Selva Orejón (en redes sociales @selvaorejon) es perito judicial especializado en Reputación, Identidad digital y Ciberinvestigación. Es licenciada en Ciencias de la Comunicación por la Universitat Ramon Llull y Diplomada en Business Organization and Environment, University of Cambridge, e Inteligencia al Servicio del Estado y la Empresa, Posgrado en Psicoterapia centrado en la persona por la Universitat de Barcelona. Precisamente, actualmente, ejerce como profesora en la Universidad de Barcelona en el Máster de Ciberseguridad, impartiendo Ciberinteligencia – OSINT, y en la Escuela de Policía de Catalunya, (Ciberinvestigación y Protección de la identidad digital).
Entre otros galardones es Premio 2023 Woman in Business categoría empresaria senior, Premio DONATIC 2022 a la empresaria del Año de la Generalitat de Catalunya y Premio ISACA 2025 Barcelona Chapter Joan Barceló – “Best Rated Panelist”.
Su empresa, OnbrandinG cumple más de 19 años especializada en gestión de crisis de reputación online para empresas, instituciones públicas y celebridades, así como ciudadanos anónimos con recursos. Cuenta con sede en Barcelona y Las Palmas de Gran Canaria, dando servicio a nivel internacional y, como ella misma subraya, tiene el “privilegio” de dar clase de las mismas especialidades a la Policía de Israel, y en el Consejo General del Poder Judicial.
OnbrandinG nació en un momento en el que la reputación digital no era aún una prioridad estratégica. ¿Qué vio entonces que otros no supieron anticipar?
Vi algo que, visto en perspectiva, parece evidente, pero entonces no lo era, que internet no iba a ser un canal más, sino un entorno de identidad. La mayoría de organizaciones ni lo leían como un escaparate, aún no era un sitio donde exhibirse, y yo lo entendí como un territorio donde se construye, se erosiona y se redefine quién eres como organismo, además de generar identidad, por supuesto si eres un personaje público o un líder empresarial, debes tener conocimiento a tiempo real y controlar no solo el escudo reputacional sino las posibles filtraciones de contenido. Anticipé que la reputación digital acabaría impactando en decisiones de negocio, en resoluciones judiciales, en relaciones personales y en seguridad. Y que sería profundamente asimétrica, una sola narrativa bien amplificada puede desestabilizar estructuras muy sólidas. Diecinueve años después, esa asimetría sigue siendo la clave para entender por qué una crisis reputacional escala tan rápido.
Tras más de 20 años trabajando en ciberinvestigación y gestión de crisis, ¿cómo ha evolucionado el perfil del ataque digital y qué tipo de amenazas son hoy más sofisticadas o peligrosas?
Hemos pasado de ataques reactivos y bastante rudimentarios a operaciones estructuradas, persistentes y con lógica estratégica. Antes predominaba lo visible, la campaña de difamación, una web que vertía contenido de desprestigio, un correo filtrado. Hoy lo sofisticado es lo invisible, campañas de desgaste reputacional sostenidas en el tiempo, identidades sintéticas infiltradas en comunidades profesionales, automatización de acoso mediante redes de perfiles fraudulentos, manipulación narrativa por capas. Y por supuesto también en el ámbito público, con campañas que provienen de intereses contrarios a España.
Lo más peligroso no es el vector técnico aislado, sino la combinación de vectores psicológico, social, mediático y tecnológico, actuando de forma coordinada, y hago especialmente hincapié en ello porque va en aumento, y la incomodidad emocional aún más, lo veremos en unos años. La inteligencia artificial ha multiplicado exponencialmente la capacidad de escalar daño con muy pocos recursos, y eso ha democratizado amenazas que antes solo estaban al alcance de actores con mucha infraestructura.
Para los próximos meses, me atrevo a decir que menos de un año, la criptografía post cuántica va a cambiar el sector de la ciberseguridad, de hecho, de la seguridad en general y de muchos más sectores, será transversal. Será especialmente relevante para los organismos que quieran cooperar y llegar a acuerdos con instituciones públicas, marcará la diferencia entre quienes estén preparadas y las que no. Promete como consecuencia reducir el número de incidentes de ciberseguridad.
Su trabajo combina tecnología, inteligencia y comunicación ¿Hasta qué punto la gestión de una crisis digital es más psicológica que técnica?
Una crisis digital puede tener muchos orígenes, pero también es importante diferenciar entre cuáles son las organizaciones objetivos. Diría que en torno al 70% es psicológica, la técnica es imprescindible, sin cadena de custodia, sin OSINT riguroso, sin tener claro el límite legal, aquellas acciones que solo pueden realizar detectives privados en España. Por otro lado, sin peritaje válido y bien ratificado en sede judicial no hay gestión posible, pero no es lo que determina el desenlace. Una crisis digital se juega en el terreno de la percepción, del relato, de los sesgos cognitivos y del comportamiento colectivo.
Puedes neutralizar el ataque técnico y, si no has entendido cómo piensa la audiencia, cómo se propaga la desinformación o en qué estado emocional está la persona, el equipo afectado y cada uno de sus miembros, la crisis sigue viva. Realicé el posgrado en Psicoterapia centrada en la persona por la Universitat de Barcelona, auspiciado por el Institut Carl Rogers, que a primera vista no encaja en este sector, pues a día de hoy, es una de las herramientas que más utilizo. Gestionar bien implica entender a la vez sistemas técnicos, pero también emociones, del propio equipo, de los clientes y del sector.
