Nota del Editor:
El estudio de Francisco Franco Bahamonde, jefe del Estado español entre 1939 y 1975, continúa siendo uno de los terrenos más complejos y debatidos de la historiografía contemporánea. Su figura se sitúa en el cruce de la historia militar, política y social del siglo XX español, marcada por la Guerra Civil, la dictadura posterior y el proceso de transición democrática que siguió a su muerte. En este sentido, cualquier análisis que aspire al rigor debe partir de la constatación de que Franco fue simultáneamente producto y protagonista de una época convulsa, en la que confluyeron los restos de un siglo XIX inacabado, las tensiones ideológicas de entreguerras y las transformaciones internacionales derivadas de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría.
A lo largo de casi cuatro décadas de gobierno autoritario, Franco consolidó un régimen personalista que combinó elementos de militarismo, nacionalcatolicismo y corporativismo, y que se adaptó a las circunstancias internacionales para garantizar su supervivencia. Bajo su mando, España vivió una severa represión política e ideológica tras la guerra, una política económica autárquica durante los años cuarenta, y una apertura limitada a partir de los cincuenta, cuando el régimen buscó reconocimiento exterior en el contexto del anticomunismo global. No obstante, reducir su figura a un mero ejercicio de poder autoritario sería insuficiente: Franco también encarnó una cosmovisión y un proyecto de Estado que se mantuvo —con matices— en las estructuras políticas y sociales incluso después de su muerte.
Analizar a Franco exige, por tanto, un enfoque que combine la crítica documental con la distancia valorativa, sin caer ni en la hagiografía ni en la condena simplista. El objetivo de esta serie de análisis que firma Antonio Miguel Sánchez es ofrecer una visión multifacética de su trayectoria: su formación militar, su papel en la Guerra Civil, la arquitectura institucional del franquismo, su política exterior y económica, su relación con la Iglesia y, finalmente, el legado que dejó en la cultura política española. Se trata de situar a Franco en su contexto histórico, entendiendo las condiciones que hicieron posible su ascenso y la perdurabilidad de su régimen, para contribuir a un debate histórico que aún hoy forma parte del tejido moral y político de la sociedad española.
Franco durante la Guerra Civil
En este texto se emplean los términos “nacionales”, “rebeldes”, “sublevados” o “franquistas” para referirse al bando vencedor, siguiendo la nomenclatura utilizada en la época. El término “fascistas” se aplica con mayor precisión a Falange Española Tradicionalista y de las JONS, aunque esta organización fue objeto de una unificación forzada en abril de 1937, que integró también a sectores del tradicionalismo carlista. Por generalización se aplicó también el término “fascistas” o “facciosos” a todo el bando sublevado. En la guerra civil rusa, antecedente de referencia de la española, se utilizaron los términos “blancos” y “rojos”. En la española solo utilizó el término “blancos” por los autores conocedores, pero en general se utilizó “azules” por el uniforme de la Falange. Por otro lado, el bando republicano, también denominado “Frente Popular” o “rojos” en la terminología de la época, experimentó una evolución política compleja.
El 6 de julio de 1936, en previsión de acontecimientos que ya se intuían decisivos, el general Emilio Mola encargó discretamente el alquiler de un avión a Luis Antonio Bolín Bidwell, corresponsal del diario ABC en Londres. El aparato, un Dragon Rapide, fue presentado como una expedición de caza y turismo, y partió de Croydon rumbo a Canarias el día 11. Lo pilotaba el capitán Charles William Henry, y entre los pasajeros figuraban el militar retirado Hugh Pollard, su hija Diana, una amiga de esta llamada Dorothy Watson, y posiblemente algunos españoles, cuya presencia ayudaba a dar cobertura a la operación.
La financiación del vuelo corrió a cargo de tres figuras clave: el banquero Juan March Ordinas, el editor Juan Ignacio Luca de Tena, y el inventor Juan de la Cierva Codorniú, además del propio Bolín. El objetivo era claro: asegurar el traslado de Francisco Franco desde Canarias al epicentro del levantamiento militar.
El 17 de julio por la tarde las fuerzas de Melilla se sublevaron, precipitando los acontecimientos. Franco, tras hacerse con el control de la Comandancia en Canarias y neutralizar a los oficiales leales al Frente Popular, se embarcó el día 18 a las 14:00 horas en el aeródromo de Gando. Lo acompañaban su primo Francisco Franco Salgado-Araújo, conocido como Pacón, y un capitán de aviación. El archipiélago canario quedó asegurado por los partidarios de Franco, quien había tenido un excelente pretexto para ir de Tenerife a Gran Canaria con motivo del entierro del general Balmes, muerto de un disparo fortuito de pistola el día anterior. El destino era Tetuán, donde los regulares ya habían tomado el control tras arrestar al comandante de la plaza, Ricardo de la Puente Bahamonde, también primo de Franco. Su negativa a sumarse al alzamiento le costaría la vida: fue ejecutado por orden sumarísima. Franco, desde el primer momento, quiso evitar cualquier sospecha de favoritismo familiar.
