La reciente polémica surgida en torno a la alimentación de los militares desplegados en Ceuta, que recibieron dos panecillos, mortadela, una lata de atún y dos botellines de agua, ha vuelto a poner el foco sobre un aspecto poco conocido de la vida castrense: el denominado «rancho», nombre tradicional con el que los propios militares se refieren a la comida preparada para las tropas.
Aunque en el lenguaje popular el término suele asociarse a una alimentación escasa o de baja calidad, la realidad actual de las Fuerzas Armadas españolas es muy diferente. La nutrición de los soldados constituye hoy un elemento estratégico para garantizar el rendimiento físico, la capacidad cognitiva y la resistencia durante operaciones prolongadas, tanto en territorio nacional como en misiones internacionales. La evolución ha sido notable respecto a décadas anteriores, cuando los problemas logísticos y presupuestarios condicionaban la calidad de la alimentación militar.
El concepto de rancho tiene un origen histórico. Durante siglos designó la comida elaborada colectivamente para una unidad militar, preparada en grandes calderas y distribuida entre todos los soldados. Era una alimentación sencilla, basada principalmente en pan, legumbres, arroz, patatas, carne cuando estaba disponible y otros productos de fácil conservación. La calidad dependía en gran medida del presupuesto del Estado, de la capacidad logística y del lugar donde estuvieran desplegadas las tropas. Los estudios históricos muestran que durante buena parte del siglo XIX e incluso principios del XX la dieta de los soldados españoles era monótona, con exceso de hidratos de carbono y carencias de proteínas, grasas y vitaminas, lo que repercutía negativamente en su estado físico.
En la actualidad, sin embargo, el Ejército de Tierra dispone de un sistema alimentario mucho más desarrollado, supervisado por especialistas en nutrición y sanidad militar. La premisa es sencilla: un combatiente debe recibir la energía suficiente para soportar largas jornadas de esfuerzo físico, privación de sueño, temperaturas extremas y elevados niveles de estrés. La alimentación deja de ser un simple servicio de intendencia para convertirse en un elemento directamente relacionado con la operatividad de las unidades.
Cuando las unidades permanecen en sus acuartelamientos, como ocurre habitualmente en Ceuta, Melilla o cualquier base peninsular, el rancho se elabora en cocinas militares convencionales. Los menús son similares a los de una gran cocina colectiva, con desayunos, comidas y cenas planificados semanalmente. Incluyen habitualmente primeros platos de pasta, arroz, legumbres o verduras; segundos de carne o pescado; guarniciones; fruta; postres lácteos y pan. También existen menús específicos para personal con intolerancias, alergias o necesidades dietéticas especiales, algo que hace apenas unos años era mucho más limitado.
La situación cambia completamente cuando los militares abandonan el acuartelamiento para realizar maniobras, ejercicios tácticos o despliegues operativos. En esos casos, la logística alimentaria depende de la duración de la misión, del acceso a cocinas móviles y de las condiciones del terreno. Si la unidad puede desplegar cocinas de campaña, los soldados continúan recibiendo comida caliente preparada por personal especialista en hostelería militar. Estas cocinas portátiles permiten elaborar guisos, carnes, arroces, pastas y otros platos incluso en zonas alejadas de instalaciones permanentes.
El RIC
Cuando las circunstancias no permiten cocinar, entra en juego uno de los elementos más característicos de la logística militar moderna: la Ración Individual de Combate (RIC). Introducida en España durante los años noventa, supuso una auténtica revolución logística al permitir que cada militar dispusiera de alimentación autónoma para 24 horas sin depender de cocinas de campaña.
Cada ración está diseñada para aportar aproximadamente entre 3.500 y 4.000 kilocalorías, suficientes para compensar el enorme gasto energético que puede experimentar un soldado durante una operación. Además del aporte calórico, se busca un equilibrio entre proteínas, hidratos de carbono y grasas, garantizando también vitaminas y minerales esenciales. El peso total ronda los tres kilogramos, una cifra considerable, pero asumible dentro del equipo individual del combatiente.
El contenido de estas raciones es mucho más variado de lo que suele imaginarse. Cada menú puede incluir platos preparados como lentejas con chorizo, judías estofadas, albóndigas, pasta, arroz, fabada o carne en salsa; conservas de atún, sardinas o paté; galletas energéticas; frutos secos; chocolate; mermelada; café soluble; cacao; bebidas isotónicas en polvo; azúcar; caramelos; chicles; pastillas potabilizadoras de agua; servilletas; cubiertos desechables y un pequeño hornillo químico que permite calentar la comida sin necesidad de fuego.
Uno de los aspectos más estudiados por los responsables de Sanidad Militar es precisamente la aceptación del menú por parte de los soldados. La experiencia demuestra que una ración nutricionalmente perfecta resulta inútil si los militares no desean consumirla. Por ello, además de los criterios dietéticos, se presta especial atención al sabor, la textura y la variedad de los platos. La alimentación también tiene un importante componente psicológico: una comida caliente y agradable puede elevar significativamente la moral de una unidad tras varias jornadas de operaciones.
En las misiones internacionales, la alimentación depende igualmente del escenario de operaciones. En bases permanentes desplegadas en el extranjero suelen instalarse cocinas completas capaces de preparar menús similares a los de España. Cuando las patrullas permanecen varios días alejadas de la base, recurren nuevamente a las raciones individuales de combate. En ocasiones, además, se complementan con productos frescos adquiridos localmente cuando las condiciones sanitarias y logísticas lo permiten.
La calidad sanitaria constituye otro de los pilares fundamentales. Todos los alimentos suministrados a las Fuerzas Armadas deben cumplir estrictos controles microbiológicos, de conservación y trazabilidad. Las raciones de combate están diseñadas para soportar largos periodos de almacenamiento, grandes variaciones de temperatura y transporte en condiciones extremas sin perder seguridad alimentaria. Su vida útil puede alcanzar varios años, lo que facilita mantener reservas estratégicas para emergencias, operaciones militares o catástrofes naturales.
Precisamente las emergencias civiles han permitido que muchos ciudadanos conozcan indirectamente este sistema alimentario. En intervenciones de la Unidad Militar de Emergencias (UME) tras incendios, inundaciones o terremotos, las cocinas móviles militares son capaces de servir miles de comidas calientes al día tanto al personal desplegado como a la población afectada, demostrando la capacidad logística desarrollada por las Fuerzas Armadas españolas.
La polémica surgida en Ceuta pone de manifiesto que la alimentación continúa siendo un asunto especialmente sensible dentro de cualquier ejército. Para los soldados destinados en puestos avanzados, jornadas de vigilancia o despliegues prolongados, la comida no representa únicamente una necesidad fisiológica, sino también un elemento de bienestar y reconocimiento institucional. La percepción de que el rancho pierde calidad puede afectar a la moral de las unidades, aunque desde el punto de vista técnico los estándares nutricionales actuales distan mucho de los existentes hace apenas unas décadas.
Los especialistas en logística militar recuerdan que la alimentación constituye uno de los factores decisivos para mantener la eficacia operativa. Desde las campañas napoleónicas hasta los conflictos contemporáneos, numerosos estudios han demostrado que un ejército mal alimentado pierde capacidad física, aumenta la incidencia de enfermedades y disminuye su rendimiento en combate. Por esa razón, los modernos sistemas de abastecimiento sitúan el suministro de alimentos al mismo nivel que el combustible, la munición o el material sanitario.



