32.9 C
Madrid
miércoles, julio 29, 2026

Sufrimiento, tecnología y política. Más allá de lo humano

Debe leer

Si nos permitimos escuchar, la vida nos sugiere a menudo paradojas y situaciones estimulantes: puzzles existenciales que, lejos de tener una respuesta correcta, nos ayudan a ubicarnos en el mapa e ir eliminando dragones de nuestro paso. En este caso, se plantea la complicada relación de la tecnología con la ética, de lo históricamente humano con lo futuro y de la filosofía existencialista con aquella centrada en lo biofísico. Estos contrastes nos permitirán observar cómo están trenzadas cuestiones que barremos hacia dentro como el sufrimiento o la toma de decisiones con otras mayores como la libertad o la política global.

Hay loci communes que han acompañado al ser humano desde tiempos ancestrales: sería realmente interesante saber desde qué momento — biológico, evolutivo, antropológico—  los homínidos lloran por el amor y por la pérdida, o se les encoge el pecho por el paso de los años. A menudo se habla de los enterramientos más tempranos descubiertos, que datan del Paleolítico Medio, como la evidencia arqueológica de la respuesta al terror existencial por aquel ser humano primerizo.

Hay un vídeo realmente emotivo del Dr. Dough Larson, quien creó y entonó una canción sobre el último neardenthal que viviese hace 28.000 años en la cueva de Gorhams, Gibraltar. Allí donde se encontraron los últimos restos conocidos de esta especie, desde la misma cueva, él cantó sobre los que serían sus lamentos. Es difícil no emocionarse escuchándola, ya que trata de estos temas comunes como son la soledad, la agonía, el legado, el abismo, el miedo.

Lo cierto es que nuestra especie ha respondido de diferentes maneras a lo largo de la Historia y de la Geografía a estas preocupaciones primarias como el sufrimiento o la muerte. Por ejemplo, en el caso extremo del suicidio, según el país y el momento histórico, ha tenido una consideración social diversa: desde tratarse como un acto criminal y legalmente castigado, a considerar como una obligación social por honor y honra familiar. De fondo, estas preocupaciones o loci communes se han mantenido intactos a las leyes de la física: solo hay que echar un breve vistazo a la literatura para ver que el mismo sufrimiento ha sido una constante imposible de despejar de la misteriosa ecuación humana.

Según la base psicológica de la terapia cognitivo-conductual, “no sufrimos por lo que pasa, sino por cómo lo interpretamos”: es decir, el error estaría en nuestra forma de procesar la información. Para el budismo, a grandes rasgos, el origen del sufrimiento o la insatisfacción radicaría por su parte en el deseo. En su “Carta a la madre naturaleza”, el filósofo transhumanista Max More expondrá que “somos un sistema operativo de hace 50.000 años ejecutando software del siglo XXI”.

Así, argumenta que mientras nuestro sistema está aún diseñado para la supervivencia, nosotros estamos ya buscando objetivos bastante más sofisticados como la civilización global o la propia felicidad. Por esto, dado que la evolución es lenta, el ser humano debe someterse a una “actualización” mediante la tecnología, donde mejore y expanda los límites que le han sido naturalmente impuestos.

Mejorado por la tecnología y guiado por la razón, el transhumanismo defiende la transición de lo humano hacia lo posthumano, un nuevo estado del ser imposible de comprender por nuestros cerebros actuales, donde se habrían extendido sus límites naturales: el envejecimiento, la fragilidad biológica, las limitaciones cognitivas así como físicas y sensoriales, el sufrimiento involuntario y el control emocional… Para los defensores del transhumanismo, a través de la edición genética, la neurotecnología y la medicina regenerativa — entre otros métodos de la técnica — estos objetivos se encuentran cada vez más cerca: y no hay dudas bioéticas o tecnoéticas sobre si debe hacerse o no tan solo estimaciones sobre cuándo se alcanzarán su objetivo.

