Durante décadas, la imagen tradicional de una guerra estuvo asociada al avance de ejércitos, carros de combate, aviación y grandes operaciones militares. Sin embargo, el siglo XXI ha dado paso a un escenario mucho más complejo en el que las fronteras entre la paz y el conflicto se han difuminado.
Hoy, hay coincidencia en que Europa se enfrenta a una guerra híbrida permanente, una estrategia que combina herramientas militares y no militares para debilitar a los Estados sin necesidad de declarar formalmente una guerra. Campañas de desinformación, ciberataques, espionaje, sabotajes contra infraestructuras críticas, instrumentalización de los flujos migratorios, presión económica y operaciones de influencia forman parte de un mismo tablero geopolítico en el que los adversarios buscan erosionar la estabilidad política, social y económica del continente.
El concepto de guerra híbrida comenzó a popularizarse tras los conflictos de comienzos del siglo XXI, pero adquirió una nueva dimensión a partir de la anexión de Crimea por Rusia en 2014. Desde entonces, la Unión Europea y la OTAN han advertido reiteradamente de que las amenazas actuales ya no proceden únicamente de una invasión convencional, sino de acciones coordinadas que permanecen deliberadamente por debajo del umbral que justificaría una respuesta militar directa. El objetivo consiste en desgastar al adversario, sembrar división política, generar incertidumbre entre la población y condicionar las decisiones de los gobiernos democráticos.
La guerra híbrida se caracteriza precisamente por la combinación simultánea de múltiples instrumentos de presión. Un mismo actor puede lanzar una campaña de desinformación en redes sociales, apoyar ciberataques contra instituciones públicas, financiar grupos de influencia, utilizar la dependencia energética como elemento de presión, favorecer movimientos migratorios irregulares o promover sabotajes sobre infraestructuras estratégicas. Ninguna de estas acciones, considerada de forma aislada, equivale necesariamente a un acto de guerra, pero su acumulación puede tener consecuencias similares a las de un conflicto convencional.
Uno de los pilares fundamentales de esta estrategia son las operaciones de desinformación. Nunca antes había resultado tan sencillo influir sobre millones de ciudadanos mediante plataformas digitales. Las redes sociales, los servicios de mensajería instantánea y las herramientas de inteligencia artificial permiten difundir contenidos manipulados a una velocidad extraordinaria. El objetivo no siempre consiste en convencer a la población de una determinada versión de los hechos, sino en sembrar dudas, polarizar el debate público y reducir la confianza en las instituciones democráticas, los medios de comunicación o los procesos electorales.
Las campañas de influencia suelen combinar noticias falsas, imágenes manipuladas, vídeos alterados mediante inteligencia artificial —los conocidos deepfakes— y perfiles automatizados capaces de amplificar determinados mensajes. Diversos informes de instituciones europeas han señalado que estas operaciones buscan explotar divisiones sociales preexistentes relacionadas con la inmigración, la inflación, la seguridad, la energía o la política exterior. En muchas ocasiones, la finalidad no es modificar directamente el resultado de unas elecciones, sino deteriorar la cohesión social y dificultar la capacidad de respuesta de los gobiernos.
La IA ha multiplicado el potencial de estas campañas
Los modelos generativos permiten producir miles de mensajes personalizados, generar voces sintéticas prácticamente indistinguibles de las reales o crear vídeos falsos con un nivel de realismo impensable hace apenas unos años. Los expertos advierten de que la próxima generación de operaciones de influencia será mucho más sofisticada, dificultando enormemente la identificación de los contenidos manipulados.
El segundo gran frente de la guerra híbrida es el ciberespacio. Los ciberataques se han convertido en una herramienta habitual de confrontación internacional. Administraciones públicas, hospitales, universidades, empresas energéticas, sistemas financieros y operadores de transporte son objetivos potenciales de grupos vinculados a Estados o a organizaciones criminales que actúan, en ocasiones, con apoyo gubernamental. A diferencia de las operaciones militares tradicionales, los ataques informáticos permiten causar importantes daños económicos y sociales manteniendo un elevado grado de anonimato.
Los ataques de denegación de servicio, el robo de información clasificada, la infiltración en redes gubernamentales, el secuestro de sistemas mediante ransomware o la manipulación de infraestructuras industriales forman parte de un repertorio de amenazas cada vez más frecuente. Las agencias europeas de ciberseguridad consideran que los ataques contra infraestructuras críticas constituyen uno de los mayores riesgos para la seguridad continental.
Precisamente las infraestructuras críticas representan otro de los principales objetivos de la guerra híbrida. Redes eléctricas, centrales energéticas, gasoductos, oleoductos, puertos, aeropuertos, hospitales, plantas de tratamiento de agua, centros de datos y cables submarinos sostienen el funcionamiento cotidiano de las sociedades modernas. Un ataque exitoso contra cualquiera de estos elementos puede generar importantes consecuencias económicas, políticas y psicológicas sin necesidad de recurrir a operaciones militares convencionales.