Una vez en África, Franco asumió el mando de las fuerzas destacadas en el Protectorado. Su prioridad inmediata fue organizar el traslado de tropas a la Península, donde el levantamiento se desarrollaba con suerte desigual. Madrid, Barcelona, Valencia, el País Vasco, Extremadura, Castilla-La Mancha y Andalucía permanecieron fieles a la República. Galicia, Zaragoza y otras zonas se sumaron al bando sublevado. En Sevilla, el general Queipo de Llano, con escasos medios pero gran audacia, logró hacerse con el control. Galicia y Castilla la Vieja también se alinearon con los insurgentes. Establecido en Tetuán y con el mando de las fuerzas africanas asegurado, Francisco Franco se enfrentó a la tarea urgente y decisiva: trasladar el núcleo más disciplinado y combativo del Ejército español —los Regulares y la Legión— a la Península, donde el levantamiento se desarrollaba con suerte desigual. Era una operación de enorme complejidad logística, que requería coordinación aérea, marítima y política en medio de un país en llamas. Lo primero que hicieron los sublevados fue asegurarse la fidelidad de las autoridades marroquíes del Protectorado, lo que les proporcionaría también tropas para la venidera contienda.

El primer obstáculo era el Estrecho. La Armada, en su mayoría fiel al gobierno republicano, bloqueaba el paso. Franco, consciente de que sin el traslado de las tropas africanas el golpe estaba condenado, decidió que la solución inmediata sería improvisar un puente aéreo: una operación inédita en la historia militar de España. Primer puente aéreo de la Historia de la Aviación.
Se requisaron aviones civiles y militares disponibles en el Protectorado, y se organizaron vuelos desde Tetuán y Nador hacia Sevilla, donde Queipo de Llano había logrado hacerse con el control. El aeródromo de Tablada se convirtió en el punto de entrada de las tropas africanas. El primer vuelo se realizó el 20 de julio, y en los días siguientes se intensificó el tráfico aéreo, con aviones que cruzaban el Estrecho cargados de soldados curtidos en la guerra del Rif.
Simultáneamente, se organizó un puente marítimo desde Ceuta y Melilla hacia Algeciras y Cádiz, utilizando buques mercantes, pesqueros y algunos navíos militares capturados o desviados. El momento culminante de esta operación fue el llamado Convoy de la Victoria, que partió el 5 de agosto de 1936 desde Ceuta. Estaba compuesto por varios transportes escoltados por el crucero Almirante Cervera y el destructor Velasco, que habían sido tomados por los sublevados. A bordo viajaban más de 3.000 soldados de la Legión y de los regulares, junto con armamento pesado, munición y vehículos. El convoy logró cruzar el Estrecho sin oposición significativa, consolidando el puente logístico entre África y la Península y marcando un punto de inflexión en la guerra.
Franco, desde África, dirigía la operación con precisión milimétrica. Su experiencia logística, su red de contactos y su capacidad para tomar decisiones rápidas fueron determinantes. El puente aéreo y marítimo —coronado por el éxito del Convoy de la Victoria— no solo salvó el golpe: lo convirtió en guerra.
El tablero estaba en movimiento. Franco, desde África, comenzaba a perfilarse como el vértice de una operación que, en pocos días, transformaría la historia de España.

Mapa aproximado de las posiciones de ambos bandos hacia el 25 de Julio de 1936. Se debería especificar siempre en todos los textos históricos que “republicanos” es una denominación de consenso, pero realmente impuesta por Stalin, que pidió al Frente Popular que siguiera utilizando “República” para definir al régimen, a efectos de obtener mayores simpatías de la comunidad internacional. “Frente Popular” quedaba muy cerca del golpe de estado comunista de Octubre de 1917 en Rusia, que tras su guerra civil, el PCUS incorporó como URSS el 30 de diciembre de 1922.
Hitos y desarrollo de la Guerra Civil española 1936 – 1939
17 de julio de 1936: Melilla, el primer disparo. La sublevación militar se inicia en Melilla, preludio de una tormenta que pronto se extendería por toda España. A las pocas horas, la mitad de la población civil se suma al alzamiento, marcando el comienzo de una guerra que dividiría no solo territorios, sino almas. Las zonas conquistadas por unos y otros determinaron el curso de los días siguientes, acompañadas de purgas políticas que no distinguieron entre verdugos y víctimas. Los cedistas se alinean con Falange, aportando cerca de 80.000 combatientes; los carlistas, por su parte, sumaban 60.000. La mayoría de los ciudadanos se ven arrastrados por el bando que domina su región, salvo aquellos que logran cambiar de trinchera según sus convicciones.
