¿Qué cambios pueden producirse en el mundo con la llegada al poder de Donald Trump? La gran pregunta.
Las elecciones USA no han dado ninguna sorpresa, pese al machacón interés de los media norteamericanos y de medio mundo por hacer presidenta a Kamala Harris. Las circunstancias de su mandato como vicepresidenta en la Administración Biden y la premura de las circunstancias para convertirla en candidata no presagiaban nada bueno. Recordemos que el primer debate de Biden contra Trump en televisión, allá por finales de junio, dejó de manifiesto las limitaciones del Presidente en ejercicio para presentarse a la elección como candidato, y el partido decidió sustituirlo.
En una rápida maniobra del aparato del partido, antes de que otros factores pudieran intervenir, Kamala Harris fue investida como oponente de Donald Trump. Desde el principio se vio, a pesar de la ceguera o fanatismo de los partidarios de Harris (con todo el poder mediático estadounidense a su servicio, el movimiento Woke, el movimiento LGTBI+Q, la progresía de Hollywood y el reflejo de estos movimientos en Occidente), que la candidata era de peso ligero frente a las propuestas y experiencias de un tiburón político como Trump. Nadie ha podido salvar al Partido Demócrata, y el Presidente Electo podrá disfrutar, al menos durante los dos primeros años de su mandato, de una mayoría cómoda en ambas cámaras: la de Representantes y el Senado. Recordemos que cada dos años existen elecciones de medio mandato, que renuevan la totalidad de la Cámara de Representantes y ⅓ del Senado. Estas elecciones pueden alterar las mayorías existentes.

El 20 de enero del próximo año terminará la presidencia de Biden y comenzará el segundo mandato de Trump, tal como lo contempla la ley: un presidente electo puede disfrutar de dos mandatos tras ganar las correspondientes elecciones. Los períodos pueden ser consecutivos o no, siendo este el segundo caso en la historia de los comicios norteamericanos. El precedente de Grover Cleveland lo situó como el 22º y 24º presidente electo, y Trump ya lo fue como el 45º y ahora lo será como el 47º. En cuanto tome posesión, Donald Trump tendrá una agenda muy apretada, tanto en el interior del país como fuera de él.
Dentro del país, el movimiento Woke, los medios de comunicación, la inmigración ilegal y las demandas económicas pondrán en tensión a toda la administración. Fuera, la agenda internacional siempre aparece inclemente para este gran país, que, quiera o no, debe hacer frente a sus responsabilidades más allá de sus fronteras. Es curioso que se hable siempre del repliegue cíclico de Estados Unidos según las administraciones, cuando tiene 7 u 8 flotas de guerra patrullando el mundo permanentemente, asistidas por no menos de 800 bases fuera de su territorio. Con un despliegue de medios propios de una superpotencia en ejercicio, con una dotación de personal que supera el millón para atender a dicho despliegue, y con una aviación de superbombarderos estratégicos capaces de presentarse en cualquier lugar del mundo en menos de 24 horas. Sin mencionar los submarinos nucleares que complementan a las flotas bajo el agua.
En cuanto a la agenda interior, Trump está nombrando un equipo joven, con una media de 52 años (él tiene 78, siendo el presidente electo más veterano en la historia de Estados Unidos). Además, está poniendo en un aprieto a los demócratas, ya que los nombramientos clave incluyen mujeres en puestos que no son meramente simbólicos. La Jefa de Gabinete será Susan Wiles, de 67 años, la primera mujer en ocupar este cargo. La Portavoz será Karoline Leavitt, de 27 años, quien ha sido secretaria nacional de prensa durante la campaña. Y se habla de otras mujeres importantes para más cargos relevantes de la nueva administración.
Otros nombramientos incluyen a Marco Rubio como Secretario de Estado, siendo el primer hispano en ocupar el cargo, a Robert Kennedy Jr. para asuntos de Sanidad y a Elon Musk como Director de la Oficina de Eficiencia Gubernamental (DOGE), un puesto de nueva creación. Conocida su experiencia en la red social Twitter, ahora X, no hay duda de que los recortes en burocracia y personal serán históricos. De aquí al 20 de enero de 2025, iremos conociendo el resto de los nombres principales de la nueva administración, con la que, sin duda, Trump intentará de manera persistente dar la batalla cultural en su país. La clave está en saber si será el sentido común el ariete que usará para combatir la ideología imperante, una batalla muy necesaria por otra parte.
El movimiento Woke y los medios de comunicación afines, a los que Trump acusa de emitir las famosas «fake news«, así como el poderoso lobby de Hollywood, serán sus objetivos ideológicos. La nueva administración intentará consolidarse como una plataforma de pensamiento más tradicional, acorde con elementos más lógicos, que incluirán el rechazo al aborto una vez más. También se abordarán los procesos de hormonación de jóvenes descontentos con su género y las operaciones de cambio de sexo, que a menudo llevan a situaciones psicológicas extremas o irreversibles pasado un tiempo. En este sentido, será necesario implementar un mayor control de autorizaciones, edades y plazos para llevar a cabo estas intervenciones.
El aborto
A modo de curiosidad y recordatorio, cabe señalar que el aborto no ha sido debatido en ningún lugar del mundo. Se le ha asignado el valor de derecho fundamental o humano y se ha legislado sobre él, prescindiendo del nasciturus. A este se le llama simplemente feto, en un contexto de despersonalización o deshumanización, y se le elimina por ley a conveniencia de la gestante. Este modo de legislar es, cuanto menos, sospechoso, pues lo mínimo que se debe hacer en un estado de derecho es definir el objeto de la legislación (el acto mismo del aborto) y, una vez definido, la legislación correspondiente lo dejará convenientemente enmarcado en el cuerpo jurídico. Pero primero hay que definirlo: ¿Es el aborto un acto impropio del género humano, por aberrante? ¿Es un cómodo y efectivo método anticonceptivo? Por chocante que parezca, este debate jamás ha sido planteado. Se ha legislado de manera directa sobre un acto no definido legal, moral o éticamente, dando por supuesta su condición de derecho.
