El robo del Tesoro de Villena ha provocado una profunda conmoción que trasciende con mucho a la propia localidad alicantina. La desaparición de buena parte de este conjunto arqueológico, considerado uno de los grandes tesoros de la Edad del Bronce en Europa, ha dejado un sentimiento de incredulidad, indignación y desamparo ante la pérdida de unas piezas de extraordinario valor histórico y cultural. El asalto, perpetrado en apenas unos minutos durante la madrugada del 27 de agosto, permitió a los autores hacerse con 59 piezas del conjunto, además de tres coronas de la Virgen y el Niño que también se encontraban en el museo.
La conmoción se ha extendido más allá de Villena y ha abierto también un debate sobre la protección del patrimonio histórico español. Mientras la Guardia Civil mantiene abierta la investigación y trata de reconstruir cómo se ejecutó el asalto, las autoridades culturales han comenzado a revisar las medidas de seguridad de otros museos españoles ante el temor de que este tipo de piezas puedan convertirse en objetivo de organizaciones dedicadas al robo de patrimonio. El caso ha puesto de manifiesto, además, la paradoja de que objetos cuyo valor histórico resulta prácticamente incalculable puedan ser perseguidos por su valor material, especialmente por el oro, con el riesgo de que las piezas sean destruidas para dificultar su identificación y comercialización.
Entrevistamos sobre esta cuestión en Delta13News a uno de los más reputados expertos en arte en todo el mundo, fundador de Lluent Asesores, y uno de los analistas de cabecera de este diario, José Manuel Lluent.
Desde el punto de vista del mercado del arte y del patrimonio arqueológico, ¿qué posibilidades reales existen de que las piezas robadas del Tesoro de Villena puedan ser vendidas como objetos de arte o antigüedades, teniendo en cuenta que se trata de un conjunto perfectamente identificado y de enorme notoriedad internacional?
Creo que, cuando estamos ante un robo organizado de esta magnitud, quienes lo planifican tienen muy claro qué hacer después con lo robado. Normalmente existe una estructura: unos ejecutan el robo, otros reciben las piezas y otros se encargan de su traslado o de darles salida. No creo que dejen al azar el destino de un material de estas características. Además, estamos hablando de un conjunto perfectamente identificado y de enorme notoriedad, por lo que introducirlo en el mercado del arte o de las antigüedades sería muy complicado. Bajo mi punto de vista, hay que analizar este caso no solo desde la perspectiva del mercado ilícito del arte, sino también desde la posible estructura organizada que existe detrás del robo.
Una de las hipótesis que se está manejando es que el objetivo último pudiera ser obtener el valor del oro y fundir las piezas para hacer desaparecer su identidad histórica. ¿Considera que esta sería la salida más probable para los autores o cree que podría existir un mercado clandestino dispuesto a adquirir piezas de estas características?
Personalmente creo que quien organiza un golpe de esta envergadura tiene claro desde el principio cuál será el destino final de lo robado. Podría existir un encargo previo o un coleccionista clandestino interesado en las piezas, pero, sinceramente, me cuesta pensar que este sea el objetivo principal. Estamos hablando de objetos demasiado conocidos e identificables como para poder disfrutarlos o mostrarlos sin correr un enorme riesgo. Por eso, bajo mi punto de vista, una de las hipótesis más plausibles es que el objetivo sea el oro como metal precioso. Una vez fundidas las piezas, desaparece su identidad histórica y arqueológica.
El Tesoro de Villena tiene un valor histórico y arqueológico infinitamente superior a su valor como metal precioso. ¿Cómo funciona el mercado negro del patrimonio cuando se sustraen piezas únicas que no pueden ser exhibidas públicamente sin despertar inmediatamente sospechas? ¿Quién podría estar dispuesto a comprar un objeto cuyo origen ilícito resulta tan fácil de identificar?
Si lo planteamos de esta manera, yo creo que solo existen dos posibles destinos. Uno sería un comprador clandestino, alguien dispuesto a poseer las piezas por su valor histórico, aunque sabiendo perfectamente que nunca podría mostrarlas públicamente. La otra posibilidad sería la fundición. Y, bajo mi punto de vista, esta es la más preocupante, porque en ese momento las piezas dejan de ser objetos arqueológicos para convertirse simplemente en oro. El metal sigue existiendo, pero desaparece la pieza y, con ella, una parte de nuestra historia.
El hecho de que los ladrones seleccionaran principalmente las piezas de oro y dejaran otros elementos de enorme importancia histórica, como el brazalete de hierro de origen meteorítico, ¿puede aportar alguna pista sobre el perfil y las motivaciones de los autores? ¿Apunta más hacia delincuentes interesados en el valor material que hacia coleccionistas especializados en arqueología?
Yo creo que sí aporta una pista importante. El hecho de que se seleccionaran principalmente las piezas de oro y se dejaran otros objetos de enorme valor histórico, como el brazalete de origen meteorítico, parece indicar una motivación más económica y material que arqueológica. A mi entender, esto también puede reflejar una estructura organizada: una banda que ejecuta el robo y detrás alguien que ha establecido previamente cuál es el objetivo. No necesariamente buscan las piezas más importantes desde el punto de vista histórico, sino aquellas que pueden proporcionar un beneficio económico más inmediato.
Si las piezas no hubieran sido todavía fundidas ni trasladadas al extranjero, ¿qué posibilidades existen de recuperarlas? ¿Qué papel pueden desempeñar los museos, las casas de subastas, los expertos en arte, los arqueólogos, Interpol y las bases internacionales de objetos robados para impedir que el Tesoro de Villena desaparezca definitivamente del circuito del patrimonio histórico?
Si las piezas todavía conservaran su forma original y fueran identificables, las posibilidades de recuperación existirían. En ese caso, Interpol, las bases de datos internacionales, los museos, las casas de subastas, los expertos y los arqueólogos podrían desempeñar un papel fundamental para impedir que entraran en el mercado. Pero si finalmente las piezas han sido fundidas, la situación cambia completamente. El oro seguirá existiendo, pero el objeto arqueológico habrá desaparecido. Y esa es, para mí, una de las mayores tragedias del robo de patrimonio: no siempre se destruye una pieza rompiéndola. También se destruye cuando se le hace perder su identidad. Ese oro puede terminar transformado en cualquier otra pieza, pero lo que ya no podrá recuperarse será la historia que contenía.



