El mundo ha entrado en una nueva etapa de rearme. Estados Unidos, China, Rusia y las principales potencias europeas están aumentando sus capacidades militares en un contexto marcado por la guerra de Ucrania, la rivalidad entre Washington y Pekín, la incertidumbre sobre el futuro de la seguridad europea y la aparición de nuevas tecnologías capaces de transformar el campo de batalla.
El gasto militar mundial alcanzó en 2025 los 2,887 billones de dólares, un 2,9% más en términos reales que el año anterior y un 41% por encima de 2016, según los últimos datos del Stockholm International Peace Research Institute (SIPRI). La tendencia está reconfigurando la industria de defensa, las alianzas y el equilibrio estratégico entre las grandes potencias.
La palabra rearme ha regresado con fuerza al vocabulario político europeo. Durante buena parte de las décadas posteriores al final de la Guerra Fría, numerosos países occidentales redujeron progresivamente sus presupuestos militares y orientaron sus fuerzas armadas hacia operaciones expedicionarias, misiones internacionales y capacidades tecnológicamente avanzadas pero relativamente reducidas en volumen.
La invasión rusa de Ucrania en 2022 modificó radicalmente ese planteamiento. La posibilidad de una guerra convencional de alta intensidad volvió a situarse en el centro de la planificación militar europea. Artillería, munición, misiles, carros de combate, defensa aérea, drones y capacidad industrial pasaron a adquirir una importancia que muchos ejércitos europeos habían relegado durante años.
Los datos reflejan ese cambio. Europa incrementó su gasto militar un 14% en 2025, mientras que el conjunto de Europa y otras regiones contribuyó decisivamente al crecimiento del gasto mundial. SIPRI calcula que Estados Unidos, China y Rusia concentraron conjuntamente 1,48 billones de dólares, aproximadamente el 51% del gasto militar global.
Estados Unidos continúa siendo, con diferencia, la principal potencia militar y el mayor inversor mundial. Sin embargo, el dato más significativo de 2025 fue que su gasto militar descendió un 7,5%, hasta unos 954.000 millones de dólares, según SIPRI. La cifra no significa una retirada de Washington del sistema militar internacional, sino que refleja también diferencias metodológicas y presupuestarias respecto a años anteriores.
La posición estadounidense continúa siendo extraordinaria por su capacidad tecnológica, nuclear, naval, aérea, espacial y logística. Además, Washington mantiene una red global de alianzas y bases militares que ninguna otra potencia posee en una escala comparable.
Pero el debate ha cambiado. Estados Unidos está reclamando que sus aliados europeos asuman una parte mayor de los costes de su propia defensa, mientras la Administración de Donald Trump ha insistido en que los miembros europeos de la OTAN deben incrementar sustancialmente sus presupuestos militares.
El punto de inflexión fue la cumbre de la OTAN celebrada en La Haya en junio de 2025, donde los aliados acordaron elevar progresivamente su compromiso hasta el 5% del PIB anual en 2035: un 3,5% destinado a defensa propiamente dicha y hasta un 1,5% adicional para infraestructuras, resiliencia, ciberseguridad y otras capacidades relacionadas con la seguridad.
La evolución ya se está produciendo. Para 2026, cinco países de la Alianza —Lituania, Estonia, Letonia, Polonia y Grecia— tienen previsto superar el 3,5% del PIB en gasto militar básico, según las estimaciones de la propia OTAN. Los países europeos de la Alianza y Canadá alcanzarían conjuntamente una media aproximada del 2,53% en defensa básica.
El caso de Polonia resulta especialmente significativo. Su proximidad geográfica a Rusia y Bielorrusia y su percepción de la amenaza han llevado a Varsovia a situarse entre los países que más rápidamente están aumentando sus capacidades militares. Los países bálticos siguen una lógica similar.
En Alemania, Francia, Reino Unido, Italia y otros grandes Estados europeos el proceso es más complejo. Aumentar el gasto militar no consiste simplemente en aprobar mayores presupuestos. Hay que fabricar, comprar, mantener y operar los sistemas adquiridos, y Europa lleva décadas con una industria de defensa fragmentada y capacidades productivas que no estaban preparadas para una expansión rápida.
Más producción
La guerra de Ucrania ha puesto de manifiesto precisamente la importancia de la producción industrial. El consumo de munición, misiles y otros sistemas en un conflicto de alta intensidad puede superar ampliamente la capacidad de fabricación construida durante los años posteriores a la Guerra Fría.