¿Cuál es su objetivo? El transhumanismo ha sido definido por uno de sus principales defensores, David Pearce, cofundador de la World Transhumanist Association, como “la aplicación de la tecnología para eliminar el sufrimiento en toda la vida sintiente, mediante la reingeniería genética y la neuroquímica, buscando lo que se llama ‘ingeniería del paraíso’.” No es difícil relacionar los objetivos o límites a controlar mencionados con las preocupaciones o temáticas comunes al ser humano que observábamos anteriormente en los neardenthales de las cuevas de Gibraltar: el paso del tiempo, la memoria y el legado, el sufrimiento, el miedo, el desbordamiento emocional…

Recuerda de forma inevitable al existencialismo, donde encontramos a autores humanistas como Albert Camus y su retrato del Absurdo del ser. De alguna manera, en su conocido ensayo del “Mito de Sísifo”, se aborda la cuestión de la existencia desde una perspectiva bastante diferente a la de Pearce del sufrimiento humano. Camus denomina el Absurdo a esa distancia entre nosotros, que anhelamos un universo con orden, racional y justo, y la verdadera indiferencia del cosmos: el mundo permanece impasible a nuestras circunstancias, nada tiene un sentido intrínseco, y al final, todos morimos.

Como consecuencia, Camus busca el sentido en la propia actitud y en la rebelión espiritual, en la aceptación del absurdo, en la creación libre del propio camino y en el trenzar experiencias en el presente en esta corta vida que nos es dada. “No hay sol sin sombra, y es necesario conocer la noche” —  escribe. No se trata pues de no sufrir, sino de aceptar lo que es, y buscarle un sentido desde la consciencia.

Si bien el transhumanismo rechaza también la fe en dogmas u órdenes religiosos superiores, encontramos que su base filosófica es bien distinta a la de Camus. El transhumanismo, a pesar de considerarse “humanista” de nombre, de rechazar los dogmas y religiones y considerar como guía universal la razón, no parte del valor intrínseco de lo humano ni busca potenciarlo: por lo contrario, tiene sin quererlo su propio “pecado original”: nos considera inadecuados e imperfectos y necesitamos superarnos con la ayuda de la tecnología. Y es que, como se ha comentado, estima que nuestro “sistema operativo” precisa de actualizaciones, y que el ser humano debe trascender hasta transformar su naturaleza en otra distinta, muy superior. ¿Es esto acaso humanista? ¿No inaugura una nueva filosofía tecnológica o incluso una ideología? Ni siquiera de trata de una filosofía científica, ya que la ciencia aboga por la búsqueda del conocimiento puro. La tecnología es instrumental y busca resolver problemas concretos: está al servicio del deseo humano.

Otro rasgo importante es que filósofos como Camus o las terapias como la cognitivo-conductual hablan de gestionar y de aceptar el sufrimiento: pero el transhumanismo pretende eliminar el sufrimiento por completo. La pregunta es: ¿Viviríamos mejor realmente si dejásemos de sufrir?  Asaltan dos cuestiones fundamentales. La primera trata de que el sufrimiento no parece ser  un mecanismo venido a nuestro cuerpo como un “error de diseño” que tengamos que apagar. El sufrimiento es muchas veces ya no solo un mecanismo de defensa, sino también un motor que nos incomoda, nos pica y nos lleva a cambiar de posición y de perspectiva, a mirar donde no queremos mirar y resolver asuntos hasta que pare de molestar. El sufrimiento nos ayuda a evolucionar, y aunque a corto plazo pueda ser doloroso, a medio y largo plazo y nos aporta, en la mayoría de casos, satisfacción.

