DULCINEA DEL TRUE CRIME II — Expediente refugio
De cómo la solidaridad se convierte en anzuelo o
del delito que prospera donde más duele
Nuevos casos, mismas personas
Don Justo Severo Recio vio las primeras imágenes de la DANA de Valencia por la tarde, en el telediario, sentado en el sillón del despacho con Cancerbero a los pies y la cena enfriándose en la cocina porque Remedios lo había llamado dos veces y él no había contestado porque lo que estaba viendo en la pantalla le impedía moverse.
Lo que estaba viendo era barro. Barro en las calles, barro en los coches apilados como juguetes rotos, barro en los bajos de los edificios, barro en las caras de las personas que miraban a cámara con la expresión de quien acaba de entender que el mundo que conocía ha desaparecido y el nuevo todavía no tiene forma. La DANA del 29 de octubre de 2024 había dejado más de doscientas treinta víctimas mortales en la Comunidad Valenciana y una devastación que los noticieros describían con adjetivos que don Justo consideraba insuficientes, porque los adjetivos no transmiten el barro.
Lo que don Justo no vio esa noche, porque todavía no lo sabía, era que al mismo tiempo que el barro entraba en los salones de Valencia, otra cosa estaba entrando en los móviles de toda España: mensajes, correos, publicaciones en redes, llamadas telefónicas, Bizums solicitados y cuentas bancarias abiertas de urgencia, todos con el mismo anzuelo y distintos grados de elaboración, todos apuntando en la misma dirección. Hacia el bolsillo de quien quisiera ayudar.
Don Justo lo supo al día siguiente, cuando Remedios le enseñó un mensaje que le había llegado por WhatsApp: un número de cuenta bancaria con el logotipo de Cruz Roja, solicitando donaciones urgentes para los damnificados. Remedios, que tenía el instinto de quien ha escuchado suficientes episodios de La Raíz del Asunto sin tomárselos como hobby sino como formación, ya había buscado el número de cuenta en la web oficial de Cruz Roja antes de preguntar a don Justo. No coincidía.
—¿Es una estafa? —preguntó.
—Casi seguro —dijo don Justo—. Llama a Cruz Roja directamente.
Cruz Roja confirmó que no había puesto en marcha ninguna campaña de recaudación por ese canal. Y que llevaban dos días recibiendo llamadas de personas que preguntaban lo mismo.
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De por qué las catástrofes son el momento favorito de ciertos delincuentes
Don Justo llamó a Inés esa misma tarde. No para pedirle consejo sobre qué hacer, sino porque necesitaba entender el mecanismo antes de poder explicarlo a nadie, y explicarlo a los demás era lo que había aprendido a hacer en lugar de elaborar hipótesis en solitario.
—Lo que está pasando en Valencia con las estafas de donaciones no es nuevo —dijo Inés—. Ocurre en cada catástrofe de cierta magnitud. Ocurrió después del tsunami de 2004 en el Índico, después del terremoto de Haití en 2010, durante la pandemia de covid, durante la guerra de Ucrania, después del terremoto de Turquía y Siria en 2023, después de cada desastre que genera una respuesta solidaria masiva. La regularidad con que aparece es suficiente para que podamos hablar de un patrón documentado, no de comportamientos espontáneos de oportunistas individuales.
—El mecanismo tiene una lógica muy clara desde el punto de vista de la ingeniería social: una catástrofe produce, de manera simultánea, dos condiciones que los estafadores necesitan para operar. La primera es la activación emocional intensa: las personas que ven las imágenes de la devastación experimentan una respuesta empática fuerte que reduce el tiempo de procesamiento racional. La urgencia del momento, la magnitud del daño, la identificación con las víctimas, todo eso genera un estado mental en el que la decisión de donar se toma con la parte emocional del cerebro antes de que la parte racional tenga tiempo de verificar. La segunda es la saturación de los canales oficiales: en los primeros días tras una catástrofe, las webs de las ONGs se colapsan, los teléfonos de atención están ocupados, las redes sociales están inundadas de información. Esa saturación crea el espacio que los estafadores necesitan: si los canales legítimos no responden con rapidez, los fraudulentos cubren el hueco.
Don Justo anotó esto con atención. Luego preguntó lo que le parecía más importante:
—¿Y qué daño hace exactamente, más allá del dinero que se pierden los donantes?