La industria europea está respondiendo con inversiones en nuevas fábricas, ampliación de líneas de producción y acuerdos internacionales. Empresas como Rheinmetall, MBDA, KNDS, Leonardo, Saab, BAE Systems, Airbus, Indra o Navantia están participando en diferentes programas destinados a reforzar capacidades europeas.
Pero la carrera armamentística no se limita a tanques, aviones y buques. El campo de batalla está cambiando tecnológicamente. Los drones de bajo coste, los sistemas autónomos, la inteligencia artificial, la guerra electrónica, las armas hipersónicas, los satélites y las capacidades cibernéticas están adquiriendo una importancia creciente.
Ucrania ha demostrado el potencial de los drones comerciales modificados y de sistemas diseñados específicamente para operaciones militares. Un aparato relativamente barato puede localizar objetivos, corregir fuego de artillería o atacar infraestructuras, obligando al adversario a invertir cantidades mucho mayores en sistemas de detección y defensa.
El resultado es una paradoja: la guerra puede ser simultáneamente más tecnológica y más barata en determinadas capas. Un dron de unos pocos miles de euros puede obligar a utilizar un misil interceptor mucho más costoso. Esta relación entre coste de ataque y coste de defensa se ha convertido en uno de los grandes problemas de la guerra moderna.
Rusia, por su parte, mantiene un esfuerzo militar excepcionalmente elevado debido a la guerra de Ucrania. SIPRI calcula que el presupuesto militar ruso previsto para 2026 asciende a 14,9 billones de rublos, aproximadamente el 6,3% del PIB, aunque advierte de que el presupuesto puede modificarse durante el ejercicio.
La economía rusa está, por tanto, sometida a una fuerte orientación hacia la producción militar. La guerra ha impulsado la fabricación de municiones, misiles, vehículos blindados y drones, al mismo tiempo que Moscú intenta mantener y modernizar sus capacidades nucleares.
Rusia continúa siendo una potencia nuclear estratégica, y esa dimensión impide medir su peso militar únicamente por el tamaño de su economía o por el volumen de su gasto convencional.
En el otro extremo de Eurasia, China mantiene una estrategia de modernización militar sostenida. Pekín anunció para 2026 un incremento nominal del 7% de su presupuesto oficial de defensa, hasta aproximadamente 1,91 billones de yuanes, unos 276.700 millones de dólares.
Las cifras oficiales chinas, sin embargo, no reflejan necesariamente todo el gasto relacionado con la defensa. Analistas internacionales señalan que determinados conceptos pueden quedar fuera de la partida presupuestaria principal.
La modernización china tiene además una dimensión estratégica muy concreta: convertirse en una fuerza militar capaz de operar eficazmente en su entorno regional y, cada vez más, a escala global. La Armada del Ejército Popular de Liberación está ampliando su flota; la aviación incorpora nuevos sistemas; los misiles balísticos y de crucero desempeñan un papel central y Pekín invierte en capacidades espaciales, cibernéticas y de inteligencia artificial.
El factor Taiwán constituye uno de los principales elementos de incertidumbre. China considera la isla parte de su territorio, mientras que las autoridades taiwanesas mantienen su autonomía de facto. La modernización militar china y el refuerzo de las capacidades defensivas de Taiwán están alimentando una dinámica de acción y reacción.
Taiwán ha anunciado también incrementos importantes de su presupuesto militar. Para 2027, su Gobierno prevé elevar el gasto de defensa un 16%, superando por primera vez el billón de dólares taiwaneses y situándolo por encima del 3% del PIB.
La competición entre Estados Unidos y China constituye así una segunda dimensión de la nueva carrera armamentística. Ya no se trata únicamente de quién posee más soldados o aviones, sino de quién domina tecnologías críticas: semiconductores, inteligencia artificial, comunicaciones seguras, satélites, computación avanzada, sistemas autónomos y capacidades de guerra electrónica.
El espacio se ha convertido en otro escenario estratégico. Los satélites son fundamentales para navegación, comunicaciones, inteligencia, alerta temprana y guiado de armas. La dependencia de estos sistemas hace que las capacidades antisatélite y la guerra electrónica sean cada vez más relevantes.
La carrera también afecta al arsenal nuclear. Estados Unidos y Rusia siguen concentrando la mayor parte de las armas nucleares del mundo, mientras China está ampliando su arsenal. El desarrollo de nuevos sistemas estratégicos, submarinos nucleares, misiles balísticos y capacidades de lanzamiento múltiple aumenta la complejidad del equilibrio nuclear.
La consecuencia es que el mundo actual se aleja de la estructura relativamente estable que caracterizó los primeros años posteriores a la Guerra Fría. La competición militar ya no se desarrolla entre dos bloques perfectamente definidos, sino entre múltiples centros de poder y con diferentes niveles de cooperación y rivalidad.
