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martes, julio 28, 2026

¿Está muriendo el arte como inversión para volver a ser emoción?

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Después de los artículos anteriores quería hacer una reflexión que considero necesaria.

Siempre he defendido que el arte, para mí, es un sentimiento. Una emoción. Algo que nos conmueve y que, de alguna manera, termina formando parte de nosotros. Sin embargo, sería cerrar los ojos a la realidad si no reconociera que, durante muchos años, el arte también ha recorrido otro camino muy distinto: el del mercado, la inversión y, en algunos casos, la especulación.

No son dos conceptos incompatibles, pero sí muy diferentes.

Quizá por eso me pregunto si estamos viviendo un cambio que va más allá de una simple ralentización del mercado. No creo que el mercado del arte vaya a desaparecer. Ni mucho menos. Lo que sí pienso es que puede estar cambiando la forma de entenderlo.

Durante los años anteriores a la pandemia el arte llegó a ocupar un lugar privilegiado dentro del mundo financiero. Muchas obras dejaron de ser únicamente patrimonio cultural para convertirse también en activos de inversión. Servían como garantía para préstamos y comenzaron a formar parte de determinadas estrategias patrimoniales.

Todo parecía indicar que aquel modelo había llegado para quedarse.

Sin embargo, después de la pandemia el escenario económico cambió. La financiación dejó de ser tan accesible, el dinero comenzó a tener otro coste y muchas operaciones que antes parecían rentables dejaron de serlo. No porque el arte hubiera perdido valor, sino porque recuperar la inversión exigía más tiempo y aparecieron alternativas financieras más atractivas.

Quizá ahí comenzó a cambiar algo.

Quiero dejar claro que esta reflexión no responde a mi manera de entender el arte.

Siempre he pensado que una obra debería comprarse porque emociona, porque nos identifica o porque, sencillamente, queremos convivir con ella. Pero también sería ingenuo negar que durante años muchas adquisiciones respondieron a otra lógica: comprar hoy para vender mañana.

Mientras ese planteamiento funcionó, nadie parecía cuestionarlo.

Las dudas llegaron cuando los beneficios dejaron de ser inmediatos. Entonces reaparecieron cuestiones que siempre habían estado ahí: el coste de conservar una obra, asegurarla, transportarla o protegerla, unido al tiempo necesario para recuperar la inversión.

Y pensé una cosa.

Quizá el problema no era el arte.

Quizá lo que había cambiado era nuestra manera de mirarlo.

A esta situación yo añadiría otro aspecto que, en mi opinión, resulta igual de importante: el relevo generacional.

Durante décadas fueron muchos los grandes coleccionistas quienes impulsaron el mercado. Personas que sentían una especial afinidad por determinados artistas, especialmente los grandes nombres del siglo XX, y que ayudaron a consolidar un mercado extraordinariamente sólido.

Pero el tiempo no se detiene.

Las nuevas generaciones llegan con otros gustos, otras inquietudes y otra forma de acercarse al arte. Buscan una mayor diversidad de artistas, conceden más espacio a las mujeres creadoras, descubren otros lenguajes contemporáneos y, quizá, conceden más importancia a aquello que una obra les transmite que a la rentabilidad que pueda ofrecerles.

No quiero decir con ello que desaparezca el coleccionismo tradicional.

Lo que pienso es que empieza a convivir con otra manera de coleccionar.

También podría ocurrir que estuviéramos dejando atrás una etapa marcada por la especulación más rápida.

Es verdad que un mercado con menos operaciones puede parecer más lento. Pero, al mismo tiempo, también puede convertirse en un mercado más estable, donde el valor artístico vuelva a tener un mayor protagonismo.

No deja de ser una reflexión.

Los próximos meses nos ayudarán a comprobar si esta percepción es acertada. Las grandes subastas seguirán siendo un magnífico termómetro para medir la confianza del mercado. No tanto por los récords que puedan alcanzarse, porque estoy convencido de que las grandes firmas continuarán obteniendo cifras extraordinarias, sino por otros indicadores quizá menos visibles: las garantías, los precios de salida o la actitud con la que compradores y vendedores afronten cada operación.

Porque una cosa son los grandes nombres y otra muy distinta el mercado en su conjunto.

Yo diría que estamos entrando en una etapa más prudente, más selectiva y también más reflexiva.

Y aquí me surge una última pregunta.

Durante muchos años el mercado del arte fue uno de los destinos preferidos de las grandes fortunas. Hoy parece que una parte de esos nuevos patrimonios dirige su dinero hacia otros bienes de lujo: relojes exclusivos, yates, aviación privada o experiencias reservadas para muy pocos.

Y entonces vuelvo al principio.

¿Es el arte un lujo?

¿O es una necesidad del ser humano?

Porque, si únicamente hablamos de rentabilidad, siempre existirá una inversión capaz de ofrecer mejores resultados.

Pero si hablamos de emoción, de cultura, de conocimiento o de esa sensación difícil de explicar que produce una gran obra, entonces el arte nunca podrá compararse con ningún otro activo financiero.

Quizá me equivoque.

Quizá dentro de unos años comprobemos que todo esto solo ha sido un cambio de ciclo.

O quizá estemos asistiendo al final de una forma de entender el mercado del arte.

No el final del mercado.

Sino el comienzo de una etapa en la que volvamos a recordar que una obra puede tener un precio, pero su verdadero valor siempre dependerá de la emoción que sea capaz de despertar en quien la contempla.

José Manuel Lluent es un reputado experto en arte, fundador de Lluent Asesores y presidente de AREXPER, Asociación Europea de Expertos y Consejeros de Arte

 

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