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martes, julio 28, 2026

Cuando celebrar a la selección española sigue generando tensión en parte del País Vasco, Navarra y Cataluña

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Luis Miguel Belda
Luis Miguel Belda
Periodista y Máster en Seguridad, Defensa y Geoestrategia

Los incidentes registrados durante la celebración de la victoria de la selección española en el Mundial de Fútbol han vuelto a poner de manifiesto que, pese a la desaparición de ETA y a la normalización institucional alcanzada en las últimas décadas, determinados símbolos nacionales continúan siendo motivo de confrontación en algunos sectores del País Vasco, Navarra y Cataluña. Las agresiones, insultos y actos vandálicos registrados durante la final reabren el debate sobre la convivencia, la libertad para expresar la identidad nacional y la persistencia de una minoría que rechaza públicamente cualquier manifestación de españolidad.

Pero, cuidado, una minoría que goza de una representación político-pública probablemente desproporcionada, pero vaya uno a preguntárselo al tal Victor D’Hont, un belga que cría malvas desde hace 125 años y a quien, por alguna razón que personalmente nunca entendí bien del todo, nadie, sea del signo político que sea, le lleva la contraria desde entonces.

Lo triste es que la victoria de la selección española en el Mundial de fútbol debía convertirse en una celebración deportiva compartida por millones de ciudadanos. Sin embargo, los incidentes registrados en varias localidades del País Vasco y las reacciones de algunos sectores del independentismo catalán han evidenciado que, para una parte de la sociedad, incluso un acontecimiento estrictamente deportivo continúa proyectándose sobre el terreno de la confrontación identitaria. Pero siempre dando un paso más, hacia la violencia que parecen heredar, como si los genes fueran incorruptibles, algunas nuevas generaciones.

Aunque el suceso más grave tuvo lugar en Berriozar (Navarra), donde unos encapuchados agredieron gravemente a unos militares que, de paisano, y clientes habituales, asistían a la retransmisión de la final del Mundial.

En este marco, el fútbol volvió a actuar como un espejo de una realidad política y social que, aunque muy diferente a la de décadas anteriores, gracias a Dios que ya no asesinan impunemente, mantiene elementos de tensión que siguen aflorando cuando aparecen símbolos como la bandera de España o la propia selección nacional.

Los hechos ocurridos durante la final del Mundial constituyen un ejemplo significativo. En Bilbao, un grupo de alborotadores trató de sabotear la retransmisión del encuentro en una pantalla gigante instalada para seguir el partido, provocando altercados que obligaron a intervenir a la Ertzaintza, que identificó a varios implicados e investigó a otro por amenazas con arma blanca. Paralelamente, en San Sebastián, la policía autonómica detuvo a una persona e investigó a otras seis por presuntas amenazas e insultos dirigidos contra aficionados que celebraban el triunfo de España.

A estos incidentes se sumaron los actos vandálicos registrados en Éibar, localidad natal del capitán de la selección española, Mikel Oyarzabal, donde encapuchados realizaron pintadas contra España, quemaron una bandera española y desplegaron pancartas reivindicando la selección vasca antes de la retransmisión pública de la final. Más allá del daño material, el mensaje perseguía impedir que un espacio público destinado a seguir un acontecimiento deportivo pudiera convertirse en un lugar de celebración de la selección nacional.

Los incidentes no fueron completamente aislados. Días antes de la final, la Ertzaintza ya había abierto diligencias contra varios jóvenes por presuntamente agredir e insultar a un hombre que vestía la camiseta de la selección española en Donostia, lo que ya es la hostia: un episodio que reforzó la percepción de que, para determinadas personas, exhibir símbolos nacionales continúa generando situaciones de hostilidad.

Estos acontecimientos han reabierto un debate que acompaña desde hace décadas a la sociedad vasca. La desaparición de la violencia terrorista de ETA supuso un cambio histórico en la vida política y social, permitiendo recuperar espacios de libertad que durante años estuvieron condicionados por el miedo. Sin embargo, es obvio que persisten comportamientos de intolerancia protagonizados por sectores, por fortuna minoritarios del denominado nacionalismo radical, que rechazan determinadas expresiones de identidad española. La propia delegada del Gobierno en el País Vasco, Marisol Garmendia, defendió que miles de ciudadanos vascos celebraron con absoluta normalidad el triunfo de la selección y subrayó que esos incidentes corresponden a una minoría intolerante que no representa la pluralidad de la sociedad vasca.

