La crisis de Ceuta, el regreso de la reivindicación sobre Ceuta y Melilla al discurso político marroquí y la actividad militar del Frente Polisario han alimentado las especulaciones sobre un posible enfrentamiento entre España y Marruecos. Sin embargo, la amenaza más probable no parece ser una guerra convencional, sino una relación cada vez más marcada por la presión, la desconfianza y la competencia en la denominada zona gris.
Las relaciones entre España y Marruecos atraviesan uno de sus momentos más delicados de los últimos años. No estamos ante una ruptura diplomática, ni mucho menos ante una situación prebélica, pero sí ante un cambio perceptible en el clima estratégico entre Madrid y Rabat.
La cooperación continúa siendo intensa. España sigue siendo uno de los principales socios económicos de Marruecos, existen profundos vínculos comerciales y empresariales y la colaboración policial, antiterrorista y migratoria mantiene una importancia fundamental para ambos países.
Pero algo ha cambiado.
La crisis vivida en Ceuta a finales de julio, el creciente discurso marroquí sobre Ceuta y Melilla, la evolución del conflicto del Sáhara Occidental y la voluntad española de implicar cada vez más a la Unión Europea en la protección y desarrollo de las dos ciudades autónomas están introduciendo nuevas tensiones en una relación históricamente compleja.
La cuestión fundamental es determinar hasta dónde puede llegar esa tensión y, especialmente, si existe alguna base real para las voces que advierten de un posible enfrentamiento armado entre España y Marruecos.
La respuesta, al menos con los indicadores disponibles actualmente, es clara: una guerra convencional continúa siendo altamente improbable.
Pero eso no significa que no exista conflicto.
Ceuta: una crisis que todavía plantea interrogantes
Los acontecimientos de finales de julio marcaron un antes y un después.
Decenas de miles de personas intentaron alcanzar Ceuta coincidiendo con la Fiesta del Trono marroquí. La magnitud del episodio desbordó durante horas cualquier escenario migratorio habitual y obligó a España a desplegar importantes recursos policiales y militares.
La posterior desclasificación de documentación española confirmó que los servicios de inteligencia habían detectado previamente convocatorias difundidas a través de Facebook, WhatsApp y otras plataformas digitales alentando entradas masivas en territorio español.
Los servicios españoles comunicaron además esa información a sus homólogos marroquíes antes de que comenzara la crisis.
La gran pregunta continúa sin respuesta definitiva: ¿qué ocurrió después en el lado marroquí de la frontera?
No existen hasta el momento pruebas públicas concluyentes que permitan afirmar que el Gobierno de Marruecos organizó deliberadamente la entrada masiva.
Sin embargo, tampoco resulta sencillo explicar por qué un dispositivo de seguridad marroquí habitualmente muy eficaz en el control de la frontera mostró durante las horas críticas una capacidad de reacción considerablemente menor.
Entre una operación planificada por Rabat y una completa pérdida de control existe una amplia gama de escenarios posibles.
Uno de ellos sería especialmente relevante desde el punto de vista estratégico: que Marruecos no hubiera organizado la movilización, pero hubiera reducido temporalmente su presión policial sobre ella.
Son dos cosas muy diferentes.
La movilización digital, además, fue real. Miles de mensajes circularon por redes sociales asegurando que quienes consiguieran llegar a territorio español no podrían ser inmediatamente expulsados. Informaciones falsas o tergiversadas sobre decisiones judiciales españolas actuaron como potente factor de movilización.
Pero reducir lo sucedido simplemente a una campaña de desinformación tampoco explica completamente el fenómeno.
El problema interno que revela la frontera
Existe otra lectura menos comentada y probablemente más incómoda para Rabat.
Que decenas de miles de ciudadanos marroquíes, muchos de ellos jóvenes, intentaran entrar en España precisamente durante la Fiesta del Trono constituye también una fotografía de determinadas tensiones internas de Marruecos.
