El trauma del 11-S alcanza a los descendientes de los socorristas

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Veinticinco años después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, las consecuencias psicológicas de aquella jornada siguen proyectándose sobre las familias de quienes estuvieron en primera línea. Una investigación realizada por científicos del Departamento de Psiquiatría de la Columbia University Vagelos College of Physicians and Surgeons ha encontrado que los hijos de los primeros intervinientes y trabajadores de recuperación que desarrollaron trastorno de estrés postraumático (TEPT) después de los ataques presentan una mayor probabilidad de sufrir también problemas de salud mental.

El estudio pone el foco en una dimensión menos visible de la tragedia: la transmisión intergeneracional del trauma. Los hijos analizados no estuvieron expuestos directamente a la destrucción del World Trade Center, pero sí crecieron junto a padres que habían vivido una experiencia extrema y que, en muchos casos, regresaron a sus hogares con miedo, ansiedad, desconfianza y preocupación.

La investigadora Yael Cycowicz, profesora asociada de Neurobiología Clínica de Columbia y responsable del estudio, explica que los menores no tuvieron que contemplar personalmente la destrucción de las Torres Gemelas para verse afectados. El trauma podía llegar a ellos a través del comportamiento cotidiano de sus padres, incluso sin necesidad de hablar explícitamente de lo ocurrido.

Un trauma que no terminó cuando terminó el rescate

La investigación parte de una cuestión que los especialistas en salud mental ya habían observado en otros grandes episodios traumáticos. Estudios realizados con descendientes de supervivientes del Holocausto o de veteranos de la guerra de Vietnam habían mostrado que las experiencias traumáticas de los padres pueden afectar al bienestar psicológico de sus hijos incluso cuando estos no estuvieron expuestos directamente al acontecimiento.

El 11-S presenta, sin embargo, una particularidad. El ataque terrorista ocurrió en un momento concreto, pero para miles de policías, bomberos, trabajadores de emergencias, voluntarios y trabajadores de recuperación la exposición al escenario traumático se prolongó durante semanas o meses.

Columbia recuerda que investigaciones anteriores habían detectado problemas de comportamiento en más del 20% de los hijos de policías y en más del 30% de los hijos de trabajadores de ayuda después de los atentados. Lo que faltaba era conocer qué había ocurrido con aquellos niños al convertirse en adultos y hasta qué punto los efectos psicológicos habían persistido.

Hijos que eran menores el día de los atentados

La investigación se centra en un grupo particularmente vulnerable: personas que tenían menos de 18 años el 11 de septiembre de 2001 y cuyo padre o madre había sido diagnosticado de TEPT poco después de los ataques.

Esta característica es importante para interpretar los resultados. Columbia advierte de que no puede concluirse automáticamente que los mismos efectos aparezcan en todos los hijos de personas que participaron en las labores posteriores al atentado. El grupo estudiado presentaba específicamente el factor de riesgo de tener un progenitor con TEPT. Los investigadores consideran necesario realizar nuevos estudios para comprobar si las conclusiones pueden extenderse a hijos de intervinientes que desarrollaron otros problemas de salud.

Aun así, los resultados muestran una asociación clara con la salud mental de los hijos. Estos eran menos propensos que sus padres a desarrollar TEPT, pero presentaban con mayor frecuencia depresión y ansiedad, además de síntomas de pánico.

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La explicación propuesta por Cycowicz apunta a la propia dinámica familiar. Cuando un padre o una madre sufre las consecuencias psicológicas de un trauma extremo, esas alteraciones pueden modificar el entorno emocional en el que crecen los hijos.

El comportamiento de los padres como vehículo del trauma

Uno de los elementos más relevantes de la investigación es que la transmisión del trauma no requiere necesariamente que exista una conversación explícita sobre lo ocurrido.

Un padre puede evitar hablar del 11-S y, sin embargo, transmitir determinadas emociones a través de su comportamiento: una mayor desconfianza, preocupación permanente, ansiedad, miedo o hipervigilancia.

El niño puede no conocer todos los detalles de aquello que vivió su progenitor, pero sí percibir que algo ha cambiado en la forma en que ese adulto se relaciona con el mundo.

Esta dimensión resulta especialmente significativa porque demuestra que las consecuencias de un acontecimiento traumático colectivo pueden superar ampliamente a quienes estuvieron físicamente presentes en el lugar de los hechos. El trauma puede incorporarse a la vida familiar y permanecer en ella durante años.

La intensidad de la exposición también importa

El estudio no encontró únicamente una relación entre el TEPT de los padres y la salud mental de sus hijos. También identificó una asociación entre la gravedad de determinados factores de exposición de los progenitores y los problemas psicológicos posteriores de los descendientes.

Los hijos tenían más probabilidades de presentar problemas de salud mental cuando sus padres llegaron al lugar de los atentados muy poco después del ataque, permanecieron durante largos periodos en la zona o estuvieron expuestos a restos humanos.

Uno de los aspectos que más sorprendió a los investigadores fue precisamente la capacidad de detectar estas asociaciones un cuarto de siglo después de los atentados.

El dato introduce una dimensión temporal especialmente relevante: el impacto de un trauma colectivo no tiene por qué desaparecer cuando disminuye la atención mediática o cuando la vida cotidiana recupera aparentemente la normalidad.

Policías y trabajadores de rescate no tuvieron la misma experiencia

La investigación también encontró diferencias relacionadas con la profesión de los padres.

Los investigadores analizaron dos grandes grupos: policías y trabajadores de rescate y limpieza/recuperación. Los hijos de estos últimos presentaban, en términos generales, una situación psicológica algo peor.