—Varios tipos de daño simultáneos —dijo Inés—. El más obvio es el económico: el dinero que va a las cuentas fraudulentas no llega a las víctimas. Pero hay un daño secundario que a veces es más persistente: la desconfianza. Cuando se descubre que ha habido estafas masivas vinculadas a una catástrofe, una parte de la población que habría donado deja de hacerlo por miedo a ser engañada. Los estafadores no solo roban el dinero de quien dona: reducen la cantidad total de donaciones que las ONGs legítimas van a recibir, porque contaminan el clima de confianza necesario para que la solidaridad funcione. Y ese daño lo sufren las víctimas reales, que reciben menos ayuda de la que habrían recibido si las estafas no hubieran existido.
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De las modalidades: un catálogo que no es exhaustivo
Modesto, que había estado siguiendo el tema desde el primer día de la DANA para un episodio que estaba preparando con Inés, se sumó a la conversación con el inventario de modalidades que había documentado en las primeras semanas:
Los falsos voluntarios de puerta en puerta. Personas con uniformes que imitaban los de Cruz Roja, Cáritas u otras organizaciones reconocibles, que llamaban a los domicilios solicitando donaciones en efectivo o mediante transferencia inmediata. La Cruz Roja tuvo que publicar un comunicado explícito aclarando que no había puesto en marcha ninguna campaña de recaudación puerta a puerta ni de dinero en efectivo en general. El uniforme falso funcionaba exactamente igual que el mono azul de la furgoneta de fontanería que don Justo había investigado dos años atrás: la cobertura como camuflaje. La diferencia era que esta cobertura se llevaba puesta.
Las cuentas bancarias y Bizum fraudulentos. Mensajes por WhatsApp, Telegram y redes sociales con números de cuenta o de Bizum que afirmaban pertenecer a organizaciones conocidas. Algunos usaban logos copiados, otros simplemente invocaban el nombre sin más. La verificación era simple pero requería un paso adicional que la urgencia emocional del momento hacía difícil de dar: buscar en la web oficial de la organización el número de cuenta publicado allí y compararlo con el del mensaje recibido.
Las ONGs falsas de nueva creación. Organizaciones que no existían antes de la catástrofe y que se constituían con nombres que evocaban solidaridad y urgencia, con páginas web creadas en pocas horas, con perfiles en redes sociales con pocos seguidores pero mucha actividad, y con mecanismos de donación que procesaban el dinero antes de que nadie pudiera verificar su existencia legal. Algunas tenían incluso certificados de seguridad en la web, lo cual generaba una falsa sensación de legitimidad, porque el candado verde del navegador solo indica que la conexión es segura, no que el destinatario del dinero sea quien dice ser.
El phishing con malware. Correos electrónicos que aparentaban proceder de organismos oficiales, incluido uno documentado que usaba el logotipo del Ministerio del Interior y un número de expediente inventado, y que contenían un enlace que al abrirse instalaba un troyano capaz de copiar contraseñas bancarias, correos y otras claves. No buscaban la donación directa: buscaban el acceso completo a las cuentas de la víctima.
Los bulos de desinformación como ancla. Mensajes que afirmaban, falsamente, que el teléfono de emergencias 112 de la Comunitat Valenciana estaba colapsado e inutilizable, y que proporcionaban un número alternativo que resultaba ser de tarificación especial. Mensajes sobre agua contaminada en zonas donde no había tal contaminación. Convocatorias de evacuación falsas. Y, semanas después de la catástrofe, documentos con membrete falso de la Generalitat Valenciana que circulaban por WhatsApp entre asociaciones y entidades, anunciando una convocatoria de ayudas que no existía y solicitando datos personales y bancarios de los supuestos beneficiarios.
El pillaje físico en zonas devastadas. Menos mediático que las estafas digitales pero igualmente documentado: aprovechando la ausencia de vigilancia en zonas evacuadas o de difícil acceso para las fuerzas de seguridad, grupos organizados entraban en viviendas y negocios abandonados para sustraer lo que hubiera de valor. No era espontáneo: había patrones de actuación, vehículos preparados, división de roles. Era el delito más antiguo en el catálogo de la catástrofe, y seguía funcionando exactamente igual que siempre.
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De lo que don Justo pensó que nadie estaba diciendo en voz alta
Don Justo escuchó el inventario de Modesto con el cuaderno azul abierto y la pluma en la mano. Cuando Modesto terminó, don Justo dijo algo que llevaba un rato queriendo decir:
—Hay algo en todo esto que me resulta difícil de nombrar y que sin embargo me parece importante. Cuando vemos las imágenes de la DANA, lo que sentimos es solidaridad. Queremos ayudar. Y ese impulso es bueno. Es lo correcto. El problema es que los estafadores no están aprovechando nuestra debilidad: están aprovechando precisamente nuestra mejor parte. Están usando la solidaridad como anzuelo. Y eso me parece más grave que cualquier técnica que empleen, porque significa que la respuesta no puede ser dejar de ser solidarios. Tiene que ser otra cosa.
