En este mundo presente de ansiedad y fragmentación, quizás sea interesante considerar algo más que nos une de manera transversal: en general, se puede afirmar que no estamos nada contentos. Se percibe de forma latente (hablaremos, para no pillarnos los dedos, de Europa), una sensación de desengaño y desencanto con la realidad que vivimos. Además, ha rozado un punto prácticamente de realismo mágico, en que escenarios distópicos como los planteados por la serie «Black Mirror» nos parecen más auténticos y conectados con nuestra verdad que los informativos diarios de la televisión.
Cuando caminamos por la calle (preventivamente aislados vía bluetooth), hay escenas de la ciencia ficción ochentera que nos resultarían extrañamente plausibles.
De alguna manera, la tecnología y sus grandes promesas han traído rico progreso y comodidades, pero lo cierto es que, a niveles estrictamente humanos, vestimos humildes pieles en lo que se refiere a las cuestiones del alma. Nos abruma la incertidumbre, y nos persigue a cada uno una nube negra de creciente ansiedad patológica. Si observamos la realidad fijamente, todo resulta demasiado extraño y volátil: Y lo cierto, es que, tras tantos avances, hay verdades que permanecen intactas: no sabemos hacia dónde vamos, ni de dónde venimos (R. Darío).
¿Qué nos sucede? Tenemos más libros y robots que nunca analizando las reglas y posibilidades de este tablero existencial. Sin embargo, al jugar y avanzar por los escaques bicromatos, el vértigo __esa zozobra de la bilis__ desconoce todas esas lógicas y códigos. Abrumados a veces, por el exceso de prisas; y otras, por el vacío: pero siempre por el tiempo.
Lo cierto es que, en esta sociedad, compartimos la «nostalgia del absoluto», como reza la colección de conferencias de George Steiner. Según la primera de ellas, los últimos ciento cincuenta años de historia política y filosófica de Occidente pueden ser entendidos como una serie de intentos de llenar el vacío central dejado por la erosión de la teología. Abordaremos esta cuestión del vacío secular y su relación con nuestra realidad en esta pieza.
Citando a Sartre, «lo importante no es lo que han hecho de nosotros, sino lo que hacemos nosotros con lo que han hecho de nosotros». De esta manera, encontramos en la sociedad diferentes estrategias frente a la existencia en la realidad presente: relativistas, nihilistas, hedonistas, estoicas y aquella conocida lista. Lo cierto es que, en un entorno que percibimos cada vez más complejo y especialmente infoxificado, el mero acto de tomar decisiones resulta cada vez un reto mayor, con un coste más elevado: incluso se realizan estudios, como la conocida paradoja de la elección, donde se evalúa hasta qué punto, en la experiencia, se reproduce el resultado esperado de la creencia popular: «cuantas más opciones, más libertad y felicidad».
Queramos o no, constantemente elegimos: enunciamos nuestra decisión a viva voz, pero lo hacemos mirando de soslayo, en duelo, el universo de oportunidades que dejamos atrás, de las cuales tenemos más cantidad de información que nunca sobre la que regodearnos, entre futuribles irrealizables. Así sucede cuando elegimos un restaurante o un sabor de helado, del cual solemos coger, indecisos, dos mitades diferentes, pero también con la espiritualidad, el colegio de nuestros hijos o la propia pareja. Nos vamos del lugar diciendo: «Me ha gustado, sí, pero me quedo con ganas de haber probado quizás este otro», y el ceño algo fruncido. Y, de esta manera, pasa la vida.
Pero, entremos en materia: ¿Qué puede haber sucedido en la modernidad en Europa para que tengamos este vacío que nos oprime y desconcierta de forma compartida? Recogemos ciertas pistas en los escritos de sociólogos y filósofos que han vivido en sus pieles estos cambios para acabar con investigadores actuales y ofrecemos una síntesis humilde ya anunciada, sin más animo que la reflexión sobre este fenómeno.
Como mencionábamos, en 1974 Steiner enunciaba este vacío moral y emocional de la cultura occidental, situando en el centro el hueco dejado por el cristianismo en Europa, que fue rellenado por otros credos. El cristianismo y las iglesias habían organizado la visión de dos aspectos fundamentales de la vida humana según este autor: la identidad y la función del ser humano en el mundo. Estos dos aspectos no son precisamente banales ni ajenos a la crisis del hombre presente.
