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domingo, agosto 2, 2026

Andrés Ruiz Vázquez: “Estamos en una dinámica en la que infraestructuras automatizadas deben defenderse de amenazas igualmente automatizadas”

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Luis Miguel Belda
Luis Miguel Belda
Periodista y Máster en Seguridad, Defensa y Geoestrategia

La seguridad digital se ha convertido en uno de los grandes pilares estratégicos de las democracias modernas y en un elemento esencial para garantizar la estabilidad institucional, económica y social de los Estados. Esa fue la principal idea defendida por Andrés Ruiz Vázquez, subdirector general de Seguridad Digital de la Secretaría de
Estado de Telecomunicaciones e Infraestructuras Digitales, durante una extensa intervención en la que alertó sobre la profunda transformación de las amenazas contemporáneas y sobre la necesidad de construir un modelo de resiliencia nacional capaz de responder a un escenario cada vez más complejo, automatizado e interdependiente.

Sus palabras, pronunciadas durante la IX Jornada Ciberseguridad ‘Tecnologías Duales para un ecosistema seguro’ organizada por TEDAE, reflejan la creciente preocupación de las instituciones europeas y españolas ante un contexto internacional en el que la ciberseguridad ya no puede entenderse únicamente como una cuestión tecnológica, sino como un asunto estructural ligado a la defensa de la soberanía, la economía y el funcionamiento mismo de las sociedades digitales.

Ruiz Vázquez describió un escenario en el que “cambia profundamente la naturaleza del riesgo” y en el que las amenazas ya no aparecen de forma aislada ni limitadas exclusivamente al ámbito técnico. Según explicó, los nuevos conflictos combinan simultáneamente ciberataques, campañas de desinformación, sabotajes, presión económica y operaciones híbridas orientadas a erosionar la confianza pública y debilitar la capacidad de respuesta institucional de los Estados.

Su análisis sitúa la seguridad digital en el centro del nuevo tablero geopolítico internacional. Las guerras híbridas, la manipulación informativa y la vulnerabilidad de las infraestructuras críticas forman parte de una realidad en la que los ataques ya no necesitan tanques o misiles para generar enormes daños estratégicos. Basta, en muchos casos, con afectar cadenas de suministro, sistemas de comunicación o infraestructuras energéticas para provocar desestabilización económica y social.

Al respecto, recurrió a una potente metáfora para explicar la complejidad del nuevo ecosistema tecnológico. Definió la sociedad digital contemporánea como una “pirámide” compuesta por múltiples capas interdependientes que funcionan como un auténtico “sistema de sistemas”. En la base situó la energía; sobre ella, las telecomunicaciones; después, los centros de datos; posteriormente, los servicios digitales y las capacidades cloud; y finalmente, los ciudadanos y la sociedad que utilizan toda esa infraestructura tecnológica.

Pero el verdadero riesgo, advirtió, no reside únicamente en cada una de esas capas por separado, sino en el grado extremo de dependencia mutua existente entre todas ellas. En un entorno hiperconectado, una alteración aparentemente localizada puede propagarse rápidamente y afectar simultáneamente a numerosos servicios esenciales. “Una vulnerabilidad en un sistema industrial, una interrupción energética o una afectación en las comunicaciones puede terminar impactando simultáneamente en nuestros servicios esenciales”, señaló.

Esa reflexión conecta directamente con algunas de las grandes preocupaciones de seguridad actuales en Europa. La guerra en Ucrania, los ataques a infraestructuras energéticas, las tensiones geopolíticas y los recientes episodios de crisis energética han reforzado la conciencia de que las sociedades modernas son extremadamente dependientes de sistemas digitales interconectados y vulnerables.

Ruiz Vázquez insistió en que la seguridad digital no puede abordarse únicamente desde una perspectiva informática o tecnológica. A su juicio, posee también una dimensión física, industrial y operativa inseparable de la protección global de la sociedad. De hecho, explicó que personalmente prefiere hablar de “seguridad digital” y no únicamente de “ciberseguridad”, porque considera que el concepto central debe seguir siendo siempre la seguridad de las personas y de la sociedad.

“El adjetivo nunca puede eclipsar al sustantivo verdaderamente importante: la seguridad”, afirmó. En su opinión, los términos “ciber” o “digital” son solo calificativos de una cuestión mucho más amplia relacionada con la protección de la estabilidad social, económica e institucional de los países.

El responsable de seguridad digital vinculó además estas reflexiones con experiencias recientes vividas en España. Citó expresamente la crisis energética, la DANA, los incendios y otras emergencias como ejemplos que evidencian hasta qué punto la resiliencia nacional depende de la capacidad de anticipación y preparación previa.

“La resiliencia no se improvisa durante la crisis”, advirtió. Según explicó, debe construirse antes de que ocurran las emergencias, integrando desde el diseño redundancia, continuidad operativa y capacidad de respuesta. Esa idea se ha convertido precisamente en uno de los grandes principios estratégicos de la seguridad contemporánea: asumir que los incidentes críticos son inevitables y que el verdadero objetivo consiste en garantizar que la sociedad pueda seguir funcionando incluso bajo presión.

Normas para proteger mejor

El discurso de Ruiz Vázquez se enmarca además en un momento de endurecimiento regulatorio dentro de la Unión Europea. Durante los últimos años, Bruselas ha impulsado una profunda transformación normativa destinada a reforzar la ciberseguridad y la resiliencia de infraestructuras críticas en todo el continente.

El subdirector general mencionó específicamente iniciativas europeas como la Directiva NIS2, la Directiva CER, el Reglamento DORA, el Cybersecurity Act y el Cyber Resilience Act. Todas ellas forman parte de una estrategia europea orientada a elevar los estándares de protección digital, reducir vulnerabilidades y fortalecer el mercado interior desde una perspectiva de seguridad estratégica.

