Cuando la autenticidad de una obra llega a los tribunales (II)

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En la primera parte hablaba de las fundaciones vinculadas a un artista y de la responsabilidad que, en mi opinión, deberían asumir cuando tienen como finalidad proteger su legado.

Pero hay una cuestión que me preocupa especialmente:

¿Qué ocurre cuando se determina que una obra no es auténtica?

Cuando hablamos de arte, muchas veces pensamos en lo que vemos y sentimos delante de una obra. Para mí, eso sigue siendo lo principal. Hay algo que una obra nos transmite y que muchas veces ni siquiera sabemos explicar.

Pero detrás de esa emoción existe también una historia.

Cuando una obra sale del estudio de un artista comienza un recorrido. Puede pasar por exposiciones, galerías, instituciones, colecciones y diferentes propietarios. Puede ser fotografiada, catalogada, estudiada y publicada.

Con el tiempo, esa obra puede llegar a formar parte de la historia del propio artista.

Por eso, cuando se pone en duda su autenticidad, no se pone en duda solamente una firma.

Se pone en duda una historia.

Hace algunos años tuve que intervenir profesionalmente en un caso que para mí sigue teniendo una importancia especial.

La obra era una escultura de Salvador Dalí, “Dios Solar emergiendo de las aguas de Okinawa”, vinculada a la Exposición Oceánica Internacional de Okinawa de 1975, donde fue presentada en el pabellón español.

En un momento determinado surgió una controversia sobre la autenticidad de la obra.

Y aquí comienza, para mí, la verdadera responsabilidad del experto.

No basta con mirar.

Hay que investigar.

Hay que estudiar la documentación, la procedencia, las fotografías, los materiales, la técnica y todos aquellos elementos que permitan reconstruir la historia de la obra.

En este caso tuve que estudiar la escultura y defender una conclusión diferente de la que se había planteado respecto a su autenticidad.

No era suficiente con decir que yo consideraba que era auténtica.

Había que explicar por qué.

Siempre he pensado que un experto no debería comenzar una investigación intentando demostrar que tiene razón. Debe comenzar intentando averiguar qué ocurrió realmente.

Puede parecer una diferencia pequeña, pero para mí no lo es.

Porque también forma parte de nuestro trabajo estar preparados para encontrar algo que contradiga nuestra primera impresión.

La controversia terminó llegando a los tribunales de Barcelona.

La Audiencia Provincial analizó las pruebas documentales y periciales aportadas durante el procedimiento y consideró acreditado que la escultura era la misma que había sido expuesta en Okinawa y que reunía los requisitos para ser considerada una escultura auténtica de Dalí. La resolución absolvió a los acusados.

El procedimiento continuó y llegó al Tribunal Supremo. En febrero de 2020, la Sala de lo Penal dictó la sentencia 58/2020, desestimando el recurso de casación y confirmando la resolución de la Audiencia Provincial.

Para mí, lo importante no es decir simplemente que un experto tenía razón y otro estaba equivocado.

Es algo mucho más profundo.

Cuando una persona o una institución tiene autoridad para pronunciarse sobre una obra, esa autoridad lleva consigo una responsabilidad.

Todos podemos equivocarnos. Pero cuanto mayor es la responsabilidad, mayor debería ser también el rigor con el que se trabaja.

Porque una obra declarada auténtica puede entrar en una colección, ser expuesta, estudiada y formar parte del mercado.

Pero una obra declarada falsa puede quedar marcada de una manera muy difícil de reparar.

Y detrás de ella puede existir un propietario, un coleccionista y, sobre todo, una historia.

Por eso, cuando se emite una opinión sobre la autenticidad de una obra, creo que no debemos tener miedo a equivocarnos.

Debemos tener miedo de no haber investigado lo suficiente.

Una obra no es solamente materia.

No es solamente una firma.

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