El informe Changing tactics, changing targets: the evolving nature of museum heists, publicado por Europol este verano y del que ofrecimos un primer análisis en este diario, constituye una interesante aportación al conocimiento de la evolución reciente de la delincuencia contra museos y colecciones de bienes culturales en Europa. Su principal valor no reside tanto en documentar una sucesión de robos, algunos de ellos de gran repercusión mediática, como en identificar una posible transformación de las pautas de actuación, de los objetivos y, potencialmente, de los propios actores criminales.
La tesis central del documento es que determinados casos recientes apuntan a una posible transición hacia actuaciones más directas, agresivas y violentas. Europol advierte, además, de que esta evolución puede ser indicativa de la entrada en este mercado ilícito de redes criminales con perfiles diferentes de los tradicionales.
De la sustracción discreta al asalto violento
Históricamente, el delincuente especializado en bienes culturales ha procurado minimizar la exposición y evitar la violencia. El informe recuerda que las operaciones contra museos se han caracterizado por la vigilancia previa, la planificación y la ejecución discreta. Sin embargo, los casos analizados por Europol muestran una creciente utilización de herramientas contundentes, armas e incluso explosivos para acceder a los edificios y vitrinas.
El caso del Museo Drents, en Assen, constituye uno de los ejemplos más significativos. En enero de 2025, los autores utilizaron explosivos para acceder al museo y sustrajeron piezas arqueológicas dacias de extraordinario valor, entre ellas el casco de oro de Coțofenești y tres brazaletes de oro.
Un patrón similar se observa en otros episodios analizados por Europol. En el Museo Cognacq-Jay de París, cuatro individuos encapuchados emplearon bates y hachas para apoderarse de objetos de oro y diamantes. En octubre de 2025, el robo perpetrado en el Museo del Louvre incorporó igualmente elementos violentos, amenazas a vigilantes y visitantes y la destrucción de vitrinas para acceder a las joyas seleccionadas.
La cuestión relevante desde una perspectiva de seguridad no es únicamente la violencia utilizada, sino su carácter funcional y dirigido. Europol señala que estos episodios presentan indicios de operaciones previamente planificadas y dirigidas contra objetos concretos.
También cambian los objetivos
La segunda transformación identificada afecta a la naturaleza de los bienes sustraídos. Europol identifica una mayor presencia, en los casos recientes analizados, de ataques dirigidos contra metales preciosos, piedras preciosas y determinados bienes culturales, especialmente artefactos de origen chino.
El atractivo criminal del oro y otros metales preciosos presenta una característica especialmente preocupante: pueden ser fundidos, dificultando considerablemente su identificación y recuperación. Las piedras preciosas pueden ser extraídas de las piezas originales y comercializadas separadamente. A ello se añade la percepción de que determinados museos presentan vulnerabilidades de seguridad superiores a las de otros establecimientos que custodian objetos de valor económico comparable.
En el caso de los bienes culturales chinos, el factor determinante parece ser fundamentalmente la demanda existente en los mercados ilícitos y, en determinados casos, en el mercado internacional del arte. Europol subraya que las piezas seleccionadas no responden a un patrón de saqueo indiscriminado, sino a operaciones dirigidas y precedidas de reconocimiento y planificación.
Este aspecto resulta especialmente importante. La selección previa del objeto convierte el robo en una operación de inteligencia criminal: identificar el objetivo, conocer sus características, determinar las medidas de seguridad, establecer el momento adecuado, seleccionar los medios de acceso y prever la extracción y posterior colocación del bien.
Una posible transformación del actor criminal
Probablemente sea este el elemento de mayor interés estratégico del informe.
Europol plantea la posibilidad de que estemos asistiendo a la aparición de un perfil criminal diferente del tradicional traficante de bienes culturales. Frente a organizaciones relativamente estructuradas, especializadas y orientadas a evitar la violencia, aparecen indicios de grupos más flexibles y descentralizados, capaces de reclutar ejecutores localmente mediante redes sociales y sistemas de comunicación instantánea.
El informe introduce incluso el concepto de una posible contratación de ejecutores bajo un modelo de «crime-as-a-service», en el que individuos sin relación previa pueden ser incorporados para ejecutar una operación concreta. También contempla la posibilidad de que delincuentes procedentes de otros mercados criminales estén identificando los robos de museos como actividades de elevada rentabilidad y riesgo relativamente reducido.
