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sábado, septiembre 12, 2026

Irán contra el reloj: Ormuz, desgaste económico y los escenarios de una guerra que nadie puede cerrar

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Vicente de la Cruz
Vicente de la Cruz
CEO de Delta13Sec International Intelligence & Security y Criminólogo

Estados Unidos dispone de una superioridad militar abrumadora y el bloqueo sobre las exportaciones iraníes está provocando daños cada vez más profundos en la economía de Teherán. Sin embargo, la incapacidad de Irán para ganar la guerra no significa que Washington haya conseguido todavía transformar su ventaja militar en una victoria política. El estrecho de Ormuz se ha convertido en el centro de una compleja negociación coercitiva en la que ambos adversarios intentan demostrar que pueden resistir más tiempo que el otro.

El conflicto entre Estados Unidos e Irán ha entrado en una fase particularmente peligrosa. Ya no estamos únicamente ante una sucesión de ataques y represalias en torno al estrecho de Ormuz, sino ante una auténtica guerra de desgaste donde se entremezclan operaciones militares, bloqueo económico, presión sobre las exportaciones energéticas, ataques contra la navegación y una negociación política que permanece abierta incluso mientras continúan los enfrentamientos.

La asimetría militar entre ambos contendientes resulta evidente.

Irán no dispone de ninguna posibilidad realista de derrotar convencionalmente a Estados Unidos, expulsar sus fuerzas del Golfo o conseguir mediante la fuerza una victoria militar en sentido clásico.

Washington disfruta de una superioridad prácticamente absoluta en aviación, inteligencia, vigilancia, reconocimiento, guerra electrónica, submarinos, sistemas de ataque de precisión, defensa antimisiles y capacidad logística.

Cada vez que Irán intenta elevar la presión mediante ataques contra fuerzas estadounidenses o contra la navegación, la respuesta norteamericana está produciendo daños muy superiores.

La destrucción de varios petroleros iraníes durante los últimos días representa uno de los ejemplos más claros.

Pero el verdadero problema para Teherán no reside únicamente en el valor económico de esos barcos.

El daño estratégico es mucho mayor.

Destruir petroleros significa destruir capacidad de exportación

Irán necesita petróleo para sobrevivir económicamente.

Durante décadas las sanciones internacionales dificultaron sus exportaciones, pero Teherán desarrolló numerosos mecanismos para sortearlas: compañías pantalla, cambios de bandera, desconexión de sistemas de identificación, transferencias de petróleo entre barcos y utilización de una extensa flota clandestina.

Un bloqueo naval físico resulta mucho más difícil de evitar.

La destrucción o inmovilización de petroleros produce simultáneamente varios efectos.

Reduce la capacidad iraní para exportar petróleo, disminuye el almacenamiento flotante disponible, aumenta los costes de aseguramiento, dificulta la contratación de tripulaciones y disuade a intermediarios y armadores de participar en operaciones comerciales vinculadas con Teherán.

Pero aparece además un problema todavía más importante.

Irán puede continuar extrayendo petróleo durante cierto tiempo aunque no pueda exportarlo.

Sin embargo, ese petróleo necesita almacenarse.

Cuando se llenan las instalaciones terrestres, las terminales y los petroleros disponibles, la producción debe reducirse.

Entonces el bloqueo deja de afectar únicamente al comercio exterior y comienza a degradar físicamente la propia industria energética.

Ahí se encuentra probablemente una de las mayores vulnerabilidades actuales de Irán.

El reloj económico corre contra Teherán

La situación económica iraní se está deteriorando rápidamente.

Las exportaciones petroleras se han reducido de manera drástica, la disponibilidad de divisas disminuye, la inflación permanece extraordinariamente elevada y el impacto sobre el poder adquisitivo de la población es cada vez mayor.

A ello se suman daños en infraestructuras militares, energéticas e industriales que requerirían años y enormes cantidades de dinero para ser reconstruidas.

El efecto acumulativo resulta mucho más importante que cualquiera de los ataques individualmente considerados.

