Hay imágenes que permanecen en la memoria colectiva porque, más allá de su impacto visual, alteran nuestra forma de interpretar la realidad. Miles de personas avanzando hacia la frontera de Ceuta, muchas de ellas nadando, otras caminando sin apenas oposición, mientras al otro lado los dispositivos de seguridad marroquíes muestran una capacidad de contención muy inferior a la que habitualmente despliegan, constituye una de esas imágenes.
La explicación más repetida ha sido la de siempre: las mafias, el efecto llamada, la pobreza, la desesperación o la presión migratoria permanente sobre Europa. Todos esos factores existen y forman parte del problema. Pero ¿explican por sí solos una movilización de semejante magnitud? En opinión de la Sala de Análisis Estratégico, no.
Reducir lo ocurrido a un episodio más de inmigración irregular supone ignorar el contexto geopolítico, los antecedentes y, sobre todo, el patrón de comportamiento que Marruecos ha venido desarrollando durante los últimos años. La cuestión no es si existieron redes mafiosas de tráfico de personas o si miles de personas buscaban legítimamente una vida mejor. La cuestión es otra: ¿habría sido posible una entrada masiva de estas características sin un grado significativo de tolerancia por parte de las autoridades marroquíes?
La respuesta merece una reflexión mucho más profunda de la que hasta ahora se ha producido.
La frontera que normalmente permanece cerrada
Marruecos ha demostrado reiteradamente que posee capacidad para controlar sus fronteras cuando considera que hacerlo responde a sus intereses nacionales. Basta observar la eficacia con la que sus Fuerzas Auxiliares y la Gendarmería Real han contenido durante años los intentos de acceso a Ceuta y Melilla o las salidas irregulares desde su litoral atlántico.
Precisamente por eso llaman la atención las imágenes difundidas durante la crisis. No muestran un colapso provocado por una fuerza irresistible. Muestran, al menos durante determinados momentos, una respuesta claramente mucho menos contundente de la habitual.
Naturalmente, esas imágenes no constituyen una prueba definitiva de que existiera una orden política para facilitar el paso. Pero sí plantean una pregunta legítima: si Marruecos dispone normalmente de medios suficientes para impedir movimientos mucho más reducidos, ¿por qué en esta ocasión la capacidad de contención pareció disminuir de forma tan significativa?
En inteligencia, tan relevante como observar lo que ocurre es preguntarse por aquello que deja de ocurrir.
La Agencia Europea de la Guardia de Fronteras y Costas (Frontex) lleva años señalando que la presión migratoria sobre las fronteras exteriores de la Unión presenta comportamientos muy distintos en función del grado de cooperación de los terceros Estados implicados.
La teoría de las mafias tiene demasiadas grietas
Cada vez que se produce una crisis migratoria de grandes dimensiones aparece el mismo argumento: la responsabilidad corresponde a las redes de tráfico de personas. Sin embargo, esa explicación resulta poco convincente cuando se analiza desde una perspectiva operativa.
Las organizaciones criminales obtienen beneficios trasladando personas de forma escalonada y bajo un estricto control logístico. Cobran por cada desplazamiento, distribuyen los riesgos y limitan el número de participantes para mantener el negocio.
Una movilización prácticamente simultánea de decenas de miles de personas rompe por completo esa lógica. Resulta difícil sostener que unas organizaciones criminales, cuyo modelo de negocio depende del control individualizado de cada desplazamiento, puedan coordinar por sí solas una movilización simultánea de semejante dimensión; no pueden seleccionar a los migrantes, no pueden garantizar itinerarios y, lo que es más importante, dejan de percibir ingresos precisamente porque miles de personas cruzan sin necesidad de recurrir a sus servicios.
Paradójicamente, una apertura masiva de la frontera perjudica más a las redes criminales de lo que las beneficia.
Atribuirles en exclusiva la organización de una movilización de tal envergadura exige aceptar una hipótesis mucho más difícil de sostener que la existencia de un contexto de permisividad.
La historia ofrece algunas pistas
Quien piense que utilizar población civil como instrumento de presión política constituye una idea extravagante haría bien en revisar la historia reciente del norte de África.
La Marcha Verde de 1975 no fue únicamente una movilización popular. Fue una operación política cuidadosamente diseñada para ejercer presión sobre España mediante el desplazamiento masivo de cientos de miles de civiles hacia el Sáhara Occidental. Aquella estrategia permitió a Marruecos alcanzar buena parte de sus objetivos sin recurrir a un enfrentamiento militar convencional.