Precisamente esa pluralidad constituye uno de los elementos más relevantes de este análisis. Las audiencias televisivas del Mundial muestran que el seguimiento de la selección española ha alcanzado también cifras elevadas en Euskadi y Cataluña, donde centenares de miles de ciudadanos siguieron los partidos con normalidad. Esa realidad convive, sin embargo, con la existencia de grupos que consideran la selección española un símbolo político y no únicamente deportivo, circunstancia que explica parte de las tensiones producidas durante las celebraciones.

La situación encuentra un cierto paralelismo en Cataluña, aunque con características diferentes. Diversos dirigentes y representantes del independentismo expresaron públicamente su escasa identificación con el triunfo deportivo de España y defendieron que no existían motivos para celebrar la victoria de la selección nacional. Estas posiciones forman parte del discurso político de las formaciones soberanistas y se enmarcan en una concepción de la identidad nacional diferenciada de la española. No obstante, la realidad social catalana resulta igualmente diversa, con millones de ciudadanos que siguieron la competición y participaron en las celebraciones sin incidentes significativos.

El fondo del debate trasciende el ámbito deportivo. La cuestión principal consiste en determinar hasta qué punto un ciudadano puede exhibir con absoluta normalidad una bandera española, vestir la camiseta de la selección o participar en una celebración pública sin ser objeto de intimidación, insultos o agresiones. En un Estado democrático, la libertad de expresión protege tanto a quienes desean exhibir esos símbolos como a quienes optan por no identificarse con ellos. El límite jurídico aparece cuando la discrepancia política deriva en amenazas, coacciones o violencia.

Desde el punto de vista social, estos episodios también reflejan la dificultad para separar completamente el deporte de la política en territorios donde la identidad nacional continúa siendo objeto de debate. Mientras una parte de la ciudadanía interpreta la selección española como un elemento integrador, otra la contempla como un símbolo del Estado con el que no se siente representada. Esa diferencia de percepción no constituye en sí misma un problema democrático; sí lo es cuando deriva en comportamientos que pretenden impedir que otros ciudadanos expresen libremente su apoyo a la selección o a los símbolos constitucionales.

Paradójicamente, el éxito deportivo de la selección española también ha mostrado la evolución experimentada por la sociedad en los últimos años. Cada vez son más los jugadores nacidos en comunidades con fuerte identidad propia, como el País Vasco o Cataluña, que forman parte del equipo nacional y son ampliamente reconocidos por la afición. Futbolistas como Mikel Oyarzabal, Mikel Merino o Nico Williams representan precisamente esa diversidad territorial que caracteriza al deporte español contemporáneo. Ni qué decir tiene si hablamos de Lamine.

Los incidentes registrados durante el Mundial no deben interpretarse como una fotografía completa del País Vasco ni de Cataluña, sino como la expresión de una minoría que mantiene posiciones de confrontación identitaria. Sin embargo, tampoco pueden ser minimizados. Que algunos ciudadanos sufran amenazas o agresiones por llevar una camiseta de la selección o por participar en una celebración deportiva plantea interrogantes sobre la plena normalización de la convivencia y sobre la necesidad de garantizar que cualquier opción identitaria pueda expresarse sin miedo.

El episodio vuelve a recordar que la consolidación de una convivencia plenamente democrática no depende únicamente del fin de la violencia organizada, sino también de la capacidad de una sociedad para aceptar la pluralidad de identidades y símbolos que conviven en su seno. Y estos que agreden no parecen haberse enterado. El fútbol puede seguir siendo un espacio de encuentro compartido, pero solo si quienes celebran una victoria y quienes deciden no hacerlo pueden ejercer esa libertad en igualdad de condiciones y sin temor a sufrir intimidaciones.

Los acontecimientos de estos últimos días demuestran que ese objetivo, aunque mucho más cercano que en el pasado, sigue requiriendo un compromiso permanente con el respeto, la tolerancia y la defensa de las libertades individuales. Ahora bien, para quien no respete la libertad de los otros, que actúen contra ellos los ‘hunos’ (con hache), que son la ley, la ley y la ley, malparafraseando a don Torcuato Fernández Miranda.

Luis Miguel Belda es periodista y Máster en Seguridad, Defensa y Geoestrategia

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