Desde principios de 2020 la guerra ha cambiado mucho y rápido. La adopción de nuevas tecnologías, nuevas tácticas y nuevos procedimientos ha convertido la guerra en un laboratorio de la guerra moderna, donde los drones y los sistemas antidrones están redefiniendo el campo de batalla.
En Europa los incidentes con drones en la guerra han sido pocos. El observatorio Dronewatch indica que tres casos confirmados involucraron drones de origen ruso que estaban en países que comparten frontera con Ucrania: Polonia, Rumanía y Moldavia.
En algunos casos, los drones de reconocimiento soviético sirvieron para misiones estratégicas durante la Guerra Fría. Un ejemplo notable es el Tupolev Tu-141 ruso, el cual cruzó varios países de la OTAN antes de estrellarse en Zagreb (Croacia) en 2022, poniendo de relieve los riesgos que estos sistemas pueden generar incluso fuera del teatro directo de operaciones.
El cambio más significativo del conflicto ha sido el uso masivo de pequeños vehículos aéreos no tripulados (UAV). Tanto Rusia como Ucrania utilizan cientos de miles de drones al año, una cifra sin precedentes en la historia militar.
Según el Royal United Services Institute (RUSI), los pequeños drones son responsables de entre el 60 % y el 70 % de los daños infligidos a sistemas rusos en el conflicto. En otras palabras, estos dispositivos están causando más destrucción que la artillería, los tanques, los misiles o los aviones combinados.
Este crecimiento refleja una tendencia clara: los drones están pasando de ser un complemento a convertirse en un elemento central de la guerra moderna. Los drones ofrecen ventajas y explican la expansión en los conflictos. Los drones permiten reconocimiento al instante del campo de batalla. El reconocimiento ayuda a identificar posiciones del enemigo y a corregir el fuego de artillería.
Los drones pueden ejecutar ataques contra vehículos, equipos o posiciones del ejército. El ataque cuesta poco. Una ventaja importante es que los drones pueden operar en lugares donde otras armas no pueden, como trincheras, edificios o zonas urbanas muy llenas.
Esa capacidad hace que los drones sean muy útiles en combates cercanos. Drones como el DJI Mavic, los drones FPV (First Person View) que se controlan con gafas de realidad virtual para ataques directos, y los drones kamikaze, como el Shahed-136, son muy habituales en este modelo de conflictos con aviación no tripulada.
La expansión de la tecnología ha crecido en los últimos años. La cantidad de conflictos en los que se usan drones con fines bélicos, pasó de cinco en 2020 a más de quince en 2025-2026. El volumen de sistemas desplegados creció de miles a millones de unidades.
Paralelamente, el coste medio por dron ha disminuido significativamente —desde decenas de miles o millones de dólares en sistemas militares tradicionales hasta apenas cientos o miles en muchos modelos actuales—, lo que ha incrementado su impacto militar y ha contribuido a convertirlos en una de las armas principales del campo de batalla moderno.
El costo se volvió un factor clave para usar drones en la guerra moderna. Los sistemas no tripulados cuestan menos que los sistemas de defensa tradicionales. Un dron kamikaze como el Shahed‑136 cuesta entre 20.000 y 50.000 dólares. Interceptar el dron con un misil del sistema MIM‑104 Patriot cuesta hasta 3 millones de dólares por disparo.
El desequilibrio ha creado lo que los analistas denominan “guerra de saturación económica”. En la guerra de saturación económica se lanzan muchos drones baratos para forzar al adversario a gastar recursos defensivos más caros. Como respuesta, muchos países desarrollan sistemas antidrones más baratos.
Los países usan la guerra electrónica (jamming) para interferir las comunicaciones y las señales GPS. Los países también usan armas láser contra drones, drones interceptores y sistemas que bloquean las señales satelitales. Al mismo tiempo, la tecnología de los drones ha evolucionado rápido. En Ucrania los militares usan drones comerciales modificados, como el DJI Mavic que lanza granadas.
Los militares también usan drones FPV (First Person View), los drones de vista en primera persona que antes eran para carreras. Ahora los drones FPV son armas de ataque y los pilotos controlan los drones con las gafas de realidad virtual.
Más recientemente han aparecido drones guiados mediante cable de fibra óptica, inmunes a interferencias de radio, con alcances de entre 10 y 20 kilómetros, e incluso ataques documentados a distancias superiores, lo que demuestra la rapidez con la que esta tecnología sigue transformando el campo de batalla. En este nuevo escenario estratégico, los drones se están consolidando como una de las armas más decisivas del siglo XXI.

Jordi Sandalinas es Director de Estudios Jurídicos sobre Drones de la Cátedra Delta 13Sec de Seguridad e Inteligencia de la Universidad a Distancia de Madrid (UDIMA). Profesor Derecho de Drones (UOC) y de Derecho Internacional del Espacio (UDIMA), y Piloto de Drones.



