Por Samuel Morales, jefe del Estado Mayor de la Fuerza de Protección de la Armada
Rusia se encuentra en una encrucijada geoestratégica crucial, con varias opciones que moldean su papel en el escenario mundial. Por un lado, busca mantener su influencia en Eurasia, consolidando alianzas con países como China e India para contrarrestar el poder occidental. Al mismo tiempo, Rusia enfrenta desafíos en su periferia, especialmente en Ucrania y el Cáucaso, donde busca asegurar su esfera de influencia y evitar la expansión de la OTAN.
Además, está buscando fortalecer sus lazos con Oriente Medio, especialmente con países como Siria e Irán, para proyectar poder en la región y proteger sus intereses energéticos. Sin embargo, también enfrenta presiones económicas y políticas, especialmente por parte de la Unión Europea y los Estados Unidos, lo que limita su margen de maniobra. En última instancia, las decisiones que tome Rusia en los próximos años tendrán profundas implicaciones para el equilibrio de poder global.
Hace unos días la revista de política internacional Foreign Affiars publicó un profundo estudio, realizado por Stephen Kotkin, en el que se analizan cinco posibles escenarios geopolíticos de Rusia a futuro (Kotkin, 2024). Los cinco escenarios planteados por el autor van desde un escenario caracterizado por una relación de “vasallaje” de Rusia con China a otro caracterizado por una situación de caos interno. En este artículo expondremos brevemente los cinco escenarios planteados, así como reflexiones, a título personal, sobre cada uno de ellos.
El repóquer de escenarios posibles
El primer escenario planteado por Kotkin y que denomina Rusia como Francia es que Rusia, gracias a una tradición estatista y monárquica que perdura independientemente de la naturaleza de cualquier sistema político y que vive en las instituciones y la memoria como fuente de inspiración y advertencia. En Rusia, afirma el autor, el dominio de Moscú sobre el resto del país supera incluso al de París en Francia; de manera que muy pocos países tienen mucho en común con Rusia. Pero Francia tiene más que cualquier otro.
El segundo escenario es denominado el repliegue ruso. Este escenario se caracteriza por el análisis de determinados parámetros que situarían a Rusia en una posición de pérdida de predominio internacional debido a la crisis demográfica que padece y que no está siendo contrarrestada con aumentos de productividad. Rusia, expone Kotkin, ocupa casi el último lugar en el mundo en la escala y velocidad de la automatización en la producción: su robotización es solo una fracción microscópica del promedio mundial.
Incluso antes de que la guerra en Ucrania comenzara a afectar el presupuesto estatal, Rusia ocupaba un lugar sorprendentemente bajo en los rankings mundiales de gasto en educación. Según afirma el autor, en los últimos dos años, Putin ha renunciado voluntariamente a gran parte del futuro económico del país cuando indujo u obligó a miles de jóvenes trabajadores tecnológicos a huir del servicio militar obligatorio y la represión.
Aunque el sistema ruso ha demostrado ser resistente a la guerra y a las sanciones impuestas, la grave falta de inversión y diversificación, la crisis demográfica y el atraso tecnológico podrían obligar a los nacionalistas más duros, entre ellos muchas élites, a admitir que Rusia está en una trayectoria contraproducente. Kotkin afirma que muchos podrían haber llegado a la conclusión privada de que Putin confunde la supervivencia de su régimen personal con la supervivencia del histórico país como gran potencia.
El tercer escenario planteado sitúa a Rusia en una situación de “vasallaje” con China. Este escenario se fundamenta en el actual vínculo chino-ruso, que sorprende a muchos analistas conscientes de las espinosas relaciones entre Pekín y Moscú en el pasado; pero pone en valor que los dos países están totalmente alineados en las quejas de Rusia con respecto a la expansión de la OTAN y la intromisión occidental en Ucrania, donde el apoyo chino a Rusia sigue siendo crucial.
Según el autor del documento, a pesar de que China sigue comprando motores de aviones militares a Rusia, la dependencia va en la otra dirección. Las sanciones occidentales han acelerado la pérdida de la industria nacional de vehículos de Rusia a manos de China. Moscú tiene ahora una importante reserva de renminbi, que sólo puede utilizarse para productos chinos. Además, los dirigentes chinos han evitado por completo depender de Rusia para obtener energía o cualquier otra cosa. Por el contrario, China ya es el líder mundial en energía solar y eólica y está trabajando para desplazar a Rusia como el principal actor mundial en energía nuclear.
