Cómo ha evolucionado la concepción de la desinformación en España y por qué hoy constituye un asunto de seguridad nacional
«Las grandes amenazas del siglo XXI no siempre cruzan una frontera ni llegan acompañadas del estruendo de las armas. A menudo se abren paso, silenciosamente, a través de una pantalla»
Durante décadas, la seguridad se asoció casi exclusivamente a la defensa del territorio, la protección de las fronteras o a la lucha contra el terrorismo y la delincuencia organizada. Sin embargo, en apenas unos años, ha surgido un nuevo escenario de confrontación mucho más difícil de identificar y, en ocasiones, incluso de percibir. Ya no siempre se pretende conquistar un territorio o destruir una infraestructura. A veces basta con sembrar la duda, alimentar la desconfianza o influir silenciosamente en la forma en que una sociedad interpreta la realidad.
Ese cambio de perspectiva es, probablemente, una de las transformaciones más profundas que ha experimentado la seguridad en el siglo XXI.
Durante mucho tiempo, la desinformación se entendió como un fenómeno relacionado con las llamadas fake news, las noticias falsas que circulaban por internet y las redes sociales. La respuesta parecía relativamente sencilla: verificar los hechos, mejorar la alfabetización mediática y colaborar con las plataformas digitales para reducir la difusión de contenidos engañosos.
Aquella visión respondía al contexto de su tiempo. El problema se concebía principalmente como una amenaza para la calidad del debate público y para el buen funcionamiento de las democracias. La preocupación se centraba en evitar que la ciudadanía tomara decisiones basadas en informaciones falsas o manipuladas.
Sin embargo, la realidad comenzó a demostrar que el fenómeno era mucho más complejo.
La pandemia de COVID-19 constituyó un primer punto de inflexión. La rapidez con la que se propagaban los rumores, las teorías conspirativas y las falsas recomendaciones sanitarias evidenció que la manipulación de la información podía afectar directamente a la gestión de una crisis, alterar el comportamiento colectivo y poner en riesgo la confianza en las instituciones. La Organización Mundial de la Salud llegó incluso a acuñar el término infodemia para describir esa sobreabundancia de información, correcta e incorrecta, que dificulta a las personas encontrar las fuentes fiables y las orientaciones adecuadas cuando más las necesitan.
Poco después, la invasión rusa de Ucrania confirmó que la información se había convertido en un instrumento más de la confrontación estratégica. Las campañas de influencia, la difusión coordinada de narrativas, la utilización de redes sociales y el empleo de herramientas digitales para moldear la percepción pública pasaron a formar parte del mismo escenario en el que también actuaban la presión diplomática, los ciberataques o las sanciones económicas.
La desinformación dejaba así de ser un problema exclusivamente comunicativo para integrarse en un contexto mucho más amplio, donde la tecnología, la geopolítica, la seguridad y la comunicación comenzaban a converger.
España no ha permanecido ajena a esta evolución. Los trabajos desarrollados por el Foro contra las Campañas de Desinformación, impulsado por el Departamento de Seguridad Nacional, muestran con claridad cómo ha cambiado la manera de entender este fenómeno. Sus primeras iniciativas se centraban en mejorar la capacidad de detectar campañas de manipulación y fortalecer la resiliencia de la sociedad. Los trabajos más recientes, en cambio, sitúan la desinformación dentro de un ecosistema donde confluyen inteligencia artificial, cibercrimen, amenazas híbridas, operaciones de influencia y competencia estratégica entre Estados y otros actores hostiles.
Este cambio no es una cuestión de matices ni de terminología. Supone una transformación mucho más profunda: la seguridad ya no consiste únicamente en proteger espacios físicos o sistemas tecnológicos, sino también en preservar la capacidad de las sociedades para comprender la realidad y tomar decisiones libres frente a intentos deliberados de manipulación.
Esta evolución coincide con la advertencia formulada por la Estrategia de Seguridad Nacional 2021, cuando señala que «la desinformación se ha convertido en un instrumento empleado para influir en la opinión pública y condicionar los procesos de decisión». Esa constatación explica por qué este fenómeno ha dejado de analizarse únicamente desde la comunicación para incorporarse plenamente al ámbito de la seguridad.
¿Por qué se ha producido esta evolución en tan poco tiempo?