El país está experimentando una profunda transformación económica y social, con importantes inversiones, grandes infraestructuras y una creciente presencia internacional. Pero esa modernización convive con elevadas tasas de desempleo juvenil, importantes desigualdades territoriales y una población joven que observa Europa como espacio de oportunidades.
Según las estadísticas oficiales marroquíes, aproximadamente uno de cada tres jóvenes de entre 15 y 29 años se encuentra fuera del empleo, la educación o la formación.
Ceuta se convierte así en algo más que una frontera política.
Es también una frontera económica y psicológica.
Y existe una paradoja difícil de ignorar: mientras parte del discurso nacionalista marroquí reivindica Ceuta y Melilla como ciudades que deberían incorporarse a Marruecos, miles de jóvenes marroquíes continúan intentando entrar en ellas precisamente porque son territorio español y europeo.
Ceuta y Melilla vuelven al discurso político marroquí
La reivindicación marroquí sobre Ceuta y Melilla nunca desapareció completamente.
Durante largos periodos simplemente permaneció en segundo plano porque Rabat consideró prioritario desarrollar otras cuestiones estratégicas, especialmente el Sáhara Occidental y la cooperación económica con España.
Ahora vuelve a ganar visibilidad.
Dirigentes políticos y miembros del Gobierno marroquí han utilizado durante las últimas semanas expresiones relacionadas con los supuestos “derechos históricos y geográficos” de Marruecos sobre ambas ciudades.
También diferentes medios marroquíes utilizan con normalidad términos como “Sebta ocupada”, “Melilia ocupada” o “ciudades marroquíes ocupadas”.
Pero interpretar automáticamente esa retórica como preparación para una confrontación sería un error.
Existe una diferencia importante entre la reivindicación nacionalista y la estrategia real del Estado.
Una parte significativa del pensamiento estratégico marroquí parece considerar que Marruecos no necesita abrir ahora formalmente el expediente de Ceuta y Melilla. Precisamente porque mantenerlo pendiente puede resultar más útil.
Mientras la cuestión permanezca abierta, Rabat conserva una herramienta permanente de presión política sobre Madrid.
Desde esa perspectiva, recuperar inmediatamente las ciudades no sería necesariamente el objetivo. La utilidad estratégica reside precisamente en poder mantener viva la reivindicación.
España necesita cooperación marroquí en inmigración, terrorismo, delincuencia organizada, comercio, pesca y estabilidad regional.
Marruecos lo sabe.
Una opinión pública mucho menos uniforme de lo que parece
También conviene desmontar otra simplificación frecuente: Marruecos no está viviendo una movilización popular unánime para recuperar Ceuta y Melilla.
El análisis de medios y redes sociales muestra una realidad bastante más compleja.
Existe una corriente nacionalista que considera ambas ciudades parte natural del territorio marroquí y entiende su recuperación como una cuestión histórica pendiente.
Existe también una corriente pragmática, especialmente visible entre determinados sectores económicos y de las élites urbanas, consciente de que España constituye un socio demasiado importante para convertir esta cuestión en una confrontación abierta.
Y existe una tercera corriente, especialmente significativa entre los jóvenes, cuya preocupación principal no es la soberanía de Ceuta sino precisamente cómo acceder a Europa.
Los comentarios publicados en medios marroquíes muestran incluso ciudadanos que rechazan una eventual incorporación de Ceuta y Melilla porque consideran que sus condiciones económicas y administrativas son mejores bajo soberanía española.
No estamos, por tanto, ante una sociedad movilizada hacia la guerra.
Estamos ante una sociedad donde conviven nacionalismo, pragmatismo, frustración social y una creciente percepción de que Marruecos está ganando peso internacional.
La nueva confianza estratégica de Rabat
Éste es probablemente uno de los factores que España debería observar con mayor atención.
Marruecos se siente hoy considerablemente más fuerte diplomáticamente que hace una década.
