Dulcinea del True Crime II: Expediente memoria

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DULCINEA DEL TRUE CRIME II  —  Expediente memoria

En que Modesto Fama Cuesta explica en público por qué cambió y don Justo lo lee solo en casa

Nuevos casos, mismas personas

La mención llegó en forma de informe PDF de cuarenta y dos páginas que nadie habría leído voluntariamente de principio a fin, publicado por una organización europea de ciberseguridad y comunicación responsable que evaluaba anualmente proyectos de divulgación digital con criterios de rigor, transparencia y respeto a los derechos de las personas. El canal de Modesto Fama Cuesta aparecía en la página diecinueve, en una sección titulada Ejemplos de transición hacia la divulgación responsable, con dos párrafos que describían el cambio de orientación del canal, la retirada del episodio 34 y la colaboración con una criminóloga para el desarrollo de contenido preventivo.

Modesto lo descubrió porque alguien se lo mandó por mensaje directo. Lo leyó tres veces. No lo publicó en sus redes ese día, ni al siguiente. Lo publicó al tercero, con un texto breve que decía solamente: Aparecemos en un informe europeo sobre divulgación responsable. No esperaba esto. Gracias a quienes habéis seguido el canal en esta nueva etapa.

El texto generó más interacción que cualquier episodio de los últimos seis meses. Lo cual, pensó Modesto, era exactamente el tipo de paradoja que Inés habría encontrado interesante y él todavía estaba aprendiendo a no encontrar frustrante.

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De la periodista que llamó

La periodista se llamaba Clara Vidal, escribía para una revista digital de tecnología y sociedad, y había encontrado al canal de Modesto a través del mismo informe. Llamó un martes por la mañana con una propuesta: una entrevista larga, sin prisa, sobre el proceso de cambio. No sobre el canal en sí, sino sobre la decisión que lo había generado.

—Me interesa el momento exacto en que alguien decide hacer las cosas de otra manera —dijo Clara—. No el resultado, sino la decisión. Porque los resultados los vemos, pero el momento en que alguien se para y dice que algo no está bien, ese momento casi nunca se cuenta.

Modesto aceptó. Llamó a Inés para contárselo y preguntarle si tenía alguna objeción.

—Ninguna —dijo Inés—. Pero una sugerencia: cuéntalo todo. No la versión presentable. Todo.

Modesto colgó. Pensó en lo que significaba todo. Luego llamó a don Justo.

—¿Le importa que mencione algunas cosas que pasaron? Sin nombres, si usted prefiere.

—Mencione lo que necesite mencionar —dijo don Justo—. Si fue real, fue real.

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De la entrevista, que duró dos horas y cuarto

Clara Vidal publicó la entrevista un jueves por la mañana, con el título El true crime también tiene víctimas: la historia de un canal que aprendió a mirar diferente. Tenía cuatro mil palabras y no había música de suspense ni preguntas sin respuesta. Solo Modesto hablando, con la fluidez incómoda de quien dice cosas que no ha dicho antes en voz alta y descubre que suenan más verdaderas de lo que esperaba.

Habló del episodio 34. Del hombre de setenta y tres años que aprendió a usar el móvil que le regalaron en Navidad y que leía los comentarios. Del mensaje de su hija, que había estado tres semanas en la bandeja de entrada con el indicador de leído antes de que Modesto lo respondiera.

—Lo que me costó no fue responder —dijo en la entrevista—. Lo que me costó fue entender que responder no era suficiente. Que el episodio seguía ahí. Que el hombre seguía leyendo los comentarios. Que lo que yo había hecho no se deshacía con un mensaje de disculpa, por sincero que fuera.

Habló de Patricia Alcázar. Sin su nombre, como había prometido, pero con suficiente detalle para que quien lo hubiera vivido lo reconociera y quien no lo hubiera vivido entendiera el mecanismo: cuatro segundos de imagen, un apellido en un interfono, doscientos cuarenta y tres comentarios, y una profesora de farmacia en Olmeda del Espino que había llegado a abrir la farmacia con los ojos hinchados y había tenido que cerrarla a la media hora.

—Yo grabé eso. Lo edité. Lo publiqué. Y cuando me dijeron lo que había pasado, mi primera reacción fue decir que los comentarios los escribían otras personas. Que yo no controlaba lo que la gente hacía con el contenido. Y eso era técnicamente cierto. Era también completamente insuficiente como respuesta a lo que había ocurrido.

