El teniente general Javier Calderón Fernández, exdirector del Centro Superior de Información de la Defensa (CESID) y una de las figuras más influyentes de la inteligencia española durante las últimas décadas del siglo XX, ha fallecido a los 95 años. Su desaparición pone fin a una trayectoria estrechamente vinculada a la evolución de los servicios secretos españoles y al proceso que desembocó en la creación del actual Centro Nacional de Inteligencia (CNI).
Nacido en Dosbarrios (Toledo) en 1931, Calderón ingresó en la Academia General Militar de Zaragoza en 1949 y desarrolló una extensa carrera en el Ejército de Tierra. Ocupó diversos destinos de responsabilidad, entre ellos la dirección de la Academia General Militar y la jefatura del Mando de Personal del Ejército. Su vinculación con el ámbito de la inteligencia se remonta a comienzos de los años setenta, cuando comenzó a desempeñar cometidos relacionados con la contrainteligencia y la seguridad del Estado.
En mayo de 1996, tras la llegada al Gobierno de José María Aznar, fue designado director general del CESID, un organismo que atravesaba una profunda crisis institucional después de varios escándalos y de las tensiones internas acumuladas durante los años anteriores. Calderón asumió el mando con el objetivo de reorganizar y profesionalizar la estructura del servicio, en una etapa especialmente delicada para la inteligencia española.
Su mandato, que se prolongó hasta junio de 2001, estuvo marcado por numerosos episodios controvertidos, entre ellos las consecuencias del caso de las escuchas ilegales, las disputas entre distintas corrientes internas del organismo y el debate sobre la necesidad de modernizar y reforzar los mecanismos de control de los servicios de información. Aquellos años coincidieron además con el proceso de transición que culminaría en 2002 con la desaparición del CESID y la creación del Centro Nacional de Inteligencia.
Calderón fue también una figura ligada a algunos de los capítulos más sensibles de la historia reciente de España. En 1981 ejercía como secretario general del CESID cuando se produjo el intento de golpe de Estado del 23 de febrero. Su papel durante aquellos acontecimientos fue objeto de análisis y controversias durante décadas, aunque nunca se derivaron responsabilidades penales contra él. Años después, el propio militar defendió públicamente que el fracaso del golpe se debió a la improvisación de los sublevados y al rechazo mostrado por el rey Juan Carlos I.
Su salida del CESID abrió paso al diplomático Jorge Dezcallar, el primer civil en ponerse al frente de los servicios de inteligencia españoles, un cambio que simbolizó una nueva etapa en la estructura del espionaje nacional. Calderón quedó así como el último militar que dirigió el organismo antes de su transformación definitiva en el CNI.
La figura del teniente general Javier Calderón ha sido valorada por algunos sectores como la de uno de los responsables de la profesionalización de los servicios de inteligencia en España, mientras que otros recuerdan las polémicas y enfrentamientos internos que acompañaron buena parte de su trayectoria. Con su fallecimiento desaparece uno de los últimos protagonistas de una generación de mandos que vivió desde dentro la transición de los servicios secretos desde la etapa de la Transición hasta su adaptación al modelo actual de seguridad e inteligencia del Estado.



