La AIE, Agencia Internacional de la Energía, concluye que, si bien los mecanismos internacionales y nacionales han mejorado notablemente en cuanto a previsión y coordinación de respuesta, la naturaleza de los riesgos energéticos es hoy mucho más compleja, multidimensional e interconectada. Ya no basta con reservas petroleras: los gobiernos deben actuar con visión sistémica, fortaleciendo su resiliencia frente a disrupciones físicas, económicas y digitales, y anticipando riesgos que combinan geopolítica, tecnología y clima.
En su comentario “¿Están los gobiernos mejor posicionados hoy que en el pasado para responder a los riesgos de seguridad energética?”, la Agencia Internacional de la Energía (IEA), de la mano de Gabriel Saive, Analista de Energía y Medio Ambiente;Hazel Yeo, analista del mercado energético; Lucía de la Cuerda, Analista de Energía; y Fabian Voswinkel, analista de políticas de eficiencia energética, ofrece un análisis exhaustivo sobre cómo la gestión de la seguridad energética mundial ha evolucionado desde la crisis del petróleo de los años 70 hasta un presente marcado por la descarbonización, los riesgos geopolíticos, las amenazas cibernéticas y la creciente dependencia de cadenas de suministro globalizadas y minerales críticos.
Entre las acciones más recientes y avanzadas para garantizar la seguridad energética se encuentran la diversificación de proveedores y tecnologías, la supervisión y regulación de cadenas globales de suministro, el refuerzo de la cooperación internacional en almacenamiento y gestión de reservas, tanto de combustibles fósiles como de minerales estratégicos, la adaptación de las infraestructuras y el mercado eléctrico a la nueva realidad energética, incorporando almacenamiento, digitalización y flexibilidad, el blindaje ante amenazas híbridas y cibernéticas, con marcos regulatorios y técnicos más exigentes y la integración de la seguridad energética y la política climática bajo una sola estrategia.
En definitiva, de acuerdo con estos analistas, sí, los gobiernos están mejor preparados en muchos aspectos que en el pasado, pero advierten que la seguridad energética se ha vuelto más poliédrica y requiere respuestas adaptativas, integrales y multinivel, donde la cooperación internacional, la anticipación y la flexibilidad resultan clave para afrontar con éxito los desafíos del presente y del futuro energético global.
De la crisis del petróleo a nuevos riesgos globales
La historia de la política energética internacional está profundamente marcada por el choque petrolero de 1973, que impulsó la fundación de la IEA con el objetivo prioritario de garantizar el suministro de crudo a las economías avanzadas. A partir de ese momento, los gobiernos implementaron mecanismos de respuesta como la obligación de acumular reservas estratégicas de petróleo —al menos 90 días de importaciones netas— y planes para restringir la demanda si fuera necesario.
Estos instrumentos, coordinados por la IEA, han demostrado ser herramientas estabilizadoras en situaciones de emergencia: desde 1991, se han coordinado cinco respuestas colectivas ante grandes crisis de suministro, como en la guerra del Golfo, el huracán Katrina o la reciente invasión rusa de Ucrania en 2022, cuando se liberaron más de 180 millones de barriles de petróleo de las reservas de emergencia.
Aunque el petróleo sigue siendo relevante, la seguridad energética abarca hoy un espectro mucho más amplio. A raíz de la creciente electrificación, el auge de las energías renovables, la digitalización y el aumento de los riesgos climáticos, nuevos desafíos se han sumado a la ecuación. El suministro de gas natural es ahora un componente esencial de la seguridad energética, como evidencia el brusco recorte del gas ruso a Europa en 2022 y 2023, que originó una crisis global de precios y puso a prueba la resiliencia de los sistemas europeos.
La AIE destaca los esfuerzos de los gobiernos para diversificar proveedores, ampliar infraestructuras de almacenamiento, intensificar la cooperación internacional y diseñar marcos regulatorios más flexibles, capaces de integrar volúmenes crecientes de energías renovables, almacenar electricidad, reforzar la resiliencia de las redes ante fenómenos climáticos extremos y blindar los sistemas contra ciberataques.
El reto de los minerales críticos y la infraestructura eléctrica
La transición hacia una matriz energética baja en carbono ha puesto bajo el foco nuevos riesgos: los cuellos de botella en la cadena de suministro de minerales críticos —como el litio, el cobalto, el níquel y las tierras raras— imprescindibles para la fabricación de paneles solares, baterías y aerogeneradores. La AIE subraya la necesidad de asegurar cadenas de valor diversificadas, responsables y sostenibles, y recomienda la creación y colaboración en reservas estratégicas también para estos materiales, así como el desarrollo de marcos multilaterales de cooperación internacional.
Por otro lado, la electricidad se ha convertido en la columna vertebral de las economías modernas. El aumento exponencial de la demanda —impulsada por la movilidad eléctrica, la digitalización y el crecimiento urbano— obliga a redoblar la inversión en redes, almacenamiento y controles digitales inteligentes, además de preparar los sistemas frente a la escalada de fenómenos meteorológicos extremos y amenazas a la ciberseguridad.