Llega un momento en que la sociedad comienza a desvincularse de sus raíces morales y espirituales, progresivamente. Massis destacaría con la entrada del siglo XX ciertas representaciones de esta amenaza que se aproximaba a la cultura occidental, como el materialismo, el individualismo o el debilitamiento de la moral y de la tradición. Otros autores, como Spengler, consideraron que las civilizaciones tienden a cumplir ciclos: Y en este caso, tras la etapa de creatividad, era de esperar la entrada de una fase civilizatoria prominentemente dominada por la técnica, el materialismo y con una pérdida del sentido más profundo de la cultura.
Lo cierto es que, de una manera u otra, el cristianismo pierde control sobre la existencia cotidiana, lo religioso se convierte en una convención social, y las teologías sustitutivas que aparecen en el hueco dejado por él tienen algo en común: sean religiosas o no __algunas son profundamente antirreligiosas__ paradójicamente, siguen estructuras y estrategias propias de una religión.
Los credos sustitutivos invitan a la autorrealización y a la autosuperación entre otros aspectos. El conocido autor Byung-Chul Han ha obtenido gran acogida explicando el mundo moderno del Yo, en que la fe se basa en la productividad y en el ego. En este mundo, no hay un Dios al que rendir cuentas, y, por tanto, nosotros somos nuestros propios dueños y esclavos al mismo tiempo. La trascendencia se basa en el rendimiento personal, y el mundo es ansioso y poco esperanzador.
Destaca, aun así, cómo, si bien la modernidad evita hacer referencia sus raíces cristianas (como puede ser el propio proyecto europeo), los valores modernos provienen precisamente de la matriz cristiana que luego han rechazado, como sucede con la dignidad de la vida humana. Según Dussaillant Christie, los conflictos del siglo XX provocan prioridad por la paz y gran aversión al conflicto, lo que debilitó las convicciones y favoreció el pragmatismo. Así, la política se limitó a la gobernanza y a la gestión de intereses, evitando incluir convicciones morales que la sostuviesen. ¿Cómo andamos actualmente de gestión pública y de moral en Europa?
Norris y R. Inglehart desarrollaron una teoría sociológica a nivel global, a través de la realización de la World Values Survey: la fe tradicional solo desciende donde el Estado garantiza la supervivencia material (empleo, salud…): la vulnerabilidad económica o social está estadísticamente relacionada con la existencia de la fe comunitaria. De hecho, consideran que, tras la creación del Estado del Bienestar en Europa, se produjo un efecto parecido, ya que había un garante de ciertas necesidades básicas y desciende la fe.
Así, en la Modernidad tardía europea, hay dos tipos de fe definidos por Grace Davie que serían impensables en otra época: Encontramos, en primer lugar, personas que creen sin pertenecer (en el destino, en una energía, en un Dios difuso…). Quieren disfrutar interiormente de una espiritualidad o paz, pero no de una disciplina comunitaria. Y, en segundo lugar, hay quienes pertenecen sin creer: En respuesta a esa crisis de identidad global, hay personas que se declaran «culturalmente cristianas», pero sin verse imbuidas, comunitaria ni moralmente en el cristianismo, sino más bien como algo prácticamente político.
Vivimos desgajados de la comunidad, cada vez más individualizados y centrados en el Yo. No parece casualidad que previamente hayamos desencantado el mundo del sentido secular exterior y hayamos volcado hacia dentro, hacia la mente, esa misma tarea de dar el sentido a la existencia.
Mencionada ya por Steiner, la pérdida de la identidad y de la función del ser humano en el mundo es observable en nuestra incapacidad para reconocer y saber cuidar nuestras raíces: buscamos el sentido y nos refugiamos donde podemos y sabemos, pero nos falta comunidad real, nos faltan agarre y fines últimos.
Como citábamos de Sartre, “lo importante no es lo que han hecho de nosotros, sino lo que hacemos nosotros con lo que han hecho de nosotros”. A veces se trata de educarse a elegir tranquilamente un solo sabor de helado y disfrutarlo, sin duelo sobre los demás sabores: no vivir siempre a medias. Hay que encantarse de la existencia y conectar con las raíces de nuevo.
Raquel Pérez Hernández (Olé Libros 2023, Aliar Ediciones 2025) es escritora y poeta. Estudiante del Máster en Seguridad, Defensa y Geoestrategia y especializada en análisis y espacio, pertenece a la XXXV promoción del Curso de Operaciones de Paz de la Escuela de Guerra de Ejército de Tierra. Destaca por su preparación operativa como competidora y medallista nacional e internacional en diversas disciplinas de lucha.