Estados Unidos no está simplemente destruyendo determinados objetivos.

Está retrasando progresivamente el reloj de recuperación estratégica iraní.

Cada radar destruido debe ser sustituido.

Cada lanzador perdido debe fabricarse nuevamente.

Cada instalación dañada requiere recursos.

Cada petrolero destruido reduce capacidad logística.

Cada interrupción de exportaciones supone menos dinero disponible para financiar la reconstrucción.

Incluso si mañana terminara la guerra, Irán no regresaría automáticamente a la posición estratégica que tenía antes de comenzar el conflicto.

Ésta es probablemente una de las mayores ventajas que está consiguiendo Washington.

Pero Irán no necesita ganar para sobrevivir

Aquí aparece una de las paradojas fundamentales de la guerra.

Irán no necesita derrotar militarmente a Estados Unidos.

Su objetivo puede ser simplemente evitar ser derrotado políticamente.

Eso significa preservar el régimen, mantener suficiente capacidad militar para continuar representando una amenaza regional, conservar conocimientos nucleares y conseguir que Estados Unidos y sus aliados paguen un precio suficientemente elevado por mantener indefinidamente la presión.

La estrategia iraní es por tanto fundamentalmente asimétrica.

Teherán sabe que no puede competir con Washington avión contra avión o barco contra barco.

Pero sí puede amenazar el tráfico marítimo, utilizar misiles y drones, activar milicias aliadas, atacar infraestructura energética regional y elevar el precio del petróleo.

Su objetivo no consiste en controlar militarmente el Golfo.

Consiste en conseguir que mantener el conflicto tenga un coste internacional creciente.

Ormuz continúa siendo el principal instrumento de presión iraní

El estrecho de Ormuz tiene una importancia estratégica extraordinaria.

Por sus aguas circula una parte fundamental de las exportaciones energéticas mundiales procedentes del Golfo.

Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos, Kuwait, Qatar, Irak y el propio Irán dependen, en distintos grados, de esta vía marítima.

Teherán no puede impedir permanentemente la navegación frente a la Armada estadounidense.

Pero no necesita hacerlo.

Puede incrementar el riesgo.

Puede utilizar minas.

Puede lanzar drones.

Puede atacar petroleros.

Puede utilizar embarcaciones rápidas.

Puede amenazar infraestructuras portuarias.

Y, sobre todo, puede conseguir que cada barco que atraviesa la región sea más caro de asegurar y transportar.

Ese efecto se traslada inmediatamente al precio internacional de la energía.

Cuando el petróleo supera los cien dólares por barril, Irán comienza a exportar parte del coste de la guerra al resto del mundo.

Es probablemente su arma económica más eficaz.

Estados Unidos también tiene un reloj

Aunque la posición estadounidense sea considerablemente más favorable, Washington tampoco dispone de tiempo ilimitado.

Mantener una campaña militar durante meses consume municiones, recursos económicos y capacidad logística.

El aumento del precio del petróleo también afecta directamente a Estados Unidos.

Se traduce en gasolina más cara, inflación, presión sobre los tipos de interés y desgaste político interno.

También perjudica a Europa y a los países asiáticos importadores de energía.

Por tanto, aunque el coste para Estados Unidos resulte muy inferior al que está soportando Irán, existe también un límite político y económico.

Ésta es precisamente la lógica que parece estar guiando la estrategia iraní.

Teherán intenta demostrar que puede sobrevivir el tiempo suficiente para convertir una victoria militar estadounidense en un problema económico y político.

El régimen iraní está sometido a una presión extraordinaria

La guerra ha afectado además profundamente a la propia estructura de poder iraní.

La desaparición de figuras clave del sistema y la creciente importancia de la Guardia Revolucionaria han reforzado la dimensión securitaria del régimen.

Sin embargo, sería un error interpretar a Irán como una estructura completamente monolítica.

Dentro del sistema existen diferencias importantes respecto a cómo gestionar el conflicto.

Algunos sectores consideran necesario negociar para preservar el Estado.

