Guillermo Rocafort: «No veo a Rusia doblegada, derrotada y hundida, sino todo lo contrario»

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Guillermo Rocafort es un escritor español con más de veinte libros publicados sobre temática histórica, jurídica y económica. Es licenciado en Derecho, licenciado en Empresariales, diplomado en Estudios Jurídicos Avanzados, doctor en Economía y acreditado por el Estado español como investigador en Humanidades. Ha impartido docencia en múltiples universidades de España y del extranjero en los grados y posgrados de Derecho, Economía, Relaciones Internacionales y Periodismo. Pero, sobre todo, es conocido por sus posiciones sobre Rusia y por su opinión crítica con respecto a Occidente en el conflicto de Ucrania.

Echo en falta en tu libro Rusia y el nuevo orden mundial una crítica a la política neoimperial rusa tras la caída de la URSS, en 1991, y, más concretamente, a las intervenciones en Moldavia, Georgia, Ucrania y Armenia. ¿No crees que son aspectos criticables de la Rusia de Putin?

Aquí hay un elemento fundamental que hay que tener en cuenta: cuando cae el Muro de Berlín, en 1989, quedan unos cuarenta millones de rusos fuera de las fronteras de Rusia, y eso fue una tragedia, se mire por donde se mire. Ante esta situación, el Gobierno ruso comenzó a expedir millones de pasaportes. Esa fue una de las consecuencias de la balcanización; en resumen, un desastre. Creo que ese desmembramiento de la URSS fue muy apresurado y desastroso, y dejó fuera a millones de rusos. Por ejemplo, en los países bálticos viven más de un millón de rusos, a muchos de los cuales se les negaban los derechos políticos.

Como consecuencia de esa situación, se generaron algunas guerras, como la de Chechenia, y Rusia simplemente hizo valer los derechos de sus poblaciones desperdigadas en esas naciones, atendiendo a los derechos de sus ciudadanos en el exterior y preocupándose por ellos. Luego quedaban muchos conflictos congelados que se han vuelto a activar, como el de Kosovo o los de la antigua Yugoslavia, que, para mí, todavía no son cuestiones cerradas, así como el contencioso de Transnistria. También había millones de rusos en Ucrania, y eso generaría tensiones, como se ha visto, e incluso una guerra. Por no hablar de la crisis entre Armenia y Azerbaiyán por Nagorno Karabaj.

Rusia ha tenido históricamente como enemigos a los británicos y a Estados Unidos, que siempre soñaron con balcanizarla y atomizarla para dividirla y debilitarla. Ese objetivo también lo han perseguido muchos miembros de la Unión Europea (UE), que piensan en dividir a Rusia y anhelan hacerlo con el mismo propósito: explotar y controlar los ricos recursos naturales de este país. En ese contexto caótico de desmembración de la URSS, Rusia otorgó millones de pasaportes a ciudadanos rusos con el fin de protegerlos, y se generaron algunos conflictos debido a esa protección.

Sobre Ucrania, por lo que conozco y he estudiado, en la zona oriental del país, sobre todo en las zonas mineras, hubo una vulneración de los derechos de la población rusa. Así se llegó a los acuerdos de Minsk (2014), por los que se otorgaba a los rusos de esas zonas cierta autonomía. Se vinculaba este territorio a Ucrania siempre que se respetaran los derechos de los rusos que vivían en esas zonas. En la defensa de esos derechos, Rusia no estaba dispuesta a que sus ciudadanos pasaran a ser ciudadanos de segunda en Ucrania y tuvo que actuar en consecuencia.

Luego está el tema de la OTAN y de la inclusión de Ucrania en esta organización militar, como deseaban las autoridades de Kiev, quebrantando los compromisos adquiridos cuando se disolvió la URSS. Entonces se generó un ambiente amenazador para Rusia que acabó provocando la actual crisis, debido a la actitud agresiva y expansiva de la Alianza Atlántica.

Sobre la Guerra en Ucrania, no se ve luz al final del túnel. ¿Cómo crees que va a evolucionar este conflicto?

Veo un escenario terriblemente complicado, que incluso puede llevarnos a una escalada de resultados impredecibles, aunque también hay muchos bulos, como los famosos ataques rusos con drones a España y otros países occidentales. España no ha tenido nunca una guerra con Rusia ni creo que la vaya a tener nunca.

Desde 2022 estamos viviendo una guerra de desgaste que comenzó cuando la Administración Biden empezó a proporcionar armas defensivas a Ucrania, mientras que Kiev piensa que puede doblegar al gran poder hegemónico ruso. En este contexto, lo que se ha producido es el desplome total de la economía ucraniana, que ha perdido el 50 % de su valor; el despoblamiento del país, sobre todo entre los más jóvenes; y la destrucción de Ucrania como realidad nacional. Esto ha sido un desastre. Quizá, si se hubieran cumplido los acuerdos de Minsk, no se habría llegado a la situación actual.

