Rompiendo mitos. Creer que formar al personal de seguridad es un gasto innecesario. Mito 14

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“Rompiendo mitos”

Una serie editorial de Carlos Enrique Pérez Barrios

Cuando una empresa asigna responsabilidades de protección sin preparar a su personal, deja decisiones críticas en manos de la improvisación.

Toda organización que depende de personas para proteger vidas, instalaciones, patrimonio e información debería aceptar una realidad elemental: no basta con asignar una responsabilidad; hay que preparar a quien deberá asumirla. La experiencia puede fortalecer el criterio, pero no sustituye los conocimientos que exige cada función.

Resultaría difícil imaginar una empresa entregando una máquina compleja a un trabajador sin enseñarle a operarla. Sin embargo, en seguridad todavía se discute si vale la pena formar a quienes deberán reconocer situaciones de peligro y actuar frente a ellas.

El problema comienza cuando la capacitación se considera una interrupción del servicio, en lugar de una condición para prestarlo profesionalmente.

Esta preocupación también aparece en el sector. En un sondeo realizado en LinkedIn y publicado por Segurilatam el 7 de marzo de 2025, el 40% de quienes respondieron señaló la formación y profesionalización como el principal desafío de la seguridad privada en Latinoamérica. Es un indicador de la preocupación de sus participantes; la publicación no informa el tamaño de la muestra y sus resultados no deben interpretarse como una medición representativa de todo el sector.

Cuando uniformar sustituye a formar

El pirata de la seguridad entiende el personal principalmente como horas que pueden facturarse. Recluta, entrega un uniforme y procura colocar al trabajador cuanto antes en una instalación. Desde esa lógica, el tiempo dedicado a aprender parece tiempo que deja de producir ingresos.

El profesional sabe que esa persona deberá observar, interpretar acontecimientos, aplicar procedimientos y tomar decisiones. Por ello, antes de asignarla a un puesto, necesita comprobar que está preparada para las responsabilidades que recibirá.

Entregar un uniforme nunca ha significado entregar conocimiento. La presencia de un trabajador puede cubrir un turno; su preparación determina cómo cumplirá la función.

El pirata prioriza las horas facturables y envía al personal sin la preparación necesaria.

Cumplir el requisito no significa desarrollar la competencia

Los requisitos de formación que establezca la legislación aplicable deben cumplirse. Pero convertirlos en un simple trámite administrativo desvía el propósito: se persigue el documento y se pierde de vista el aprendizaje.

El problema se agrava cuando se acredita una capacitación que nunca se impartió. En ese caso, se presenta como preparado a un trabajador que no recibió la enseñanza declarada.

El alcance de un certificado depende de lo que realmente acredite. Puede registrar asistencia, la aprobación de un curso o una evaluación determinada; no debe suponerse que cualquiera de esos documentos demuestra por sí solo capacidad para actuar en todos los puestos.

La pregunta profesional es concreta: ¿puede esa persona aplicar lo aprendido cuando las circunstancias lo exijan?

La formación básica no prepara para todas las misiones

Incluso cuando el trabajador ha recibido una formación inicial adecuada, aparece otro error: considerar que esa preparación resulta suficiente para cualquier instalación.

Un colegio, un hospital, una industria química y un centro logístico pueden contratar personal bajo la misma denominación ocupacional y, sin embargo, exigir conocimientos y procedimientos muy distintos.

Pensemos en un vigilante asignado por primera vez a una instalación industrial. Si detecta una posible fuga y desconoce el protocolo, podría acercarse a una zona peligrosa o demorar el aviso mientras intenta averiguar a quién llamar. Haber recibido un curso general no resuelve ese desconocimiento específico.

De allí surge una distinción que debería formar parte de nuestra doctrina profesional: la formación básica prepara para ejercer la función; la formación específica prepara para cumplir la misión.

Los riesgos identificados en el Estudio de Seguridad deben orientar también esa preparación: qué necesita reconocer el trabajador, qué decisiones le corresponden, cuáles son sus límites de actuación y cómo debe comunicar una emergencia. Esa información permite enseñar lo que el puesto realmente exige.

El profesional orienta al trabajador sobre las instalaciones antes de asignarlo al puesto.

Comprobar lo aprendido forma parte de la preparación

Explicar un procedimiento no basta para asegurar que podrá ejecutarse. La empresa de seguridad debe evaluar su comprensión y aplicación mediante ejercicios adecuados al puesto, sin exponer al trabajador ni a terceros a riesgos innecesarios.