Otros consideran que aceptar determinadas condiciones estadounidenses equivaldría a reconocer una derrota que podría poner en peligro la propia supervivencia del régimen.

Éste es un dilema extremadamente difícil.

Desde una perspectiva económica, cuanto mayor sea la presión, más racional resulta buscar un acuerdo.

Pero desde una perspectiva política, cuanto mayor sea la presión estadounidense, más difícil resulta aceptar públicamente las condiciones de Washington sin parecer que el régimen ha capitulado.

La República Islámica mantiene buena parte de su legitimidad interna precisamente sobre la narrativa de resistencia frente a Estados Unidos.

Una rendición visible podría resultar enormemente peligrosa.

El problema de exigir demasiado

Éste puede convertirse en el principal error estratégico estadounidense.

Washington dispone actualmente de una posición militar extremadamente favorable.

Puede continuar degradando capacidades iraníes sin necesidad de realizar una invasión terrestre.

Pero si transforma esa ventaja en una exigencia de rendición absoluta, puede provocar una reacción completamente diferente.

Si Teherán llega a considerar que negociar equivale a la desaparición del régimen, los incentivos para moderarse desaparecerán.

Un régimen convencido de que está luchando por su supervivencia puede decidir elevar drásticamente el coste de su caída.

Eso podría traducirse en una intensificación de los ataques contra Ormuz, infraestructura petrolera saudí y emiratí, bases estadounidenses o instalaciones israelíes.

Podría también aumentar la actividad de sus aliados regionales.

Incluso podría intentar acelerar clandestinamente determinados componentes de su programa nuclear.

Ahí se encontraría probablemente el momento de mayor riesgo de toda la crisis.

La invasión terrestre no parece una opción racional

En este contexto, una operación terrestre estadounidense a gran escala resulta extremadamente improbable.

Irán posee una extensión territorial enorme, cerca de noventa millones de habitantes, una geografía muy compleja y unas fuerzas de seguridad preparadas para mantener el control interno.

Una invasión convertiría una guerra actualmente muy favorable para Estados Unidos en una operación militar extraordinariamente costosa.

Washington pasaría de combatir mediante aviación, submarinos, drones, inteligencia, misiles y bloqueo naval a tener que ocupar físicamente territorio.

Eso implicaría inevitablemente un fuerte incremento de bajas estadounidenses.

Además, destruir determinadas capacidades militares iraníes es relativamente sencillo para Estados Unidos.

Controlar políticamente Irán es una cuestión completamente distinta.

La experiencia estadounidense de Irak y Afganistán continúa siendo suficientemente reciente como para entender la diferencia.

Por eso, si Washington decide incrementar la presión, el escenario más probable no sería una invasión.

Sería una campaña aérea y naval todavía más profunda.

Una estrategia de degradación permanente

Estados Unidos dispone actualmente de una alternativa mucho menos costosa.

Puede intentar impedir que Irán reconstruya las capacidades que está perdiendo.

Si Teherán instala nuevos radares, pueden ser destruidos.

Si reconstruye sistemas de defensa aérea, pueden ser nuevamente atacados.

Si intenta recuperar capacidad de producción de misiles, sus instalaciones pueden convertirse en objetivos.

Y si Estados Unidos considera que determinadas infraestructuras nucleares vuelven a estar operativas, puede realizar nuevos ataques.

Se crea así una especie de techo tecnológico y militar.

Irán puede reconstruir.

Pero Estados Unidos puede volver a destruir.

Mientras Washington mantenga superioridad aérea y de inteligencia, la reconstrucción iraní estará permanentemente condicionada por esa amenaza.

La cuestión nuclear continúa siendo el núcleo estratégico

A pesar de Ormuz, los petroleros y los ataques navales, el programa nuclear sigue siendo probablemente la cuestión fundamental.

Estados Unidos no parece dispuesto a permitir que Irán alcance una capacidad nuclear militar.

Israel comparte todavía más intensamente esa posición.

El problema es determinar cuánto programa nuclear civil o potencialmente dual puede conservar Irán dentro de un futuro acuerdo.