Inés lo escuchó sin interrumpir. Luego dijo:
—Lo que acaba de describir tiene un nombre en criminología: se llama explotación de la confianza prosocial. Los estafadores de catástrofes no atacan la codicia ni la ingenuidad de sus víctimas. Atacan su altruismo. Y eso tiene una implicación importante para la prevención: la respuesta no es desconfiar de todo ni dejar de donar. La respuesta es aprender a canalizar bien el impulso solidario. A verificar antes de transferir. A buscar los canales oficiales en lugar de responder a los que llegan. A entender que la urgencia que uno siente no obliga a actuar sin comprobar, porque las ONGs legítimas no van a perder la capacidad de recibir tu donación si tardas diez minutos en verificar que son quienes dicen ser.
—La solidaridad inteligente —continuó Inés— no es solidaridad fría. Es solidaridad que llega donde tiene que llegar.
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De lo que Sofía preguntó y de la respuesta que don Justo le dio
Sofía, la nieta de don Justo, lo llamó esa semana con una pregunta que don Justo no esperaba de una chica de trece años y que, sin embargo, pensándolo bien, era exactamente el tipo de pregunta que una chica de trece años que había aprendido a verificar fuentes debía hacerse:
—Abuelo, en el instituto estamos haciendo una recogida de fondos para Valencia. Lo organiza la delegada de clase y vamos a mandar el dinero a una ONG que ha encontrado ella en internet. ¿Cómo sé si es de fiar?
Don Justo se alegró de que Sofía lo preguntara, y también se alegró de tener la respuesta, porque hacía dos días que Inés y Modesto le habían explicado exactamente eso.
—Cuatro comprobaciones —dijo—. Primera: busca el nombre de la organización en el Registro de Fundaciones del Ministerio de Cultura o en el Registro de Asociaciones, que son públicos y gratuitos. Si la organización es real, está ahí. Segunda: entra en su web escribiendo tú misma la dirección en el navegador, nunca haciendo clic en un enlace que te hayan mandado. Busca el número de cuenta o de Bizum en esa web oficial, y comprueba que coincide con el que te ha dado la delegada. Tercera: busca en Google el nombre de la organización junto a la palabra estafa o fraude. Si hay denuncias, aparecerán. Cuarta: si después de todo eso tienes dudas, dona directamente a una organización que conozcas y que sepas que está trabajando en la zona: Cruz Roja, Cáritas, UNICEF. Son más lentas de verificar porque todo el mundo las conoce, pero eso también es una garantía.
—¿Y si la delegada se enfada porque tardo en darle el dinero? —preguntó Sofía.
—Le dices que estás verificando que la organización es legítima, porque donar bien es más importante que donar rápido. Y si se enfada por eso, la delegada tiene un problema.
Sofía hizo las cuatro comprobaciones. La organización resultó ser legítima: una pequeña asociación local valenciana creada después de la DANA por vecinos de uno de los municipios afectados, correctamente registrada, con cuentas auditadas y publicadas. Sofía se lo dijo a la delegada. La delegada aprendió algo. La clase donó.
Don Justo lo anotó en la libreta azul con la satisfacción de las cosas pequeñas que son suficientes.
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Del pillaje: el delito que no necesita internet
La conversación sobre el pillaje fue más breve y más incómoda que la de las estafas digitales, porque el pillaje en zonas devastadas tiene una dimensión que las estafas digitales no tienen: la imagen. Las personas que llegan a llevarse lo que queda en una tienda inundada o en una casa evacuada son vistas, fotografiadas, grabadas. Y esas imágenes circulan con una velocidad y una carga emocional que el episodio de Bizum fraudulento no genera.
Don Justo planteó esto a Inés con una incomodidad que no terminaba de nombrar:
—El pillaje me genera una reacción que las estafas digitales no me generan con la misma intensidad. Y no sé si eso es porque el pillaje es objetivamente peor o porque se ve más.
—Es una pregunta importante —dijo Inés—. La respuesta tiene varias capas. La primera es que el pillaje y las estafas de donaciones no son comparables en términos de daño total: las estafas de donaciones pueden sustraer cantidades muy superiores al conjunto de lo que se lleva el pillaje físico, y lo hacen de manera más sistemática y organizada. La segunda es que, en efecto, la visibilidad del daño afecta a nuestra respuesta emocional. Ver a alguien llevarse algo de una tienda inundada activa una respuesta moral inmediata y visceral. No ver el dinero que va a una cuenta fraudulenta activa una respuesta más fría y más tardía. Eso no significa que uno sea peor que otro: significa que nuestra intuición moral no es un buen calibrador del daño real.