Esta hipótesis merece especial atención. De confirmarse, supondría que el problema dejaría de circunscribirse al ámbito específico del tráfico ilícito de bienes culturales para convertirse en una manifestación más de la diversificación de las organizaciones criminales.
La especialización dejaría paso a la oportunidad. El museo ya no sería necesariamente el objetivo de un delincuente especializado en arte, sino el de una red que evalúa diferentes mercados ilícitos y selecciona aquel que ofrece una combinación favorable entre beneficio económico, vulnerabilidad y riesgo operativo.
El mercado como verdadero elemento tractor
El informe apunta acertadamente hacia el mercado como una de las claves explicativas. El objeto sustraído no tiene necesariamente que ser atractivo por su valor artístico o histórico. Para el delincuente puede ser más importante lo que podría denominarse su “liquidez criminal”, es decir, la facilidad para convertirlo en dinero dentro del mercado ilícito.
Oro, piedras preciosas y determinados objetos culturales presentan características que facilitan su transformación en dinero. El problema, por tanto, no comienza cuando se produce la intrusión en el museo. Comienza antes, en la existencia de compradores, intermediarios, redes de distribución y mecanismos capaces de absorber el producto ilícito.
Desde esta perspectiva, la protección física constituye únicamente una parte de la respuesta. La lucha contra estos delitos exige combinar seguridad preventiva, inteligencia criminal, investigación patrimonial, análisis de mercados, cooperación internacional y seguimiento de las rutas de tráfico y comercialización.
Implicaciones para la seguridad de los museos
La evolución descrita por Europol obliga a revisar algunos presupuestos tradicionales de la seguridad museística.
La seguridad de un museo siempre se encuentra condicionada por una tensión inevitable entre protección y accesibilidad pública. No es posible convertir una institución cultural en una instalación fortificada sin alterar sustancialmente su propia naturaleza. Europol reconoce esta dificultad al señalar el equilibrio que debe existir entre las medidas de seguridad, los costes y la necesidad de mantener los museos como espacios públicos accesibles.
Precisamente por ello, la respuesta debería avanzar desde una concepción predominantemente física hacia un modelo basado en seguridad por capas e inteligencia preventiva.
La vigilancia del entorno, el conocimiento de amenazas, la detección de comportamientos anómalos, la protección de las piezas especialmente atractivas, la cooperación con las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad y la preparación específica frente a ataques violentos adquieren una importancia creciente.
No se trata simplemente de elevar las barreras físicas. Se trata de conseguir que el potencial agresor encuentre un entorno en el que la planificación, ejecución, huida y posterior comercialización del objeto resulten cada vez más difíciles.
Aplicación a la casuística española
El contenido del informe es parcialmente extrapolable a España, especialmente como marco de alerta estratégica y preventiva. La extrapolación resulta sólida respecto de la planificación previa, la selección de objetos de alto valor y fácil salida, el tráfico internacional, la venta mediante canales digitales, la participación de intermediarios y la necesidad de cooperación policial y cultural. Sin embargo, debe evitarse trasladar automáticamente la conclusión de que existe ya en España un aumento generalizado de los asaltos violentos contra museos o una implantación demostrada de grupos descentralizados reclutados bajo un modelo de «crime-as-a-service».
La evidencia disponible permite afirmar que España forma parte del ecosistema europeo e internacional relacionado con la protección, la investigación y la prevención del tráfico ilícito de bienes culturales. Tanto la Guardia Civil como la Policía Nacional cuentan con capacidades y unidades especializadas en la investigación de delitos contra el patrimonio histórico y cooperan con organismos nacionales e internacionales en la investigación y protección de este ámbito.
Asimismo, operaciones internacionales como Pandora han evidenciado la dimensión transfronteriza del problema, mediante la recuperación de miles de bienes culturales, detenciones y actuaciones coordinadas en distintos países, con participación española en el marco de la cooperación policial y judicial internacional.
En el caso español, el análisis debe ampliarse más allá de los grandes museos. El país cuenta con un patrimonio eclesiástico muy amplio y distribuido territorialmente, numerosos yacimientos arqueológicos, colecciones privadas, anticuarios, casas de subastas y almacenes, empresas de transporte y operaciones logísticas relacionadas con obras de arte. Muchos de estos emplazamientos pueden presentar una combinación de valor, accesibilidad y vulnerabilidad operativa especialmente atractiva para delincuentes oportunistas o redes especializadas.