El cuarto escenario dibuja una Rusia encerrada en sí misma como Corea del Norte. A pesar de que Rusia y Corea del Norte son dos países que difieren notablemente entre ellos, Kotkin afirma que Rusia podría convertirse en una especie de Corea del Norte gigantesca: represiva a nivel nacional, aislada y transgresora internacionalmente, armada con armas nucleares y abyectamente dependiente de China, pero aún capaz de oponerse a Pekín, ya que diversos episodios durante los últimos años muestra el potencial de Moscú para avergonzar a Pekín sin sufrir consecuencias ya que en caso contrario podrían estar en riesgo el petróleo y el gas rusos, así como la cobertura parcial de China contra un bloqueo marítimo. Pero incluso si China ganara poco materialmente de Rusia, evitar que Rusia se volviera hacia Occidente seguiría siendo una prioridad de seguridad nacional de primer orden.
El último escenario plantea una Rusia sumida en el caos por causas hipotéticas pero plausibles tales como un colapso en el futuro cercano, un motín interno que se salga de control, una o más catástrofes naturales más allá de la capacidad de gestión de las autoridades, un accidente o sabotaje intencional de instalaciones nucleares, o la muerte accidental o no accidental de un líder. El autor afirma que países como Rusia, con instituciones corroídas y déficits de legitimidad, pueden ser susceptibles a cascadas en una prueba de estrés repentina.
En palabra de Kotkin, la federación podría desintegrarse parcialmente en regiones fronterizas volátiles como el Cáucaso Norte; Kaliningrado, una pequeña provincia rusa desconectada geográficamente del resto de la federación y situada entre Lituania y Polonia, a más de 400 millas de la propia Rusia, podría ser vulnerable.
Además, si el caos se apoderara de Moscú, China podría tomar medidas para recuperar las extensas tierras de la cuenca del Amur que los Romanov expropiaron a los Qing. Japón podría promulgar por la fuerza sus reclamaciones sobre los Territorios del Norte, que los rusos llaman las Kuriles del Sur, y la isla de Sajalín, que Japón alguna vez gobernó, y posiblemente parte del continente ruso del Lejano Oriente, que Japón ocupó durante la guerra civil rusa. Los finlandeses podrían tratar de reclamar el pedazo de Carelia que una vez gobernaron. Tales acciones podrían provocar un desmoronamiento general o ser contraproducentes al provocar una movilización masiva rusa.
Análisis de los posibles escenarios
Robert Kaplan afirma en su libro “El retorno del mundo de Marco Polo” que Rusia no necesita poner en marcha invasión alguna: le basta contar con una zona de influencia en el Internarium, algo que bien puede conseguir a base de minar la vitalidad democrática de los Estados de su borde territorial (Kaplan, 2019). Atendiendo a esta teoría se podría afirmar que, a menos que se sienta amenazada, Rusia probablemente no enviará sus tropas hasta los Estados bálticos, ni más adelante de lo que ya está en Georgia; pero impulsará su poder en Georgia, y en su período volátil no se puede descartar una nueva acción militar.
Por lo tanto y en línea con lo expuesto por Sergei Karaganov, un respetado analista de política exterior de la Escuela Superior de Economía de Moscú, la crisis actual en las relaciones ruso-estadounidenses se debe fundamentalmente a la expansión de la OTAN. La ruptura se debe a la negativa de Occidente a poner fin a la Guerra Fría de facto o de jure en el cuarto de siglo transcurrido desde el colapso de la Unión Soviética. En ese tiempo, Occidente ha buscado constantemente expandir su zona de influencia militar, económica y política a través de la OTAN y la UE. Los intereses y objeciones de Rusia fueron ignorados rotundamente. Rusia fue tratada como una potencia derrotada, aunque no nos veíamos a nosotros mismos como derrotados. Una versión más clasificada del Tratado de Versalles sobre reparaciones formales como las que enfrentó Alemania después de la Primera Guerra Mundial, pero a Rusia se le dijo en términos inequívocos que engendrara una forma de síndrome de Weimar en una gran nación cuya dignidad e intereses habían sido pisoteados (Kalb, 2015).
