La computación cuántica ha dejado de ser únicamente una promesa científica para convertirse en una tecnología estratégica con implicaciones directas para la seguridad nacional, la economía y la ciberseguridad. Estados Unidos, China y la Unión Europea compiten por desarrollar máquinas cuánticas capaces de resolver problemas que desbordan las capacidades de los ordenadores convencionales, mientras los gobiernos aceleran la transición hacia sistemas de cifrado resistentes a esta tecnología.
El desafío no consiste solamente en quién conseguirá construir primero un ordenador cuántico tolerante a fallos, sino en quién será capaz de proteger sus comunicaciones y, al mismo tiempo, aprovechar la nueva capacidad de cálculo para obtener ventajas científicas, industriales, militares y de inteligencia.
Durante décadas, la informática clásica ha constituido la infraestructura invisible sobre la que se sostiene buena parte de la sociedad moderna. Bancos, administraciones, hospitales, empresas, fuerzas armadas y servicios de inteligencia dependen de sistemas digitales protegidos mediante algoritmos criptográficos. Una parte importante de esa seguridad se basa en problemas matemáticos que resultan extremadamente difíciles de resolver para los ordenadores actuales.
La llegada de un ordenador cuántico suficientemente potente podría cambiar ese equilibrio. El motivo se encuentra en la capacidad de los sistemas cuánticos para procesar determinados problemas de una manera radicalmente diferente a la informática tradicional. El algoritmo de Shor, desarrollado en 1994, demostró teóricamente que un ordenador cuántico suficientemente grande podría factorizar números enteros y resolver determinados problemas de logaritmos discretos de forma mucho más eficiente. Eso afectaría directamente a sistemas criptográficos como RSA y la criptografía de curva elíptica (ECC), utilizados ampliamente para proteger comunicaciones y establecer identidades digitales.
Esto no significa que los ordenadores cuánticos actuales puedan romper esos sistemas. El desafío es precisamente prepararse para el momento en que exista una máquina con suficiente capacidad y corrección de errores. La incertidumbre sobre cuándo llegará ese escenario no elimina el riesgo; lo convierte en un problema de planificación estratégica.
Estados Unidos ha optado por acelerar simultáneamente el desarrollo de la tecnología y la protección frente a sus consecuencias. El National Institute of Standards and Technology (NIST) publicó en 2024 sus primeros estándares definitivos de criptografía poscuántica y recomienda comenzar ya la migración hacia algoritmos resistentes a ataques realizados con ordenadores cuánticos. Entre ellos se encuentran ML-KEM, destinado al establecimiento de claves, y los esquemas de firma digital ML-DSA y SLH-DSA.
La urgencia se ha intensificado en 2026. El Gobierno estadounidense ha establecido un calendario específico para la transición de los sistemas federales más sensibles hacia criptografía poscuántica. La nueva política contempla como objetivo que los sistemas federales de mayor sensibilidad hayan completado la transición a cifrado poscuántico a finales de 2030, mientras que determinadas capacidades de autenticación tienen como horizonte 2031.
El motivo es también geopolítico. Los servicios de inteligencia y los actores estatales pueden almacenar hoy comunicaciones cifradas para intentar descifrarlas en el futuro, una estrategia conocida como “harvest now, decrypt later”, es decir, recopilar ahora y descifrar después. La amenaza resulta especialmente relevante para información que conserva su valor durante décadas: documentos diplomáticos, planes militares, investigaciones científicas, secretos industriales o información relacionada con infraestructuras estratégicas.
La seguridad del dato
La computación cuántica introduce así una paradoja: un dato puede estar protegido hoy y, sin embargo, encontrarse comprometido a largo plazo. La amenaza no requiere disponer actualmente de un ordenador capaz de romper el cifrado. Basta con que un adversario considere que esa capacidad podría estar disponible en el futuro para que determinados datos almacenados tengan valor estratégico.
La carrera tecnológica tiene además un segundo componente: quién consigue construir el ordenador cuántico más avanzado. Estados Unidos cuenta con un ecosistema formado por grandes compañías tecnológicas, universidades y laboratorios nacionales. Empresas como IBM, Google, Microsoft, Quantinuum y otras desarrollan arquitecturas diferentes en una carrera cuyo objetivo final es lograr sistemas capaces de ejecutar cálculos útiles con tasas de error suficientemente bajas.
China, por su parte, ha convertido la tecnología cuántica en una prioridad estratégica. El país ha realizado importantes inversiones en computación, comunicaciones y sensores cuánticos y ha desarrollado infraestructuras de comunicación cuántica a gran escala. Un análisis del Center for Strategic and International Studies (CSIS) publicado en enero de 2026 señala que China está tratando de consolidar una posición que no se limite a la investigación, sino que incluya también servicios de computación cuántica y aplicaciones comerciales.
La competición chino-estadounidense no se limita a contar cúbits. La cantidad de cúbits no determina por sí sola la utilidad de una máquina cuántica. También importan la calidad de esos cúbits, la estabilidad del sistema, la corrección de errores, la conectividad y la capacidad de ejecutar operaciones complejas. Por eso, comparar únicamente las cifras anunciadas por compañías o gobiernos puede ofrecer una visión incompleta de la verdadera posición tecnológica de cada potencia.
China ha apostado además por la comunicación cuántica, un área diferente de la computación pero igualmente relevante para la seguridad. La distribución cuántica de claves —QKD— utiliza propiedades de la física cuántica para detectar determinadas formas de interceptación. El país ha construido redes de comunicación cuántica de gran escala y considera estas capacidades parte de su estrategia tecnológica nacional.