Las diferencias entre ambos episodios son evidentes y no deben confundirse. Pero existe un elemento común que merece atención: la utilización de grandes movimientos de población para modificar un escenario político.
La eficacia demostrada entonces forma parte de la memoria estratégica marroquí. Sería ingenuo pensar que una experiencia de semejante trascendencia no ha dejado huella en la forma de entender el ejercicio del poder.
Un patrón que va mucho más allá de la inmigración
Los acontecimientos recientes tampoco pueden analizarse como un episodio aislado.
En mayo de 2021, tras la acogida en España del líder del Frente Polisario, Brahim Ghali, alrededor de diez mil personas accedieron a Ceuta en apenas unas horas. Aquella crisis coincidió con uno de los momentos de mayor tensión diplomática entre Madrid y Rabat y evidenció hasta qué punto el control migratorio podía convertirse en un instrumento de presión política.
Desde entonces se han sucedido otros episodios de incremento o relajación de los flujos migratorios coincidiendo con negociaciones bilaterales, debates sobre el Sáhara Occidental o momentos especialmente delicados en las relaciones entre ambos países.
La presión migratoria tampoco constituye un fenómeno aislado dentro de la relación bilateral entre España y Marruecos. Durante los últimos años ambos países han atravesado episodios de naturaleza muy diversa, desde graves crisis diplomáticas hasta el espionaje mediante el software Pegasus a las más altas instituciones del Estado español, pasando por tensiones relacionadas con el Sáhara Occidental y sucesivas crisis fronterizas. Considerados individualmente, cada uno de estos acontecimientos admite explicaciones diferentes. Analizados de forma conjunta, dibujan un escenario de competencia estratégica en el que la presión migratoria aparece como un instrumento más dentro de un repertorio mucho más amplio de herramientas de influencia.
Cuando un fenómeno se repite con tanta frecuencia deja de parecer casual.
El momento elegido tampoco parece irrelevante
La coincidencia de los hechos con la Fiesta del Trono invita igualmente a la reflexión. El 30 de julio constituye la principal celebración institucional del Reino de Marruecos. Es el día en que la Corona reafirma públicamente su liderazgo y en el que todo el aparato del Estado permanece especialmente atento a cuanto sucede en el país.
Resulta difícil imaginar que una movilización de decenas de miles de personas hacia una frontera internacional pudiera desarrollarse sin que las máximas autoridades tuvieran conocimiento inmediato de la situación.
La coincidencia temporal no demuestra una planificación. Pero tampoco puede despacharse como una simple casualidad.
Un contexto internacional especialmente favorable
Sería igualmente un error analizar estos acontecimientos al margen del escenario geopolítico.
Durante los últimos años Marruecos ha reforzado considerablemente su posición internacional. La normalización de relaciones con Israel y el posterior reconocimiento israelí de la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental han fortalecido su posición diplomática. Estados Unidos mantiene una cooperación militar cada vez más estrecha con Rabat, materializada recientemente en nuevos proyectos conjuntos bajo el paraguas de AFRICOM. Francia, por su parte, ha intensificado su acercamiento político y económico al reino alauí.
Todo ello configura un entorno internacional mucho más favorable para Marruecos que hace apenas una década.
Al mismo tiempo, las relaciones entre España y Argelia han atravesado momentos de especial complejidad, mientras Rabat ha consolidado una posición regional cada vez más sólida.
Ninguno de estos factores explica por sí solo una crisis migratoria. Pero todos ellos contribuyen a comprender por qué Marruecos puede sentirse hoy en mejores condiciones para defender sus intereses con mayor firmeza.
La geopolítica regional tampoco es ajena a la crisis
En política internacional las coincidencias rara vez se analizan de forma aislada. La anunciada visita del presidente del Gobierno a Argelia, interpretada como un intento de normalizar unas relaciones seriamente deterioradas tras el giro español sobre el Sáhara Occidental, añadía un nuevo elemento de incertidumbre al delicado equilibrio regional.
Argelia continúa considerando a Marruecos su principal rival estratégico en el Magreb. Las relaciones entre ambos países permanecen marcadas por una profunda desconfianza, una frontera terrestre cerrada desde 1994 y una competencia permanente por la influencia regional. Cualquier gesto de acercamiento entre España y Argel puede ser interpretado en Rabat como un movimiento que afecta a sus propios intereses geopolíticos.