India, Japón, Corea del Sur, Australia, Turquía, Arabia Saudí, Israel y otros países también están incrementando o modernizando sus capacidades. El resultado es un sistema internacional más fragmentado.
La carrera armamentística tiene además una dimensión económica. El aumento del gasto militar está generando oportunidades para las industrias de defensa, pero también obliga a los gobiernos a decidir de dónde procede el dinero.
Cada euro adicional destinado a defensa es un euro que compite con otras prioridades presupuestarias, aunque la relación no sea necesariamente de sustitución directa. Pensiones, sanidad, educación, infraestructuras y transición energética conviven con las nuevas necesidades de seguridad.
En Europa, el debate será especialmente complejo. El objetivo de alcanzar el 5% del PIB de la OTAN en 2035 supone un esfuerzo financiero muy superior al de las últimas décadas y obliga a plantear nuevas fórmulas de financiación, compras conjuntas y cooperación industrial.
Además, gastar más no garantiza automáticamente disponer de mejores fuerzas armadas. La eficacia depende de cómo se utilicen los recursos, de la coordinación entre países, de la disponibilidad de personal, de las reservas de munición, del mantenimiento y de la capacidad industrial.
La nueva carrera armamentística también está modificando las relaciones transatlánticas. Europa pretende reforzar su autonomía estratégica, pero sigue dependiendo en gran medida de Estados Unidos en áreas como inteligencia, transporte estratégico, defensa antimisiles, reabastecimiento aéreo y determinadas capacidades espaciales.
La cuestión no es necesariamente elegir entre Europa y Estados Unidos. La tendencia apunta más bien hacia una Europa con mayores capacidades dentro de la OTAN, aunque el grado de autonomía que alcance será uno de los principales debates estratégicos de los próximos años.
La industria será otro campo de competición. SIPRI calcula que el crecimiento del gasto mundial está impulsando la demanda de sistemas militares y está favoreciendo una expansión de las capacidades industriales.
La consecuencia puede ser un nuevo ciclo de innovación. Las empresas que desarrollen drones, sensores, sistemas antidrones, inteligencia artificial, guerra electrónica, comunicaciones seguras o municiones de precisión tendrán un papel cada vez más relevante.
Pero existe también un riesgo: la proliferación tecnológica puede reducir el umbral de entrada a determinadas capacidades militares. Sistemas que antes estaban reservados a grandes potencias pueden resultar accesibles para actores de menor tamaño.
La inteligencia artificial puede acentuar esa tendencia. Algoritmos capaces de analizar imágenes, localizar objetivos, detectar anomalías o coordinar sistemas autónomos pueden incrementar la velocidad de las operaciones militares. Al mismo tiempo, plantean cuestiones sobre control humano, responsabilidad y escalada accidental.
El escenario que emerge es, por tanto, mucho más complejo que una simple carrera por gastar más dinero.
Estados Unidos conserva una superioridad militar global; China continúa cerrando determinadas brechas; Rusia mantiene una enorme capacidad nuclear y una economía profundamente orientada al esfuerzo bélico; y Europa intenta reconstruir una capacidad militar e industrial que había perdido peso durante décadas.
Los datos de SIPRI muestran que el gasto militar mundial lleva once años consecutivos aumentando y que en 2025 alcanzó su máximo histórico.
La gran incógnita es hasta dónde llegará esta tendencia. Si el aumento de capacidades contribuye a disuadir conflictos, puede reforzar la estabilidad. Pero si cada potencia interpreta el rearme de las demás como una amenaza y responde con nuevos programas, puede producirse un dilema de seguridad: un país aumenta su arsenal para sentirse más seguro y provoca que sus rivales hagan exactamente lo mismo.
Ese mecanismo estuvo presente durante la Guerra Fría y vuelve a adquirir relevancia en el siglo XXI. La diferencia es que ahora la carrera se desarrolla en más dominios: tierra, mar, aire, espacio y ciberespacio. Y junto a las armas tradicionales aparecen drones autónomos, inteligencia artificial, armas hipersónicas, satélites militares y sistemas de guerra electrónica.
La nueva carrera armamentística mundial no consiste, por tanto, únicamente en contar misiles o carros de combate. Se trata de determinar quién tendrá capacidad para detectar antes una amenaza, producir más rápido, resistir un ataque, mantener sus comunicaciones y tomar decisiones en un entorno cada vez más automatizado.
El equilibrio estratégico internacional está cambiando. Y, a diferencia de la Guerra Fría, esta vez la carrera tiene muchos más competidores y se disputa en muchos más escenarios.



