María Paz García-Vera, catedrática del Departamento de Personalidad, Evaluación Psicología Clínica de la Universidad Complutense de Madrid y de la Academia de Psicología de España, sostuvo este jueves que comprender el sufrimiento de las víctimas de actos terroristas no solo es una cuestión clínica, sino también un compromiso ético y social que interpela al conjunto de la sociedad.
La suya se convirtió en una reflexión profunda, autocrítica y rigurosamente científica sobre el impacto del terrorismo en la salud mental. En su ponencia, pronunciada en el marco de las Jornadas sobre Psicología y Terrorismo, que acogió este jueves la Facultad de Psicología de la UCM, con la colaboración de la Fundación Víctimas del Terrorismo, la experta no eludió una dimensión incómoda: la responsabilidad colectiva. “Llegamos tarde todos”, afirmó, en referencia a la respuesta social e institucional frente al terrorismo durante décadas. Desde ese punto de partida, su discurso transitó entre la autocrítica generacional y la reivindicación del trabajo desarrollado posteriormente, especialmente en el ámbito de la psicología clínica aplicada a víctimas.
El eje central de su exposición fue el análisis de las consecuencias psicopatológicas del terrorismo, un fenómeno que, según subrayó, continúa siendo uno de los principales problemas a nivel mundial.

Lejos de enfoques simplistas, García-Vera, que es también miembro del Consejo Editorial de Delta13News, defendió la necesidad de abordar esta cuestión desde un prisma estrictamente científico, articulado en torno a tres pilares: el uso de evidencia empírica en la práctica clínica, la definición precisa de las secuelas psicológicas tras un atentado y la identificación de los conocimientos fundamentales que todo profesional debe manejar en este campo. Su planteamiento se inscribe en el modelo científico-profesional de la psicología, que integra de forma inseparable la investigación y la práctica clínica.
La ponente insistió en que la intervención con víctimas del terrorismo no puede basarse en intuiciones o aproximaciones genéricas, sino en datos contrastados. Recordó que, en los inicios, la falta de estudios específicos obligó a los profesionales a apoyarse en investigaciones sobre otros traumas, como accidentes, guerras o violencia doméstica. Sin embargo, acontecimientos de gran impacto, como los atentados del 11-S, en Estados Unidos, o los del 11-M en España, marcaron un punto de inflexión. A partir de entonces, se produjo un avance significativo en la investigación científica sobre víctimas del terrorismo, tanto en la identificación de trastornos como en el desarrollo de tratamientos eficaces.
Buena parte de ese conocimiento, explicó, procede de proyectos de investigación desarrollados durante años en colaboración con asociaciones de víctimas. García-Vera detalló el trabajo llevado a cabo por su equipo, que incluyó el contacto con miles de afectados en toda España, entrevistas diagnósticas en profundidad y la aplicación de tratamientos psicológicos basados en la evidencia.

Este enfoque permitió no solo ofrecer atención gratuita y especializada, sino también generar un cuerpo de datos único sobre la evolución de las víctimas, con seguimientos prolongados en el tiempo. El proyecto, que implicó desplazamientos por todo el territorio nacional, se convirtió en una referencia en el estudio del trauma derivado del terrorismo.
Uno de los aspectos más relevantes de la ponencia fue la diferenciación entre reacciones psicológicas normales y trastornos psicopatológicos. García-Vera explicó que, ante un atentado, las personas desarrollan respuestas que forman parte de los mecanismos naturales de supervivencia. Lejos de ser patológicas en un primer momento, estas reacciones, como la ansiedad, el miedo o la activación fisiológica, cumplen una función adaptativa. “Somos una especie que ha sobrevivido porque reacciona”, señaló, subrayando que estas respuestas permiten a los individuos enfrentarse a situaciones extremas.
Entre estas reacciones, destacó la hiperactivación, una respuesta que incrementa la capacidad de reacción ante el peligro y que ha sido clave en la evolución humana. También analizó la evitación, a menudo malinterpretada como negativa, pero que en determinadas circunstancias puede proteger al individuo de riesgos adicionales o de una sobrecarga emocional insoportable. Incluso fenómenos como los recuerdos intrusivos o las pesadillas, frecuentemente asociados al trauma, pueden tener una función adaptativa al facilitar el procesamiento de la experiencia vivida.

Sin embargo, la línea que separa lo adaptativo de lo patológico aparece cuando estas respuestas se prolongan en el tiempo o interfieren de forma significativa en la vida cotidiana. Es entonces cuando pueden derivar en trastornos como el estrés postraumático.
La ponente insistió en que no todas las víctimas desarrollan patologías, pero sí es fundamental identificar a quienes necesitan intervención especializada. En este sentido, subrayó la importancia de evaluaciones rigurosas mediante entrevistas diagnósticas estructuradas, consideradas el estándar de referencia en la práctica clínica.
La ponencia también abordó la amplitud del impacto del terrorismo, que trasciende a las víctimas directas. García-Vera recordó que los efectos psicológicos pueden extenderse a familiares, testigos, intervinientes e incluso a la población general. Evocó, en este sentido, la experiencia tras el 11-M en Madrid, donde estudiantes y profesionales que participaron en labores de apoyo psicológico también resultaron afectados por la intensidad de lo vivido. Este fenómeno pone de manifiesto que el terrorismo no solo causa daño físico o material, sino que deja una huella emocional profunda en el tejido social.
Las preguntas
Otro de los ejes del discurso fue la necesidad humana de encontrar sentido y control tras un atentado. La ponente explicó cómo las víctimas tienden a formular preguntas como “¿por qué a mí?” o a atribuirse responsabilidades que no les corresponden. Este mecanismo, vinculado al deseo de control, puede derivar en sentimientos de culpa que agravan el sufrimiento. Desde la psicología, uno de los retos consiste precisamente en ayudar a las personas a aceptar la incertidumbre y a comprender que, en muchos casos, los acontecimientos traumáticos carecen de una explicación racional o controlable.

En última instancia, la intervención de García-Vera ofreció una visión compleja y matizada del impacto psicológico del terrorismo. Frente a narrativas simplificadoras, defendió un enfoque basado en la evidencia científica, la comprensión de los procesos humanos y la necesidad de intervenciones especializadas.



