Alemania está protagonizando uno de los cambios estratégicos más profundos desde el final de la Segunda Guerra Mundial. El Gobierno del canciller Friedrich Merz ha puesto en marcha un ambicioso incremento del presupuesto de defensa que pretende llevar el gasto militar hasta el 3,5 % del PIB en 2029, un salto histórico que rompe con más de siete décadas de prudencia presupuestaria y de contención militar.
El giro recuerda al experimentado por Japón durante los últimos años. Ambas potencias, derrotadas en la Segunda Guerra Mundial y marcadas durante décadas por fuertes limitaciones políticas, constitucionales y sociales respecto al uso de la fuerza militar, han decidido acelerar su rearme ante un escenario internacional dominado por la guerra en Ucrania, la creciente rivalidad entre Estados Unidos y China y la percepción de que Europa y Asia deben asumir una mayor responsabilidad en su propia seguridad.
Durante décadas, Alemania construyó buena parte de su identidad internacional sobre una política de moderación militar. La llamada Kultur der Zurückhaltung —la cultura de la contención— convirtió al país en una potencia económica con una presencia militar limitada. Berlín priorizaba la diplomacia, la integración europea y el comercio como instrumentos de influencia internacional, mientras destinaba una parte relativamente reducida de su riqueza nacional a las Fuerzas Armadas.
Esa política comenzó a resquebrajarse tras la anexión rusa de Crimea en 2014, aunque el auténtico punto de inflexión llegó el 24 de febrero de 2022 con la invasión rusa de Ucrania. Apenas tres días después, el entonces canciller Olaf Scholz anunció en el Bundestag la denominada «Zeitenwende«, literalmente un «cambio de era», que suponía reconocer que el modelo de seguridad europeo había cambiado radicalmente.
Aquella decisión dio lugar a la creación de un fondo extraordinario de 100.000 millones de euros destinado a modernizar la Bundeswehr, unas Fuerzas Armadas que durante años habían sufrido recortes presupuestarios, carencias logísticas y un acusado envejecimiento de su material. Sin embargo, aquel fondo era considerado una solución temporal. El nuevo Ejecutivo ha ido mucho más lejos al incorporar un crecimiento estructural del gasto militar mediante una profunda reforma de las reglas fiscales alemanas.
El presupuesto aprobado prevé que el gasto en defensa alcance unos 82.700 millones de euros ya en 2026, frente a poco más de 62.000 millones anteriormente. Además, la planificación financiera contempla que el esfuerzo militar continúe creciendo hasta situarse en torno al 3,5 % del PIB en 2029, en línea con los nuevos compromisos adquiridos en el seno de la OTAN.
Las cifras resultan especialmente llamativas porque Alemania fue durante décadas uno de los países europeos más estrictos con el control del déficit público. La llamada «Schuldenbremse» o freno constitucional de la deuda limitaba enormemente la capacidad del Gobierno para financiar grandes inversiones mediante endeudamiento. La decisión de flexibilizar esas restricciones para permitir mayores inversiones en defensa representa uno de los mayores cambios de política económica desde la reunificación alemana.
La transformación no responde únicamente a la amenaza rusa. En Berlín existe también una creciente preocupación por la evolución de la política estadounidense. El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca ha reforzado entre muchos dirigentes europeos la idea de que Estados Unidos podría reducir progresivamente su implicación en la defensa del continente. Esa incertidumbre ha impulsado a Alemania a asumir un liderazgo militar mucho más activo dentro de Europa.
El objetivo declarado del Gobierno alemán es convertir a la Bundeswehr en el ejército convencional más poderoso del continente europeo durante la próxima década. Para ello no solo aumentará el presupuesto, sino también el número de efectivos, las inversiones tecnológicas y la producción nacional de armamento.
Los planes incluyen incorporar hasta 10.000 nuevos militares ya en 2026, ampliar el personal civil del Ministerio de Defensa y desarrollar un nuevo sistema de servicio militar voluntario destinado a incrementar las reservas disponibles. Paralelamente, se multiplicarán las inversiones en municiones, defensa antiaérea, vehículos blindados, drones, inteligencia artificial, guerra electrónica, capacidades espaciales y ciberdefensa.
