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lunes, agosto 17, 2026

ANÁLISIS. La motosierra de Milei logra estabilización macroeconómica y recuperación del crecimiento, pero con coste social

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La economía argentina ha experimentado una transformación sin precedentes desde la llegada de Javier Milei a la Presidencia, el 10 de diciembre de 2023. El mandatario libertario heredó un país inmerso en una de las peores crisis económicas de su historia reciente: una inflación superior al 200% anual, un déficit fiscal crónico, reservas internacionales prácticamente agotadas, fuerte emisión monetaria, múltiples tipos de cambio, severos controles de capital y una pobreza que afectaba a más del 40% de la población.

Su respuesta fue aplicar un programa de ajuste de gran intensidad basado en la reducción del gasto público, la eliminación de subsidios, la liberalización de mercados, el equilibrio presupuestario y una estricta disciplina monetaria.

Dos años y medio después, la gran pregunta es si la economía argentina ha mejorado realmente. La respuesta, según los últimos informes del Fondo Monetario Internacional (FMI), el Banco Mundial, el Banco Central argentino (BCRA), el Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC) y otras instituciones oficiales, es compleja: prácticamente todos los indicadores macroeconómicos muestran una mejora muy significativa respecto al punto de partida, aunque esa recuperación sigue conviviendo con importantes costes sociales, una elevada informalidad laboral y una pérdida de poder adquisitivo que todavía afecta a buena parte de la población.

Uno de los mayores logros reconocidos incluso por organismos internacionales ha sido el control de la inflación. Cuando Milei asumió el Gobierno, Argentina registraba una inflación anual superior al 211%, una de las más altas del mundo. La combinación de una fuerte devaluación inicial, la paralización de la emisión monetaria para financiar el déficit y un severo ajuste fiscal provocó inicialmente un fuerte incremento de precios, pero posteriormente la inflación comenzó una rápida desaceleración.

En la actualidad, las tasas mensuales se sitúan aproximadamente entre el 2% y el 3%, muy lejos de las registradas durante 2023, aunque todavía elevadas para los estándares internacionales. El propio FMI considera esta reducción uno de los programas de estabilización más rápidos observados en las últimas décadas.

El equilibrio de las cuentas públicas constituye probablemente el principal cambio estructural introducido por el Gobierno. Argentina llevaba años registrando déficits fiscales que obligaban al Banco Central a emitir dinero para financiar al Estado, alimentando así la espiral inflacionista.

La denominada «motosierra» de Milei supuso una reducción drástica del gasto público mediante la paralización de numerosas obras públicas, la eliminación de ministerios, la reducción de transferencias a las provincias, el recorte de subsidios energéticos y al transporte, así como una profunda racionalización del empleo público. Gracias a estas medidas, Argentina consiguió volver al superávit fiscal, un hecho que tanto el Banco Mundial como el FMI consideran uno de los pilares fundamentales de la estabilización macroeconómica.

La recuperación del crecimiento económico constituye otro de los indicadores positivos. Tras la recesión sufrida durante el primer año de Gobierno como consecuencia del ajuste, la economía volvió a expandirse durante 2025. El Banco Mundial estima que el PIB argentino creció un 4,4% ese año y prevé un crecimiento cercano al 3,6% en 2026, impulsado principalmente por las exportaciones agrícolas, la energía procedente de Vaca Muerta, la minería del litio y una mayor estabilidad macroeconómica. El FMI mantiene previsiones similares, situando el crecimiento de este año en torno al 3,5%.

La energía, a la cabeza

Precisamente el sector energético se ha convertido en uno de los grandes motores de la recuperación. El enorme desarrollo de los yacimientos de petróleo y gas no convencional de Vaca Muerta está permitiendo incrementar las exportaciones energéticas, mejorar la balanza comercial y atraer inversiones extranjeras.

El Gobierno considera este sector una pieza clave para generar divisas y reducir la tradicional escasez de dólares que históricamente ha condicionado la economía argentina. Sin embargo, este crecimiento está concentrado geográficamente y no se está trasladando todavía al conjunto del tejido productivo nacional.

También se observa una mejora en los mercados financieros internacionales. El riesgo país ha descendido de manera muy considerable desde finales de 2023, mientras varias agencias internacionales de calificación han elevado la nota de la deuda soberana argentina, reflejando una mayor confianza de los inversores en la sostenibilidad de las finanzas públicas. Paralelamente, el Banco Central ha conseguido fortalecer parcialmente sus reservas internacionales gracias al superávit comercial y al respaldo financiero internacional.

Otro aspecto especialmente destacado por el Gobierno es la eliminación progresiva de muchas de las restricciones cambiarias que durante años dificultaron el acceso al dólar y distorsionaron el funcionamiento de la economía. La normalización del mercado cambiario ha reducido notablemente la diferencia entre el tipo de cambio oficial y el paralelo, uno de los problemas estructurales que caracterizaban la economía argentina desde hacía años.

Coste social, pero pronta recuperación

Sin embargo, estos logros macroeconómicos no significan que todos los argentinos hayan mejorado su situación económica. El ajuste provocó inicialmente una notable caída del consumo interno, un fuerte descenso de la actividad económica y un aumento considerable de la pobreza durante buena parte de 2024.

Posteriormente, los indicadores sociales comenzaron a mejorar conforme descendía la inflación y la economía retomaba el crecimiento. Distintas estimaciones oficiales sitúan actualmente la pobreza claramente por debajo de los niveles registrados al inicio del mandato, aunque sigue afectando a una parte muy importante de la población y continúa siendo uno de los principales desafíos del país.

El mercado laboral ofrece igualmente una imagen mixta. Aunque el desempleo permanece relativamente contenido para los estándares históricos argentinos, la informalidad laboral continúa siendo muy elevada y numerosos trabajadores han visto deteriorarse su capacidad adquisitiva debido al incremento de las tarifas de servicios públicos y a la lenta recuperación de los salarios reales. Los sectores vinculados al mercado interno —como el comercio, la construcción y parte de la industria manufacturera— siguen mostrando mayores dificultades que los orientados a la exportación.

El FMI ha respaldado reiteradamente la orientación general del programa económico de Milei. Su directora gerente, Kristalina Georgieva, ha elogiado públicamente la consolidación fiscal, la reducción de la inflación y la recuperación de la confianza financiera, aunque el propio organismo advierte de que Argentina todavía afronta riesgos importantes derivados de su elevado endeudamiento, la necesidad de seguir acumulando reservas y la continuidad política de las reformas emprendidas.

Por su parte, el Banco Mundial mantiene una valoración igualmente positiva sobre la estabilización conseguida, aunque subraya que el crecimiento futuro dependerá de la consolidación institucional, del mantenimiento de la disciplina fiscal y de la capacidad para atraer inversión privada suficiente que permita generar empleo de calidad y reducir de forma permanente la pobreza.

Entre los economistas existe un consenso relativamente amplio respecto a que Milei ha logrado corregir algunos de los principales desequilibrios macroeconómicos que arrastraba Argentina desde hacía décadas. La discusión se centra ahora en si esa estabilización será suficiente para impulsar un crecimiento sostenido e inclusivo o si, por el contrario, el elevado coste social del ajuste limitará sus efectos a medio plazo.

Los defensores del Gobierno sostienen que la recuperación económica necesita tiempo para trasladarse plenamente a los salarios y al empleo. Sus críticos argumentan que la mejora de las grandes cifras todavía no se refleja con la misma intensidad en la economía cotidiana de millones de argentinos, especialmente entre pensionistas, trabajadores informales y clases medias.

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