En segundo lugar, el sufrimiento es una manifestación de nuestra libertad individual. Para Jean-Paul Sartre, el sufrimiento está fuertemente relacionado con la responsabilidad de haber nacido seres libres. Es el vértigo de saberse uno libre y en consecuencia no ser sino el producto de sus actos. En este sentido y sin necesidad de llevarlo hasta tal extremo, sufrimos sabiendo que podemos elegir, porque no somos autómatas y porque somos conscientes de que algunos sucesos dependen de nuestras acciones más básicas. A su vez, elegir duele, porque hacerlo asesina el resto de posibilidades y nos compromete con una sola. Así, es lógico considerar que en el momento en que perdiésemos el vínculo con nuestro sufrimiento, comenzaríamos a dejar de comprometernos con nuestras decisiones, de forma que consecuentemente perderíamos responsabilidad y perderíamos libertad.

En esta lógica puede comenzarse a sentirse de qué forma se vincula la política con el transhumanismo. Añadiremos a continuación que de los imperativos de esta filosofía es el uso de la biotecnología, la ingeniería genética y la nanotecnología para eliminar el sufrimiento de toda la vida sintiente (humanos y animales). Para los transhumanistas como Pearce, el sufrimiento es una “barbaridad biológica” que generaciones futuras observarán con el horror que nosotros vemos una cirugía sin anestesia. Los métodos pasan por la eliminación de genes del dolor utilizando CRISPR-CAS9 para replicar variantes como SC9A o FAAH-OUT, que hacen que las personas no sientan el dolor físico o ansiedad. Otros métodos son también neurofármacos de precisión, que modulen estados específicos, interfaces cerebro-computadora (BCI) como los realizados por la empresa Neuralink, o nanotecnología molecular (nanobots en el torrente sanguíneo) entre otras.

En la línea de lo comentado con Sarte, cuando imaginamos algo mejor a lo que tenemos nos genera frustración, ya que sufrimos por lo que nos falta, y eso, a su vez, nos impulsa a cambiar las cosas: La libertad nace de la posibilidad de crear algo distinto. En el sentido opuesto, la anestesia del sufrimiento nos desvincula del compromiso con nuestras decisiones, perdiendo libertad en el proceso. Un ejemplo muy visual comprendería el de una persona que sintiese un alto descontento político y participase en manifestaciones y actos contra el Gobierno, pero cuyos niveles de bienestar emocional comenzasen a ser  regulados tecnológicamente. Es difícil imaginar que, una vez su sufrimiento estuviese controlado, esta persona mantuviese su compromiso en la causa política, ya que se desvincularía del enfado y de todo aquello que le provoca sufrimiento. ¿No estaría perdiendo libertad, decisión e incluso autenticidad? ¿Qué diría nuestro mencionado Camus sobre el camino vital de esta persona? ¿Sería una felicidad “obligatoria” realmente libre?

Otra cuestión de relevancia política comprende las lógicas de poder de estas tecnologías. Los aumentos o mejoras podrían configurarse como un privilegio en la configuración de élites tecnológicas, creando un nuevo sistema de castas en un orden mundial distante al que conocemos. Por otro lado, si hablásemos de una “democratización del bienestar”, es necesario plantear quién va a centralizar el control: quién va a decidir cómo se siente la población y cuándo lo siente: ¿Serán los usuarios, las empresas, los Estados? ¿Cómo se protegerán y almacenarán todos esos datos de alta sensibilidad relacionados con cómo se siente, piensa y es cada individuo? Surgen dudas respecto a los usos ilícitos, comerciales e incluso hackeos o secuestros de nuestra biodata más profunda.

En esta línea, si una parte de la población comienza una transición transhumana, surgirá la convivencia entre humanos y aumentados, y como en toda convivencia, surgirán conflictos. Según el transhumanismo, su filosofía está guiada exclusivamente por la razón, y no hay que temer a que sus valores sean diferentes a los humanos, Según filósofos transhumanistas como Nick Bostrom,  anticipan que lo más probable es que se trate de una moral más profunda y revisada, ya que compartimos la misma raíz. Esto resulta contradictorio, ya que en el mundo convivimos millones de personas con conflictos constantes que nos hemos criado compartiendo más que raíces. Además, la supuesta superioridad arrogada por el transhumanismo, que se considera una versión actualizada y mejorada sin tapujos del humano, no ayuda a confiar en una gestión de conflictos donde vayan a valorarse ambas vidas, opiniones o sentidos de forma equivalente.