La respuesta no se encuentra en un único acontecimiento, sino en la coincidencia de varias transformaciones que han alterado profundamente el entorno estratégico.
La primera es la digitalización de nuestras sociedades. Nunca había sido tan sencillo crear, difundir y amplificar información a escala global. Hoy, cualquier mensaje puede alcanzar a millones de personas en cuestión de minutos, independientemente de su veracidad.
La segunda transformación es la irrupción de la inteligencia artificial generativa. La posibilidad de producir textos, imágenes, audios y vídeos sintéticos de gran realismo ha reducido drásticamente el coste de las campañas de manipulación y ha incrementado su capacidad de adaptación a públicos concretos.
A ello se suma un tercer factor: la creciente utilización de estrategias híbridas por parte de diversos actores internacionales. Las campañas de influencia ya no actúan de forma aislada; se combinan con ciberataques, espionaje, presión económica o instrumentalización de la migración para alcanzar objetivos políticos sin recurrir necesariamente al empleo de la fuerza.
Como consecuencia, la línea que tradicionalmente separaba los periodos de paz y de conflicto resulta hoy mucho más difusa. La competencia estratégica se desarrolla de forma permanente y utiliza instrumentos muy diversos para influir sobre gobiernos, las empresas y los ciudadanos.
Comprender este cambio resulta esencial para interpretar la evolución experimentada por la doctrina española y europea durante los últimos años. Pero el verdadero salto conceptual no consistió únicamente en ampliar el significado de la desinformación. Lo más importante fue descubrir que las noticias falsas eran solo una pequeña parte de un fenómeno mucho más amplio: las operaciones de influencia dirigidas a moldear la percepción y el comportamiento de las sociedades democráticas.

Mucho más que noticias falsas: la nueva visión europea de la desinformación
Si durante años la desinformación se asoció casi exclusivamente a la difusión de noticias falsas, hoy esa visión resulta claramente insuficiente. Las instituciones europeas han llegado a una conclusión compartida: el verdadero problema no reside únicamente en el contenido de un mensaje, sino en la estrategia que lo sustenta y en los efectos que persigue.
Esta idea marca un punto de inflexión en los trabajos del Foro contra las Campañas de Desinformación. La publicación Iniciativas 2025 no representa una ruptura con los documentos anteriores, sino la culminación de una evolución iniciada varios años antes. La diferencia es que el análisis deja de centrarse en el contenido de la desinformación para ocuparse del ecosistema en el que esta se produce, se financia, se difunde y se utiliza con fines estratégicos.
Esta perspectiva supone un cambio de enfoque de gran importancia. Ya no basta con identificar una información falsa o desmontar un bulo. La pregunta pasa a ser mucho más amplia: ¿quién impulsa la campaña?, ¿qué pretende conseguir?, ¿qué medios emplea para amplificarla?, ¿cómo se coordina con otras acciones de presión política, económica o tecnológica?
La respuesta obliga a observar el fenómeno desde una óptica mucho más compleja.
La desinformación ya no actúa sola
Las campañas de influencia actuales rara vez aparecen de forma aislada. Con frecuencia forman parte de operaciones más amplias en las que intervienen herramientas muy diferentes, pero orientadas hacia un mismo objetivo: influir en la percepción de la realidad y condicionar la toma de decisiones.
Un ciberataque contra una infraestructura crítica puede ir acompañado de una campaña en redes sociales destinada a sembrar incertidumbre sobre la capacidad de respuesta de las autoridades. Un episodio de presión migratoria puede verse acompañado por narrativas dirigidas a aumentar la polarización política. Incluso una crisis sanitaria o un desastre natural pueden convertirse en escenarios propicios para difundir mensajes destinados a debilitar la confianza institucional.
Lo verdaderamente relevante es que todos estos elementos comienzan a entenderse como partes de una misma estrategia.
Precisamente esa es una de las principales aportaciones de Iniciativas 2025: comprender que la desinformación constituye una pieza más dentro de un conjunto de acciones coordinadas donde confluyen tecnología, comunicación, delincuencia, inteligencia y geopolítica.
Una evolución compartida en Europa
España no ha recorrido este camino en solitario. La evolución observada en el Foro coincide con la experimentada por las principales instituciones europeas.