No se trata de afirmar que la visita provocara por sí misma la crisis migratoria. Sería una conclusión simplista. Pero en política exterior la percepción resulta tan importante como los hechos. Y es perfectamente plausible que las autoridades marroquíes interpretaran ese acercamiento como un elemento adicional dentro de un escenario diplomático que aconsejaba recordar a España cuál sigue siendo la importancia estratégica de Marruecos como socio imprescindible para el control de la frontera sur de Europa.
En las relaciones internacionales los mensajes no siempre se transmiten mediante notas diplomáticas. En ocasiones basta con alterar el equilibrio de una frontera durante unas horas para recordar a un vecino el valor de una cooperación que normalmente pasa desapercibida.
La sentencia del Tribunal Supremo y la percepción de vulnerabilidad
Existe otro elemento que apenas ha recibido atención pública y que, sin embargo, puede resultar relevante desde una perspectiva estratégica.
La reciente sentencia del Tribunal Supremo que recuerda que el rechazo en frontera debe aplicarse conforme a las garantías previstas en el ordenamiento jurídico introduce un nuevo escenario jurídico para las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado. El Alto Tribunal recuerda que incluso en esos supuestos deben respetarse las garantías previstas por el ordenamiento jurídico y por el Derecho internacional.
Desde una perspectiva estrictamente jurídica, la resolución reafirma principios esenciales del Estado de derecho. Sin embargo, toda modificación del marco legal también puede ser observada por terceros Estados desde una óptica muy distinta.
Cuando un país percibe que la capacidad inmediata de respuesta de su vecino queda condicionada por nuevas exigencias jurídicas, puede considerar que el coste operativo de una presión migratoria disminuye. No porque cambien las capacidades policiales, sino porque aumenta la complejidad de la gestión jurídica, política y mediática de una entrada masiva.
No sería la primera vez que un actor estatal aprovecha modificaciones normativas del adversario para incrementar la presión. Las amenazas híbridas se caracterizan precisamente por explotar vulnerabilidades jurídicas, sociales o políticas sin necesidad de recurrir a la fuerza militar.
Si este razonamiento resulta acertado, la sentencia no habría sido la causa de la crisis, pero sí uno de los factores que pudieron influir en la valoración estratégica realizada por quienes analizan permanentemente las fortalezas y debilidades del sistema español.
Ceuta y Melilla siguen formando parte del relato nacional marroquí
Existe un elemento que con frecuencia se olvida en el debate público español.
Para Marruecos, Ceuta y Melilla no son únicamente dos ciudades españolas situadas en el norte de África. Forman parte de una reivindicación territorial permanente mantenida por todos los gobiernos marroquíes desde la independencia.
Ese discurso constituye uno de los pilares de su política exterior y de su narrativa nacional.
Desde esa perspectiva, cualquier episodio que proyecte internacionalmente la imagen de unas fronteras sometidas a presión contribuye, al menos desde el punto de vista propagandístico, a reforzar la posición defendida por Rabat.
Las coincidencias empiezan a dejar de serlo
Los analistas de inteligencia desconfían de las explicaciones construidas sobre una única causa. Su trabajo consiste precisamente en identificar patrones donde otros únicamente observan hechos aislados.
En esta crisis confluyen demasiados elementos para ser despachados como simples casualidades. Una movilización de decenas de miles de personas imposible de coordinar exclusivamente por las mafias. Una actuación de las fuerzas marroquíes sensiblemente distinta de la habitual. Una frontera cuya presión recae mayoritariamente sobre ciudadanos marroquíes y no sobre migrantes subsaharianos. La coincidencia con la Fiesta del Trono, el principal acontecimiento político del calendario institucional marroquí. El reforzamiento de la posición internacional de Rabat gracias al respaldo de Estados Unidos, Israel y Francia. El acercamiento diplomático de España a Argelia. La reivindicación permanente de Ceuta y Melilla. Y una reciente resolución judicial que incrementa la complejidad jurídica de la respuesta española frente a las entradas irregulares por vía marítima.
Ninguno de estos elementos, considerado de forma aislada, demuestra una actuación deliberada. Todos ellos juntos, sin embargo, dibujan un escenario que difícilmente puede ser ignorado por cualquier analista estratégico.
En el análisis estratégico no suele existir una prueba única. Lo habitual es que la convicción nazca de la acumulación de indicios convergentes.