Llegados a este punto, hay grupos denominados como “bioconservadores” por los transhumanistas que destacan la necesidad de no avanzar hacia una sociedad de este calibre en pos de defender a la especie y la esencia humana tal y como la conocemos. Quedando esta discusión fuera del marco de este escrito, finalizaremos  con el hilo del sufrimiento humano y su vinculación con la libertad y la política.

El transhumanismo argumenta que su pilar más sólido es la razón y su contraargumentación para defender que no traerá estos conflictos, problemas sociales y demás se basan en que las decisiones en las mejoras realizadas en los humanos se tomarán de forma racional. Este es un punto crítico de esta filosofía tecnológica, ya que ¿podemos defender que el ser humano decide de forma racional? ¿Y, más exactamente, lo hace sobre su propio beneficio y bienestar? En este punto y llegando al nadir del escrito, cabe rescatar las bravas palabras de Fiódor M. Dostoievski en “Apuntes del subsuelo”, en tanto a la elección racional o irracional del hombre.

(…) Este caballero le explica inmediatamente, con elegancia y claridad, cómo debe actuar exactamente de acuerdo con las leyes de la razón y la verdad. Es más, le hablará con emoción y pasión de los verdaderos intereses normales del hombre; con ironía reprenderá a los tontos miopes que no comprenden sus propios intereses, ni el verdadero significado de la virtud; y, al cabo de un cuarto de hora, sin ninguna provocación exterior repentina, sino simplemente por algo que es más fuerte en su interior que todos sus intereses, se irá por otro camino, es decir, actuará en oposición directa a lo que acaba de decir sobre sí mismo, en oposición a las leyes de la razón, en oposición a su propio beneficio, de hecho en oposición a todo. (…) El hecho es, señores, que parece que realmente debe existir algo que es más querido por casi todos los hombres que sus mayores ventajas, o (para no ser ilógico) hay una  ventaja más ventajosa (…)

Como dijo Camus, “no hay sol sin sombra, y es necesario conocer la noche”. ¿Existir sin conocer el sufrimiento nos haría mejores seres? ¿Necesitamos ser más conscientes para ser felices y vivir con pasión como diría Sartre, o un caminar adormecido pero suave nos vale? ¿Cuánto valoramos vivir libre y responsablemente? ¿Sufrir pero comprometernos? ¿Fracasar pero implicarnos?

El sufrimiento, el envejecimiento, la muerte… Llevamos siglos inventando ocurrencias para aprender a convivir con ellos, e intentar escondernos de sus garras no es nada nuevo. Al final, algo común a todas las épocas, es que acabamos retratando sus rostros como mejor podemos y nos dejamos emocionar por cómo los demás los retratan.

Raquel Pérez Hernández (Olé Libros 2023, Aliar Ediciones 2025) es escritora y poeta. Estudiante del Máster en Seguridad, Defensa y Geoestrategia y especializada en análisis y espacio, pertenece a la XXXV promoción del Curso de Operaciones de Paz de la Escuela de Guerra de Ejército de Tierra. Destaca por su preparación operativa como competidora y medallista nacional e internacional en diversas disciplinas de lucha.

spot_img

2 COMENTARIOS

  1. Extraordinario artículo. En cierto sentido el sufrimiento sería el motor de la evolución, tanto física como cognitivo/mental. El ser humano es el más inadaptado de los seres vivos y por lo tanto, el más adaptable, con lo que el potencial de evolución es casi infinito. Y el sufrimiento, sin duda, es el motor. Felicidades!

Publicidad

spot_img

Última Hora

Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.

Aquí puede consultar nuestra Aviso Legal y Política de Privacidad