Así, podemos afirmar que la situación actual en las relaciones entre Rusia y Occidente es cualquier cosa menos fortuita. La historia europea demuestra, de manera bastante convincente, que el fracaso de la integración de un antiguo enemigo después de un conflicto, especialmente si se trata de una gran potencia, o al menos de hacer que se sienta seguro y tranquilo, da lugar a un nuevo conflicto a una generación de distancia. Mientras Rusia se mostraba «fuera de lugar», Occidente procedió a construir una «Europa entera y libre» sin Rusia, ampliando sus principales instituciones en la zona, la OTAN y la UE.
Según Dimitri Trenin, las quejas rusas contra sus socios occidentales se dividen esencialmente en dos categorías. La primera tiene que ver sobre todo con la negativa de Occidente a apreciar lo que Rusia hizo para poner fin a la Guerra Fría –desde permitir que Europa del Este «siguiera su propio camino» hasta sacudirse el comunismo y desmantelar la Unión Soviética en casa- junto con su fracaso a la hora de integrar a Rusia en su seno y de darle un estatus elevado allí. La segunda, sería la negativa de Occidente a tratar a Rusia como una gran potencia por derecho propio, con una esfera de intereses alrededor de sus fronteras e inmune a la interferencia occidental en sus propios asuntos (Trenin, 2016).
Esta afirmación de Trenin es sustentada en su obra por la reflexión de Robert Gates:
«Desde 1993 en adelante, Occidente, y en particular Estados Unidos, había subestimado gravemente la magnitud de la humillación rusa al perder la Guerra Fría y luego la disolución de la Unión Soviética, lo que equivalía al fin del Imperio Ruso de siglos de antigüedad. La arrogancia, después del colapso, de los funcionarios del gobierno, académicos, empresarios y políticos estadounidenses que les decían a los rusos cómo conducir sus asuntos nacionales e internacionales (sin mencionar el impacto psicológico interno de su precipitada caída del estatus de superpotencia) había llevado a un profundo y largo resentimiento y amargura».
Todas estas reflexiones llevan a un sexto escenario no planteado por Kotkin y que se basaría en una reducción de la tensión entre Estados Unidos y Rusia en aras de una gran estrategia Occidental de contención contra China. Estados Unidos podría asociarse con Rusia en una alianza estratégica para contrarrestar la influencia del China y así desviar su atención de la primera cadena de islas del Pacífico y de sus fronteras continentales. Impedir el aumento de la presencia naval china cerca de Japón, Corea del Sur y Taiwán, exigirá no solo que Estados Unidos establezca una relación amistosa especial con China; sino también que ejerza presión desde las bases próximas a Asia Central.
Un escenario que en la actualidad parece lejano pero que no solo significaría el retorno a un equilibrio internacional, sino que se ajusta más a diversas realidades geopolíticas que podrían no haber sido valoradas en su totalidad por Kotkin.
El mapa político y económico de Asia ilustra el complejo tapiz de la región. Comprende países industrial y tecnológicamente avanzados como Japón, la República de Corea y Singapur, cuyas economías y estándares de vida rivalizan con los de Europa; tres países de dimensión continental como China, India y Rusia; dos grandes archipiélagos (además de Japón): Filipinas e Indonesia, compuestos por miles de islas que flanquean las principales rutas marítimas; tres naciones antiguas con una población similar en número a la de Francia e Italia: Tailandia, Vietnam y Birmania; la inmensa Australia y la rural Nueva Zelanda, con poblaciones mayormente de ascendencia europea; y Corea del Norte, una dictadura familiar estalinista carente de industria y tecnología excepto por su programa de armas nucleares. Una gran población mayoritariamente musulmana prevalece en Asia Central, Afganistán, Pakistán, Bangladesh, Malasia e Indonesia, y existen minorías musulmanas cuantiosas en India, China, Birmania, Tailandia y Filipinas (Kaplan, La venganza de la geografía, 2015).
Ante esta realidad, no podemos obviar, tal y como afirma Tim Marshall, que Rusia no es una potencia asiática por muchas razones. Aunque el 75% de su territorio se encuentra en Asia, sólo el 22% de su población vive allí. Siberia puede ser el cofre del tesoro de Rusia que contiene la mayor parte de la riqueza mineral, el petróleo y el gas, pero es una tierra dura, congelada durante meses, con vastos bosques (taiga), suelos pobres para la agricultura y grandes extensiones de pantanos. Además, en las provincias situadas fuera del corazón de Rusia, gran parte de la población de la Federación Rusa no es étnicamente rusa y presta poca lealtad a Moscú, lo que resulta en un sistema de seguridad agresivo similar al de los días soviéticos (Marshall, 2015).