Clara le preguntó qué había cambiado. Modesto tardó un momento en responder.

—Una conversación. Alguien me preguntó, sin enfadarse, sin acusarme, simplemente me preguntó: a quién sirve lo que haces. Y no supe contestar de una manera que me pareciera honesta. Eso es lo que cambió. No un momento dramático. Una pregunta a la que no supe responder.

La periodista preguntó quién había hecho esa pregunta. Modesto sonrió.

—Un portero jubilado de un pueblo de Ciudad Real. Que también se la había hecho a sí mismo antes que a mí y también había tardado en responderla.

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De lo que dijo Modesto sobre los números y de por qué importaba

La parte de la entrevista que más circuló en redes fue, paradójicamente, la más árida: la sección donde Modesto explicaba los números.

—Perdí dieciocho mil suscriptores en el primer mes. El canal tiene ahora noventa y cuatro mil, frente a los ciento doce que tenía en el momento del cambio. Las visualizaciones medias por episodio bajaron aproximadamente a la mitad. Los ingresos por publicidad bajaron proporcionalmente.

—Y sin embargo —continuó— es el periodo en que mejor he dormido desde que empecé el canal. No porque los números no me importen. Me importan, tengo que pagar el alquiler igual que antes. Sino porque cuando publico algo ahora, no me quedo pensando si alguien va a leer los comentarios y va a encontrar su nombre ahí. Eso ocupa espacio en la cabeza. Más del que yo creía que ocupaba.

Clara le preguntó si recomendaría a otros creadores de contenido sobre crímenes reales que hicieran lo mismo que él.

—No soy quién para recomendar nada. Puedo contar lo que me pasó a mí. Lo que sí diría es que hay una pregunta que vale la pena hacerse antes de publicar cualquier cosa sobre una persona real: si esa persona encontrara este contenido buscando su propio nombre, ¿qué pasaría? No si sería legal. No si estaría verificado. Qué pasaría con esa persona. Si la respuesta es que pasaría algo malo, merece pensarse dos veces.

— ✶ —

De don Justo, que lo leyó solo en casa

Don Justo leyó la entrevista el jueves por la tarde, en el móvil, sentado en el sillón del despacho con Cancerbero a los pies. La leyó entera, sin saltar ninguna parte, que era como leía las cosas que le importaban.

Cuando terminó, se quedó mirando la pantalla durante un momento. Luego mandó a Modesto un mensaje de texto, breve, sin mayúsculas, que era como don Justo escribía los mensajes cuando lo que quería decir era sencillo y no necesitaba ningún adorno:

bien hecho.

Modesto respondió en tres minutos:

gracias a usted.

Don Justo dejó el móvil sobre la mesita. Miró el cajón donde estaba el cuaderno verde. No lo abrió. Pero pensó, con la satisfacción específica de las cosas que se cierran bien, que había algo en esa conversación de dos mensajes que valía más que cualquier página de cualquier cuaderno que hubiera llenado en su vida.

Cancerbero levantó la cabeza, lo miró un segundo con sus ojos de galgo antiguo y volvió a apoyarla.

Era suficiente.

La divulgación responsable sobre crímenes reales implica, entre otros criterios, verificar antes de publicar, distinguir entre hechos probados y especulaciones, proteger la identidad de las personas implicadas cuando no han dado su consentimiento, y preguntarse por las consecuencias del contenido para las personas reales que aparecen en él. Estos criterios no son incompatibles con la producción de contenido de calidad ni con la viabilidad económica de un proyecto de divulgación. Son, en todo caso, incompatibles con la impunidad de quien usa el dolor ajeno como materia prima sin asumir ninguna responsabilidad sobre el daño que genera.

No son casos. Son personas.

Acceda aquí a la publicación original de esta serie

Expediente Memoria

Esta obra es el resultado del trabajo creativo de sus autores. Para determinadas tareas de apoyo —como la organización de información, la estructuración de materiales y la asistencia en procesos de edición— se han empleado herramientas de inteligencia artificial. No obstante, la concepción, autoría, criterio y responsabilidad sobre los contenidos pertenecen exclusivamente a los autores humanos.

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