Para Teherán abandonar completamente su capacidad de enriquecimiento sería políticamente difícil.

Para Washington permitir que permanezca intacta podría significar simplemente aplazar la próxima crisis.

Éste será probablemente uno de los elementos más complejos de cualquier negociación futura.

El régimen puede sufrir, pero eso no significa que vaya a caer

Existe también una creciente especulación sobre la posibilidad de que el deterioro económico termine provocando el colapso interno de la República Islámica.

El escenario no puede descartarse.

Inflación, desempleo, reducción de ingresos petroleros, destrucción de infraestructuras y deterioro del nivel de vida constituyen una combinación potencialmente explosiva.

Pero una crisis económica no produce automáticamente una revolución.

Los regímenes autoritarios pueden sobrevivir durante periodos sorprendentemente largos bajo condiciones económicas extremadamente adversas.

La clave no estará únicamente en el comportamiento de la población.

Estará en la cohesión del aparato coercitivo.

Mientras la Guardia Revolucionaria, Basij, servicios de inteligencia y fuerzas de seguridad permanezcan cohesionados, el régimen conservará una importante capacidad de supervivencia.

El verdadero indicador de peligro aparecería si comenzaran a producirse fracturas significativas dentro de esas estructuras.

Arabia Saudí y Emiratos quieren un Irán contenido, no necesariamente destruido

Existe además otra cuestión frecuentemente mal interpretada.

Los países árabes del Golfo comparten con Estados Unidos el interés por limitar las capacidades iraníes.

Arabia Saudí y Emiratos Árabes Unidos no desean un Irán nuclear ni una Guardia Revolucionaria capaz de amenazar permanentemente sus infraestructuras.

Pero eso no significa necesariamente que quieran el colapso completo del Estado iraní.

Un país de casi noventa millones de habitantes entrando en una guerra civil podría generar una crisis regional de proporciones enormes.

Refugiados, tráfico de armas, terrorismo, fragmentación territorial, proliferación nuclear y nuevas intervenciones extranjeras serían solamente algunas de las posibles consecuencias.

Desde la perspectiva de las monarquías del Golfo, un Irán debilitado y previsible puede resultar mucho más conveniente que un Irán completamente desintegrado.

Por eso Qatar, Omán, Arabia Saudí y Emiratos continúan teniendo importantes incentivos para buscar una salida negociada.

Israel observa el problema de manera diferente

Para Israel la amenaza iraní posee una dimensión mucho más existencial.

El programa nuclear, los misiles balísticos, Hezbollah y el conjunto de redes vinculadas con Teherán representan amenazas directas para su seguridad nacional.

Por eso Israel probablemente favorecerá un acuerdo únicamente si considera que garantiza de forma verificable una reducción profunda y prolongada de las capacidades iraníes.

Esto introduce otra dificultad.

El acuerdo que resulte suficiente para Washington o para los países árabes del Golfo puede no resultar suficiente para Jerusalén.

La arquitectura final deberá por tanto satisfacer intereses regionales muy diferentes.

Estamos ante una negociación mediante la guerra

Probablemente ésta sea la mejor manera de entender la situación actual.

Estados Unidos e Irán están negociando.

Pero lo están haciendo mediante misiles, bloqueo naval, ataques contra petroleros y presión económica.

Washington transmite a Teherán un mensaje relativamente sencillo:

cada mes que pase dispondrás de menos capacidad militar, menos dinero y menos petróleo exportable.

Irán responde con otro mensaje:

cada mes que pase el estrecho será menos seguro, el petróleo será más caro y tus aliados sufrirán mayores costes.

Ambos están intentando alterar el precio de la futura negociación.

La guerra se convierte así en una forma extremadamente violenta de negociación coercitiva.

¿Qué puede ocurrir ahora?

Existen varios escenarios posibles.

El más probable a corto plazo es probablemente la continuidad de la actual guerra de desgaste.

Estados Unidos mantendrá el bloqueo y seguirá atacando objetivos iraníes cuando considere necesario.

