No muy lejos de donde Donald Trump recibió con agasajos a Vladimir Putin para hablar de la Guerra de Ucrania, en plena Segunda Guerra Mundial, mientras el mundo miraba a Europa y al Pacífico Sur, una de las operaciones militares más sorprendentes y menos recordadas tuvo lugar en este extremo norte de América: la invasión japonesa de dos islas en Alaska.
Era junio de 1942 cuando tropas imperiales japonesas desembarcaron en Attu y Kiska, en el remoto archipiélago de las Aleutianas, convirtiéndose en la única ocupación de territorio continental estadounidense por una potencia enemiga desde la Guerra de 1812.
La operación no fue un acto aislado. Formaba parte de una estrategia más amplia que buscaba distraer y dividir a las fuerzas navales de Estados Unidos, justo en los días en que se libraba la crucial Batalla de Midway. El almirante Isoroku Yamamoto había diseñado una ofensiva doble: atacar Midway para golpear el corazón del poder naval estadounidense y, simultáneamente, avanzar sobre las Aleutianas para establecer bases avanzadas que amenazaran el flanco norte de Norteamérica.
La idea también respondía a un interés geopolítico: las Aleutianas, aunque inhóspitas y azotadas por tormentas, eran una cadena de escalas estratégicas que podrían servir para interrumpir rutas aéreas y marítimas hacia el Pacífico.
El 6 y 7 de junio de 1942, barcos de guerra japoneses se acercaron a las islas Attu y Kiska. La resistencia local era mínima: en Attu solo vivían un puñado de habitantes nativos aleutianos y un matrimonio estadounidense que administraba la estación meteorológica. Las tropas niponas desembarcaron sin encontrar oposición armada y rápidamente tomaron el control. En Kiska, el único destacamento estadounidense presente fue sorprendido y obligado a retirarse. La población local fue deportada por la fuerza, en muchos casos enviada a campos de prisioneros en Japón, donde las condiciones fueron durísimas.
La noticia de la invasión conmocionó a la opinión pública en Estados Unidos. El gobierno de Franklin D. Roosevelt la utilizó como prueba de que el territorio nacional no era invulnerable, y la propaganda militar instó a redoblar el esfuerzo bélico. Sin embargo, recuperar las islas no sería tarea fácil. El clima extremo, la niebla constante, los fuertes vientos y el mar embravecido dificultaban cualquier operación militar. La campaña para expulsar a los japoneses se convirtió en una lucha tanto contra el enemigo como contra la naturaleza.
Durante casi un año, las fuerzas estadounidenses y canadienses prepararon la contraofensiva. En mayo de 1943, comenzó la Batalla de Attu, un enfrentamiento feroz en un terreno helado y montañoso. Las tropas aliadas, mal preparadas para las condiciones árticas, sufrieron bajas no solo por el combate, sino también por congelación y enfermedades.
Los japoneses, siguiendo su doctrina de no rendirse, realizaron un ataque suicida final el 29 de mayo. Fue uno de los banzai más sangrientos de la guerra: cientos de soldados nipones murieron cargando contra las posiciones estadounidenses. La batalla dejó más de 3.000 bajas japonesas y alrededor de 1.000 estadounidenses.
La recuperación de Kiska, en agosto de 1943, fue peculiar. Cuando las tropas aliadas desembarcaron, se encontraron con un silencio inquietante: los japoneses habían evacuado la isla dos semanas antes, aprovechando la niebla para escapar sin ser detectados. Aun así, las minas, trampas y el clima cobraron vidas estadounidenses incluso sin que hubiera combate directo.
La campaña de las Aleutianas tuvo un valor militar limitado en el conjunto de la guerra, pero su significado histórico es profundo. Demostró que la geografía no garantizaba seguridad absoluta a Estados Unidos y puso de relieve la capacidad de Japón para proyectar poder a gran distancia. Además, para los habitantes aleutianos, significó un trauma prolongado: muchos fueron desplazados de sus hogares, sus aldeas fueron destruidas y su cultura quedó marcada por la guerra.