18–19 de julio: España se parte en dos: La rebelión se propaga por la península como un incendio. El país se divide entre republicanos —o frentepopulistas, “los rojos”— y sublevados —rebeldes, nacionales, fascistas— según la terminología de cada bando. Como en Rusia, donde los rojos se enfrentaron a los blancos, en España los colores se tornan rojos y azules, estos últimos por la presencia masiva de falangistas. La violencia se convierte en lenguaje común: ambos bandos recurren al terror como declaración de intenciones. No habrá cuartel. Solo victoria o exterminio.
21 de julio–27 de septiembre: El Alcázar resiste. Durante 68 días, el mundo observa el asedio del Alcázar de Toledo, convertido en símbolo de resistencia y propaganda. El Ejército de África rompe el cerco, y la prensa internacional sigue cada lance como si de una epopeya se tratase. Franco inicia su marcha desde Sevilla por la Ruta de la Plata, alcanzando Mérida el 11 de agosto y Badajoz el 14, con tres columnas de legionarios al mando de Castejón, Asensio y Tella. En Badajoz se libra una batalla sangrienta: 400 muertos según fuentes serias, frente a los 4.000 que propaga el periodista Jay Allen, afín al comunismo. No hay pruebas de tal magnitud. De ser cierto, igual que existe Paracuellos, existiría una tumba colectiva astronómica en la capital pacense. El objetivo estratégico era claro: unir el norte y el sur, y asegurar el control de la frontera con Portugal.
23 de julio: Europa se lava las manos. En Londres se constituye el Comité de No Intervención, con 27 países firmantes. El Imperio Británico impone su prudencia, arrastrando a Francia en su temor al contagio revolucionario. Nadie quiere que el fuego español cruce los Pirineos.
Agosto: El tablero internacional se mueve. Alemania e Italia se alinean con los sublevados; la URSS apoya a la República con armas y voluntarios de las Brigadas Internacionales. Franco, tras ser rechazado por el Reino Unido, recurre a Roma, donde Alfonso XIII facilita los contactos. Alemania, aún sin el peso de una gran potencia, había desafiado los tratados internacionales en marzo al ocupar Renania con tropas que, en ocasiones, se desplazaban en bicicleta. Las potencias miran hacia otro lado. El 25 de julio, en pleno festival wagneriano de Bayreuth, Hitler recibe a dos emisarios de Franco durante un entreacto nocturno. Decide apoyar militarmente a los sublevados, pero solo bajo el nombre del general español, del que apenas había oído hablar. Mientras Hitler aún no cargaba en su mochila con grandes tragedias, Stalin acumulaba dos décadas de masacres: siete millones de muertos en la Guerra Civil Rusa, diez más por hambrunas provocadas en los años treinta, cinco de ellos ucranianos. El Holodomor, esa hambruna deliberada, anticipa el horror del Holocausto, pero con el hambre como arma.
Agosto de 1936: Albacete, crisol de voluntades. Llegan los primeros voluntarios de las Brigadas Internacionales. Albacete se convierte en su centro de formación, donde se forjan como fuerzas de choque para una guerra que no entienden del todo, pero que sienten como propia. Hombres y mujeres de más de cincuenta países, movidos por ideales, por el antifascismo o por la aventura, se entrenan en campamentos improvisados, entre el polvo manchego y la urgencia del combate.
Agosto de 1936: Berlín, el escaparate del nazismo. Mientras España arde, Alemania se engalana. Las Olimpiadas de Berlín se celebran bajo una coreografía milimétrica del régimen nazi. Hitler, que desde 1933 ha consolidado su poder absoluto tras la muerte de Hindenburg (2 de agosto de 1934) y la purga de la Noche de los Cuchillos Largos, presenta al mundo una Alemania rejuvenecida, próspera y disciplinada. Las Leyes de Núremberg ya han marcado el rumbo antisemita del régimen, pero la propaganda de Göbbels logra maquillar la realidad. La prensa internacional, fascinada por el espectáculo, vende la imagen de un país alegre y moderno, sin ver el engranaje totalitario que lo sostiene.
19 de julio–17 de octubre: Oviedo resiste. Durante tres meses, la ciudad de Oviedo soporta el asedio de las milicias republicanas, especialmente las mineras asturianas. El coronel Antonio Aranda Mata, jefe de la guarnición, se une al alzamiento y lidera una defensa férrea. Aunque menos mediática que la del Alcázar de Toledo, la resistencia ovetense resulta crucial: al año siguiente, permitirá conectar Galicia con Asturias y recuperar el norte hasta el Bidasoa. Oviedo se convierte en bastión y símbolo, en una batalla de desgaste que se libra calle a calle, día a día.