En el ejemplo anterior, habría que comprobar si el vigilante reconoce la señal de peligro, mantiene la distancia prevista, avisa al responsable y sigue el protocolo correspondiente. Si falla, la respuesta debe ser corregir la preparación antes de dejarlo actuar sin acompañamiento.

La supervisión permite detectar dificultades que el aula no siempre revela. Sus observaciones deben servir para reforzar conocimientos, corregir prácticas y comprobar que las instrucciones sean claras y viables.

La responsabilidad se comparte sin diluirse

La empresa que ofrece el servicio y contrata al trabajador debe organizar su formación, evaluar sus capacidades y asegurar la preparación necesaria antes de asignarlo. Una empresa de seguridad no debería vender capacidades que su propio personal no posee.

El contratante también tiene una responsabilidad concreta. Debe aportar la información de su operación que resulte necesaria para preparar al personal: áreas sensibles, restricciones de acceso, riesgos particulares y protocolos de emergencia. Además, debe exigir al proveedor un plan de capacitación pertinente y evidencias de su ejecución.

Cuando el cliente selecciona únicamente por el precio de la hora de vigilancia, sin preguntar cómo se prepara y evalúa al personal, deja fuera de su decisión una condición esencial de la calidad del servicio.

Por su parte, la autoridad competente debe supervisar el cumplimiento efectivo de los requisitos que establece. La revisión documental necesita controles que permitan detectar irregularidades y comprobar, dentro de sus atribuciones, que la formación exigida se haya impartido realmente.

Compartir responsabilidades no significa que todos hagan lo mismo ni que alguno pueda desentenderse. Cada actor debe cumplir su parte y verificar aquello que le corresponde.

Formar una vez tampoco es suficiente

La competencia profesional no puede congelarse el día en que alguien termina un curso. Cambian las instalaciones, los procedimientos y las amenazas. También aparecen errores e incidentes que deben convertirse en aprendizaje.

Por ello, la formación necesita continuidad. La empresa debe programar actualizaciones según las necesidades del servicio y reforzar la preparación cuando cambien las tareas, se incorpore personal a otro puesto o se detecten fallas.

Puede recurrir a instructores propios o a instituciones externas. Lo decisivo es que exista un programa pertinente, tiempo previsto para cumplirlo y evaluación de sus resultados. Una lista de cursos impartidos dice poco si nadie comprueba qué mejoró en el desempeño.

Lo que realmente entrega una empresa de seguridad

La formación cuesta dinero y exige organización. Su valor está en desarrollar la capacidad necesaria para prestar el servicio ofrecido y reducir la improvisación ante situaciones críticas.

El pirata vende horas de presencia. El profesional debe entregar capacidad de protección. Esa diferencia se demuestra en el desempeño del personal: si comprende su responsabilidad, aplica los procedimientos y reconoce cuándo debe solicitar apoyo.

El verdadero producto de una empresa de seguridad no es la cantidad de personas uniformadas que puede colocar en una instalación, sino la capacidad profesional con la que cumplen la misión confiada.

El legado del mito

Profesionalizar la seguridad exige que la preparación acompañe al trabajador desde su ingreso y durante todo su servicio. La formación básica, el entrenamiento específico y la actualización deben responder a las responsabilidades que efectivamente asumirá.

La empresa debe preparar y evaluar; el contratante debe exigir y aportar el conocimiento de su operación; la autoridad debe supervisar el cumplimiento de los requisitos aplicables. Ninguno puede sustituir su responsabilidad con un documento.

El ahorro obtenido al omitir la formación puede terminar pagándolo quien confiaba en estar protegido. Por eso, antes de preguntar cuánto cuesta formar, debemos comprender qué puede ocurrir cuando alguien tenga que actuar sin saber cómo hacerlo.

Frase doctrinaria

“La seguridad que no invierte en conocimiento termina pagando las decisiones de la ignorancia.”

Fuentes

Fuente del sondeo: Segurilatam, 7 de marzo de 2025. https://www.segurilatam.com/actualidad/principales-desafios-sector-de-la-seguridad-privada-en-latinoamerica_20250307.html

Carlos Enrique Pérez Barrios es Magíster en Seguridad y Defensa Nacional, Consultor Internacional en Seguridad, Director General de Global Security Academy, conferencista y articulista, y autor de las obras: ‘Control de Riesgos – Manual para Estudios de Seguridad‘; ‘El Factor M‘ y ‘Venezuela: Reconstrucción desde las Cenizas‘

 

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