He visitado por segunda vez Transnistria —o República Moldava Pridnestroviana, como se denomina oficialmente— este verano, y pocas cosas habían cambiado desde mi primera visita. Su aire soviético permanece intacto. Se palpa, se respira en cada esquina: en los edificios oficiales, en los monumentos, en las banderas y, sobre todo, en la imponente escultura de Lenin que recibe al visitante a la entrada de su capital, Tiraspol.

La estatua, de granito y de 19 metros de altura, fue realizada por el escultor soviético Nikolai Tomski y constituye uno de los símbolos más visibles de esta peculiar república no reconocida. Casi enfrente se encuentra el Memorial de la Gloria, un impresionante complejo dedicado a los caídos en las diferentes guerras que han marcado la historia de este pequeño territorio.
Con una extensión de algo más de 4.100 kilómetros cuadrados y una población que supera el medio millón de habitantes, Transnistria se alzó en armas contra las autoridades moldavas en 1990, con el apoyo del XIV Ejército soviético, y proclamó su independencia de facto. Tras una breve pero cruenta guerra, entre 1992 y 1993, quedó establecida una entidad política que, hasta hoy, no ha sido reconocida internacionalmente.
Transnistria es, en la práctica, un Estado de facto: tiene Gobierno, Parlamento, bandera, himno, ejército, policía, documentos de identidad e incluso moneda propia. Pero no existe para la comunidad internacional como Estado independiente. Su supervivencia durante más de tres décadas ha dependido, en buena medida, del respaldo político, económico y militar de Rusia, mientras Moldavia continúa considerando el territorio parte irrenunciable de su soberanía.
El resultado es un lugar extraño, casi irreal, detenido en algún punto del pasado. Una especie de museo al aire libre de la desaparecida Unión Soviética, aunque con una peculiaridad: aquí el pasado no parece querer marcharse.

Todavía quedan numerosos monumentos, esculturas, murales y símbolos de aquella época. La hoz y el martillo aparece todavía en algunos emblemas oficiales y en diversos espacios públicos, mientras que los monumentos dedicados a Lenin, a los soldados soviéticos y a las grandes gestas de la Segunda Guerra Mundial forman parte del paisaje cotidiano.

Para llegar hasta Transnistria hay que hacerlo normalmente desde Moldavia. Desde Chisináu parten autobuses hacia Tiraspol y otras localidades de la región. En los pasos de entrada, las autoridades transnistrias controlan la documentación de los viajeros. La frontera con Ucrania permanece cerrada para el tránsito ordinario debido a la guerra.

Desde el primer momento, uno tiene la sensación de haber cruzado una frontera que no debería existir. No hay grandes edificios fronterizos ni una infraestructura espectacular, pero sí controles, soldados y una simbología que recuerda permanentemente que se está entrando en un territorio con una historia y una identidad propias.
Aunque Transnistria se encuentra geográficamente dentro de las fronteras internacionalmente reconocidas de Moldavia y está muy alejada de Rusia, una parte importante de su población mantiene una fuerte identificación con la cultura y la lengua rusas. La influencia de Moscú es omnipresente y la nostalgia por la Unión Soviética sigue siendo visible en la vida cotidiana.
El memorial de la gloria
El Memorial de la Gloria, situado en pleno corazón de Tiraspol, es uno de los lugares más representativos de la ciudad. Aquí se concentra buena parte de la memoria histórica que las autoridades transnistrias quieren preservar y transmitir a las nuevas generaciones.
Una llama eterna recuerda a los caídos, mientras las tumbas y monumentos conmemoran a quienes murieron durante la guerra de 1992. También encontramos una tumba dedicada al soldado desconocido y grandes memoriales relacionados con la llamada Gran Guerra Patria, denominación utilizada en la Unión Soviética para referirse al frente soviético de la Segunda Guerra Mundial, entre 1941 y 1945.

Otro espacio está dedicado a los combatientes transnistrios muertos durante la guerra de 1992, mientras que una placa recuerda a los soldados locales que participaron en la guerra de Afganistán, entre 1979 y 1989.
Al lado de este gran complejo memorial nos encontramos con uno de los símbolos más característicos de la antigua iconografía soviética: un tanque T-34 colocado sobre un pedestal. El vehículo, utilizado por el Ejército Rojo durante la Segunda Guerra Mundial, recuerda la victoria soviética sobre la Alemania nazi.

Todo el conjunto produce una sensación difícil de explicar. No estamos simplemente ante monumentos históricos, sino ante una determinada interpretación del pasado que continúa formando parte del presente.
La Avenida 25 de Octubre, el Oxford Street de Tiraspol
La avenida 25 de Octubre es la principal arteria de Tiraspol y una parada obligada para cualquier visitante. Es, salvando todas las distancias, una especie de Oxford Street transnistria, aunque aquí las comparaciones terminan muy pronto.
En esta larga avenida se concentran algunos bares, restaurantes y comercios. No son muchos, todo hay que decirlo, y la oferta gastronómica y comercial resulta bastante modesta. La calle puede recorrerse tranquilamente en una hora y, si el tiempo acompaña —algo que no siempre sucede—, es posible sentarse en alguna de sus escasas terrazas para contemplar el pausado ritmo de la ciudad.