Septiembre de 1936: Franco asciende. Tras semanas de deliberaciones entre los altos mandos sublevados —Mola, Cabanellas, Kindelán, entre otros—, se decide nombrar a Francisco Franco como Jefe Supremo del levantamiento, “mientras duren las hostilidades”. La Junta de Defensa Nacional, impulsada por Mola y presidida por Cabanellas, reconoce en Franco una figura capaz de aglutinar el mando militar y político. El ascenso es estratégico, pero también simbólico: comienza la construcción de un liderazgo que pronto será absoluto.
1 de octubre de 1936: Nace el Estado Nuevo. La Gaceta de la Junta de Defensa publica el nombramiento de Franco como Jefe del Gobierno del Estado Español. El diario ABC de Sevilla lo recoge al día siguiente, omitiendo la palabra “Gobierno”, pero el mensaje es claro: ha nacido el Estado Nuevo. Franco se convierte en el rostro visible de la España sublevada, en el vértice de una pirámide que se irá consolidando con el tiempo.
Octubre de 1936: El oro viaja a Moscú. El gobierno republicano decide trasladar gran parte del oro del Banco de España a la Unión Soviética (507 toneladas métricas, uno de los líderes mundiales en reservas de oro de la época), como pago por la ayuda militar. Con ese crédito dorado, los soviéticos suministran armas y recursos al Frente Popular durante toda la contienda. Cuando el oro se agota, se recurre al crédito, igual que el bando sublevado, que compra a futuro. Alemania se cobra en wolframio y materias primas durante la Segunda Guerra Mundial; Italia, en liras, que con su posterior devaluación resultan una ganga para el franquismo. La guerra, además de sangre, se paga con oro, deuda y favores que marcarán el destino de Europa. El franquismo, tras la contienda, asumirá los compromisos crediticios internacionales de ambas zonas.
Noviembre de 1936: Madrid, ciudad sitiada. Comienza el asedio de Madrid. El gobierno republicano, ante la amenaza inminente, se traslada a Valencia. A principios de 1937, el Presidente de la República Don Manuel Azaña marchará a Barcelona, dejando al gobierno en Valencia. La capital de España se convierte en símbolo de resistencia, pero también en escenario de uno de los episodios más oscuros de la guerra: las matanzas de Paracuellos. Entre noviembre y diciembre, miles de civiles —entre ellos muchos menores— son ejecutados. Las cifras oscilan entre 5.000 y 9.000 víctimas, según distintas fuentes. Santiago Carrillo Solares es señalado como uno de los principales responsables. Los archivos soviéticos narran los hechos con detalle, aunque la controversia histórica persiste.
6 de noviembre: La Legión Cóndor aterriza. Llega a Sevilla el primer contingente masivo de la Legión Cóndor: 136 aparatos y 3.800 hombres, que pronto se elevarán a 5.000. Aunque el material aéreo alemán es inferior al suministrado por Moscú al Frente Popular, la formación militar germana marca la diferencia. La guerra se internacionaliza aún más, y el cielo español se convierte en campo de pruebas para futuras guerras. Aquí se probó buena parte de la panoplia armamentística de comienzos de la Segunda Guerra Mundial. Por ambos actores, nazis y comunistas.
Enero de 1937: Málaga cae, la Desbandá comienza. El 13 de enero, Queipo de Llano lanza la ofensiva sobre Málaga desde Sevilla. El éxito se debe en gran parte a la intervención de 10.000 efectivos italianos de la CTV y 100 aviones de su aviación legionaria. Pero la victoria trae consigo una tragedia: entre el 6 y el 8 de febrero, miles de civiles huyen por la carretera de Almería en lo que se conocerá como la Desbandá, bombardeados desde el aire y el mar. El horror se mezcla con el polvo y el llanto.
Febrero de 1937: El Jarama canta. La batalla del Jarama frena el avance hacia Madrid. La XV Brigada Lincoln, formada por voluntarios estadounidenses, se convierte en emblema de resistencia. Su canción, “El Valle del Jarama”, resuena entre trincheras. Curiosamente, la melodía tiene raíces en el folclore de Nebraska y Iowa (USA) y varias provincias canadienses desde finales del siglo XIX. La música, como la pólvora, cruza fronteras.
