Dulcinea del True Crime II. Expediente huella

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DULCINEA DEL TRUE CRIME II  —  Expediente huella

De la nieta, del proyecto escolar y de lo que un abuelo puede enseñar que un algoritmo no sabe

Nuevos casos, mismas personas

Sofía tenía trece años y el proyecto de ciencias sociales más ambicioso del instituto, según ella misma y según su madre Macarena, que lo decía con el tono de quien lleva semanas oyendo hablar de lo mismo y ha llegado a un punto de neutralidad emocional difícil de sostener mucho más tiempo.

El proyecto se llamaba Crímenes históricos sin resolver en España: análisis y metodología de la investigación y la profesora lo había propuesto como trabajo libre de investigación para el último trimestre, con la única condición de que las fuentes fueran verificables y el tratamiento fuera respetuoso con las personas implicadas. Sofía había elegido el tema con el entusiasmo de los trece años y la ingenuidad de quien todavía no sabe que crímenes históricos sin resolver es exactamente la materia prima favorita de los canales de true crime de menor rigor en todo el mundo conocido.

Macarena llamó a don Justo un domingo —domingo sí, esta vez era un domingo normal, aunque con una pregunta poco habitual para un domingo—:

—Papá, Sofía tiene un proyecto sobre crímenes históricos y lleva dos semanas viendo vídeos de YouTube para documentarse y necesito que alguien le explique cómo hacer eso bien antes de que me la devuelvan convencida de que todos los casos sin resolver son conspiraciones del Estado.

Don Justo, que en otro tiempo habría dicho mándamela el fin de semana con el cuaderno ya en la mano, dijo algo distinto:

—¿Le pregunto a ella primero qué está viendo y qué está entendiendo?

—Sería lo más sensato, sí —dijo Macarena, con un tono que contenía el alivio específico de la persona que lleva años esperando que su padre haga exactamente esa pregunta antes que otra.

— ✶ —

De la videollamada del miércoles por la tarde

Sofía se conectó a las cinco de la tarde desde el portátil del colegio, con los auriculares puestos y un cuaderno de espiral abierto al lado. Don Justo, que se había sentado en el despacho con la libreta azul cerrada sobre la mesa y la intención firme de escuchar más que de hablar, fue el primero en hablar, porque así funcionaba con los trece años:

—Cuéntame qué has encontrado hasta ahora.

Sofía explicó, con la velocidad de quien lleva días pensando en algo y lo tiene muy organizado en la cabeza, aunque no necesariamente en el cuaderno, los tres casos que había elegido para el proyecto: uno de los años cuarenta, uno de los setenta y uno de los noventa. Había encontrado información en dos canales de YouTube, en tres artículos de periódico digital y en algo que llamaba un foro donde hay gente que sabe mucho del tema.

Don Justo escuchó sin interrumpir. Luego hizo la primera pregunta:

—Los canales de YouTube que me has mencionado, ¿tienen fuentes? ¿Dicen de dónde sacan lo que cuentan?

Sofía miró la pantalla.

—No sé. No me había fijado.

—Bien. Eso es lo primero que vamos a mirar juntos. ¿Puedes abrir uno de esos vídeos ahora?

— ✶ —

De lo que encontraron en los vídeos

Pasaron veinte minutos revisando los dos canales. Don Justo guio a Sofía a través de un proceso que Inés había descrito alguna vez como alfabetización mediática básica: buscar la descripción del vídeo para ver si hay fuentes citadas, comprobar si las afirmaciones más llamativas tienen respaldo en algo verificable, distinguir entre lo que el vídeo presenta como hecho probado y lo que presenta como hipótesis o especulación y preguntarse, siempre, qué interés tiene quien produce el contenido en que el espectador piense lo que está pensando.

El primero de los canales no tenía ninguna fuente en la descripción. El segundo tenía tres enlaces, de los cuales uno llevaba a una página que ya no existía, otro a un artículo de una revista digital que al leerlo resultó ser una reproducción libre —y no especialmente fiel— de la Wikipedia, y el tercero a un documental en otra plataforma que costaba dinero ver.

—¿Y el foro? —preguntó don Justo.

Sofía abrió la pestaña. Don Justo miró la pantalla durante un momento. El foro era exactamente lo que parecía: personas con nicknames entusiastas debatiendo teorías sobre casos sin resolver con una mezcla de datos reales, especulaciones libres y en algún hilo, nombres reales de personas que, en el mejor de los casos, eran familiares de las víctimas que seguían viviendo.

—Sofia, ¿ves esos nombres que aparecen en ese hilo? Las personas cuyos nombres aparecen ahí, ¿han dado permiso para que sus nombres circulen en un foro de internet?

Sofía frunció el ceño.

—No lo sé. Supongo que no.

—¿Y qué pasa si alguien de su familia busca en Google su propio apellido y encuentra ese hilo?

Sofía no respondió enseguida. Don Justo esperó, porque había aprendido que los trece años necesitan un momento más que los adultos para procesar las preguntas que no tienen respuesta rápida y que ese momento vale más que cualquier explicación que venga antes de que la pregunta haya aterrizado.

—Que se sentirían mal —dijo Sofía finalmente—. O asustados.

