo eso quizá tiene más relevancia o más importancia que el personaje.
En esta ocasión, también la cara ha desaparecido y nosotros tenemos que saber mirarla de otra manera.
Y esto empieza a repetirse. Porque no todos los artistas están diciendo lo mismo. Siendo una cara que no se ve, solo la espalda, siendo una habitación cerrada, no tiene nada que ver con el que está en un paisaje completamente exterior, aunque quizá muy intimista.
Y lo que yo puedo decir es que las dos piezas, o las piezas que pueda referenciar, pueden cambiar completamente nuestro concepto y relación de lo que podemos interpretar en una obra.
Ahora vamos a contemplar una obra muy curiosa de René Magritte, Los amantes. En ella se encuentran dos personas juntas y, sin embargo, no vemos sus caras.

René Magritte — The Lovers, 1928
Fuente: The Museum of Modern Art (MoMA)
La situación de esta obra es todavía más evidente. Dos personas abrazadas, se besan y, curiosamente, tienen una tela que cubre sus rostros.
El MoMA describe precisamente esa barrera como algo que convierte un gesto de intimidad en una situación de aislamiento y frustración. También se pueden recoger otras interpretaciones relacionadas con este tipo de imagen. Quizá con la muerte de la madre de Magritte, quizá pudo plasmar en esto un dolor y un sentimiento que ha quedado oculto detrás de estas telas que cubren los rostros. Pero esta interpretación no podemos darla por cierta.
Yo creo que estas pinturas tienen mucho más significado que el hecho de verlas, posicionarlas en un sistema o una tendencia.
Para una interpretación correcta, bajo mi criterio tendría que mirar lo que hizo y preguntarme.
Podía haber pintado dos caras besándose.
No lo hizo.
Puso algo entre ellas.
Y, de repente, la escena cambia.
Si lógicamente yo creo que se están besando y no es esta la idea o el objetivo, la escena ha cambiado. Pero seguimos viendo dos personas muy cerca.
Pero nos damos cuenta de que no podemos ver aquello que normalmente nos permitiría conocerlas y leer su expresión.
Es por eso, quizás, que nos produce una sensación extraña, una situación rara de intimidad, de extrañeza, porque es algo que debería estar ahí y no lo podemos ver por mucho que miremos.
Entonces empezamos a comprender, a intuir o a pensar qué es lo que falta y qué nos quiere transmitir el autor.
Ahora creo que, para no hacer el artículo excesivamente largo y pesado, pondré un último ejemplo: Francis Bacon.

Francis Bacon — Study for Portrait VII, 1953
Fuente: The Museum of Modern Art (MoMA)
En esta obra ocurre lo contrario. Lo que demuestra en el cuadro que voy a mencionar, Study for Portrait VII, me parece que es el séptimo, realizado en 1953, es la fuerza que adquiere la boca con esa expresión.
Aunque queda claro, y el MoMA también explica, que el objetivo de la obra era realizar un retrato de David Sylvester, la terminó relacionando con Inocencio X de Velázquez, transformando poco a poco esa boca de Inocencio X en una especie de grito, un grito convulsivo.
Cuando miras esa boca, pienso que no es simplemente una boca. Hay algo en esa expresión. La figura es humana, pero algo hay en ella que la lleva a un extremo que deja de funcionar como normalmente observamos a una persona con una boca y con ciertas expresiones. Y quizá sea precisamente ahí donde empezamos a entrar en la obra de otra manera.
Ahora podríamos obtener otra opción para mirar las obras. El artista no necesita eliminar la figura humana para que nos fijemos en ella. Considero que hace justamente lo contrario: llevarla tan lejos, hacerla tan imprescindible, que ya no podamos dejar de mirar.
En Caballero, el rostro pierde protagonismo.
En Friedrich, la espalda nos lleva a otro paisaje.
En Magritte, las caras están ahí, pero algo nos impide verlas.
En Bacon, en cambio, una parte del rostro se convierte casi en toda la expresión.
Son situaciones completamente diferentes.
Si empezamos a mirar las obras de otra manera, quizá descubramos que hay cosas más interesantes. Porque quizás, cuando las miremos, podremos ver aquello que el artista nos dice y que quizá él mismo refleja en la obra sin ser plenamente consciente de ello.
Y creo que posiblemente es ahí donde empiece otra forma de observar el arte.