Los autores consideran que existen varias posibles razones. Los policías cuentan con una formación específica para afrontar situaciones de peligro y disponen de comunidades profesionales y redes de apoyo construidas alrededor de la gestión de situaciones traumáticas.

Muchos trabajadores de rescate y recuperación, por el contrario, procedían del sector de la construcción. No habían recibido necesariamente la misma preparación para afrontar una destrucción de semejante magnitud ni disponían de redes profesionales de apoyo psicológico comparables.

Además, mientras algunos intervinientes tuvieron una exposición relativamente limitada, numerosos trabajadores de recuperación permanecieron en la zona durante meses, prolongando su contacto con las consecuencias materiales y humanas de los atentados.

Una de las principales implicaciones de la investigación afecta directamente a la forma en que se aborda el tratamiento psicológico de las personas que han sufrido un trauma.

Según Cycowicz, tratar exclusivamente los síntomas del individuo afectado puede no ser suficiente. Si las consecuencias del trauma alcanzan al entorno familiar, la intervención debería incorporar también a la familia.

El objetivo no consiste únicamente en tratar a los hijos cuando desarrollan ansiedad o depresión, sino en reforzar las relaciones familiares y las redes de apoyo que pueden contribuir a reducir el impacto psicológico de la experiencia.

La investigación encontró precisamente que el apoyo social constituye uno de los principales factores de protección. Cuanto mayor era el apoyo dentro de la familia, entre amigos y en la comunidad, mejores eran los resultados observados tanto en los intervinientes como en sus hijos.

La resiliencia como segunda gran lección del 11-S

El estudio no se limita a documentar los efectos negativos. También identifica una vía de esperanza: la resiliencia puede construirse colectivamente.

La existencia de redes familiares y sociales sólidas aparece como un factor capaz de proteger a las personas expuestas al trauma y a sus familias.

Esta conclusión modifica la forma de entender la respuesta ante grandes catástrofes. No basta con proporcionar atención psicológica individual después del acontecimiento. También resulta necesario construir comunidades capaces de acompañar a quienes han estado expuestos a situaciones extremas.

Para Cycowicz, la sociedad debe asumir que los acontecimientos traumáticos forman parte de la realidad humana y prepararse para responder a ellos no solo mediante tratamientos médicos, sino mediante estructuras comunitarias capaces de proporcionar apoyo sostenido.

Los atentados de Nueva York y Washington se convirtieron en uno de los acontecimientos más estudiados de la historia reciente desde el punto de vista de la salud mental.

La investigación de Columbia se suma a décadas de trabajos que han permitido comprender mejor el TEPT, la depresión, el duelo traumático y otras consecuencias psicológicas de los atentados.

Investigaciones anteriores de Columbia ya habían mostrado que el impacto psicológico del 11-S fue particularmente persistente entre determinados grupos vulnerables y entre algunos trabajadores de rescate y recuperación. La institución ha señalado también que los efectos de un acontecimiento traumático de estas dimensiones pueden manifestarse de formas diferentes y no siempre como un diagnóstico clásico de TEPT.

El nuevo trabajo introduce ahora una dimensión adicional: el impacto no termina necesariamente con la persona que sufrió directamente el acontecimiento.

Una advertencia para futuras catástrofes

La principal consecuencia práctica de los resultados es que las políticas de atención después de una catástrofe deberían tener una perspectiva familiar y de largo plazo.

Los equipos de emergencia, policías, bomberos, militares, sanitarios y trabajadores de recuperación pueden necesitar apoyo durante años. Pero ese seguimiento debería prestar atención también a sus parejas, hijos y otros miembros de la familia.

La experiencia del 11-S demuestra que algunas consecuencias pueden hacerse visibles mucho tiempo después. Una intervención inicial puede ser insuficiente si no existe un seguimiento posterior que permita detectar problemas de ansiedad, depresión, pánico u otras alteraciones.

En este sentido, la investigación de Columbia transforma la idea de quién es una víctima indirecta de una catástrofe. No solo pueden resultar afectados quienes estuvieron en el lugar de los hechos, sino también quienes conviven con ellos.

El aniversario número 25 de los atentados vuelve a situar el 11-S en el centro de la memoria colectiva. Pero la investigación de Columbia recuerda que para algunas familias la fecha no pertenece únicamente al pasado.

Los hijos de aquellos intervinientes que eran niños o adolescentes en 2001 han alcanzado ahora la edad adulta. Algunos continúan experimentando las consecuencias de haber crecido junto a padres que tuvieron que enfrentarse a una experiencia extrema y, posteriormente, convivieron con sus secuelas psicológicas.

La lección más profunda del estudio es que el trauma colectivo puede atravesar generaciones sin necesidad de transmitirse mediante palabras. Puede hacerlo a través de comportamientos, relaciones familiares, miedos, silencios y formas de entender el mundo.

Pero la investigación ofrece también una segunda lección: esa transmisión no es inevitable. El apoyo familiar, las redes sociales y las comunidades capaces de acompañar a quienes sufren pueden actuar como elementos de protección.

A 25 años del 11-S, Columbia plantea así una lectura diferente de aquella tragedia. Las Torres Gemelas cayeron en unas horas, pero para muchas familias las consecuencias psicológicas comenzaron entonces un recorrido mucho más largo. La tarea pendiente, según esta investigación, consiste en acompañar no solo a quienes estuvieron allí, sino también a las generaciones que crecieron con las heridas de quienes regresaron.

 

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