—O ambas cosas —dijo don Justo—. Y ese es exactamente el problema que tienes que resolver antes de empezar a escribir tu trabajo: cómo investigar algo real sobre personas reales sin hacerles daño. Eso, Sofía, no te lo va a enseñar ningún algoritmo. Te lo tienes que preguntar tú cada vez.

— ✶ —

De lo que Sofía enseñó a don Justo

Don Justo había planificado la videollamada como una sesión de cuarenta y cinco minutos que acabó siendo de una hora y veinte. El tiempo extra lo generó algo que no había anticipado: que Sofía, una vez pasado el momento de revisar las fuentes, tenía preguntas que él no se había preparado para responder y que eran preguntas buenas.

—Abuelo, ¿y entonces cómo lo hacen los periodistas de verdad? ¿Cómo investigan cosas sobre crímenes sin meterse con las familias?

Don Justo explicó lo que sabía: la diferencia entre el periodismo de investigación, que verifica cada afirmación antes de publicarla y da voz a todos los implicados y el contenido de entretenimiento sobre crímenes, que selecciona los datos más llamativos y construye una narrativa con ellos. Pero mientras hablaba, se dio cuenta de que Sofía estaba tomando notas de una manera específica y que esas notas no eran exactamente las que él habría tomado.

—¿Qué estás anotando? —preguntó.

—Las preguntas que me has dicho que hay que hacerse. Las voy a poner al principio del trabajo, como metodología.

Don Justo tardó un momento en entender qué quería decir.

—¿Al principio del trabajo?

—Sí, como una especie de código de lo que voy a hacer y lo que no voy a hacer. La profe dijo que el trabajo tenía que tener metodología explicada y yo creo que la metodología más importante no es cómo busco información sino qué hago para no hacer daño mientras la busco.

Don Justo estuvo en silencio durante tres segundos, que para él era mucho tiempo.

—Eso —dijo— es exactamente correcto. Y es algo que muchos adultos que investigan cosas sobre personas reales nunca se plantean.

Sofía anotó también eso, aunque don Justo no se lo había dicho para que lo anotara sino porque era verdad.

— ✶ —

De TikTok, que es donde estaba el problema real

Al final de la videollamada, cuando ya se estaban despidiendo, Sofía dijo algo que don Justo no esperaba:

—Oye, abuelo, lo de YouTube está bien pero el tema es que la mayoría de mis compañeros no lo buscan en YouTube, lo buscan en TikTok.

—¿Y en TikTok qué hay?

—Vídeos de cuarenta segundos sobre los mismos casos, con música de fondo y subtítulos y al final siempre dicen parte dos en mis stories o algo así.

Don Justo procesó esta información durante un momento.

—¿Y las fuentes?

—No hay descripción en TikTok. Solo el vídeo.

—¿Y la gente lo comparte?

—Sí. Mucho. Más que los vídeos largos.

Don Justo estuvo callado un momento más de lo habitual.

—Sofía, ¿me puedes mandar tres ejemplos de esos vídeos?

—¿Para qué?

—Para enseñárselos a Modesto. Porque si el problema ha llegado a cuarenta segundos sin descripción, necesitamos hablar de eso.

Sofía mandó los vídeos esa misma noche. Don Justo se los reenvió a Modesto con un mensaje breve:

Aquí tienes el siguiente episodio. Lo ha encontrado mi nieta de trece años. Yo no sabía que esto existía. Tú probablemente sí. Habría que hablar de ello.

Modesto respondió en menos de diez minutos:

Sí sabía que existía. Tenía pendiente hablar con usted de esto. ¿El jueves?

Don Justo respondió que sí. Luego fue al salón, donde Remedios estaba viendo la televisión y le dijo que Sofía había hecho algo que él no habría hecho a su edad.

—¿Qué ha hecho? —preguntó Remedios.

—Preguntar las preguntas correctas antes de que yo terminara de plantearlas. Y luego enseñarme algo que yo no sabía.

Remedios lo miró con la expresión de quien lleva muchos años esperando que su marido dijera exactamente eso sobre alguien que no fuera él mismo.

—Eso —dijo Remedios— es lo que pasa cuando escuchas en lugar de explicar.

Don Justo asintió. No lo anotó. Algunas cosas, ya lo sabía, no necesitan ser anotadas para quedarse.

La alfabetización mediática —la capacidad de evaluar críticamente las fuentes, identificar sesgos, distinguir entre hechos y especulaciones y comprender los intereses de quien produce el contenido— es una competencia reconocida por la UNESCO como fundamental en la educación del siglo XXI. Su aplicación al consumo de contenido sobre crímenes reales es especialmente relevante dado el crecimiento del true crime en plataformas de consumo rápido como TikTok, donde la brevedad del formato dificulta la verificación y favorece la viralización de afirmaciones no contrastadas. Las familias y los centros educativos pueden trabajar estas competencias juntos, sin necesidad de prohibir el acceso al contenido, sino enseñando a leerlo con criterio.

No son casos. Son personas.

Acceda aquí a la publicación original de esta serie

Expediente Huella

Esta obra es el resultado del trabajo creativo de sus autores. Para determinadas tareas de apoyo —como la organización de información, la estructuración de materiales y la asistencia en procesos de edición— se han empleado herramientas de inteligencia artificial. No obstante, la concepción, autoría, criterio y responsabilidad sobre los contenidos pertenecen exclusivamente a los autores humanos.

 

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