—La tercera capa —continuó— es más delicada y merece un cuidado especial: hay personas que aparecen en esas imágenes de pillaje cuya situación no conocemos. Algunas están cometiendo un delito motivadas por la codicia. Otras pueden estar en situaciones de necesidad extrema provocadas precisamente por la catástrofe. No todas las imágenes tienen el mismo contexto, y la difusión masiva de imágenes sin contexto puede generar linchamiento digital de personas cuya situación real no conocemos. Esto no exime el delito. Pero sí obliga a una cierta cautela antes de compartir imágenes de personas concretas en contextos que no controlamos.
Modesto, que en su etapa anterior habría publicado esas imágenes con música de fondo y un título en rojo, dijo algo que don Justo anotó:
La indignación justa no justifica cualquier respuesta. Eso también lo aprendí tarde.
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De lo que el episodio de Modesto e Inés decidió incluir y de lo que decidió no incluir
El episodio de La Raíz del Asunto y el canal de Modesto, que publicaron versiones complementarias sobre el tema, tomaron decisiones conscientes sobre qué incluir y qué no.
Incluyeron: el mapa de modalidades de estafa, los criterios de verificación, el concepto de explotación de la confianza prosocial, los canales oficiales de donación para catástrofes, el daño secundario de las estafas sobre la confianza general, y la distinción entre pillaje como delito y pillaje como categoría que puede incluir situaciones muy distintas.
No incluyeron: nombres de organizaciones fraudulentas concretas cuya investigación seguía abierta, imágenes o vídeos de personas concretas en situaciones de pillaje, ni especulaciones sobre la organización o el origen de los grupos de estafadores que seguían siendo objeto de investigación policial.
Modesto, al presentar esas decisiones en el episodio, lo hizo con la misma transparencia con que Inés había corregido su error de fuente meses antes:
—Hay cosas que sabemos y que no publicamos porque publicarlas podría dañar una investigación en curso o a personas que todavía no han tenido la oportunidad de ser escuchadas. Eso no es censura. Es responsabilidad. La diferencia entre las dos cosas es que la censura te la imponen desde fuera. La responsabilidad te la impones tú mismo, porque entiendes para qué sirve lo que haces.
Don Justo, que escuchó eso desde su despacho en Olmeda del Espino con Cancerbero dormido a sus pies y la lluvia golpeando la ventana, pensó que Modesto había recorrido un camino largo desde el primer episodio de CRIMEN EN ABIERTO que él había visto hacía casi tres años, con la música de suspense y las preguntas sin respuesta y la miniatura en rojo.
Y pensó también, con la honestidad que había ido desarrollando, que él había recorrido un camino igualmente largo desde la furgoneta de fontanería.
Ninguno de los dos había llegado a ningún destino definitivo. Pero ninguno de los dos estaba ya donde había empezado. Y eso, con las condiciones que tenía el mundo, era suficiente.
Si desea donar a las víctimas de una catástrofe de manera segura: done solo a través de la web oficial de la organización, escribiendo usted mismo la dirección en el navegador; verifique que el número de cuenta o Bizum que le facilitan coincide con el publicado en esa web oficial; compruebe que la organización está registrada en el Registro de Fundaciones (cultura.gob.es/fundaciones) o en el Registro Nacional de Asociaciones; desconfíe de cualquier solicitud de donación que llegue por mensaje de WhatsApp, correo electrónico o llamada telefónica, aunque parezca provenir de una organización conocida; ante la duda, done a organizaciones de trayectoria contrastada como Cruz Roja Española (cruzroja.es), Cáritas (caritas.es) o similares. Si ha sido víctima de una estafa de donaciones, denúncielo en su comisaría más cercana o en el portal de denuncia online del Ministerio del Interior. La solidaridad que llega donde tiene que llegar es más valiosa que la solidaridad que llega rápido.
No son casos. Son personas.
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Esta obra es el resultado del trabajo creativo de sus autores. Para determinadas tareas de apoyo —como la organización de información, la estructuración de materiales y la asistencia en procesos de edición— se han empleado herramientas de inteligencia artificial. No obstante, la concepción, autoría, criterio y responsabilidad sobre los contenidos pertenecen exclusivamente a los autores humanos.



