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miércoles, julio 29, 2026

Ricardo Martí Fluxá (TEDAE): En la guerra actual, «los ataques ya pueden ejecutarse mediante líneas de código»

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Luis Miguel Belda
Luis Miguel Belda
Periodista y Máster en Seguridad, Defensa y Geoestrategia

La ciberseguridad ha dejado de ser una cuestión reservada a ingenieros, expertos informáticos o departamentos técnicos para convertirse en uno de los grandes asuntos estratégicos del siglo XXI. Esa fue la principal advertencia lanzada por Ricardo Martí Fluxá, presidente de TEDAE, durante una intervención en la que trazó un amplio diagnóstico sobre el nuevo escenario geopolítico internacional, marcado por la guerra híbrida, la competencia tecnológica global y la creciente fragilidad de las democracias frente a las amenazas digitales.

Sus palabras, que abrieron la IX Jornada Ciberseguridad ‘Tecnologías Duales para un ecosistema seguro’, que tuvieron lugar este miércoles en Madrid, reflejan la creciente preocupación de gobiernos, empresas y organismos internacionales ante un contexto en el que los ataques cibernéticos, la desinformación y la manipulación tecnológica han pasado a ocupar un lugar central dentro de la seguridad global.

Martí Fluxá sostuvo que la ciberseguridad “ya no pertenece únicamente al ámbito de los especialistas”, sino que afecta directamente “al funcionamiento de nuestras democracias, a la competitividad de nuestras economías y a la protección de los derechos y libertades de los ciudadanos”. Su reflexión sitúa el debate tecnológico en una dimensión política y civilizatoria mucho más amplia: la idea de que la revolución digital está transformando no solo la economía o las comunicaciones, sino también el propio equilibrio del poder internacional y la manera en que las sociedades entienden la soberanía, la libertad y la seguridad.

El ex secretario de Estado de Seguridad describió el actual momento histórico como una auténtica transición de paradigma global. Recordó que, durante décadas, buena parte de Occidente vivió bajo la convicción de que la globalización económica, el libre comercio y el progreso tecnológico conducirían de manera natural hacia un mundo más estable y seguro. Una visión heredera del optimismo liberal posterior a la caída del bloque soviético y del célebre concepto del “fin de la historia” formulado por Francis Fukuyama a comienzos de los años noventa.

Sin embargo, Martí Fluxá advirtió de que la realidad internacional de los últimos años ha desmontado muchas de aquellas certezas. “La guerra ha regresado al continente europeo”, señaló, en referencia al impacto geopolítico de la invasión rusa de Ucrania y al deterioro general del orden internacional. A ello añadió el aumento de tensiones estratégicas en múltiples regiones del planeta, el uso de las cadenas de suministro como herramientas de presión política y la creciente competencia tecnológica entre grandes potencias.

Su intervención dibujó un panorama internacional profundamente inestable, en el que la tecnología se ha convertido en uno de los principales instrumentos de poder. Según explicó, los conflictos contemporáneos ya no se desarrollan únicamente en los escenarios tradicionales de tierra, mar y aire, sino también en el espacio digital y en el ámbito espacial. Las guerras híbridas, la ciberguerra y las campañas de desinformación forman parte de una nueva realidad en la que los ataques no requieren necesariamente armas convencionales.

El ataque puede ejecutarse mediante líneas de código”, afirmó, subrayando cómo una operación cibernética puede paralizar hospitales, redes eléctricas, sistemas financieros o infraestructuras esenciales de un país. Esa afirmación resume uno de los grandes cambios estratégicos del presente: la aparición de amenazas invisibles capaces de generar enormes daños sin necesidad de recurrir a invasiones militares tradicionales.

La reflexión de Martí Fluxá conecta con una preocupación creciente dentro de la Unión Europea y la OTAN. Durante los últimos años, las instituciones occidentales han incrementado considerablemente sus inversiones en ciberdefensa ante el aumento de ataques dirigidos contra administraciones públicas, empresas energéticas, hospitales, infraestructuras críticas y sistemas electorales. El temor a que actores estatales o grupos criminales puedan desestabilizar democracias mediante operaciones digitales se ha convertido en una de las principales obsesiones de seguridad en Occidente.

En su discurso, el ex secretario de Estado recurrió además a una célebre frase de Antonio Gramsci para describir el actual momento histórico: “La crisis consiste precisamente en que lo viejo muere y lo nuevo no termina de nacer”. Para Martí Fluxá, la humanidad atraviesa precisamente esa fase de transición incierta en la que el viejo orden internacional se debilita mientras emerge un nuevo modelo aún indefinido.

Esa transformación afecta simultáneamente a la economía, la política, la seguridad y la propia concepción de la soberanía nacional. Según explicó, las fronteras tradicionales continúan existiendo, pero junto a ellas han aparecido nuevas “fronteras digitales” que los Estados deben proteger. En el mundo contemporáneo, la soberanía ya no depende únicamente del control físico del territorio, sino también de la capacidad para proteger infraestructuras digitales, sistemas de información y redes de datos.

Martí Fluxá alertó de que tecnologías que hace apenas unas décadas parecían futuristas forman hoy parte de la vida cotidiana y están redefiniendo las capacidades de Estados, empresas e individuos. Citó específicamente la inteligencia artificial, la computación cuántica, los sistemas autónomos, la hiperconectividad y el análisis masivo de datos como algunas de las herramientas que están transformando radicalmente el equilibrio global.