Marzo de 1937: Guadalajara, la lluvia y la derrota. La primavera llega fría y lluviosa. Los italianos, envalentonados por su éxito en Málaga, intentan repetir la hazaña en Guadalajara. Pero los campos embarrados y las pistas de tierra impiden el despliegue aéreo. No disponían de pistas asfaltadas. Los frentepopulistas, mejor preparados y conocedores del terreno, resisten con fuerza. Sus aeródromos son asfaltados y están muy cerca de la línea de operaciones. Los camisas negras se retiran. La primavera fría y lluviosa de la Meseta Norte se alió con el Frente Popular. Franco aprovecha la ocasión para asumir el mando directo de las tropas italianas, limitando su autonomía.
Junio de 1937: Muere Mola en accidente de aviación. Un fuerte temporal fue la causa del siniestro y Franco se quedó sin su lugarteniente y amigo. Nos ha relatado Pacón, (Francisco Franco Salgado-Araújo, primo de Franco y su secretario y confidente durante muchos años) en su libro publicado póstumamente, ‘Mi vida junto a Franco’, testimonio que podemos considerar muy valioso, ya que el autor estuvo presente en todas las acciones del Generalísimo desde el vuelo del Dragon Rapide, que ambos jefes tomaban pocas precauciones en sus vuelos a los frentes, y que tras la muerte de Mola, Franco hizo todas las visitas a los mismos en coche. Pero como Franco era muy joven (tenía 44 años), aunque delegó el mando de los diferentes Ejércitos en los distintos generales Jefes de Cuerpo de Ejército, en lo sucesivo dirigió la guerra él solo, disponiendo de cuatro cuarteles generales (Sevilla, Cáceres, Salamanca y Burgos) más el que se improvisaba en el frente (Términus) y que sus acercamientos a las líneas de fuego rayaban en la temeridad, con el objeto de disponer de información en tiempo real. Como cuando se ocupaba de la guerra en África, al frente de las Banderas. Sin duda, Franco fue imprudente en exceso, pues un accidente como el de Mola, un fuego enemigo (o amigo) inesperado mientras se producía su presencia en la primera línea o una filtración de espionaje podría haber acabado con su vida. Así le sucedió al Almirante Yamamoto en el Pacífico, en Abril de 1943, cuando una operación de inteligencia USA lo cazó en pleno vuelo.
Junio de 1937: Bilbao cae, el Norte se rompe. Los sublevados toman Bilbao y gran parte del norte industrial. El PNV intenta rendirse a los italianos, pero Franco lo impide. La pérdida de Vizcaya y Guipúzcoa deja al Frente Popular sin opciones reales de victoria. Es el momento de cerrar la guerra, pero el gobierno de Negrín, influido por los comunistas y la URSS, se niega. La estrategia soviética no busca salvar a España, sino mantener a las potencias occidentales ocupadas en un conflicto periférico. Pues desde 1924, la colaboración entre la URSS y la República de Weimar ha sido intensa, incluso tras la llegada de Hitler. En los años treinta, los intercambios comerciales y militares se multiplican. En Ucrania, los nazis desarrollaron su fuerza aérea en secreto, violando el Tratado de Versalles. Los Junker y Heinkel que transportaron tropas para Franco se fabricaron allí y se probaron en suelo español. A cambio, la URSS recibía divisas para su desarrollo militar. Esta colaboración culmina en el pacto Molotov-Ribbentrop, firmado el 23 de agosto de 1939 en Moscú, entre brindis de vodka y sonrisas diplomáticas. Stalin, anfitrión de la noche, cierra el círculo de una política tejida con sangre, oro y silencio. De este modo, el georgiano era un jugador más en el tablero europeo y su pretensión no era otra sino mantener los frentes alejados de sus fronteras, y a los occidentales enredados en disputas entre ellos. Su colaboración comercial intensa con Alemania, su apoyo al Frente Popular y sus juegos diplomáticos con el Imperio Británico y Francia, en relación con Polonia, eran apuestas seguras del sátrapa comunista para proteger su propio imperio.
Julio de 1937: Brunete, el pulso por Madrid. El Frente Popular lanzó una ofensiva en Brunete con el objetivo de aliviar la presión sobre Madrid y romper el cerco que la asfixiaba. La maniobra buscaba abrir paso hacia Extremadura y fracturar la continuidad territorial de los nacionales. Franco, que tenía planes para continuar su avance tras la campaña del Norte, se vio obligado a responder. Recuperó tropas desde el norte y acudió con el grueso de sus fuerzas. La estrategia del Alto Mando nacional, bajo la dirección del ya proclamado Generalísimo, es clara: no ceder terreno, acudir a cada batalla como si fuera la última. Esta política de confrontación directa genera un desgaste brutal en ambos bandos, pero el equilibrio es engañoso. A medida que los sublevados conquistan más territorio, más población y más recursos —especialmente industriales—, el aparente empate se convierte en una victoria silenciosa. Estos pueden reponer sus pérdidas. El enemigo, cada vez menos.