Europa intenta evitar quedar relegada en esta carrera. La Comisión Europea aprobó en julio de 2025 la Quantum Europe Strategy, con el objetivo declarado de situar a Europa entre los líderes mundiales de las tecnologías cuánticas antes de 2030. La estrategia contempla cinco áreas: investigación e innovación, infraestructuras cuánticas, fortalecimiento del ecosistema industrial, tecnologías espaciales y de doble uso y formación de profesionales especializados.
La dimensión de seguridad es especialmente visible en la política europea de criptografía. En junio de 2025, la Comisión instó a los Estados miembros a comenzar la transición hacia la criptografía poscuántica antes del final de 2026 y pidió que las infraestructuras críticas fueran migrando con carácter prioritario, con un horizonte máximo situado en 2030.
Para la Unión Europea, el desafío tiene una doble naturaleza. Por un lado, necesita desarrollar tecnología propia para no depender completamente de Estados Unidos, China u otros proveedores. Por otro, debe proteger sus sistemas frente a una eventual ruptura de los mecanismos criptográficos actuales. Esto afecta directamente a administraciones públicas, fuerzas armadas, servicios de inteligencia, bancos, hospitales, telecomunicaciones, energía, transporte y empresas tecnológicas.
La transición, sin embargo, no será inmediata. Sustituir los sistemas criptográficos de una administración o una gran compañía puede requerir años. Existen millones de dispositivos, aplicaciones y sistemas heredados que utilizan certificados y algoritmos diseñados mucho antes de que apareciera la actual preocupación por la computación cuántica.
Además, los nuevos algoritmos pueden exigir más capacidad de almacenamiento, memoria o ancho de banda. Una investigación reciente sobre despliegues poscuánticos señala que los nuevos mecanismos de autenticación pueden incrementar las exigencias técnicas en determinados entornos, especialmente en dispositivos con recursos limitados y redes no terrestres.
En el espacio
El problema afecta también a los satélites y las comunicaciones militares. Sistemas espaciales, vehículos no tripulados, redes tácticas y sensores remotos pueden necesitar mecanismos criptográficos que funcionen durante muchos años sin posibilidad sencilla de sustitución física. La criptografía poscuántica se convierte así en una cuestión de resiliencia de las infraestructuras estratégicas, no únicamente de seguridad informática.
La carrera cuántica tendrá también consecuencias para la inteligencia militar. Una máquina cuántica avanzada podría proporcionar ventajas en determinados problemas de optimización, simulación de materiales, química, logística o análisis de grandes sistemas. No obstante, conviene evitar una visión excesivamente futurista: la computación cuántica no es un sustituto general de los superordenadores convencionales, sino una tecnología especializada cuyo potencial se concentra en determinadas clases de problemas.
Su impacto estratégico puede proceder igualmente de los sensores cuánticos. Estos dispositivos pueden mejorar potencialmente la precisión de determinadas mediciones y contribuir al desarrollo de sistemas de navegación que dependan menos de las señales GPS, así como de nuevas capacidades de detección. Por ello, la competencia internacional engloba tres grandes campos: computación, comunicaciones y sensores cuánticos.
Para España, el reto se integra en la estrategia tecnológica europea. La transición hacia la criptografía poscuántica afectará tanto a las administraciones como a las empresas que suministran tecnología al sector público. En sectores como defensa, banca, energía, telecomunicaciones y aeronáutica, la necesidad de proteger información durante largos periodos hace especialmente importante comenzar con antelación.
El fenómeno también está cambiando la agenda de la ciberseguridad empresarial. Un estudio publicado en julio de 2026 señalaba que el 85% de los responsables de tecnología y seguridad consultados consideraban probable que los avances cuánticos terminaran comprometiendo los estándares criptográficos actuales durante la próxima década, mientras que solo el 7% había desplegado certificados resistentes a ataques cuánticos. Aunque estas cifras proceden de una encuesta empresarial y no representan por sí mismas una medición global, reflejan la distancia existente entre la percepción del riesgo y la velocidad de la transición.
La respuesta pasa por desarrollar criptoagilidad, es decir, la capacidad de sustituir algoritmos y sistemas criptográficos sin tener que reconstruir completamente una infraestructura tecnológica. Las organizaciones necesitan saber qué algoritmos utilizan, dónde se encuentran, qué información protegen y cuánto tiempo debe mantenerse confidencial. Esa tarea, aparentemente administrativa, puede convertirse en una de las operaciones de ciberseguridad más importantes de los próximos años.
La carrera mundial por la computación cuántica no tiene, por tanto, un único ganador ni una única línea de llegada. Estados Unidos busca mantener su liderazgo tecnológico; China persigue una posición estratégica propia; y la Unión Europea intenta convertir su capacidad científica e industrial en autonomía tecnológica. Al mismo tiempo, todos deben afrontar el mismo problema: proteger hoy las comunicaciones frente a una tecnología que todavía no ha alcanzado su madurez.
El resultado puede desembocar en una nueva etapa de la competición tecnológica mundial. Quien domine determinadas aplicaciones cuánticas podría obtener ventajas en investigación, industria, defensa e inteligencia. Pero quien no prepare sus sistemas criptográficos corre el riesgo de que una parte de la información que hoy considera segura deje de serlo en el futuro.
La cuestión fundamental no es, por tanto, cuándo aparecerá el ordenador cuántico capaz de romper el cifrado actual, sino cuánto tiempo necesita cada país para prepararse antes de que ese momento llegue. La respuesta determinará una parte de la seguridad digital de la próxima década. La carrera ya ha comenzado y, en ella, la ventaja estratégica no dependerá únicamente de construir el ordenador cuántico más potente, sino también de llegar a tiempo al mundo poscuántico.



