Durante casi cuatro años de guerra abierta entre Ucrania y Rusia, la cuestión de las concesiones territoriales, es decir, aceptar que Moscú mantenga o incremente su control sobre partes de territorio ucraniano a cambio de un acuerdo de paz, se ha convertido en uno de los principales puntos de discordia en el tablero diplomático internacional.
A lo largo del conflicto, el presidente Volodímir Zelenski ha reiterado una posición que combina una negativa firme a ceder soberanía nacional con una voluntad pragmática de explorar fórmulas que pongan fin a la guerra. Sin embargo, sus declaraciones muestran que este equilibrio es extremadamente difícil de alcanzar en la práctica.
La línea roja: “no cederemos territorios”
En múltiples ocasiones en 2025, Zelenski ha dejado claro que no está dispuesto a ceder territorio a Rusia como parte de un acuerdo de paz. Según sus propias palabras, ni la ley ucraniana ni la Constitución le permiten entregar soberanía nacional, y hacerlo sería además una violación del derecho internacional y de los principios morales que defiende Kiev en su lucha contra la agresión rusa.
En sus periódicas reuniones con líderes europeos en Londres y Bruselas, Zelenski subrayó que no tiene “derecho legal ni moral” a conceder territorios, insistiendo en que la soberanía territorial de Ucrania es una cuestión inviolable. Estas declaraciones reflejan una convicción política y legal: ceder territorio significaría aceptar jurídicamente lo que Rusia intentó imponer por la fuerza, un precedente que podría tener consecuencias más allá del conflicto actual.
A pesar de esta postura, Estados Unidos ha presentado propuestas de paz que incluyen elementos que Ucrania considera difíciles de aceptar. Un reciente plan de 28 puntos promovido por Washington planteaba la posibilidad de que Ucrania cediera zonas como la región del Donbás como parte de un alto el fuego negociado, incluso con la creación de una “zona económica libre” o que Kiev retirara sus tropas de ciertas áreas.
Aunque esas propuestas han sido revisadas y ajustadas, por ejemplo, eliminando algunas cláusulas más favorables a Rusia, el debate sobre concesiones territoriales sigue siendo el obstáculo más difícil en las conversaciones de paz. La Casa Blanca, según algunos informes, ha mostrado frustración ante el rechazo ucraniano, describiendo que busca un final rápido al conflicto incluso si eso implica un compromiso doloroso.
La vía referendaria: Zelenski abre la puerta a la opinión popular
Un giro significativo en la estrategia de Kiev fue la propuesta de Zelenski de que cualquier hipotética cesión territorial sea decidida por el pueblo ucraniano mediante un referéndum. Esta fue la primera vez que el presidente sugirió explícitamente que la soberanía pudiera discutirse de forma directa con la ciudadanía, relegando así la decisión final a la voluntad popular y no solo al ejecutivo o al parlamento.
A pesar de la apertura a este mecanismo, Zelenski no ha dicho que esté listo a proponer territorios concretos para el referéndum, sino simplemente a poner a los ucranianos en control de la decisión. Esta fórmula busca sortear la restricción legal interna, ya que, en teoría, podría legitimar concesiones si la mayoría de los votantes estuviera de acuerdo.
La Constitución ucraniana, respaldada por las actuales leyes del país, impide que el presidente entregue territorio sin un proceso que incluya la voluntad del pueblo o una reforma constitucional. Zelenski ha citado repetidamente este fundamento legal como un motivo esencial de su negativa a firmar cualquier cesión unilateral.
Además, muchos analistas señalan que incluso hablar de cesiones territoriales sin un referéndum sería visto como una traición por gran parte de la sociedad ucraniana, afectando profundamente la legitimidad del liderazgo de Zelenski y su gobierno.
Posiciones internas y voces divergentes
No todas las voces dentro del liderazgo ucraniano han sido uniformes sobre este tema. El alcalde de Kiev, por ejemplo, ha señalado en algún momento que ceder territorio podría ser considerado como una “solución temporal” para la paz, aunque admitió que esto sería doloroso y difícil de aceptar para la población.
Sin embargo, la postura oficial del Gobierno y de los principales negociadores ha sido consistente en que la soberanía territorial es una línea roja que no se cruzará sin un mandato claro del pueblo ucraniano.
Por su parte, Rusia ha mantenido posiciones maximalistas, exigiendo el control total sobre regiones como Crimea y otras zonas del este y sur de Ucrania como condición para detener la guerra. Moscú también ha rechazado propuestas de intercambio de territorios, sugiriendo que las demandas ucranianas son una señal de debilidad.
Esta postura rusa hace que cualquier negociación territorial sea aún más complicada, ya que lo que Ucrania estaría legalmente dispuesta a discutir (por ejemplo, un referéndum) sigue sin coincidir con las exigencias del Kremlin.
En suma, Zelenski se enfrenta a uno de los dilemas más complejos de su mandato: cómo equilibrar el deseo legítimo de acabar con la guerra, y sus devastadoras consecuencias humanas y económicas, sin comprometer la soberanía nacional ni sentar un precedente de legitimación de conquistas violentas.
Su postura ha sido hasta ahora de rechazar la cesión territorial como condición de paz, aunque ha modulado su discurso abriendo la puerta a mecanismos democráticos (como referendos) que permitiesen, en teoría, a los ciudadanos decidir. Esta posición intenta respetar los marcos legales internos e internacionales al tiempo que busca mantener vivo el diálogo diplomático.




La administración Biden permitió la entrada de las tropas rusas. El daño es irreparable. Para el conjunto de Europa también, que queda a merced del oso ruso. La incompetencia demostrada por Europa desde el Tratado de Versalles en 1919 es proverbial. Los políticos europeos son inútiles absolutos.