La Unión Europea ha ido sustituyendo progresivamente una visión centrada en las noticias falsas por otra mucho más amplia, basada en el análisis de las campañas organizadas de manipulación e injerencia en la información. El objetivo ya no consiste únicamente en desmentir contenidos falsos, sino en comprender cómo determinados actores utilizan la información como un instrumento de influencia política y estratégica.
La propia Comisión Europea resume este cambio de enfoque al afirmar en ProtectEU, publicado en 2025, que «la seguridad debe integrarse en todas las políticas de la Unión». Esta idea refleja que la manipulación de la información ya no constituye un problema aislado, sino una dimensión transversal que afecta a múltiples ámbitos de actuación.
Ese cambio también se aprecia en el lenguaje. Conceptos que hace apenas unos años apenas aparecían en los documentos oficiales, como Foreign Information Manipulation and Interference (FIMI), operaciones de influencia o amenazas híbridas, forman hoy parte habitual del vocabulario de la seguridad europea.
El cambio terminológico refleja una transformación más profunda: ya no se estudia únicamente la información, sino el comportamiento de quienes la utilizan para influir sobre las sociedades democráticas.

El ejemplo de Frontex
Uno de los mejores indicadores de esta evolución puede encontrarse en los informes anuales de Frontex, la agencia europea responsable de la gestión de las fronteras exteriores de la Unión.
Durante años, estos documentos centraban su atención en fenómenos como la inmigración irregular, el terrorismo o la delincuencia organizada transfronteriza. Sin embargo, los análisis más recientes muestran una realidad mucho más compleja.
El Annual Risk Analysis 2026 de Frontex resume esa evolución al advertir que las amenazas actuales son cada vez más interconectadas, y que la gestión de las fronteras debe contemplar simultáneamente riesgos derivados de la competencia geopolítica, las amenazas híbridas, la instrumentalización de la migración y las campañas de manipulación informativa.
Hoy Frontex incorpora de forma creciente cuestiones como la instrumentalización de la migración por parte de determinados Estados, las amenazas híbridas, las campañas de manipulación informativa, la inteligencia artificial o la utilización coordinada de diferentes herramientas de presión sobre la Unión Europea.
No se trata de un simple aumento del número de amenazas identificadas. Lo que realmente cambia es la manera de entender la seguridad. Los distintos riesgos dejan de analizarse por separado y pasan a contemplarse como elementos interrelacionados dentro de un mismo escenario estratégico.
En este aspecto, la evolución de Frontex coincide plenamente con la observada en el Foro contra las Campañas de Desinformación.
Europol: cuando el crimen y la manipulación convergen
Algo parecido ocurre con Europol.
Los informes más recientes de la agencia europea muestran cómo las organizaciones criminales aprovechan cada vez con mayor frecuencia las posibilidades que ofrecen las tecnologías digitales para apoyar sus actividades ilícitas.
La inteligencia artificial permite automatizar fraudes, crear identidades falsas o producir contenidos sintéticos con un grado de realismo hasta hace pocos años impensable. Las criptomonedas facilitan determinados mecanismos de financiación y las plataformas digitales ofrecen canales extraordinariamente eficaces para amplificar campañas de engaño o de ingeniería social.
Como consecuencia, las fronteras entre delincuencia organizada, cibercrimen y manipulación informativa resultan cada vez más difíciles de delimitar.
También esta realidad aparece reflejada en Iniciativas 2025, donde la desinformación se analiza en conexión con otros fenómenos emergentes, como el hacktivismo, la inteligencia artificial o las nuevas formas de criminalidad digital.
Europol llega a una conclusión semejante en el EU Serious and Organised Crime Threat Assessment (EU-SOCTA) 2025, donde señala que las organizaciones criminales aprovechan las nuevas tecnologías para ampliar su capacidad de actuación y adaptarse con rapidez a un entorno cada vez más digitalizado.
La influencia de la OTAN
La OTAN ha llegado a conclusiones muy similares desde una perspectiva diferente.
Durante los últimos años, la Alianza ha desarrollado el concepto de guerra cognitiva, que parte de una idea sencilla, pero de enorme trascendencia: el objetivo de determinadas campañas ya no consiste únicamente en modificar la información disponible, sino en influir sobre la forma en que las personas interpretan esa información y toman decisiones.
En otras palabras, el verdadero objetivo no es el mensaje, sino la percepción.