OnbrandinG trabaja tanto con grandes empresas, instituciones públicas, como con ciudadanos anónimos o incluso testigos protegidos. ¿Qué diferencias encuentra en la gestión de estos casos y qué le han enseñado sobre la vulnerabilidad digital?
La principal diferencia está en los recursos y en la exposición, pero la vulnerabilidad es transversal y por supuesto internacional. Las grandes empresas tienen mayor capacidad de respuesta y protocolos, aunque también una superficie de ataque enorme y cadenas de decisión lentas. Los ciudadanos anónimos y especialmente los testigos protegidos tienen menos herramientas, llegan tarde y suelen enfrentarse a esto en el peor momento de su vida.
Trabajar con perfiles tan dispares me ha enseñado que la identidad digital es frágil para todos, sin excepción, y que el impacto emocional en personas sin estructura suele ser mucho más devastador, porque no cuentan con un entorno preparado para absorber el golpe. También me ha enseñado algo incómodo, la exposición no es una elección, es una condición.
Usted ha colaborado con cuerpos policiales y el ámbito judicial ¿Cree que las instituciones están preparadas para responder al ritmo al que evolucionan los delitos digitales?
Hay avances notables, y lo digo con conocimiento de causa porque colaboramos desde hace muchos años con la Escola de Policia de Catalunya, con el Consejo General del Poder Judicial y con cuerpos de Seguridad del Estados dentro y fuera de España.
Pero el ritmo de adaptación institucional sigue siendo más lento que el de la amenaza. No es una cuestión de capacidad técnica ni de voluntad; es un problema estructural, los delitos evolucionan en semanas y los marcos institucionales en años. Aun así, cada vez hay más sensibilidad, más formación especializada y, sobre todo, más colaboración público-privada, que para mí es la única vía realista de cerrar esa brecha.
El juez, el fiscal o el policía que hoy gestiona un caso de ciberdelincuencia compleja necesita formación continua, y ahí en las universidades y en las escuelas oficiales estamos jugando un papel muy relevante.
En un contexto de desinformación, deepfakes y campañas de desprestigio organizadas ¿estamos entrando en una nueva era de ‘guerra reputacional’? ¿Quiénes son hoy los principales actores de ese escenario?
Ya estamos dentro de esa era, no es un escenario futuro. Es el presente y según como el pasado casi. La reputación se ha convertido en un activo estratégico, y todo activo estratégico acaba siendo un objetivo. Los actores son múltiples y heterogéneos, estados que operan campañas de influencia, lo hemos visto con desinformación pro Kremlin dirigida a lenguas minoritarias en España, grupos organizados con motivación económica, competidores, activistas y también individuos con capacidad de amplificación.
Por supuesto ocurre en todos los estados, no solo en el nuestro ni solo proviene de un Estado concreto, lamentablemente es una forma más de manipulación que por supuesto ahora es más digital, porque todo es más digital. Lo realmente disruptivo es que las barreras de entrada han caído a mínimos históricos. Hoy cualquiera, con una suscripción de 20 euros al mes a una herramienta de IA generativa, y menos, puede producir contenido creíble y escalarlo. Eso cambia completamente las reglas del juego reputacional y obliga a pensar la defensa en términos de inteligencia, no solo de comunicación.
Desde su experiencia ¿cuál es el error más común que cometen empresas o figuras públicas cuando sufren una crisis de reputación online?
Reaccionar tarde y mal enfocadas. El patrón se repite, se intenta negar, minimizar o controlar el mensaje antes de haber entendido qué está pasando realmente. Falta diagnóstico y sobra impulso reactivo. El segundo error más habitual es no tener protocolos previos, lo que obliga a improvisar en el momento crítico, y en reputación, improvisar siempre sale caro, y sale mal. El tercero, más sutil, es confundir silencio con prudencia, hay momentos en los que no decir nada es la peor decisión posible, y otros en los que hablar de más prolonga la crisis semanas. Distinguir entre ambos requiere diagnóstico, no solamente instinto.
Mirando al futuro, ¿cómo imagina la protección de la identidad digital dentro de 10 años y qué papel jugarán la inteligencia artificial y la automatización en este ámbito?
Imagino una protección mucho más proactiva y anticipatoria. Pasaremos de reaccionar ante incidentes a monitorizar en tiempo real riesgos, narrativas y amenazas antes de que se materialicen. La inteligencia artificial será decisiva tanto en el ataque como en la defensa, lo que nos obligará a desarrollar sistemas híbridos donde la supervisión humana siga siendo esencial, porque el criterio, el contexto cultural y la responsabilidad ética no se delegan a una máquina. Veremos también más trazabilidad de contenidos, sistemas de verificación de origen y marcos regulatorios más maduros.
Pero el reto más importante no será tecnológico, será cultural, aprender a convivir con un entorno donde no todo lo que vemos es fiable, y educar a ciudadanos, empresas e instituciones para operar en esa incertidumbre sin caer ni en la paranoia ni en la ingenuidad.



