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lunes, julio 27, 2026

Dulcinea del True Crime. Capítulo VIII

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Dulcinea del True Crime Capítulo VIII

 

Segunda Parte: De los crímenes invisibles y de la primera vez que el dolor tuvo cara conocida

 

CAPÍTULO VIII

De la estafa romántica de la señora del quinto o de cómo el corazón puede ser la contraseña más fácil de robar

Encarna Prados llevaba veinte años en el quinto B del número catorce de la calle Alameda. Don Justo la conocía desde que era esposa, luego viuda, luego esa versión más silenciosa de sí misma que adoptan ciertas personas cuando el mundo que habían construido con otra persona desaparece y hay que reconstruirlo, más pequeño, con los materiales que quedan. La conocía como se conoce a los vecinos después de mucho tiempo: por el horario de sus paquetes, por el sonido de su puerta, por el modo en que decía buenos días según cómo hubiera dormido.

La Encarna de los últimos meses era diferente.

Don Justo lo había anotado en el cuaderno en octubre, como siempre, en azul:

Vecina 5B. Cambio de patrón conductual. Menor presencia en zonas comunes. Posible conflicto familiar o proceso depresivo. Observación continuada.

Lo que había en el quinto B no era un crimen al uso. Era algo más difícil de ver porque se ocultaba tras una necesidad de ser querido que parecía felicidad.

— ✦ —

De Marco, ingeniero destinado en Aberdeen

Marco se llamaba Marco Ferretti, según el perfil de la red social de contactos donde Encarna lo había encontrado un domingo de agosto, navegando por el móvil con la desgana de quien no espera encontrar nada y por eso baja la guardia exactamente cuando no debería.

Marco decía ser ingeniero de instalaciones petrolíferas, destinado temporalmente en Aberdeen, Escocia, divorciado desde hacía cuatro años, con una hija de veintidós que estudiaba medicina en Milán. Decía muchas cosas más en los días y semanas siguientes, en mensajes que llegaban a horas razonables y con una ortografía cuidada que transmitía la impresión de alguien que se toma en serio lo que escribe.

Lo que Marco no era, porque Marco no existía, era ninguna de esas cosas.

El perfil lo gestionaba desde una dirección IP radicada en Costa de Marfil un equipo de entre tres y cinco personas que trabajaban en rotación, manteniendo simultáneamente entre veinte y treinta conversaciones similares con mujeres similares en países similares. El trabajo era metódico, estaba documentado en guiones internos y tenía indicadores de rendimiento: tiempo medio hasta la primera transferencia, tasa de conversión por perfil de víctima, ratio de abandono tras la primera negativa. Era, en todos los sentidos relevantes, una empresa.

Lo que la empresa fabricaba con una precisión artesanal era la ilusión de ser elegida. No por alguien cualquiera: por alguien que preguntaba cómo había dormido, que recordaba lo que ella había mencionado tres semanas antes, que hacía preguntas inteligentes sobre su vida. La ilusión de que a alguien, al otro lado de la pantalla, le importaba de verdad lo que Encarna Prados pensaba del mundo.

A Encarna Prados, viuda desde los cincuenta y nueve años, eso le importaba más de lo que habría sabido explicar.

— ✦ —

De cómo don Justo lo vio y no lo vio

Don Justo lo detectó antes que nadie, en el sentido técnico de la palabra: lo detectó. Lo que no detectó fue qué era lo que estaba detectando.

En noviembre anotó:

Vecina 5B. Actitud más animada. Posible nueva relación sentimental. Comportamiento no consistente con perfil de aislamiento anterior. Revisar.

En diciembre:

Remedios le comentó que Lorena, la hija de Encarna, había llamado preocupada: su madre había mencionado que estaba ayudando a alguien con un problema de la empresa sin dar más detalles, y el tono no le había parecido normal. Don Justo lo anotó de inmediato: 5B. Hija Lorena preocupada según Remedios. Posible relación con perfil de aprovechamiento económico. Hipótesis: captación sectaria. Requiere seguimiento.