El ¿nuevo milagro económico alemán?
La industria alemana será uno de los grandes beneficiados de esta transformación. Empresas tradicionales del sector automovilístico estudian adaptar parte de su producción hacia componentes militares, mientras numerosos fondos de inversión vuelven a considerar atractiva la industria de defensa, un sector que durante años estuvo prácticamente excluido por criterios ambientales, sociales y de gobernanza (ESG).
El Gobierno también pretende fortalecer el ecosistema nacional de empresas tecnológicas dedicadas a la defensa. Startups especializadas en inteligencia artificial, sensores, robótica, sistemas autónomos o tecnologías duales están recibiendo un creciente respaldo institucional con el objetivo de acelerar la innovación militar y reducir la dependencia europea de proveedores extranjeros.
Este cambio recuerda inevitablemente a la evolución experimentada por Japón. Durante décadas, Tokio mantuvo un estricto límite informal del 1 % del PIB para defensa como consecuencia de las restricciones derivadas de su Constitución pacifista tras la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, la creciente presión ejercida por China en el Indo-Pacífico, los programas armamentísticos de Corea del Norte y el deterioro del entorno estratégico llevaron al Gobierno japonés a aprobar el mayor incremento militar desde 1945.
Hoy Japón ya proyecta elevar su gasto hasta el 2 % del PIB y adquirir capacidades que hace pocos años resultaban impensables, como misiles de largo alcance, capacidades de contraataque, sistemas hipersónicos y nuevas plataformas navales y aéreas. Alemania está recorriendo ahora un camino muy similar, aunque adaptado a la realidad europea.
En ambos casos existe un denominador común: el abandono progresivo de la idea de que el crecimiento económico y la interdependencia comercial bastaban para garantizar la paz. Tanto Berlín como Tokio consideran ahora que la disuasión militar vuelve a convertirse en un elemento esencial de la estabilidad internacional.
Este cambio también modifica el equilibrio interno de la Unión Europea. Tradicionalmente, Francia había sido la principal potencia militar del bloque gracias a su capacidad nuclear, su industria de defensa y su mayor predisposición al uso de la fuerza. Con el rearme alemán, Europa podría disponer por primera vez de dos grandes polos militares complementarios: Francia como potencia nuclear y Alemania como gran potencia convencional.
No obstante, la transformación no está exenta de debate político. Aunque la invasión rusa de Ucrania modificó profundamente la percepción ciudadana sobre la seguridad, sigue existiendo un importante sector de la sociedad alemana preocupado por el riesgo de una excesiva militarización, el incremento del endeudamiento público o la posibilidad de que el aumento del gasto en defensa termine reduciendo recursos destinados al Estado del bienestar.
También persisten interrogantes sobre la capacidad de la industria europea para absorber un crecimiento tan acelerado de la demanda militar. La producción de municiones, vehículos blindados, sistemas antiaéreos o componentes electrónicos continúa enfrentándose a limitaciones industriales y escasez de mano de obra especializada.
Desde la perspectiva de la OTAN, sin embargo, el cambio alemán supone probablemente la mayor transformación estratégica en Europa desde el final de la Guerra Fría. Durante años, Washington reclamó insistentemente a Berlín un mayor esfuerzo presupuestario. Ahora Alemania no solo aspira a cumplir los objetivos de la Alianza, sino a convertirse en uno de sus principales pilares militares en el continente.
El nuevo rumbo de Berlín simboliza, en definitiva, el final de una época. La potencia económica que durante décadas priorizó la diplomacia, el comercio y la prudencia militar considera ahora que el contexto internacional exige asumir mayores responsabilidades en materia de defensa. Como ocurrió previamente con Japón, Alemania abandona una larga tradición de austeridad militar para adaptarse a un mundo mucho más inestable, competitivo y marcado por el regreso de la disuasión como elemento central de la política internacional.