A diferencia de Rusia, China, un coloso demográfico cuya economía ha sido una de las más enérgicas a nivel mundial en las últimas tres décadas, está incrementando mucho más su influencia territorial mediante el comercio que mediante la coacción. La estabilidad de las fronteras continentales de China puede representar uno de los cambios geopolíticos más importantes en Asia en los últimos decenios, para ello China ha firmado tratados militares con Rusia, Kazajistán, Kirguistán y Tayikistán. Sin embargo, tal y como afirma Rober Kaplan, las tensiones en alta mar serán consecuencia de conflictos continentales, puesto que, China está llenando sus vacíos y eso la hará enfrentarse, a su debido tiempo, con Rusia e India (Kaplan, 2015). Una posibilidad que sin duda no ha pasado desapercibida a los estrategas rusos.
Otro escenario estratégico alternativo para Rusia, no planteada por Kotkin, estaría caracterizado por una recomposición de las relaciones con la Unión Europea y la creación de una alianza estratégica entre ambas entidades que inmediatamente trae a la mente una mezcla de las teorías geopolíticas de Halford John Mackinder y Nicholas John Spykman, ya que la alianza estratégica de estas dos entidades contendría elementos del Rimland de Spykman y del Hertland de ambos autores. Un escenario que haría surgir un nuevo polo estratégico en el hemisferio norte y que tiene su mayor valor en que a los europeos, Rusia, un vecino cercano con el que comparte el continente pero que es política e ideológicamente ajeno, nos niega la promesa de una Europa entera libre
Es importante tener en mente que el nuevo sistema transcontinental y transoceánico está surgiendo no sólo en Eurasia, sino también en el hemisferio norte, incluye a tres grandes potencias: Estados Unidos, China y Rusia. Una alianza estratégica entre la Unión Europea y Rusia, atendiendo a las sensibilidades de Rusia con respecto a su seguridad nacional, sumaria un nuevo actor a este sistema representado por la Unión Europea. La hipotética relación estratégica tendría que sustentarse, para ser mínimamente estable, necesariamente, en el principio básico de un equilibrio aproximado entre las grandes las dos entidades, un tipo de equilibrio que proporcionase protección y seguridad a todos los actores concernidos. Para ello será necesario crear una situación en la que todos los elementos clave estén esencialmente satisfechos de que su seguridad no se ve amenazada por ninguna de las otras grandes potencias.
Existe una versión política exportable en Rusia
Según Fiona Hill y Clifford G. Gaddy, dos magníficos analistas de la era Putin, la noción de que Putin es un oportunista, en el mejor de los casos un improvisador, pero no un estratega, es una lectura errónea peligrosa. Putin piensa, planea y actúa estratégicamente (Hill & Gaddy). Una afirmación que podría verse reforzada al analizar las situaciones históricas a las que ha hecho frente el presidente Putin.
Tim Marshall nos invita a imaginar, en su obra “Prisoners of Geography. Ten maps that tell you everything you need to know about global politics”, los cambios trascendentales a los que se ha enfrentado el líder ruso –en realidad, los que enfrentó cualquier líder– a finales del siglo pasado y principios del nuevo (Marshall, 2015):
- El fin de la guerra fría, que había enmarcado décadas de confrontación Este-Oeste desde finales de la década de 1940 hasta principios de la de 1990.
- La inesperada desintegración de la Unión Soviética, que condujo rápidamente a proclamaciones de independencia por parte de los antiguos satélites soviéticos en Europa del Este y, lo que es más importante, por parte de las antiguas repúblicas soviéticas desde el Báltico hasta Asia central.
- El colapso del comunismo como filosofía rectora, en todas partes excepto en Cuba.
- La caída del Muro de Berlín y la asombrosa reunificación de Alemania en el corazón de Europa.
Putin, además, entiende perfectamente que, entre los países del mundo, Rusia tiene una cualidad única: su élite gobernante y su pueblo rechazan enérgicamente la dominación del sistema internacional por parte de cualquier potencia. Y los rusos están dispuestos a contraatacar cuando vean que sus propios intereses están en peligro. Además, en lo que respecta a muchos rusos, influenciados por su contexto histórico, la democracia significaba desorden, si no caos.