Agosto–septiembre de 1937: Belchite, tierra de sangre y propaganda. Nueva ofensiva republicana, esta vez en Aragón. El objetivo: Zaragoza. Belchite se convierte en el epicentro de una de las batallas más cruentas de la guerra. Franco, fiel a su doctrina de no ceder un palmo, acude de nuevo. El enfrentamiento deja 5.000 muertos y 6.000 heridos entre ambos bandos. Los frentepopulistas logran ocupar el terreno, pero los nacionales consolidan sus posiciones defensivas. La batalla se convierte en arma propagandística para ambos lados. En marzo de 1938, en plena ofensiva nacional, se libra la segunda batalla de Belchite, que termina con la toma definitiva del enclave por las fuerzas franquistas. El pueblo, arrasado, quedará como símbolo de la guerra total.
Octubre de 1937: El Norte cae, la guerra se inclina. Asturias, Cantabria y el País Vasco caen en manos de los sublevados. La cornisa cantábrica queda bajo control franquista. Con esta conquista, la guerra se decanta claramente. Solo queda consolidar la victoria. Pero el gobierno de Negrín, aferrado a la resistencia y respaldado por Stalin, rechaza cualquier negociación. La contienda se convierte en una lucha a ultranza, sin espacio para la diplomacia. Todo se decidirá en los campos de batalla, donde el desgaste ya no es simétrico. El Frente Popular comienza a perder no solo terreno, sino también tiempo, hombres y esperanza.
Diciembre 1937–febrero 1938: Teruel, la ciudad helada. Entre el 15 de diciembre y el 22 de febrero se libra una doble batalla por Teruel, en uno de los inviernos más crudos del siglo en la península ibérica. Las temperaturas nocturnas alcanzan los 20 y hasta los 25 grados bajo cero, convirtiendo el terreno en un páramo de hielo y muerte. Las condiciones recuerdan a las que sufrirían los alemanes en el frente ruso en 1941, y más tarde los divisionarios de la 250 Blau, la División Azul. El Frente Popular logra tomar la ciudad a comienzos de enero, pero Franco, fiel a su doctrina de no retroceder, reorganiza sus fuerzas fuera del núcleo urbano. Tras semanas de combates encarnizados, los nacionales recuperan Teruel a finales de febrero. La victoria abre una brecha decisiva: el camino hacia el Mediterráneo queda despejado. En abril, las tropas franquistas alcanzarán Vinaroz, partiendo en dos la zona republicana y cambiando el curso de la guerra.
30 de enero de 1938: Franco, jefe de Estado y de Gobierno. Se constituye el primer gobierno formal de Franco, que hasta entonces había delegado en Juntas Técnicas. Asume el doble cargo de Jefe de Estado y Presidente del Gobierno. En marzo se publica el Fuero del Trabajo, primera de las Leyes Fundamentales, y se crea el Sindicato Vertical, piedra angular del Estado Nuevo, sustentado por el Movimiento Nacional y la Falange. La arquitectura institucional del franquismo comienza a tomar forma.
Marzo–abril de 1938: Aragón, tierra dividida. La ofensiva franquista en Aragón culmina con la ruptura del territorio republicano. El avance es fulminante. El 15 de abril, las tropas sublevadas llegan a Vinaroz, en la costa de Castellón. El Mediterráneo se convierte en frontera, y la zona roja queda partida en dos. La guerra entra en una nueva fase: estratégica, territorial, irreversible.
23 de abril–25 de julio de 1938: Valencia resiste. Los franquistas lanzan la ofensiva del Levante con la intención de tomar Valencia. Pero se topan con la Línea XYZ, una defensa férrea que detiene el avance. La decisión de atacar por el Levante, en lugar de avanzar hacia Cataluña, desconcierta a muchos. La lógica militar apuntaba al norte, a consolidar fronteras internacionales y aislar al Frente Popular. Pero las consideraciones políticas pesan: una ofensiva hacia los Pirineos podría provocar la intervención francesa. Franco opta por la prudencia, y el frente se estanca. Valencia resiste, y la guerra se alarga.
Julio–noviembre de 1938: El Ebro, última esperanza. La Batalla del Ebro fue la última gran ofensiva del Frente Popular, y también su canto del cisne. En la madrugada del 25 de julio, justo una semana después del célebre discurso de Manuel Azaña, las tropas republicanas cruzan el río Ebro, desoyendo el llamado a la conciliación.