Estamos ante una tragedia, sobre todo para Ucrania. Y Rusia, no lo olvidemos, todavía tiene un gran potencial militar, energético, territorial y humano. Ningún país europeo ha derrotado todavía a Rusia en la historia. Napoleón y Hitler se estrellaron cuando lo intentaron y fracasaron. Hay otro elemento que conviene tener en cuenta: Rusia tiene un gran espíritu nacionalista y patriótico en lo que atañe a la defensa de su nación. Rusia realiza cada vez ataques más agresivos y causa graves daños a objetivos civiles, estratégicos, energéticos y de primera importancia en Ucrania.

Luego, cuando termine esta guerra, está por ver en qué bloque se va a reintegrar Ucrania, porque eso tampoco está nada claro. Aparte de estas consideraciones, la economía rusa está totalmente militarizada y su capacidad de resiliencia en este conflicto es muy grande, a diferencia de la de Ucrania. Además, la población, lejos de abrazar posiciones pacifistas contrarias a la guerra, está mostrando un gran espíritu patriótico y busca una victoria en el campo militar.

No veo a Rusia doblegada, derrotada y hundida, como nos han querido hacer ver desde el año 2022, sino todo lo contrario. Luego, las sanciones no han causado ningún daño a Rusia, y sus efectos estructurales apuntan a un 2 % de impacto en su economía, lo que no es nada, mientras Ucrania resiste gracias a las ayudas de la UE y de Estados Unidos.

La UE alienta y alimenta una guerra contra Rusia con sus sanciones y sus ayudas a Ucrania, una política que la opinión pública europea no quiere, tal como se ha visto en numerosas encuestas. Estamos ante un escenario de remilitarización y de carrera armamentística que nadie desea en Europa, aunque sus gobiernos lo incentivan y alimentan.

La UE, en mi opinión, debería tratar de apaciguar este conflicto y buscar una salida política y negociada al mismo, en vez de haber optado por esta política agresiva y armamentística contra Rusia. Lo que han conquistado los rusos en esta guerra no lo van a soltar nunca, y esa es una realidad sobre el terreno. Ha habido mucha sangre y mucho sacrificio rusos en esas conquistas.

El escenario final sería que Ucrania se integrara en la UE y aceptara las nuevas realidades, pues no olvidemos que el 50 % de la población de este país es rusoparlante, sobre todo en el este. Ese es el gran dilema de Ucrania, que se mueve entre una parte de la población que se considera prorrusa y otra parte, también importante, que se considera más europea. Pero, en fin, nunca se debería haber llegado a esta guerra, a la que nos llevó el irresponsable de Volodímir Zelenski con sus errores políticos y estratégicos.

¿Hacia dónde va Oriente Medio tras los atentados del 7 de octubre, la caída del régimen sirio y la actual guerra entre Israel y Estados Unidos contra Irán? ¿Se está reconfigurando Oriente Medio?

Creo que está en marcha una clara reconfiguración regional que incluso va a afectar a actores que hasta ahora habían estado al margen, como es el caso de Turquía, que cada vez se muestra más vehemente contra Israel. También asoman la cabeza en la escena países como Azerbaiyán y Armenia. La región se está calentando; la situación en Siria es muy candente, en el sentido de que no sabemos cómo va a evolucionar, y su complejidad étnica y religiosa dibuja un panorama actual muy complejo. Luego están Egipto y Jordania, relativamente pacificadas, y el Líbano, donde se suceden las guerras con Israel, que no acaban de concluir con una solución definitiva.

La verdad es que, desde los atentados del 7 de octubre de 2023, que fueron un acto absolutamente condenable y repudiable desde mi punto de vista, se han producido una serie de acontecimientos en cadena que no parecen conducir a una paz definitiva en la zona. Los esfuerzos que hizo Isaac Rabin para buscar la paz con la OLP y otros países árabes han quedado en nada y, en su lugar, se ha despertado un radicalismo en los dos extremos, dejando a los sectores más moderados entre dos fuegos.

Hezbolá, además, ejerce una gran presión en el Líbano y ha llevado a este Estado casi a la destrucción. El país se ve atacado por Israel debido a la presencia de esta organización, que indudablemente es un proxy de Irán. Se está anticipando una crisis geopolítica en múltiples escenarios, entre los que destacan Israel y Ucrania.

La gran pregunta es si serán capaces de llegar a un entendimiento que permita a Irán reconocer a Israel y viceversa, algo que, sinceramente, veo realmente muy difícil a corto plazo. Pero son dos países muy fuertes, consolidados y con un gran poder regional. Irán es más fuerte que nunca; es un régimen consolidado y, por ahora, no va a caer. Esa fue una falsa percepción occidental: ni ocurrió ni ocurrirá, al menos por ahora.