Ha conseguido importantes avances internacionales respecto a su propuesta de autonomía para el Sáhara Occidental, mantiene una estrecha relación con Estados Unidos, ha reforzado enormemente sus vínculos con Francia y con varias monarquías del Golfo, mantiene cooperación militar y tecnológica con Israel y ha expandido su presencia política y económica en África.
Además, organizará junto con España y Portugal el Mundial de fútbol de 2030.
Todo ello está generando una creciente autoconfianza estratégica.
Y cuando un Estado considera que la evolución regional juega a su favor tiende a incrementar su capacidad de presión y su tolerancia al riesgo.
Eso no significa que Marruecos quiera una guerra con España.
Significa que probablemente considera que dispone de más instrumentos para defender sus intereses y que puede negociar desde una posición más fuerte.
El Sáhara: donde sí existe actualmente un conflicto armado
Mientras la atención española se concentra en Ceuta y Melilla, varios cientos de kilómetros al sur continúa desarrollándose un conflicto militar real.
El alto el fuego entre Marruecos y el Frente Polisario establecido en 1991 quedó roto en noviembre de 2020.
Desde entonces se mantienen hostilidades de baja intensidad.
Durante los últimos meses se han registrado ataques mediante cohetes, artillería y otras acciones contra posiciones marroquíes próximas al denominado muro o berm. También se han producido operaciones marroquíes utilizando drones contra miembros del Polisario.
La actividad reciente en torno a Smara resulta especialmente relevante.
Hasta ahora gran parte de los enfrentamientos se ha desarrollado lejos de núcleos importantes de población y con un impacto militar relativamente limitado.
Pero un ataque que provocara un número significativo de víctimas civiles podría alterar completamente la dinámica.
Marruecos se encontraría entonces sometido a una fuerte presión interna para responder con mayor contundencia.
¿Por qué aumenta ahora la actividad del Polisario?
La explicación probablemente debe buscarse más en la diplomacia que en el campo de batalla.
El Frente Polisario observa cómo Marruecos está consiguiendo avances progresivos en el reconocimiento internacional de su propuesta de autonomía para el Sáhara.
Estados Unidos, Francia y otros países occidentales han ido aproximándose en distintos grados a la posición marroquí.
España modificó también significativamente su política en 2022 al considerar la iniciativa de autonomía marroquí como la base “más seria, realista y creíble” para resolver el conflicto.
Para el Polisario existe un riesgo evidente: que la comunidad internacional termine considerando políticamente resuelto un conflicto que jurídicamente continúa abierto.
Mantener actividad militar cumple entonces una función estratégica.
Demuestra que el conflicto continúa existiendo.
Impide normalizar completamente el territorio.
Y recuerda a la comunidad internacional que sigue existiendo una organización político-militar que reclama la autodeterminación y la independencia del Sáhara Occidental.
Por eso muchos de estos ataques deben interpretarse simultáneamente como acciones militares y como actos de comunicación estratégica.
El verdadero escenario de riesgo: Marruecos, Polisario y Argelia
Marruecos posee actualmente una clara superioridad militar sobre el Frente Polisario.
Sus capacidades de vigilancia, inteligencia, drones y ataque de precisión dificultan enormemente que el movimiento saharaui pueda desarrollar una ofensiva convencional sostenida.
El mayor peligro, por tanto, no es una derrota militar marroquí.
Es una escalada accidental.
Especialmente si un ataque marroquí contra el Polisario alcanzara territorio argelino o provocara víctimas vinculadas directamente con Argelia.
Las relaciones entre Marruecos y Argelia se encuentran profundamente deterioradas y ambos países compiten por el liderazgo regional del Magreb.
Por eso, desde un punto de vista estrictamente militar, el eje que debería preocupar más a los analistas europeos no es España-Marruecos.
Es Marruecos-Polisario-Argelia.