Una de las cosas que más llama la atención es precisamente esa tranquilidad. Hay pocos turistas, escasos hoteles visibles y una ausencia casi total de esa industria turística que encontramos en otras capitales europeas. En Tiraspol nadie parece tener demasiada prisa y tampoco parece existir una gran preocupación por atraer al visitante extranjero. Quizá esa sea precisamente una de sus mayores peculiaridades.
Como no podía ser de otra manera en una ciudad tan ligada a la historia rusa, también nos encontramos con una gran escultura de Catalina la Grande. La emperatriz, que reinó durante 34 años, amplió considerablemente las fronteras del Imperio ruso y promovió importantes reformas culturales y educativas.

La estatua, realizada en bronce y de factura realista, se encuentra en el parque dedicado a su memoria. Su presencia resume perfectamente esa curiosa mezcla de referencias históricas que caracteriza a Transnistria: símbolos soviéticos conviviendo con personajes y referencias procedentes de la Rusia imperial.
Suvorov, el héroe a caballo
Nuestra siguiente parada es la plaza de Suvorov, uno de los espacios centrales de Tiraspol. La plaza está presidida por una imponente estatua ecuestre del general Aleksandr Suvorov, uno de los grandes militares de la Rusia imperial Suvorov fue célebre por sus victorias frente al Imperio otomano y por no haber sido derrotado en el campo de batalla. Su presencia en el centro de Tiraspol es otro ejemplo de esa singular combinación de símbolos zaristas y soviéticos que encontramos constantemente en Transnistria.

Las autoridades locales celebran aquí los principales actos oficiales, desfiles y conmemoraciones. La plaza constituye, por tanto, uno de los escenarios fundamentales de la vida pública de esta pequeña república.
Resulta paradójico contemplar un monumento dedicado a un general de la Rusia imperial en una ciudad que conserva tantos símbolos de la Unión Soviética. Pero, en realidad, esa contradicción es solamente aparente: la identidad transnistria contemporánea parece haber construido una síntesis propia entre el pasado imperial ruso, la herencia soviética y su actual vinculación con Moscú.
Un museo cerrado y dos tabernas soviéticas
Uno de los principales espacios culturales de la ciudad es el Museo Unido de Tiraspol, que reúne distintas colecciones relacionadas con la historia de la región. Sin embargo, durante mi visita, en un verano tórrido y abrasador, me encontré con sus puertas cerradas a cal y canto. De modo que, lamentablemente, no puedo dar cuenta de lo que guarda en su interior.
Para almorzar o simplemente tomar una copa, Tiraspol ofrece algunas curiosidades gastronómicas que encajan perfectamente con su particular atmósfera. Entre ellas destacan dos establecimientos de inspiración soviética: la Cantina URSS y el restaurante Back in USSR.
Las stolovayas, antiguas cantinas o comedores populares soviéticos, forman parte de esa estética que todavía sobrevive en la ciudad. En estos locales se puede disfrutar de comida tradicional a precios razonables, rodeado de una decoración que parece trasladarnos varias décadas atrás.
De los dos, recomendaría especialmente Back in USSR. Tiene una decoración bastante lograda, la comida es aceptable y los precios son razonables. La atención, eso sí, es pausada. Muy pausada. Pero forma parte, quizá, de la experiencia.
La estación, la última parada
Terminamos nuestro recorrido por Tiraspol en la estación de trenes de la capital transnistria. El edificio, tanto en su estructura exterior como en su decoración interior, conserva todavía buena parte del sabor de la época soviética y ha sido rehabilitado recientemente.
Es un lugar especialmente apropiado para terminar la visita. Desde allí, mirando las vías y el edificio de la estación, uno tiene la sensación de estar ante una película cuyo decorado pertenece a otra época.
Visitar Tiraspol y Transnistria es, en cierta forma, viajar hacia atrás en el tiempo. No se trata solamente de contemplar viejos monumentos soviéticos, tan abundantes en otras partes de la antigua URSS, sino de encontrarse con un territorio donde esos símbolos siguen formando parte de la identidad oficial y de la vida cotidiana.

Transnistria es un país que no aparece como tal en los mapas políticos del mundo, pero que existe para quienes viven allí. Tiene sus fronteras, sus instituciones, su moneda, sus símbolos y una memoria histórica propia. Quizá por eso resulte tan fascinante para el viajero.
En un continente donde las fronteras han cambiado tantas veces y donde las viejas identidades políticas parecen desaparecer con extraordinaria rapidez, Transnistria permanece como una anomalía histórica: un pequeño territorio perdido entre Moldavia y Ucrania donde el pasado se niega a morir. Y donde, al doblar cualquier esquina, la Unión Soviética todavía parece estar presente.
Ricardo Angoso es periodista y sociólogo




