30.6 C
Madrid
sábado, agosto 22, 2026

Rompiendo mitos: Creer que el vigilante está solo para reaccionar. Mito 3

Debe leer

“Rompiendo mitos”

Una serie editorial de Carlos Enrique Pérez Barrios

La verdadera seguridad no comienza cuando ocurre una emergencia; comienza mucho antes, cuando alguien decide impedir que ocurra

Existe una percepción profundamente arraigada en numerosos sectores empresariales según la cual la eficiencia de un profesional de la seguridad se mide por su capacidad para enfrentar una emergencia.

Se admira a quien controla un incendio, neutraliza un asalto, coordina una evacuación o restablece las operaciones después de un accidente. Sin embargo, pocas veces se formula una pregunta mucho más importante: ¿Por qué fue necesario llegar hasta ese punto?

Durante décadas, la seguridad ha sido evaluada por la calidad de su reacción y no por la eficacia de su prevención. Se felicita a quien resolvió una crisis, pero rara vez se reconoce a quien evitó que esa crisis llegara a existir.

Esa manera de entender la profesión ha creado una cultura donde el éxito parece depender de la capacidad para actuar durante una emergencia, cuando en realidad el mayor éxito consiste precisamente en impedir que ocurra.

Allí comienza uno de los mitos más perjudiciales de nuestra profesión

Mientras el enfoque reactivo espera que aparezca el problema para comenzar a actuar, la seguridad profesional procura descubrir los riesgos antes de que se transformen en pérdidas, accidentes o tragedias.

La reacción siempre llega después

Toda emergencia tiene una característica común: cuando aparece, el daño ya comenzó.  Podrá ser mayor o menor y quizás pueda controlarse rápidamente, pero el simple hecho de tener que reaccionar demuestra que un riesgo previamente existente logró materializarse.

Esto no resta importancia a quienes intervienen durante una crisis. Bomberos, cuerpos policiales, brigadas de emergencia, personal médico, protección civil y equipos de seguridad cumplen funciones extraordinariamente valiosas. Pero actúan en una etapa diferente: trabajan para controlar las consecuencias cuando el evento ya comenzó.

El profesional de la seguridad tiene además otra responsabilidad: trabajar antes para reducir las probabilidades de que esas consecuencias lleguen a existir. Precisamente allí aparece una de las grandes paradojas de esta profesión.

La reacción es visible. Genera reconocimiento y muchas veces produce titulares. La prevención, en cambio, trabaja silenciosamente. Nadie celebra el incendio que nunca ocurrió, el accidente que fue evitado, la intrusión que jamás se produjo o la operación que continuó funcionando gracias a una vulnerabilidad corregida a tiempo. Sin embargo, esos acontecimientos invisibles constituyen posiblemente el indicador más auténtico del éxito profesional.

Prevenir es aprender a leer el futuro

Prevenir no significa adivinar lo que ocurrirá mañana. Significa comprender que los eventos críticos normalmente dejan señales antes de materializarse y que nuestra responsabilidad consiste en identificarlas mientras todavía existe tiempo para intervenir.

Antes de un accidente, un incendio, una intrusión, un sabotaje o una interrupción operacional suele existir un proceso durante el cual se acumulan amenazas, vulnerabilidades y condiciones favorables para que el evento finalmente ocurra.

Ese espacio silencioso entre lo que puede ocurrir y lo que finalmente ocurre constituye el verdadero territorio del profesional de la seguridad.

Mientras el enfoque reactivo observa hechos consumados, el profesional analiza tendencias. Mientras uno espera la emergencia, el otro estudia probabilidades. Mientras uno organiza recursos para enfrentar consecuencias, el otro identifica y trata las causas que podrían producirlas.

En esa diferencia se encuentra la esencia del análisis de riesgos

Toda organización convive diariamente con amenazas de distinta naturaleza: delincuencia, fallas tecnológicas, accidentes industriales, errores humanos, conflictos laborales, fenómenos naturales, ataques cibernéticos, interrupciones de servicios esenciales o decisiones gerenciales equivocadas.

Pretender enfrentarlas únicamente cuando aparezcan constituye uno de los mayores errores estratégicos que puede cometer una organización. Por eso, un análisis de riesgos profesional nunca debería convertirse en un documento elaborado simplemente para cumplir una formalidad administrativa.

Es una herramienta de dirección que permite conocer las amenazas, identificar vulnerabilidades, establecer cuáles activos deben ser protegidos y determinar las consecuencias que podrían producirse.

En otras palabras, permite administrar el futuro antes de que el futuro termine administrando a la empresa.

Proteger significa garantizar continuidad

La seguridad no protege solamente instalaciones, equipos, mercancías o información. Protege algo mucho más importante: la capacidad de la organización para continuar funcionando.

Cuando una empresa paraliza sus operaciones como consecuencia de un incendio, sabotaje, inundación, ataque informático o accidente mayor, las pérdidas trascienden el valor de los bienes afectados.

Se incumplen contratos, se retrasan entregas, disminuye la confianza de los clientes, se deteriora la imagen corporativa y puede comprometerse la estabilidad financiera. Por ello, la continuidad operacional comienza mucho antes de redactar un plan de emergencia.