¿Puede haber una guerra entre España y Marruecos?
Los indicadores disponibles permiten considerar actualmente esa hipótesis como muy improbable.
Una agresión militar contra Ceuta o Melilla tendría consecuencias devastadoras para los propios intereses estratégicos marroquíes.
Rabat pondría en peligro su relación con la Unión Europea, sus inversiones, sus mercados, su cooperación económica con España, su posición internacional y el enorme capital diplomático conseguido durante los últimos años respecto al Sáhara Occidental.
Además, una agresión contra territorio español supondría enfrentarse a un país miembro de la Unión Europea y de la OTAN.
Aunque existe una conocida discusión jurídica sobre la aplicación geográfica automática del artículo 5 de la Alianza Atlántica a Ceuta y Melilla, interpretar eso como una garantía de que Marruecos podría atacar ambas ciudades sin provocar una reacción aliada sería una lectura extremadamente arriesgada.
Existe además la cláusula de asistencia mutua de la Unión Europea, establecida en el artículo 42.7 del Tratado de la Unión.
El coste estratégico sería extraordinariamente elevado.
Y Marruecos dispone de medios mucho más eficaces y baratos para presionar a España.
La zona gris será el verdadero campo de competición
Éste es probablemente el elemento más importante de todo el escenario.
La confrontación entre ambos países, si aumenta, difícilmente comenzará con unidades militares atravesando una frontera.
Se desarrollará antes mediante presión migratoria, restricciones aduaneras, ralentización de pasos fronterizos, campañas de desinformación, influencia política, presión económica, disputas sobre aguas territoriales, incidentes diplomáticos y utilización cruzada de los diferentes expedientes bilaterales.
Es la denominada zona gris, el espacio existente entre la cooperación normal entre Estados y el conflicto armado abierto.
Marruecos posee importantes instrumentos en ese terreno.
España, por su parte, parece haber comprendido progresivamente esa vulnerabilidad y está intentando responder mediante una mayor integración europea de Ceuta y Melilla.
La posible incorporación de ambas ciudades a determinadas estructuras aduaneras europeas, una mayor presencia de agencias de la UE y el reforzamiento de su integración económica y política con Europa modificarían progresivamente el equilibrio.
Para Marruecos esa evolución no es irrelevante.
Cuanto más europeas sean Ceuta y Melilla en términos institucionales, económicos y de seguridad, más difícil resultará plantear su futuro como una cuestión exclusivamente bilateral entre Madrid y Rabat.
Una relación condenada a entenderse
España y Marruecos están obligados por la geografía a mantener una relación estrecha.
Comparten frontera, intereses económicos, amenazas terroristas, rutas migratorias, redes energéticas y responsabilidades en el Mediterráneo occidental y el Estrecho de Gibraltar.
Pero esa interdependencia no elimina la competición.
La relación bilateral ha entrado probablemente en una nueva fase caracterizada por tres elementos simultáneos: cooperación imprescindible, creciente desconfianza estratégica y utilización política de los puntos de fricción.
No existen actualmente señales sólidas que permitan hablar de una preparación para la guerra.
Sí existen, en cambio, suficientes señales para anticipar nuevas crisis.
Ceuta y Melilla seguirán formando parte del discurso marroquí. El Sáhara continuará condicionando buena parte de la política exterior de Rabat. La inmigración continuará siendo una poderosa herramienta de presión y la creciente autoconfianza internacional de Marruecos probablemente hará que sus posiciones sean cada vez más firmes.
Por eso quizá la pregunta correcta no sea si España y Marruecos van hacia una guerra.
La pregunta es otra:
¿cómo se gestiona una relación entre dos países que se necesitan mutuamente pero que, al mismo tiempo, mantienen intereses estratégicos que en determinados momentos pueden resultar incompatibles?
Ése será probablemente uno de los grandes desafíos de la política exterior y de seguridad española durante los próximos años.