Existe un viejo principio en inteligencia que mantiene plena vigencia: una coincidencia puede ser fruto del azar; varias coincidencias que benefician sistemáticamente al mismo actor constituyen, al menos, un patrón digno de ser investigado.
La coerción híbrida tampoco necesita ejércitos
Durante décadas asociamos los conflictos internacionales a ejércitos, carros de combate y misiles. Hoy sabemos que esa visión resulta insuficiente.
La guerra híbrida emplea instrumentos mucho más sutiles: campañas de desinformación, ciberataques, espionaje, presión económica, instrumentalización energética y, cada vez con mayor frecuencia, utilización estratégica de los flujos migratorios.
Esta evolución no responde únicamente al criterio de los analistas. La Brújula Estratégica para la Seguridad y la Defensa de la Unión Europea señala que los actores hostiles recurren de forma creciente a amenazas híbridas que combinan instrumentos políticos, económicos, informativos y migratorios con el fin de debilitar a otros Estados.
La Unión Europea ha reconocido expresamente esta realidad tras las crisis provocadas en sus fronteras orientales. Cuando un Estado facilita, tolera o utiliza movimientos migratorios para influir sobre otro Estado, la migración deja de ser únicamente un fenómeno humanitario para convertirse también en una herramienta de coerción política.
España haría bien en incorporar esa perspectiva a su análisis.
Dejar de mirar únicamente a las mafias
Existe una cierta comodidad política en atribuir toda la responsabilidad a las organizaciones criminales. Las mafias son un enemigo evidente, condenable y relativamente sencillo de señalar. Sin embargo, centrar exclusivamente el foco sobre ellas puede impedir comprender el verdadero alcance del problema.
Las redes criminales aprovechan las oportunidades. Rara vez tienen capacidad para crearlas.
Cuando una frontera permanece eficazmente controlada durante años y, de manera repentina, deja de estarlo en un momento políticamente sensible, el análisis estratégico exige formular preguntas incómodas.
No hacerlo supone aceptar explicaciones parciales que quizá resulten políticamente convenientes, pero difícilmente satisfactorias desde el punto de vista de la seguridad nacional.
Mirar de frente la realidad
No se dispone de pruebas documentales que permitan afirmar que el Gobierno marroquí ordenó abrir sus fronteras. Probablemente nadie fuera de los círculos de decisión las tenga. Las operaciones de presión híbrida rara vez dejan instrucciones escritas ni declaraciones oficiales.
Pero tampoco resulta razonable ignorar la acumulación de indicios. La reiteración de episodios similares en momentos de tensión diplomática, la capacidad demostrada por Marruecos para controlar normalmente sus fronteras, la aparente relajación de esos controles durante las crisis, la imposibilidad práctica de que unas mafias coordinen movilizaciones de semejante volumen, el contexto internacional favorable a Rabat y la persistente reivindicación sobre Ceuta y Melilla configuran un conjunto de elementos que merece una reflexión serena.
A la luz de los elementos analizados, la conclusión que puede sostenerse es clara. No hay que pensar que estamos únicamente ante un problema migratorio. La suma de los indicios analizados permite sostener razonablemente la hipótesis de que nos encontramos ante una nueva manifestación de presión híbrida en la que la migración habría sido utilizada como instrumento de influencia política. Negarlo no hará desaparecer el problema. Al contrario, puede impedir que España y la Unión Europea adopten las respuestas que exige un desafío que ya no pertenece solo al ámbito de la inmigración, sino al de la seguridad, la política exterior y la defensa de las fronteras europeas.
La historia enseña que las crisis raramente obedecen a una única causa. Se producen cuando confluyen la oportunidad, el interés y la capacidad. Marruecos disponía de la capacidad para modular la presión migratoria, tenía un interés estratégico evidente derivado de su política regional y encontró un contexto internacional y jurídico que podía percibirse como favorable. Ninguno de estos elementos, considerado aisladamente, demuestra una acción deliberada. Pero cuando todos convergen al mismo tiempo resulta difícil aceptar que todo se deba únicamente a la casualidad o a la iniciativa espontánea de unas redes criminales.
Las fronteras no siempre se vulneran con divisiones acorazadas. A veces basta con que alguien decida dejar de vigilarlas durante unas horas. Y, cuando eso ocurre, la primera obligación de un Estado no es buscar excusas, sino comprender qué actor tenía capacidad, oportunidad e interés en que aquella frontera dejara de existir, aunque solo fuera por un día.