Esta aproximación sitúa a la persona en el centro del análisis. Lo importante ya no es únicamente proteger redes informáticas o infraestructuras críticas, sino reforzar la capacidad de la sociedad para resistir intentos deliberados de manipulación.
Cada vez con mayor frecuencia, los expertos hablan de un nuevo ámbito de actuación: el espacio cognitivo, entendido como el entorno donde se forman las percepciones, las creencias y las decisiones individuales y colectivas.
Aunque todavía se trata de un concepto en evolución, refleja con claridad hacia dónde parece dirigirse la doctrina de seguridad en Europa.
Una seguridad cada vez más integrada
La principal conclusión de esta evolución es que la seguridad ya no puede abordarse desde compartimentos estancos. La información, el ciberespacio, la delincuencia organizada, la inteligencia artificial, la protección de infraestructuras críticas o la gestión de las fronteras forman parte de un mismo escenario en el que los riesgos interactúan entre sí.
Comprender esta realidad exige abandonar enfoques excesivamente sectoriales y adoptar una visión integrada de las amenazas.
Eso es precisamente lo que refleja la evolución del Foro contra las Campañas de Desinformación. A lo largo de sus sucesivos trabajos, la desinformación ha dejado de contemplarse como un fenómeno aislado para convertirse en un elemento más de un entorno caracterizado por la competencia estratégica permanente y la creciente interdependencia entre seguridad, tecnología y geopolítica.
Pero esta evolución también plantea una cuestión inevitable. Si la información se ha convertido en un instrumento de confrontación, ¿dónde termina la protección de la seguridad y dónde comienza el riesgo de limitar el debate público o la libertad de expresión? Esa pregunta, lejos de ser un mero debate académico, constituye uno de los grandes desafíos que deberán afrontar las democracias europeas en los próximos años.
El verdadero desafío: proteger la confianza sin limitar la libertad
La evolución de la desinformación durante los últimos años plantea una cuestión que trasciende el ámbito de la seguridad y alcanza el propio funcionamiento de las democracias: ¿cómo proteger a la sociedad frente a las campañas de manipulación sin poner en riesgo la libertad de expresión o el pluralismo informativo?
No es una pregunta sencilla, ni admite respuestas categóricas.
La historia demuestra que las democracias son especialmente vulnerables a quienes utilizan sus propias libertades para intentar debilitarlas. Pero también enseña que combatir una amenaza sacrificando los principios que se pretende proteger puede acabar produciendo el efecto contrario.
Por ello, el desafío actual no consiste únicamente en desarrollar mejores herramientas tecnológicas o incrementar la capacidad de detectar campañas de influencia. Consiste, sobre todo, en encontrar un equilibrio entre seguridad y libertad, entre protección y garantía de derechos.
Precisamente esa preocupación está presente, de forma explícita o implícita, en la evolución doctrinal analizada a lo largo de este artículo.
Más allá de la tecnología
Existe una tendencia a pensar que la respuesta frente a la desinformación pasa exclusivamente por incorporar nuevas tecnologías capaces de identificar contenidos manipulados mediante inteligencia artificial.
Sin embargo, esa visión resulta incompleta. La tecnología puede facilitar la detección de determinados patrones o ayudar a identificar campañas coordinadas, pero difícilmente resolverá un problema cuya raíz es, ante todo, humana.
Las campañas de influencia no buscan engañar a las máquinas. Buscan influir sobre las personas. Pretenden explotar emociones, reforzar prejuicios, alimentar la polarización o generar incertidumbre. En definitiva, aspiran a modificar la percepción de la realidad y, con ello, condicionar las decisiones individuales y colectivas.
Por esa razón, la respuesta no puede limitarse al ámbito tecnológico. Requiere también instituciones sólidas, medios de comunicación responsables, ciudadanos capaces de ejercer un pensamiento crítico y administraciones preparadas para comunicar con rapidez, transparencia y credibilidad.
La resiliencia de una sociedad depende tanto de sus capacidades tecnológicas como de la confianza que los ciudadanos depositan en sus instituciones.
Un nuevo concepto de seguridad
Quizá la principal enseñanza que dejan los trabajos del Foro contra las Campañas de Desinformación sea que la seguridad ya no puede entenderse exclusivamente como la protección frente a amenazas físicas.