La hipótesis de la secta la había tomado prestada de un episodio de Modesto. El esquema correcto lo tenía también, porque Inés lo había explicado en el episodio 52 de La Raíz del Asunto, titulado «El amor como vector de fraude: anatomía del romance scam». Don Justo lo había escuchado, lo había anotado en ocho páginas y lo había archivado mentalmente bajo «ciberdelincuencia afectiva».

No lo conectó con Encarna porque Encarna era una vecina real, no un caso de podcast. Y los esquemas que aprendemos en las pantallas tienen esa limitación: funcionan sobre lo abstracto y se vuelven invisibles cuando lo abstracto tiene cara conocida y dice buenos días en el rellano.

Fue al despacho. Abrió el cuaderno. Escribió: Activar protocolo de observación reforzada. Luego fue a buscar a Remedios.

— ✦ —

De lo que Remedios hizo con la información que don Justo le llevó

Remedios escuchó a don Justo durante cuatro minutos. Cuando llegó a la parte de la hipótesis sectaria ya estaba quitándose el delantal y calzándose las zapatillas de calle.

—¿Adónde vas? —preguntó don Justo.

—Al quinto —dijo Remedios.

—Espera, que todavía no hemos decidido la estrategia de aproximación—

—Ya la he decidido yo —dijo Remedios y cerró la puerta.

La estrategia de aproximación de Remedios consistió en llamar al timbre de Encarna con el pretexto de devolverle un molde de bizcocho que le había prestado en septiembre. Encarna abrió. Remedios vio su cara. Y sin preguntar nada, sin mencionar transferencias ni hipótesis de ningún tipo, dijo:

—Encarna, ¿me haces un café? Es que Justo me tiene frita.

Encarna se rio. Y en esa risa había algo frágil que Remedios reconoció, porque hay risas que son alivio y risas que son distancia y Remedios llevaba suficientes años en el mundo para distinguirlas.

Se sentaron. Remedios habló de sus cosas durante un rato, sin prisa, sin agenda y fue dejando que el silencio creciera hasta que Encarna, casi sin darse cuenta, empezó a llenarlo.

Habló de Marco. Primero con cautela, luego con más. Dijo que era ingeniero. Que estaba en Aberdeen. Que era muy atento. Que le escribía todos los días. Que a veces pensaba que era demasiado bueno para ser verdad pero que qué tontería, que la gente buena existía.

Remedios no dijo nada durante un momento.

—¿Te ha pedido dinero? —preguntó entonces, con la misma naturalidad con que habría preguntado si había probado una receta nueva.

Encarna dejó la taza sobre la mesa muy despacio.

—Tuvo un problema con una transferencia de la empresa —dijo—. Es temporal. Me lo devuelve en cuanto resuelvan lo de la cuenta del banco en Aberdeen.

—¿Cuánto?

Encarna no contestó.

—Encarna.

—Cuatro mil euros —dijo Encarna, en voz muy baja—. En tres veces.

— ✦ —

De la vergüenza, que es parte del diseño

Lo que vino después fue la conversación más larga que Remedios y Encarna habían tenido en veinte años de ser vecinas. No la más cómoda. La más larga.

Encarna lloró. No por los cuatro mil euros o no solo por eso. Lloró porque había creído. Porque había hablado de sus miedos con Marco, de la soledad, de cómo algunos días el piso era demasiado silencioso. Porque había pensado, durante cuatro meses, que alguien al otro lado de la pantalla se levantaba por la mañana pensando en ella.

—Me van a tomar por tonta —dijo.

—No —dijo Remedios.

—Cómo no. Una mujer de mi edad, sola, que se enamora de una foto en internet y encima le da dinero.

—¿Sabes cuántos ingenieros aeronáuticos, médicos y abogados han caído en lo mismo? —dijo Remedios—. ¿Sabes cuántos hombres? ¿Sabes cuántos de cincuenta años? Esto no lo hacen al azar, Encarna. Estudian a las personas. Saben exactamente qué decir y cuándo decirlo. No te engañaron porque seas tonta. Te engañaron porque eres humana y porque tenías ganas de que alguien se preocupara por ti. Eso no es una debilidad. Es lo más normal del mundo.

—¿Y qué hago ahora?

—Ahora cortas el contacto. Bloqueas el perfil, bloqueas el número y no respondes más. Y luego denuncias.