Más de 100.000 hombres por bando se enfrentan en una contienda de proporciones modernas, con cifras de bajas que rozan la hecatombe. El discurso de Azaña, pronunciado el 18 de julio desde el Ayuntamiento de Barcelona, es un lamento lúcido, una súplica por la paz, la piedad y el perdón. Se puede escuchar íntegro en Discurso completo Paz, Piedad y Perdón Manuel Azaña, donde se percibe la desesperación de un presidente sin poder real, relegado a una presidencia simbólica mientras el gobierno de Negrín, instalado en Valencia desde noviembre de 1936, sigue una línea militarista dictada por el PCE y Moscú. Otros registros como el vídeo inédito del discurso de Manuel Azaña desde YouTube y película inédita del discurso de Manuel Azaña del 18 de julio, ofrecen imágenes, sonido y contexto visual de aquel momento, reforzando la dimensión emocional del mensaje. En este último discurso de Manuel Azaña, se recoge el cierre de una trayectoria política marcada por la impotencia ante el avance de la guerra.
La batalla se prolonga hasta el 18 de noviembre. Las tropas republicanas, agotadas, cruzan de nuevo el Ebro en sentido contrario, con la moral quebrada y sin posibilidad de recuperación. Franco, fiel a su estrategia de acudir a cada embestida, queda dueño del terreno, con el camino despejado hacia Cataluña y la frontera francesa. Mientras tanto, Europa vive su propia tensión: la crisis de los Sudetes, las negociaciones entre Reino Unido, Francia, Hitler y Mussolini, y la firma del Acuerdo de Múnich el 28 de septiembre. Negrín ve en esta agitación una oportunidad para internacionalizar el conflicto español, pero nada sucede. La esperanza de una intervención occidental se desvanece. Las cifras son devastadoras:
Frente Popular: 47.000 bajas, de las cuales 7.000 muertos, más de 20.000 heridos y otros 20.000 prisioneros. Se pierden 100 aviones.
Bando nacional: cerca de 42.000 bajas, con 7.000 muertos, 30.000 heridos y 5.000 prisioneros. Se pierden 50 aviones.
La diferencia no está solo en los números, sino en la capacidad de reponerlos. Mientras Franco acumula recursos, el Frente Popular se desangra. La desbandada comienza. En los meses siguientes, miles de personas con responsabilidades políticas o militares emprenden la huida hacia la frontera francesa. El final se aproxima, y ya no hay margen para la esperanza.
Septiembre de 1938: Múnich, el abandono diplomático. La Conferencia de Múnich marca un punto de inflexión en la política europea: las potencias occidentales ceden ante Hitler en la cuestión de los Sudetes. Para el Frente Popular, el mensaje es claro: está solo. En octubre, el Gobierno frentepopulista decide retirar las Brigadas Internacionales, cumpliendo con lo acordado en el Comité de No Intervención. La propuesta de repatriación había sido presentada en julio y aceptada el 26 de ese mes. Pero Franco no acata el pacto: las tropas italianas y alemanas permanecen en el frente hasta el final. La retirada de los brigadistas se realiza según la disponibilidad de personal español para reemplazarlos, en un gesto que mezcla legalismo, desgaste y resignación.
13 de diciembre de 1938: Nace la ONCE. En medio del conflicto, se funda la Organización Nacional de Ciegos Españoles (ONCE), conocida popularmente como “los iguales” o “el cupón”. El primer sorteo del cupón “prociegos” tendrá lugar el 8 de mayo de 1939, ya con la guerra concluida. Un símbolo de reconstrucción en tiempos de ruina.
Enero de 1939: Batalla de Valsequillo. Entre enero y febrero de 1939 tuvo lugar la última gran batalla de la Guerra Civil, con 160.000 combatientes sobre el terreno, de los que 8.000 resultaron muertos y 20.000 acabaron en campos de concentración improvisados. Los combates más duros tuvieron lugar en Sierra Trapera, cerca del límite de las provincias de Badajoz y Córdoba. Este fue el canto de cisne de la guerra por parte del Frente Popular. Ya no hubo más grandes batallas en lo que quedaba de contienda.
Febrero de 1939: Cataluña cae, el éxodo comienza. La ofensiva franquista iniciada en diciembre culmina con la toma de Tarragona el 15 de enero y la entrada en Barcelona entre el 26 y el 28. La derrota precipita un éxodo masivo: La Retirada. Entre el 28 de enero y el 13 de febrero, medio millón de personas cruzan los Pirineos hacia Francia. Civiles, soldados, intelectuales, políticos, anarquistas, comunistas, socialistas, nacionalistas vascos y catalanes… todos huyen a pie, por los caminos helados de la frontera. Las autoridades francesas, desbordadas, improvisan campos de concentración en Argelès-sur-Mer, Saint-Cyprien y Le Barcarès. Las condiciones son infrahumanas. España, vista desde Francia como un país atrasado, apenas despierta empatía. “África comienza en los Pirineos”, se decía entonces. El destino de los refugiados es incierto: algunos se alistan en el ejército francés, otros encuentran trabajo, muchos acaban en campos nazis. Entre 250.000 y 300.000 regresan a España tras un breve período, donde les espera la depuración.