El sabotaje de los gasoductos Nord Stream en el mar Báltico evidenció hasta qué punto las infraestructuras energéticas pueden convertirse en objetivos estratégicos. Aunque las investigaciones no han determinado definitivamente la autoría, el incidente puso de manifiesto la vulnerabilidad de instalaciones esenciales para el abastecimiento energético europeo y abrió un intenso debate sobre la protección de infraestructuras situadas tanto en tierra como en aguas internacionales.
Especial preocupación despiertan también los cables submarinos de fibra óptica, responsables del transporte de más del 95 % del tráfico mundial de Internet y de las comunicaciones internacionales. Estos miles de kilómetros de cableado constituyen auténticas autopistas digitales cuya interrupción podría afectar gravemente a las comunicaciones financieras, comerciales, militares y gubernamentales. Diversos gobiernos europeos han reforzado la vigilancia naval y la cooperación internacional para proteger estas infraestructuras frente a posibles actos de sabotaje.
Otro de los instrumentos más controvertidos de la guerra híbrida es la instrumentalización de los movimientos migratorios. Diversas instituciones europeas consideran que algunos Estados han utilizado en determinados momentos los flujos migratorios como herramienta de presión política sobre países vecinos. El objetivo consiste en generar tensiones humanitarias, saturar los sistemas fronterizos, provocar enfrentamientos políticos internos y condicionar determinadas decisiones diplomáticas.
Las crisis registradas en las fronteras orientales de la Unión Europea con Bielorrusia o episodios vividos en el Mediterráneo occidental han alimentado el debate sobre la utilización de la inmigración irregular como instrumento de presión geopolítica. España, por su posición estratégica en el sur de Europa y por la presencia de Ceuta y Melilla como fronteras exteriores de la Unión Europea, ocupa un lugar especialmente sensible dentro de este contexto.
La presión híbrida también puede adoptar formas económicas. Restricciones comerciales, dependencia tecnológica, control de materias primas estratégicas o utilización del suministro energético como elemento de influencia forman parte del repertorio de herramientas empleadas por algunos Estados para aumentar su capacidad de presión sobre otros gobiernos. La guerra en Ucrania aceleró el proceso de diversificación energética europea precisamente para reducir la vulnerabilidad derivada de estas dependencias.
En paralelo, el espionaje económico e industrial ha adquirido una relevancia sin precedentes. Las empresas que desarrollan tecnologías relacionadas con la inteligencia artificial, los semiconductores, la industria aeroespacial, las telecomunicaciones, la defensa o la energía se han convertido en objetivos prioritarios para servicios de inteligencia extranjeros. La obtención clandestina de información tecnológica puede proporcionar ventajas competitivas equivalentes a las obtenidas mediante grandes inversiones en investigación.
Los servicios de inteligencia europeos han reforzado igualmente sus capacidades de contrainteligencia, conscientes de que la guerra híbrida no solo pretende obtener información, sino también influir en responsables políticos, captar colaboradores, infiltrar organizaciones o manipular procesos de decisión. La protección frente a estas amenazas exige una estrecha cooperación entre agencias de inteligencia, fuerzas policiales, organismos reguladores y empresas privadas.
La respuesta europea ha evolucionado significativamente durante los últimos años. La OTAN ha reconocido oficialmente que determinadas operaciones híbridas pueden activar mecanismos de defensa colectiva cuando alcancen un determinado nivel de gravedad. Paralelamente, la Unión Europea ha impulsado nuevas estrategias de resiliencia para reforzar la protección de infraestructuras críticas, mejorar la ciberseguridad, combatir la desinformación y fortalecer la cooperación entre los Estados miembros.
España participa activamente en este esfuerzo común mediante la actuación coordinada del Centro Nacional de Inteligencia (CNI), el Departamento de Seguridad Nacional, el Mando Conjunto del Ciberespacio, el Instituto Nacional de Ciberseguridad (INCIBE), las Fuerzas Armadas, la Guardia Civil, la Policía Nacional y otros organismos especializados. La Estrategia de Seguridad Nacional identifica expresamente las amenazas híbridas como uno de los principales riesgos para la estabilidad del país.
En este nuevo escenario, la inteligencia artificial desempeña un papel cada vez más relevante tanto para los atacantes como para quienes deben defenderse. Los algoritmos permiten detectar campañas coordinadas de desinformación, identificar anomalías en redes informáticas, analizar grandes volúmenes de datos procedentes de múltiples fuentes y anticipar posibles amenazas mediante modelos predictivos. Al mismo tiempo, las mismas tecnologías pueden ser utilizadas por actores hostiles para automatizar ataques, crear contenidos falsificados o diseñar campañas de influencia mucho más sofisticadas.
Los especialistas coinciden en que la principal fortaleza de las democracias frente a la guerra híbrida no reside únicamente en el incremento de capacidades militares, sino también en la resiliencia institucional y social. Una ciudadanía bien informada, infraestructuras críticas protegidas, sistemas digitales seguros, servicios de inteligencia eficaces y una estrecha cooperación internacional constituyen hoy elementos tan importantes para la seguridad nacional como los tradicionales sistemas de defensa.



