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miércoles, julio 29, 2026

El deterioro de la seguridad en Colombia explica en parte el fenómeno de De la Espriella, el ‘bukele’ colombiano

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La primera vuelta presidencial colombiana de 2026 ha dejado una de las paradojas políticas más llamativas de Hispanoamérica en los últimos años: un país gobernado desde 2022 por el izquierdista Gustavo Petro ha situado ahora como candidato más votado al ultraconservador Abelardo de la Espriella, un abogado mediático, populista y admirador declarado de Donald Trump. El resultado no solo refleja un cambio de humor político en Colombia, sino también el desgaste de una experiencia inédita: el primer Gobierno de izquierdas de la historia reciente del país.

La victoria parcial de De la Espriella en la primera vuelta, por delante del oficialista Iván Cepeda, heredero político de Petro, es interpretada como una reacción social frente a varios factores acumulados durante los últimos cuatro años: el deterioro de la seguridad, la desaceleración económica, la polarización extrema y la percepción de improvisación institucional del Gobierno petrista.

Aunque Petro llegó al poder con un discurso de transformación histórica, justicia social y ruptura con las élites tradicionales, parte importante de la población considera que muchas de sus promesas quedaron atrapadas entre conflictos políticos, choques institucionales y problemas de gestión.

Uno de los elementos centrales que explican este giro político es la cuestión de la seguridad. Colombia vive desde hace meses una creciente sensación de descontrol territorial en varias regiones. El proyecto de “paz total” impulsado por Petro —basado en negociaciones simultáneas con grupos armados, narcotraficantes y organizaciones criminales— ha sido criticado por sectores conservadores y por amplias capas urbanas que consideran que el Estado perdió capacidad coercitiva. De la Espriella convirtió esa percepción en el eje de su campaña, prometiendo una política de “mano dura”, reforzamiento militar y combate frontal contra guerrillas y bandas criminales, siguiendo modelos inspirados parcialmente en el presidente salvadoreño Nayib Bukele.

La economía también ha pesado de forma decisiva. Aunque Colombia no sufrió un colapso macroeconómico durante el mandato de Petro, sí experimentó inflación persistente, incertidumbre empresarial y tensiones entre el Ejecutivo y sectores inversores. Parte del empresariado y de las clases medias urbanas comenzaron a percibir al Gobierno como hostil a la iniciativa privada. Las reformas tributarias, laborales y sanitarias impulsadas por Petro generaron fuertes enfrentamientos con empresarios, aseguradoras médicas y sectores financieros. Esa inquietud económica terminó alimentando un voto de reacción conservadora.

Sin embargo, el fenómeno no puede entenderse solo como un rechazo económico o de seguridad. También existe una dimensión cultural y emocional. De la Espriella supo explotar el cansancio de una parte del electorado frente a la confrontación permanente del presidente Petro. El mandatario colombiano mantuvo durante todo su mandato una relación extremadamente conflictiva con el Congreso, los medios, la justicia, el empresariado e incluso con organismos electorales. Sus frecuentes denuncias de conspiraciones y sabotajes alimentaron a sus bases, pero también generaron desgaste entre votantes moderados. El hecho de que Petro cuestionara los resultados preliminares de la primera vuelta provocó preocupación institucional y reforzó el discurso opositor sobre una supuesta deriva populista del Gobierno.

La figura de De la Espriella representa además una transformación dentro de la propia derecha colombiana. Durante décadas, el liderazgo conservador estuvo asociado al uribismo de Álvaro Uribe Vélez, marcado por el combate militar contra las FARC y una fuerte agenda de seguridad. Pero el nuevo candidato ultraconservador logró algo inesperado: desplazar parcialmente a los sectores tradicionales de la derecha y presentarse como un outsider antisistema. Paradójicamente, utilizó contra la izquierda una estrategia similar a la que Petro empleó contra las élites tradicionales en 2022.

Su campaña estuvo basada en mensajes simples y emocionalmente contundentes: restaurar el orden, frenar el “socialismo”, recuperar la autoridad del Estado y combatir la corrupción política. Su estilo agresivo, mediático y altamente polarizador encontró eco especialmente en votantes urbanos cansados del conflicto político permanente. Además, logró conectar con sectores jóvenes desencantados tanto de la izquierda tradicional como de la vieja derecha uribista.

Otro elemento importante es la fragmentación del espacio conservador. Hasta hace pocos meses, muchas encuestas situaban como favoritas a otras figuras de derecha, especialmente Paloma Valencia o incluso la periodista Vicky Dávila. Sin embargo, De la Espriella absorbió progresivamente gran parte del voto antipetrista gracias a una campaña extremadamente agresiva en redes sociales y medios digitales. Finalmente, buena parte de la derecha tradicional terminó cerrando filas con él para impedir la continuidad del petrismo.

La elección también refleja una tendencia regional más amplia. En Hispanoamérica se observa un creciente péndulo político entre izquierdas populistas y nuevas derechas radicales. Países como Argentina, El Salvador o incluso Brasil han mostrado cómo el descontento ciudadano puede impulsar liderazgos disruptivos, emocionalmente intensos y profundamente polarizadores. Colombia parece ahora incorporarse plenamente a esa dinámica continental.

No obstante, sería simplista interpretar el resultado únicamente como una derrota ideológica de Petro. El petrismo conserva una base electoral muy sólida. Iván Cepeda logró pasar a segunda vuelta con más del 40% de los votos y mantiene un importante apoyo en sectores populares, sindicatos, jóvenes progresistas y regiones históricamente marginadas. La elección evidencia más bien un país partido en dos mitades casi irreconciliables: una Colombia que exige profundizar las reformas sociales iniciadas por Petro y otra que reclama restaurar orden, estabilidad y autoridad.

La campaña hacia la segunda vuelta promete convertirse en una de las más tensas y polarizadas de la historia reciente colombiana. En juego no está solo la presidencia, sino el modelo de país que emergerá después del experimento político abierto por Petro en 2022. La pregunta de fondo ya no es únicamente quién gobernará Colombia, sino qué tipo de democracia y qué equilibrio institucional sobrevivirá después de años de confrontación ideológica extrema.

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