Puede que no exista una ideología putinista elaborada, pero hay un documento que fue preparado por un grupo de expertos establecido por Germand Gref en 1999, justo antes del nombramiento de Gref como ministro de Desarrollo Económico. Aprobado por Putin, constituyó una plataforma para su campaña electoral y fue citado desde entonces en varias ocasiones. Comenzaba diciendo que Rusia está atravesando la mayor crisis de su historia y que todos sus recursos, políticos, económicos y morales, tienen que ser alistados para que un país unido sea capaz de superarla. El país necesita un nuevo sentido de misión, una nueva idea de Rusia.
Según Walter Laqueur, la mayoría de los países, incluso la mayoría de las grandes potencias, pueden existir sin una doctrina y una misión o destino manifiesto, pero no Rusia. Su doctrina o ideología tiene varios componentes: religión (la doctrina de la Iglesia Ortodoxa, la misión santa de Rusia, la tercera Roma y la Nueva Jerusalén), patriotismo/nacionalismo (con una inclinación ocasional hacia el chovinismo), geopolítica al estilo ruso, eurasianismo, el sentimiento de fortaleza sitiada y zapadofobia (miedo a Occidente, acuñado por el filósofo-ideólogo Nikolay Danilevsky como zapadnichestov, para el occidentalismo) (Laqueur, 2015).
Estos componentes han sido recogidos por el filósofo, analista y estratega político ruso Aleksandr Guélievich Dugui. Considerado por algunos como un camaleón político y por otros como un caso de confusión genuina, honesta y contagiosa con una mezcla de espectáculo e histeria. Los factores constantes en su ideología son el antiglobalismo, el antiliberalismo (siendo este el punto ideológico más importante), el antiamericanismo, el ocultismo, el eurasianismo, la geopolítica, la presencia de fuerzas secretas que dan forma a la política mundial y la difusión del mito de Rusia como gran potencia. Estas van acompañadas de creencias imperialistas, raciales, arianas y ocultistas que se expresan de manera eufemística y cuyo alcance sigue sin estar claro, estas creencias sí tienen consecuencias.
El mejor resumen breve de los objetivos del eurasianismo se puede encontrar en un artículo de Caspar Mayer titulado «Rostovtzeff y los orígenes clásicos de los eurasianimo», publicado en 2009 en una revista que trata de historia antigua y arqueología (Meyer, 2009):
Su programa contemplaba el régimen bolchevique como un cataclismo temporal pero necesario que allanaba el camino hacia un estado ideocrático paneuroasiático. La vasta zona ecológica de Eurasia condicionó a sus habitantes dispersos a reunirse bajo una autoridad central y a restaurar periódicamente un imperio estepario atemporal con cambiantes disfraces históricos. El imperio ruso era un sucesor natural del imperio mongol de Gengis Kan y tendía, al igual que su predecesor, hacia el antagonismo con el Occidente romano germánico. La Rusia post-bolchevique sería la máxima manifestación del «destino geopolítico» euroasiático y su liderazgo debería lógicamente ser confiado a aquellos que reconocieran la esencia y el papel providencial del país.
Por otra parte, en lo que se refiere a la política exterior de la nueva Rusia, la presentación de Rusia como potencia euroasiática pretende facilitar unas relaciones más estrechas con los pueblos túrquicos, tal vez también con el Lejano Oriente. Rusia sería una de las varias potencias de una gran coalición basada en una estrecha colaboración económica y política.
Toda esta estructura ideológica ha sido difundida a la sociedad rusa a través de los medios de comunicación. Cuando Dimitri Kiselyov fue nombrado en 2013 director del conglomerado Rossiya Segodnia (Russia Today), tenía como objetivo diluir la labor informativa de los medios estatales rusos en una nueva tarea: la elaboración de una ficción útil. Kiselyov saludó a su nuevo equipo con las palabras: “La objetividad es un mito” y fijó la nueva línea editorial: “El amor a Rusia” (Snyder, 2018).
Finalmente, una cosa que Vladimir Putin ha aprendido de la historia de las relaciones de Gorbachov y Yeltsin con Occidente es que nunca debe ser débil y nunca parecer débil. Esta actitud rusa encontró su formulación concisa en un polémico discurso de Putin en la Conferencia de Múnich en febrero de 2007. Su intervención fue un fuerte ataque contra la unipolaridad, es decir, Estados Unidos, que se había convertido en la única superpotencia que quedaba. Según el presidente Putin, con el pretexto de extender la democracia, Estados Unidos estaba utilizando la fuerza militar en todo el mundo, poniendo así en peligro la paz mundial.