La desinformación, enemigo a batir

Pero junto a las oportunidades aparecen también nuevas vulnerabilidades. El empresario y experto en seguridad advirtió de que las mismas tecnologías que permiten avances extraordinarios pueden utilizarse con fines hostiles. “La misma red que conecta a millones de personas puede ser utilizada para desinformar”, explicó. Del mismo modo, señaló que la inteligencia artificial puede mejorar la productividad y acelerar el progreso económico, pero también automatizar ataques cibernéticos o facilitar la manipulación masiva de contenidos.

La preocupación por la desinformación ocupa actualmente un lugar central en los debates internacionales sobre ciberseguridad. Gobiernos occidentales y organismos internacionales han alertado reiteradamente sobre campañas coordinadas destinadas a manipular la opinión pública, interferir en procesos electorales o amplificar la polarización social mediante redes sociales y plataformas digitales.

En ese contexto, Martí Fluxá defendió una visión mucho más amplia de la ciberseguridad. A su juicio, no se trata únicamente de proteger sistemas informáticos o infraestructuras técnicas, sino de garantizar la resiliencia de las instituciones democráticas y preservar la confianza de los ciudadanos. “Cuando hablamos de seguridad hablamos de proteger todo aquello que consideramos valioso”, afirmó.

Su discurso introdujo así una dimensión filosófica y política del debate tecnológico. La ciberseguridad aparece no solo como una cuestión operativa o empresarial, sino como un mecanismo esencial para defender la libertad individual, los derechos fundamentales y el funcionamiento democrático de las sociedades abiertas.

Martí Fluxá sostuvo que la protección de infraestructuras críticas, empresas, propiedad intelectual, conocimiento científico y administración pública resulta esencial para preservar la autonomía estratégica de los países. Pero insistió especialmente en la necesidad de proteger a las personas y los principios democráticos sobre los que se sustentan las sociedades occidentales.

“La historia de Occidente es, en buena medida, la historia de la conquista de la libertad frente a la arbitrariedad del poder”, afirmó. Su intervención vinculó directamente la defensa de la ciberseguridad con la tradición liberal europea y anglosajona que, desde la Ilustración hasta las democracias contemporáneas, ha construido sistemas basados en derechos individuales y límites al poder político.

El ex secretario de Estado subrayó además que esos derechos deben ahora trasladarse plenamente al ámbito digital. A su juicio, conceptos como privacidad, libertad individual, participación política o libertad de expresión poseen hoy una dimensión tecnológica inseparable de la vida cotidiana. “Debemos defender también los derechos del ciudadano digital”, advirtió.

Ese planteamiento conecta con algunos de los grandes debates contemporáneos sobre regulación tecnológica. Europa ha intentado posicionarse durante los últimos años como uno de los principales defensores internacionales de la privacidad digital y de la regulación ética de la inteligencia artificial. Normativas como el Reglamento General de Protección de Datos o la nueva legislación europea sobre IA reflejan precisamente esa preocupación por proteger derechos fundamentales en el entorno tecnológico.

Martí Fluxá insistió en que la ciberseguridad no puede entenderse únicamente como protección técnica de infraestructuras digitales. Debe interpretarse también como defensa activa de los derechos fundamentales en el entorno digital. Según explicó, cuando se protegen los datos personales de los ciudadanos se está defendiendo en realidad su libertad individual.

Del mismo modo, sostuvo que garantizar la integridad de los procesos electorales frente a campañas de manipulación o desinformación equivale a proteger directamente la democracia. Esa reflexión resulta especialmente relevante en un contexto internacional marcado por crecientes denuncias sobre interferencias digitales en elecciones y procesos políticos.

La intervención del empresario español refleja además un cambio profundo dentro de los discursos de seguridad contemporáneos. Durante décadas, las amenazas principales se asociaban al terrorismo, los conflictos militares convencionales o la criminalidad organizada. Hoy, en cambio, la vulnerabilidad tecnológica ocupa un lugar central dentro de las estrategias nacionales de defensa y seguridad.

El aumento exponencial de la digitalización ha convertido a las sociedades modernas en estructuras extremadamente dependientes de sistemas informáticos interconectados. Desde hospitales hasta aeropuertos, pasando por redes energéticas, bancos, telecomunicaciones o servicios públicos, buena parte del funcionamiento cotidiano de los países depende de infraestructuras digitales susceptibles de sufrir ataques.

Ese contexto ha impulsado un crecimiento sin precedentes de la industria global de la ciberseguridad. Gobiernos y empresas están incrementando masivamente sus inversiones en protección digital ante el temor de sufrir ataques capaces de paralizar servicios esenciales o generar graves daños económicos y reputacionales.

España tampoco es ajena a esa tendencia. En los últimos años, organismos como el Instituto Nacional de Ciberseguridad o el Centro Criptológico Nacional han advertido del incremento constante de incidentes de ciberseguridad que afectan tanto a instituciones públicas como a empresas privadas y ciudadanos.

Las palabras de Martí Fluxá reflejan precisamente esa creciente conciencia de que la seguridad digital constituye ya una cuestión estratégica de primer orden. En un mundo marcado por la competencia tecnológica, la inteligencia artificial y la hiperconectividad, la protección del espacio digital aparece cada vez más ligada a la defensa de la soberanía, la democracia y la libertad individual.

Su intervención concluyó con una idea central: la ciberseguridad no es únicamente una cuestión tecnológica, sino una herramienta esencial para preservar el modelo democrático occidental en una época de incertidumbre geopolítica y transformación acelerada. Un mensaje que resume el gran desafío contemporáneo de las democracias digitales: cómo aprovechar el enorme potencial de las nuevas tecnologías sin renunciar a los derechos, libertades y principios que sustentan las sociedades abiertas.

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