—¿Denunciar? ¿Para qué? No me van a devolver el dinero.

—No. Probablemente no. Pero si no denuncias, esta gente sigue operando. Con el mismo perfil, el mismo guion, la misma historia del ingeniero en Aberdeen. Y la siguiente Encarna no sabrá que existe porque la Encarna anterior no lo contó. La denuncia no es por ti sola. Es por la que viene después.

—Me da vergüenza —dijo Encarna.

—Ya lo sé —dijo Remedios—. Pero la vergüenza es también parte de la estafa. La calculan. Saben que la vergüenza te va a hacer callar. Y mientras te callas, ellos siguen.

— ✦ —

De lo que Inés Perada Vuelta dijo esa misma semana

El episodio 61 de La Raíz del Asunto se publicó ese jueves. Se titulaba «La vergüenza como arma: por qué las víctimas de fraude romántico no denuncian».

Don Justo lo escuchó esa tarde, con el cuaderno abierto, mientras Remedios seguía en el quinto B acompañando a Encarna a redactar la denuncia.

—El romance scam es uno de los fraudes más sofisticados en términos psicológicos —decía Inés—, precisamente porque no solo roba dinero: roba la narrativa de la víctima sobre sí misma. Cuando alguien descubre que la relación que construyó durante meses era una ficción diseñada para explotarle, lo que siente no es solo pérdida económica. Siente humillación. Siente que su capacidad de juicio ha fallado. Y esa vergüenza, que la víctima siente como consecuencia del engaño, es en realidad parte del diseño del engaño. Los perpetradores saben que la víctima no va a denunciar. Lo cuentan. Lo incluyen en sus proyecciones de riesgo. La impunidad de estas organizaciones se sostiene sobre la vergüenza de sus víctimas.

La vergüenza es parte del diseño. No consecuencia: herramienta.

—El silencio de cada víctima no es solo su silencio —continuaba Inés—. Es el silencio que protege a la organización. Cada persona que no denuncia por vergüenza facilita que la misma red continúe operando con las mismas técnicas sobre nuevas víctimas. Hablar no devuelve el dinero. Pero hablar es lo que eventualmente desmantela estas redes, lo que genera alertas públicas que protegen a quien todavía no ha sido contactado. El acto de denunciar, incómodo y vulnerable como es, tiene un valor colectivo que va muy por encima del caso individual.

Don Justo cerró el cuaderno. Luego lo abrió de nuevo y añadió una sola línea:

El silencio de la víctima protege al agresor. Hay que decirlo sin culpabilizar. La víctima no tiene obligación de denunciar. Pero tiene derecho a saber lo que su silencio significa para las demás.

— ✦ —

Del resultado y de lo que don Justo no dijo

Remedios volvió a las ocho de la tarde.

—¿Cómo está? —preguntó don Justo.

—Mejor. Ha cortado el contacto. Ha puesto la denuncia. Su hija Lorena viene mañana desde Valencia.

—Bien —dijo don Justo.

Remedios se quedó en el umbral mirándole un momento.

—¿Qué pasa?

—Nada. Que yo también lo había detectado. Hace semanas. Y monté una hipótesis sobre sectas.

—Ya lo sé —dijo Remedios.

—No se me ocurrió simplemente subir a hablar con ella.

—Ya lo sé, Justo.

—Tú sí.

—Yo no tengo cuaderno —dijo Remedios, con una neutralidad que no era crueldad sino precisión—. Cuando no tienes cuaderno, lo único que puedes hacer es escuchar.

Don Justo no contestó. Remedios fue a preparar la cena.

En el cuaderno verde, en la última página escrita, don Justo añadió una línea debajo de todo lo demás. No la subrayó. No le puso rotulador amarillo.

A veces la metodología es el obstáculo.

El romance scam o fraude romántico es uno de los delitos de mayor crecimiento en España y Europa. La tasa de denuncia es muy baja: las estimaciones sitúan entre el 10 y el 20% los casos que llegan a conocimiento policial. El principal factor de infradenuncia es la vergüenza.

CAPÍTULO IX

Del phishing que casi arruinó al señor del segundo y de por qué el miedo es la mejor llave maestra

 

CONTINUARÁ …

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