Hoy, más de 80 años después, las islas Attu y Kiska están deshabitadas y permanecen como monumentos silenciosos a una guerra que, por un breve y sorprendente momento, tocó el suelo estadounidense en uno de sus rincones más remotos. Entre la niebla, las colinas y las ruinas, aún reposan restos de artillería, bunkers y recuerdos de una invasión que la historia casi olvidó.
El drama humano de los aleutianos deportados
La invasión japonesa no solo alteró la geopolítica del Pacífico Norte; también dejó una profunda huella en las comunidades nativas aleutianas. En Attu, todos los residentes —unas 40 personas, en su mayoría de ascendencia aleutiana— fueron capturados y enviados como prisioneros de guerra a Japón. El viaje, en barcos de carga adaptados, duró semanas. Los prisioneros viajaban hacinados, con escasa comida y expuestos al frío extremo. Una vez en territorio japonés, fueron internados en campamentos improvisados, generalmente en zonas rurales, donde las condiciones eran precarias.
Las enfermedades —como la disentería y la tuberculosis— se propagaron rápidamente entre los cautivos. La desnutrición y el trabajo forzado agravaron la tragedia. De los 42 prisioneros aleutianos de Attu, al menos 16 murieron en cautiverio. Para quienes sobrevivieron, el regreso, tras la rendición japonesa en 1945, fue un proceso doloroso: muchas aldeas habían sido destruidas durante la guerra, y la vida comunitaria nunca volvió a ser como antes. El trauma psicológico y cultural se transmitió a las generaciones posteriores, convirtiendo la ocupación en una herida que tardó décadas en cicatrizar.
Aunque la narrativa estadounidense suele dominar el relato, Canadá jugó un papel crucial en la campaña de las Aleutianas. La participación se enmarcó en el compromiso mutuo de defensa continental que mantenían ambos países, reforzado por el temor a que Japón pudiera usar el archipiélago como trampolín para atacar la costa oeste de América del Norte.
El ejército canadiense envió cerca de 5.300 soldados, muchos de ellos pertenecientes a la 13.ª Brigada de Infantería y al Regimiento de la Columbia Británica. El entrenamiento previo fue apresurado, y las tropas tuvieron que adaptarse a un clima para el que no estaban equipadas: botas que no aislaban del frío, ropa inadecuada y armas que a veces se atascaban con la humedad de la niebla. En la operación para recuperar Kiska en agosto de 1943, los canadienses formaron parte de la fuerza de desembarco multinacional. Aunque no hubo combate directo debido a la evacuación japonesa, las bajas por accidentes, minas y el clima sumaron más de 300 muertos y heridos.
Tras la guerra, Canadá utilizó la experiencia de las Aleutianas para mejorar su entrenamiento y equipamiento en climas fríos, lo que tendría impacto en sus futuras operaciones militares. Sin embargo, para muchos veteranos, la campaña quedó en la memoria como una misión tan peligrosa como invisible para la opinión pública.
La invasión y posterior reconquista de las islas Aleutianas sigue siendo uno de los capítulos menos divulgados de la Segunda Guerra Mundial. En comparación con las batallas épicas del Pacífico Sur o de Europa, la campaña del Ártico norteamericano rara vez aparece en los libros de texto o documentales. Sin embargo, su relevancia es innegable: fue un recordatorio de que las fronteras podían ser vulneradas, de que las guerras modernas tenían alcance global y de que, incluso en los lugares más inhóspitos, la población civil podía verse arrastrada a la vorágine de un conflicto mundial.
Hoy, las ruinas en Attu y Kiska son visitadas ocasionalmente por historiadores, arqueólogos y veteranos. Entre el silencio del viento y la niebla, los restos de cañones oxidados, barracones derruidos y pistas de aterrizaje cubiertas de hierba recuerdan que, en aquel rincón remoto, se libró una guerra que unió a estadounidenses, canadienses y comunidades aleutianas en una misma historia de resistencia, sufrimiento y memoria.