Comienza identificando los procesos críticos, los recursos indispensables para mantenerlos funcionando y las amenazas capaces de interrumpirlos. A partir de allí se diseñan medidas preventivas, planes de contingencia, mecanismos alternativos de operación, programas de capacitación y simulacros.

Cuando una organización supera una situación crítica y logra restablecer sus operaciones mientras otras permanecen paralizadas, casi siempre existe una explicación: Alguien había pensado en el problema antes de que el problema apareciera.

La prevención no es un costo

Durante años, muchas organizaciones han considerado la seguridad como un gasto cuyos beneficios resultan difíciles de observar.

Esa percepción explica por qué algunas empresas destinan grandes cantidades de dinero a reparar daños después de un incidente, pero muestran resistencia para invertir previamente en análisis de riesgos, mantenimiento preventivo, capacitación o tecnología. La lógica debería ser exactamente la contraria.

Cada accidente evitado elimina posibles costos médicos, demandas, pérdida de productividad y daños reputacionales. Cada incendio prevenido protege instalaciones, inventarios y empleos. Cada interrupción operacional evitada preserva contratos, clientes e inversiones.

La prevención no elimina completamente el riesgo, ningún profesional responsable podría prometerlo, pero permite reducir su probabilidad y limitar sus consecuencias hasta niveles que la organización pueda administrar.

Cuando la alta dirección comprende esa realidad, la seguridad deja de ser considerada exclusivamente un centro de costos y comienza a incorporarse a la estrategia empresarial.

Es entonces cuando el profesional abandona el papel de simple responsable operativo y empieza a ocupar el lugar que verdaderamente le corresponde: asesor estratégico de quienes toman decisiones.

Cuando la seguridad se convierte en estrategia

El pirata necesita que ocurra algo para demostrar que sabe reaccionar. Vive pendiente de la próxima emergencia porque encuentra en ella la oportunidad de justificar su presencia.

El profesional trabaja exactamente al contrario. Estudia amenazas, identifica vulnerabilidades, evalúa riesgos, recomienda medidas, prepara respuestas y fortalece continuamente los sistemas de protección.

Su objetivo no es convertirse en protagonista de la emergencia, sino lograr que, en la medida de lo posible, la emergencia nunca necesite protagonistas.

Esa es una diferencia fundamental entre reaccionar profesionalmente ante una crisis y construir una verdadera estrategia de seguridad.

Porque prevenir no significa renunciar a la capacidad de respuesta. Una organización profesional debe estar preparada para reaccionar cuando sea necesario. La diferencia consiste en comprender que la reacción constituye la última barrera, no la primera.

Primero se identifican los riesgos. Después se reducen las vulnerabilidades. Se establecen procedimientos, se capacita al personal, se incorporan tecnologías, se supervisan los procesos y se preparan las respuestas y solo cuando todas esas barreras han sido superadas aparece la necesidad de reaccionar.

Cuando esa manera de pensar se incorpora a la cultura de una organización, la seguridad deja de depender de personas aisladas y comienza a convertirse en una verdadera doctrina institucional.

El legado

Allí se encuentra, finalmente, el legado que nuestra generación de profesionales de la seguridad tiene la responsabilidad de dejar a quienes vienen detrás.  No basta con enseñar procedimientos, transmitir experiencias o explicar cómo responder frente a una emergencia.

Debemos enseñar a pensar en seguridad

A comprender que detrás de cada incidente pudieron existir señales que debían ser observadas, vulnerabilidades que podían ser corregidas y decisiones que podían tomarse antes.

Nuestro legado no debería medirse solamente por las crisis que fuimos capaces de controlar, sino también por los profesionales que formamos, por la cultura preventiva que logramos sembrar y por las organizaciones que aprendieron que proteger significa anticiparse, porque llegará el momento en que otros ocuparán nuestros cargos, dirigirán nuestros equipos y asumirán las responsabilidades que hoy nos corresponden. Cuando ese día llegue, el verdadero éxito será que hayan comprendido que la seguridad profesional no consiste en esperar valientemente el peligro.

Consiste en haber trabajado responsablemente para impedir que llegue.

Esa diferencia separará siempre al improvisado del especialista, al reactivo del estratega y, definitivamente, al pirata del verdadero profesional de la seguridad.

Frase doctrinaria

“La reacción puede controlar una crisis; la prevención puede impedir que exista. Por eso, el pirata espera el peligro para demostrar lo que sabe hacer; el profesional se anticipa para que nunca tenga que demostrarlo”.

 

Carlos Enrique Pérez Barrios es Magíster en Seguridad y Defensa Nacional, Consultor Internacional en Seguridad, Director General de Global Security Academy, conferencista y articulista, y autor de las obras: ‘Control de Riesgos – Manual para Estudios de Seguridad‘; ‘El Factor M‘ y ‘Venezuela: Reconstrucción desde las Cenizas

 

spot_img

Publicidad

spot_img

Última Hora

Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.

Aquí puede consultar nuestra Aviso Legal y Política de Privacidad