27 de febrero de 1939: El reconocimiento internacional. La caída de Cataluña es el golpe definitivo para el régimen frentepopulista nacido tras las elecciones de febrero de 1936. Manuel Azaña y Juan Negrín huyen a Francia. Ese mismo día, Reino Unido y Francia reconocen oficialmente al régimen de Franco. El primer ministro británico Neville Chamberlain lo anuncia en la Cámara de los Comunes. Francia lo aprueba por unanimidad en su Consejo de Ministros, presidido por Albert Lebrun. El reconocimiento se formaliza tras el Acuerdo Bérard-Jordana, firmado el 25 de febrero. Aunque presentado como una declaración de buena vecindad, implica de facto la legitimación del Gobierno de Burgos. La República queda enterrada bajo la diplomacia.
5–12 de marzo de 1939: El golpe de Casado, la guerra dentro de la guerra. En los últimos días de la contienda, cuando todo parecía perdido, estalla una guerra civil dentro de la guerra civil. El coronel Segismundo Casado, jefe del Ejército del Centro, lidera un golpe contra el gobierno de Juan Negrín convencido de que seguir luchando, solo prolongaría el sufrimiento. Negrín, aferrado a la esperanza de una guerra europea inminente, confiaba en que las democracias occidentales intervendrían. Pero otros sectores del Frente Popular —socialistas moderados, anarquistas, republicanos y militares— ya no compartían esa fe. Casado proclama el Consejo Nacional de Defensa en Madrid el 5 de marzo, expulsando a los representantes del gobierno de Valencia. Se desata una lucha fratricida entre casadistas y negrinistas, con combates en los barrios obreros y centenares de muertos. Entre los casadistas lideraban: Casado, José Miaja, Cipriano Mera, Julián Besteiro y Melchor Rodríguez. Entre los negrinistas: Negrín, Luis Barceló, Guillermo Ascanio y el Partido Comunista de España.
Los casadistas buscan negociar una paz con Franco. Los comunistas denuncian el golpe como una traición. Pero Franco no negocia. Solo acepta la rendición incondicional. El Consejo Nacional de Defensa queda desautorizado. El golpe triunfa militarmente, pero no logra evitar la represión. Miles de frentepopulistas serán detenidos, fusilados o enviados a campos de concentración. Para muchos, el golpe de Casado fue la puñalada final, la fractura definitiva que selló la derrota.
28 de marzo de 1939: Madrid cae, la República se apaga. Las tropas franquistas entran en Madrid sin apenas resistencia. La capital, símbolo de la resistencia republicana durante casi tres años, se rinde tras el colapso del frente. El coronel Adolfo Prada, último jefe republicano en la ciudad, entrega Madrid al coronel Eduardo Losas, jefe de la 16ª División franquista. La 5ª Columna emerge con fuerza, ocupando edificios clave: el Ministerio de Guerra, emisoras de radio, el Palacio de Comunicaciones. Se improvisan desfiles, ondean banderas nacionales, falangistas y requetés. En las calles se grita: “¡Franco, Franco, Franco! ¡Arriba España!”. La ciudad cambia de rostro. La República se apaga.
1 de abril de 1939: “La guerra ha terminado”. Franco proclama oficialmente el fin de la guerra. El comunicado es breve, rotundo: “En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército rojo, han alcanzado las fuerzas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado”. Madrid, que fue bastión de la resistencia, se convierte en epicentro del nuevo régimen. Los blancos ganan, los rojos pierden. El país entra en una nueva era, marcada por la victoria militar, la represión política y el silencio impuesto. La Guerra Civil Española ha terminado. “El Caudillo” dispondrá de España durante casi cuatro décadas. Paradójicamente, Franco estaba en cama víctima de la gripe de final de invierno cuando firmó el último parte de la guerra. Morirá en cama 36 años después.
Bibliografía de consulta:
- Mis conversaciones privadas con Franco, por Francisco Franco Salgado-Araújo. (1976)
- Mi vida junto a Franco, por Francisco Franco Salgado-Araújo. (1977)
- 1936, fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular, por Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa García. (2017)
- El secreto de Franco, por Guillermo Gortázar. (2023)
- Franco, una biografía personal y política, por Stanley G. Payne y Jesús Palacios, 1ª edición 2015 o 2ª edición 2025.
- La guerra civil que vino de África, por Joaquín Rivera Chamorro. (2025)
Antonio Miguel Sánchez, psicólogo licenciado por la UNED, políglota y observador políticamente incorrecto durante los últimos 50 años