Conclusiones
Cuando los analistas tratan de llegar a las raíces profundas de la realidad rusa, a menudo utilizan la famosa observación de Winston Churchill sobre Rusia, hecha en 1939: «Es un acertijo envuelto en un misterio dentro de un enigma», pero pocos llegan a completar la frase, que termina, «pero tal vez haya una clave. Esa clave es el interés nacional ruso». Siete años más tarde, Churchill usó esa clave para desentrañar su versión de la respuesta al acertijo, afirmando: «Estoy convencido de que no hay nada que admiren tanto como la fuerza, y no hay nada que tengan menos respeto que la debilidad, especialmente la debilidad militar».
Aunque sin duda Rusia es la más débil de las tres grandes potencias, desempeñará un papel fundamental en el sistema de equilibrios que surja en no solo en Eurasia, sino también en el hemisferio norte, lo que pondría en cuestión la afirmación de Henry Kissinguer de que, desde la Revolución francesa, Rusia ha desempeñado un rol único en los asuntos internacionales, ya que es parte del equilibrio de poder en Europa y en Asia, pero solo contribuye irregularmente al equilibrio del orden internacional (Kissinger, 2016).
Los temores de Rusia plateados por autores como Dimitri Trenin y Robert Gates, entre otros, se basan en hechos y tienen largas raíces en la historia y se fundamenta en el mito, comprensible pero peligrosamente engañoso, de que Estados Unidos ganó la guerra fría. Una aproximación mucho más cercana de la realidad sería afirmar que Estados Unidos había sobrevivido a la guerra fría, mientras que la Unión Soviética se había hundido en una crisis a la que no fue capaz de sobrevivir. Rusia es autoritaria y tiene una visión clara de sí misma como una potencia mayor.
La marca de autoritarismo que desarrolló Rusia se producido bajo unas condiciones históricas muy concretas y sería más un producto interno que uno de exportación. Además, su sistema económico dominado por el Estado no es un modelo para imitar; su ideología es nacionalista, no internacional; y su capacidad para infiltrarse en las sociedades occidentales es muy modesta. Rusia no parece tener la ambición de conquistar los estados miembros vecinos de la UE y la OTAN, arriesgándose así a una guerra con los Estados Unidos.
Una vez que se acepten los postulados anteriores, la Comunidad Internacional debería evitar caer en una profecía autocumplida y abordar nuevos escenarios posibles que pasarían por la instauración de una situación en la que todos los elementos clave estén esencialmente satisfechos de que su seguridad no se ve amenazada por ninguna de las otras grandes potencias. Escenarios como el aislamiento de Rusia o su caída en el caos, representan un riesgo demasiado alto para la paz mundial. Por otra parte, el escenario basado en el “vasallaje” con China supondría una amenaza permanente a la Unión Europea y a Estados Unidos que generaría situaciones de crisis de forma recurrente.
Bibliografía:
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Kaplan, R. D. (2015). La venganza de la geografía. Madrid: RBA.
Kaplan, R. D. (2019). El retorno del mundo de Marco Polo. Barcelona: RBA libros.
Kissinger, H. (2016). Orden Mundial. Reflexiones sobre el carácter de los países y el curso de la historia. Barcelona: Penguin Random House Grupo Editorial.
Kotkin, S. (18 de abril de 2024). The Five Futures of Russia. And How America Can Prepare for Whatever Comes Next. Obtenido de Foreign Affairs: https://www.foreignaffairs.com/russian-federation/five-futures-russia-stephen-kotkin.
Laqueur, W. (2015). Putinism. Russia and its future with the West. Nueva York: Thomas Dunne Books.
Marshall, T. (2015). Prisoners of Geography. Ten maps that tell you everything you need to know about global politics. Londres: Elliot and Thompson Limited.
Meyer, C. (2009). Rostovtzeff and the classical origins of Eurasianism. Anabases, 9, 185–198.
Snyder, T. (2018). El camino hacia la no libertad. Barcelona: Galaxia Gutemberrg.
Trenin, D. (2016). Should we fear Russia? Second Edition. Cambridge: Polity Press.