Durante buena parte del siglo XX, la atención se dirigía hacia la defensa del territorio, las fronteras, las infraestructuras críticas o la prevención de ataques armados. La revolución digital añadió un nuevo ámbito de actuación: el ciberespacio.
Hoy comienza a perfilarse un tercer escenario, mucho más complejo e intangible: el espacio en el que se forman las opiniones, se construye la confianza y se adoptan las decisiones.
No se trata de proteger las ideas de los ciudadanos ni de establecer una verdad oficial. Se trata de preservar las condiciones que permiten a una sociedad deliberar libremente sin verse sometida a campañas organizadas de manipulación que buscan alterar artificialmente ese proceso.
En ese sentido, la información ha dejado de ser únicamente un recurso para convertirse en un activo estratégico cuya protección exige nuevas capacidades, nuevas formas de cooperación y una comprensión más amplia de la seguridad.
Un cambio de paradigma
La evolución descrita a lo largo de este artículo puede resumirse en una idea sencilla: no solo han cambiado las amenazas; también ha cambiado la manera de entenderlas.
La siguiente síntesis permite visualizar esa transformación.
La evolución doctrinal de la desinformación

Este cambio no implica que las noticias falsas hayan dejado de ser un problema. Significa que ahora se interpretan como una manifestación visible de fenómenos mucho más amplios.
Del mismo modo que un ciberataque puede formar parte de una estrategia de presión política o económica, una campaña de desinformación puede integrarse en operaciones destinadas a debilitar la confianza social, polarizar el debate público o condicionar decisiones estratégicas.
Esa visión integrada constituye, probablemente, la mayor aportación de los trabajos desarrollados en los últimos años por el Foro contra las Campañas de Desinformación.
Una reflexión necesaria
Es probable que la mayor amenaza para las democracias europeas no sea la existencia de campañas de desinformación. La manipulación de la información ha acompañado a los conflictos desde hace siglos.
Lo verdaderamente novedoso es la velocidad con la que esas campañas pueden difundirse, la facilidad con la que diferentes herramientas tecnológicas pueden combinarse y la capacidad para dirigirse de forma personalizada a millones de personas casi en tiempo real.
La inteligencia artificial, la automatización de contenidos y el análisis masivo de datos han cambiado las reglas del juego. Ya no basta con convencer a una mayoría. En muchos casos resulta suficiente con aumentar la desconfianza, alimentar la polarización o dificultar la construcción de consensos.
Ese escenario obliga a replantear algunos de los presupuestos tradicionales sobre los que se había construido la seguridad durante las últimas décadas.
Conclusión
La evolución del Foro contra las Campañas de Desinformación refleja un proceso que trasciende ampliamente el ámbito español. En realidad, forma parte de una transformación doctrinal que también puede observarse en la Unión Europea, en Frontex, en Europol y en la OTAN.
Todos ellos han llegado, desde perspectivas diferentes, a una conclusión semejante: la información se ha convertido en un espacio de confrontación estratégica.
Eso no significa que cada noticia falsa constituya una amenaza para la seguridad nacional, ni que toda crítica deba interpretarse como una campaña de influencia. Significa, simplemente, que determinados actores utilizan de forma deliberada la información como un instrumento para influir sobre la percepción, erosionar la confianza y condicionar la toma de decisiones. Comprender esta realidad constituye el primer paso para afrontarla con eficacia.
Esta visión coincide también con la doctrina de la OTAN, que considera que la competencia estratégica contemporánea se desarrolla de forma permanente y que el dominio cognitivo constituye un espacio decisivo para la resiliencia de las sociedades democráticas.
Pero existe una segunda enseñanza, quizá aún más importante. La mejor defensa frente a la manipulación no reside únicamente en tecnologías más avanzadas o en normas más estrictas. Descansa, sobre todo, en la fortaleza de las instituciones democráticas, en unos medios de comunicación rigurosos y en una ciudadanía capaz de analizar la información con espíritu crítico.
Porque, en última instancia, la seguridad del siglo XXI ya no depende solo de proteger nuestras fronteras, nuestras infraestructuras o nuestras redes digitales. Depende también de preservar algo mucho más difícil de defender: la confianza de una sociedad en su capacidad para distinguir entre la realidad y la manipulación.
Juan Manuel Llenderrozas es General de Brigada de la Guardia Civil (R)