Irán continuará respondiendo mediante ataques limitados, presión sobre la navegación y utilización de sus capacidades regionales.

Un segundo escenario sería una escalada aérea y naval norteamericana.

Podría producirse especialmente si Washington detecta una reconstrucción significativa del programa nuclear o si un ataque iraní provoca numerosas bajas estadounidenses.

Un tercer escenario sería una ampliación regional del conflicto.

Ataques contra Arabia Saudí, Emiratos, Israel, Irak o instalaciones energéticas del Golfo podrían alterar rápidamente la dinámica.

Existe también la posibilidad de una crisis interna del régimen iraní.

Pero, al menos por ahora, no existen suficientes elementos para considerar probable su colapso inmediato.

La invasión terrestre estadounidense sigue siendo, en cambio, uno de los escenarios menos plausibles.

El desenlace probablemente llegará mediante un acuerdo

Existe una realidad difícil de evitar.

Irán no puede ganar militarmente esta guerra.

Estados Unidos tampoco parece tener interés en ocupar Irán.

Y los países del Golfo necesitan recuperar estabilidad.

Por eso el resultado final más probable sigue siendo algún tipo de acuerdo.

Pero tendrá que ser un acuerdo que permita a ambos adversarios presentarse ante sus respectivas sociedades como vencedores.

Estados Unidos tendrá que poder afirmar que Irán no podrá desarrollar un arma nuclear, que sus capacidades militares han sido profundamente limitadas y que la navegación por Ormuz vuelve a estar garantizada.

Teherán necesitará poder afirmar que el régimen sobrevivió, que Estados Unidos no consiguió derribarlo, que el bloqueo ha terminado y que Irán recupera su capacidad para exportar petróleo.

La diplomacia tendrá que crear un espacio donde ambas narrativas puedan coexistir.

El tiempo parece perjudicar más a Irán

Mientras ese acuerdo no llegue, continuará funcionando el factor probablemente más importante de toda la crisis: el tiempo.

Estados Unidos pierde dinero, munición y apoyo político.

Irán pierde infraestructura, capacidad militar, petróleo, divisas y capacidad de reconstrucción.

No son costes equivalentes.

En una guerra de desgaste prolongada, Washington puede sustituir gran parte de lo que consume.

Teherán tendrá cada vez mayores dificultades para sustituir lo que pierde.

Eso sitúa a Estados Unidos en una posición negociadora progresivamente más favorable.

Pero existe un límite.

Si Washington intenta utilizar esa ventaja para imponer una capitulación absoluta, puede transformar una estrategia relativamente controlada en una confrontación mucho más peligrosa.

Por eso el principal desafío estadounidense no consiste ya en demostrar su superioridad militar.

Eso está ampliamente demostrado.

Consiste en determinar cuándo esa superioridad ha producido suficiente ventaja como para negociar sin intentar llevar al adversario hasta un punto en el que considere que ya no tiene nada que perder.

Una guerra cuyo resultado no se decidirá únicamente en el campo de batalla

El conflicto del Golfo entra así en una fase paradójica.

Estados Unidos está ganando militarmente.

Irán está sufriendo económicamente.

Pero ninguno de esos dos hechos permite todavía afirmar que la guerra esté cerca de terminar.

Teherán conserva suficiente capacidad para elevar el coste regional.

Washington conserva suficiente capacidad para continuar degradando Irán durante mucho tiempo.

Y ambos parecen convencidos de que el tiempo acabará obligando al otro a ceder.

Ahí se encuentra probablemente la verdadera cuestión estratégica.

No quién puede destruir más barcos, bases o instalaciones.

Eso ya está bastante claro.

La pregunta es quién puede soportar durante más tiempo el coste político, económico y militar de continuar.

Para Irán, el reloj avanza cada vez más rápido.

Para Estados Unidos, la cuestión es saber cuándo detenerlo.

Porque ganar una guerra y saber cómo terminarla nunca han sido exactamente la misma cosa.

 

 

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