La Directiva NIS2, por ejemplo, amplía considerablemente las obligaciones de ciberseguridad para operadores esenciales y entidades importantes, mientras que el Reglamento DORA busca reforzar la resiliencia operativa digital del sector financiero europeo. El Cyber Resilience Act, por su parte, pretende establecer requisitos de seguridad obligatorios para productos y dispositivos digitales conectados.

Sin embargo, Ruiz Vázquez advirtió también sobre los riesgos de una armonización mal planteada. Según explicó, la fragmentación normativa puede frenar la innovación, pero una armonización excesivamente uniforme podría terminar rebajando estándares de excelencia. “La posición de España es clara: armonizar para elevar el nivel común hacia la excelencia, no para rebajarlo”, afirmó.

El representante español defendió además que España parte de una posición especialmente sólida dentro del ecosistema internacional de ciberseguridad. Destacó el trabajo desarrollado durante años por organismos como el Centro Criptológico Nacional, el Instituto Nacional de Ciberseguridad, el Mando Conjunto del Ciberespacio, la Policía Nacional y la Guardia Civil, además de numerosos actores privados que han contribuido a construir una auténtica cultura nacional de seguridad digital.

Uno de los datos más llamativos ofrecidos durante su intervención fue que España es actualmente el segundo país del mundo, solo por detrás de Estados Unidos, en número de centros de operaciones de seguridad. Esa afirmación refleja el importante crecimiento experimentado por el ecosistema español de ciberseguridad durante la última década.

Ruiz Vázquez destacó igualmente la existencia de un tejido empresarial especializado en ciberseguridad, el desarrollo del Esquema Nacional de Seguridad —con más de quince años de recorrido— y el modelo español de protección de infraestructuras críticas liderado por el Ministerio del Interior.

A todo ello añadió la consolidación de una industria tecnológica y de defensa cada vez más preparada para aportar capacidades estratégicas propias. En un contexto internacional marcado por la competencia tecnológica global, la autonomía estratégica aparece como uno de los grandes objetivos de las políticas europeas y nacionales de seguridad.

Pero junto a esas fortalezas emergen desafíos cada vez mayores. El principal, según explicó, es la velocidad con la que la inteligencia artificial está transformando el entorno de amenazas. Ruiz Vázquez subrayó que lo verdaderamente disruptivo no es únicamente la aparición de nuevos modelos de IA aplicados a la ciberseguridad, sino la capacidad de automatizar el descubrimiento, análisis y explotación de vulnerabilidades a una escala sin precedentes.

“Estamos entrando en una dinámica en la que infraestructuras automatizadas deben defenderse frente a amenazas igualmente automatizadas”, alertó. Esa evolución implica que el tiempo entre la detección de una vulnerabilidad y su explotación efectiva se reduce constantemente, obligando a abandonar modelos de seguridad basados en tiempos humanos para evolucionar hacia sistemas de respuesta prácticamente automáticos.

La irrupción de la inteligencia artificial está modificando radicalmente la forma de diseñar infraestructuras, organizar centros de operaciones de seguridad y compartir inteligencia entre administraciones, empresas y operadores críticos. La automatización se convierte así tanto en una herramienta defensiva como en una amenaza potencial.

A ello se suma otro gran reto tecnológico: la computación cuántica. Ruiz Vázquez advirtió de que la criptografía actual —base de la confianza digital contemporánea— deberá evolucionar hacia modelos resistentes a las futuras capacidades cuánticas. Aunque esa transición será larga, insistió en que debe comenzar cuanto antes.

El responsable español situó además las denominadas tecnologías duales en el centro del nuevo escenario estratégico internacional. Inteligencia artificial, cloud, drones, redes 5G, computación avanzada o sistemas autónomos son tecnologías con aplicaciones tanto civiles como militares, capaces de transformar simultáneamente la economía y la seguridad.

Precisamente por ello, explicó que buena parte de los fondos europeos de recuperación están destinándose a fortalecer capacidades duales y avanzar hacia una auténtica autonomía tecnológica europea. Según afirmó, la autonomía tecnológica debe entenderse como capacidad de decisión y control sobre aquellos elementos considerados críticos para la seguridad y la soberanía.

Junto a la dimensión tecnológica, Ruiz Vázquez identificó otros dos desafíos fundamentales: el talento y la cadena de suministro. En el ámbito del talento, defendió la necesidad no solo de formar especialistas, sino también de retener conocimiento y transformarlo en capacidad institucional estable.

Respecto a la cadena de suministro, lanzó una advertencia especialmente significativa: “Ninguna organización es más segura que su proveedor más débil”. La creciente externalización tecnológica y la complejidad de las cadenas globales de suministro han convertido a los proveedores y terceros en uno de los principales vectores de riesgo para empresas y administraciones.

La intervención concluyó con una reflexión sobre la propia naturaleza invisible de la seguridad digital. Ruiz Vázquez recordó que, cuando funciona correctamente, normalmente pasa desapercibida y no genera titulares. Precisamente por eso, sostuvo, requiere visión estratégica, inversión sostenida y cooperación constante entre instituciones, industria y sociedad.

Porque, en última instancia, explicó, la seguridad digital no consiste únicamente en proteger sistemas informáticos, sino en garantizar que la sociedad pueda seguir funcionando bajo cualquier circunstancia preservando la confianza, la estabilidad y la capacidad de decisión colectiva.

Sus palabras reflejan así una de las grandes conclusiones estratégicas del nuevo escenario global: en un mundo hiperconectado, automatizado y atravesado por crecientes tensiones geopolíticas, la seguridad digital se ha convertido en una condición indispensable para proteger no solo infraestructuras tecnológicas, sino el propio funcionamiento de las democracias contemporáneas.

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