Por ello, los objetivos potenciales en España pueden incluir oro, plata, monedas antiguas, joyería histórica, objetos litúrgicos, arte sacro, piezas arqueológicas de pequeño tamaño y bienes culturales con documentación de procedencia deficiente. El riesgo no se limita a la sustracción de una pieza expuesta: comprende también el expolio arqueológico, la ocultación, el transporte, la falsificación documental, la intervención de intermediarios y la posterior introducción del bien en mercados físicos o plataformas digitales.
Desde una perspectiva de inteligencia, España debe considerar varios perfiles criminales concurrentes: redes especializadas de tráfico cultural, delincuentes locales contratados para ejecutar operaciones concretas, grupos dedicados a robos violentos que diversifican su actividad, expoliadores arqueológicos, intermediarios, falsificadores y compradores finales que adquieren bienes de procedencia dudosa. El análisis de riesgos debe extenderse asimismo a almacenes, empresas de transporte y operaciones logísticas relacionadas con obras de arte, por su posible utilización para ocultar, trasladar o introducir los bienes sustraídos en el mercado.
La valoración más prudente es que España afronta una amenaza emergente y de impacto potencial muy elevado, aunque no necesariamente una crisis generalizada ya consolidada. El riesgo prioritario se sitúa en la combinación de museos vulnerables, patrimonio eclesiástico, expolio arqueológico, colecciones privadas, mercados digitales y conexiones internacionales. Por tanto, la seguridad española debería orientarse a anticipar la identificación y elección del objetivo criminal y a dificultar no solo la intrusión, sino también la huida, la ocultación y la monetización del bien sustraído.
Europol y la respuesta europea
El informe pone de relieve igualmente el papel del European Serious and Organised Crime Centre, ESOCC, de Europol, como instrumento de apoyo operativo, analítico y de coordinación para los Estados miembros.
La dimensión transnacional resulta esencial. Los objetos pueden ser sustraídos en un país, trasladados a otro, manipulados o transformados en un tercero y finalmente introducidos en mercados situados fuera de la Unión Europea. Europol puede aportar precisamente la visión que supera las fronteras nacionales, identificando conexiones entre investigaciones aparentemente independientes.
El informe cita como ejemplo una operación desarrollada en noviembre de 2025 contra una red dedicada al tráfico de bienes culturales, en la que la cooperación apoyada por Europol permitió identificar conexiones internacionales, localizar objetos y abrir nuevas líneas de investigación.
Una advertencia más que un diagnóstico definitivo
Conviene, no obstante, interpretar el informe con cierta prudencia. Europol habla expresamente de indicaciones de una evolución en los perfiles criminales y reconoce la existencia de una brecha de inteligencia. No afirma, por tanto, que todos los robos de museos estén evolucionando hacia organizaciones violentas y descentralizadas.
Su importancia reside precisamente en señalar una tendencia emergente que debería ser objeto de seguimiento.
Desde una perspectiva de inteligencia criminal, el informe plantea una cuestión de mayor alcance: ¿están los museos convirtiéndose en nuevos objetivos de oportunidad para organizaciones criminales que anteriormente operaban en otros mercados?
Si la respuesta termina siendo afirmativa, las consecuencias para las políticas de protección del patrimonio cultural serán relevantes.
Conclusión
Changing tactics, changing targets es un informe breve, pero estratégicamente significativo. Europol identifica tres transformaciones que conviene seguir de cerca: mayor utilización de la violencia, modificación de los objetivos y aparición potencial de nuevos perfiles criminales.
Su principal aportación consiste en desplazar el análisis desde el robo individual hacia el ecosistema criminal que lo hace posible. El objeto cultural constituye solamente el objetivo visible de una cadena mucho más amplia en la que intervienen información previa, planificación, ejecución, transporte, ocultación, intermediación y demanda.
Para los responsables de seguridad de museos y colecciones, la conclusión es especialmente clara: proteger el patrimonio cultural ya no puede limitarse a impedir que alguien entre en un museo y se lleve una pieza. La seguridad debe anticiparse a la selección del objetivo y comprender quién puede estar detrás de ella, qué información necesita, qué mercado espera encontrar y qué redes pueden facilitar la monetización del objeto sustraído.
En este sentido, el informe de Europol debe interpretarse menos como una fotografía de los robos cometidos en los últimos años que como una señal de alerta sobre la posible evolución futura del delito contra el patrimonio cultural europeo.
«El robo ya no empieza cuando desaparece la pieza, sino cuando alguien decide que puede convertirla en beneficio»