Estamos ante una crisis parecida a la de 1973, con el petróleo como elemento central, y los grandes poderes no son capaces de resolver esta situación, que es una guerra en toda su dimensión política y militar. Europa, mientras tanto, es una de las principales víctimas de esta crisis, porque la subida del petróleo nos afecta en todos los ámbitos de la vida, incluidos los precios.

Europa ahora ni siquiera tiene un enviado para Oriente Medio ni voz en esa región, porque nos hemos situado en posiciones que no nos permiten desempeñar un papel negociador y político. La diplomacia europea está ausente de estos escenarios; ha desaparecido.

¿Qué opinión te merecen las acusaciones de nuestro presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, sobre la implicación de Rusia e Israel en la crisis de Ceuta?

Desde que se fundó Marruecos, ha sido una fuente de desestabilización regional. Incluso Franco, en una carta al presidente estadounidense Johnson, ya advertía a Estados Unidos de que no vendiera armas a Marruecos por su carácter agresivo.

Ahora, sin embargo, Marruecos tiene armas casi mejores que las de España porque Estados Unidos se las ha vendido, sin que haya perdido ese carácter desestabilizador, que constituye una política constante y permanente de este país. Pero, en estas circunstancias graves, tenemos un Gobierno promarroquí que ha reconocido la soberanía marroquí sobre el Sáhara.

En lo que respecta a Ceuta y Melilla, hay que señalar que llevan aisladas desde la COVID-19, con cierres de la frontera, y ambas son una reivindicación permanente de Marruecos. Así se cumplirían los anhelos de Rabat de crear un Gran Marruecos.

Este país no ha dejado de atacar a sus vecinos desde la independencia. Mantiene cerradas sus fronteras con Argelia y mantiene esa misma actitud agresiva hacia Mauritania. Mientras tanto, España solamente recibe de Marruecos delincuencia agresiva, pues nos manda delincuentes recién salidos de las cárceles marroquíes —y digo esto con todo el respeto—. ¿Por qué tenemos que soportar en España esa presión y esa agresión? También nos envía enfermos mentales, droga en grandes cantidades e inmigrantes que no tienen ningún futuro en su país, que necesita de todo.

Marruecos está llevando a cabo una guerra híbrida contra España. Nuestro país sufre una agresión permanente por parte de este Estado, con el que deberíamos mantener una buena relación de igual a igual, pero no es así.

En este contexto se produce la agresión a Ceuta, que es una versión multiplicada por cuatro de la de 2021, en la que se aprecia la organización y el apoyo del propio régimen marroquí. Fue absolutamente tolerada por Rabat. La situación se está calentando artificialmente y se ha creado una reacción social de gran preocupación en España. Eso puede ser el germen de futuros conflictos no deseables en un ambiente geopolítico de tensión claramente creciente.

Finalmente, quería preguntarte qué impresión tienes acerca de nuestro papel en el mundo. En mi opinión, creo que España no cuenta nada de nada en la escena internacional. ¿Es así?

Ahora mismo no pintamos nada; eso está meridianamente claro. Incluso nuestro peso ha decaído con respecto al de la dictadura de Franco, pues no olvidemos que el dictador era amigo del líder egipcio Nasser y mantenía excelentes relaciones con países como Libia y Egipto. E incluso con Estados Unidos, algo que ahora no ocurre.

Hubo una gran cooperación militar y policial con Marruecos, por ejemplo, en los primeros años de la independencia de este país. Franco quería que Marruecos fuera un país estable porque España se beneficiaría de su vecindad con un socio fiable.

Hemos perdido nuestra capacidad de interlocución, ese carácter dialogante que nos daba el haber sido una cuna de las tres religiones monoteístas: cristianismo, judaísmo e islam. Hemos perdido nuestros referentes históricos y esa capacidad de interlocución que históricamente teníamos y a la que me refería antes.

También hemos perdido esa capacidad de neutralidad que teníamos, incluso durante la España de Franco, con respecto a los judíos, pues no debemos olvidar que fuimos el único país que ayudó a los judíos durante el Holocausto, algo que reconoció hasta Golda Meir. Cuando España ingresó en las Naciones Unidas, contó con la ayuda de países árabes amigos y de países latinoamericanos. Espero, no obstante, que podamos recuperar ese punto de cordura y equilibrio histórico que nos permita volver a lo que fuimos y recuperar esa capacidad de mediación, ahora perdida.

Aquí puede ver la entrevista de nuestro colaborador Ricardo Angoso a Guillermo Rocafort

 

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