Otra cuestión de la agenda interna será la inmigración ilegal, con hasta 11 millones de personas esperando ser acogidas o expulsadas. El aparato burocrático tendrá que trabajar duro para poner al día esta cuestión, y aún desconocemos si habrá nueva legislación, flexibilidad o ausencia de ella. En cualquier caso, esta cuestión es muy importante y tendrá un largo recorrido, pues no es fácil solucionarla de la noche a la mañana. Además, esta cantidad de personas tiene diversas procedencias, lo cual afectará también a las relaciones de Estados Unidos con los países de origen.
¿Qué es el movimiento MAGA?
Este término nace en 1979, en una época en la que Estados Unidos estaba muy afectado por la decadencia industrial, el desempleo y la inflación. La primera campaña de Ronald Reagan lo utilizó. El título es un acrónimo de «Make America Great Again» y ha sido un lema recurrente en varias campañas, como la de Hillary Clinton para la candidatura del Partido Demócrata en 2008 contra Obama o la de Trump en 2016 por la presidencia. Estados Unidos, como cualquier nación, tiene épocas mejores y peores. Cuando la economía no va bien, es un lema socorrido que el siguiente presidente intentará capitalizar. El movimiento es más bien de corte conservador, presentándose como modelo de esfuerzo y trabajo duro, frente a los eslóganes de salón de los progresistas del Partido Demócrata, inmersos en campañas ideológicas o ambientalistas que realmente no resuelven los problemas de la gente, pero que en los últimos 35 o 40 años se han convertido en fuente de pingües beneficios e influencia por varias vías.

El ecologismo fatalista que nos persigue se pasa la vida destruyendo fuentes de energía barata y sustituyéndolas por fórmulas caras o impositivas que le cuestan dinero al contribuyente. De vez en cuando se convierte en ataques a la agricultura, a la circulación del agua, o en tasas por diversas fuentes de supuestas contaminaciones que afectan al medio ambiente. El caso de Al Gore, vicepresidente con Clinton, es paradigmático: perdió las elecciones del año 2000, se subió en el Falcon (o el avión privado del que dispusiera en cualquier momento), se metió en una campaña ambientalista que va para 25 años, y cual Greta Thunberg, su capital privado va ya por más de 200 millones de dólares. ¿Ha mejorado la vida de los norteamericanos? No. Pero la suya sí. Frente a este tipo de propagandistas y campañas, el movimiento MAGA pretende centrarse en aspectos más próximos a la prosperidad real de la gente, y en el caso de Trump, con un fuerte componente ideológico de desmantelamiento y oposición al lobby Woke/LGTBI+Q, ambientalistas, etc.
La economía USA
Como ya ocurrió a finales de la década de 1970, con el gran salto de calidad industrial que dieron Europa y Japón, y que costó a los estadounidenses toda una época de decadencia en el comercio internacional, generando continuos déficits en la balanza de pagos por importaciones/exportaciones en los años siguientes, e incluso crisis económicas a finales de los años 80, que duraron toda la presidencia del primer Bush y finalmente le impidieron acceder al segundo mandato («es la economía, estúpido», dijo Clinton en su campaña), a partir de la gran crisis de Lehman Brothers de 2008 y el ascenso de China como gran potencia global, los estadounidenses han tenido que trabajar muy duro para recuperarse. Y desde luego lo han hecho con claridad, pues de un PIB nacional en dicho año, próximo a los 15 billones de dólares, han pasado a 27 billones en 2023 y continúan subiendo. Pero China, que apareció con el tercer PIB mundial en dicho año, ha pasado de 3 billones a 18 billones. La Unión Europea está en cifras de 17 billones en términos de dólares estadounidenses, pero el estancamiento es notable, pues veníamos de unos 13 billones en 2008.
Europa ha sufrido un fenómeno parecido al de Japón, que lleva más de 20 años sin crecer en términos reales. Estos tres gigantes suponen más del 60% del PIB mundial, pero es muy significativo el gran salto de China, que deslumbró en 2008 con su Olimpiada en Pekín, pero cuyo desarrollo posterior ha marcado un antes y un después en las relaciones internacionales. China ha jugado muy bien sus cartas aperturistas frente a los países occidentales, y su método de apertura a los negocios frente a Occidente le ha reportado un saber hacer (know-how) del que no disponían, y por vía comercial se han convertido en el gran peligro amarillo real en términos de tráfico mundial de bienes y servicios. Su salto de calidad recuerda al de europeos y japoneses de finales de 1970 y, por lo tanto, el reto para el resto de grandes competidores es inmenso. Mientras Estados Unidos, mal que bien, ha soportado el reto con muchas complicaciones, es obvio que Europa no ha hecho los deberes. Aunque en términos de PIB per cápita China no es comparable con ninguno de los dos, en términos absolutos ha dado un gran salto adelante, esta vez sí.
En el presente, el modelo de competencia chino está causando gran zozobra en las otras dos superpotencias económicas, pues en términos de costes, y sobre todo en términos de dumping gubernamental (ayudas a la industria), el enojo y la frustración de europeos y norteamericanos son más que evidentes. Por esta vía, todos se han enzarzado en una guerra de aranceles que aún no sabemos qué rumbo tomará con este segundo mandato de Trump. Los europeos parecen no contar, pues se encuentran sumidos en el caos regulatorio, y en este momento no saben cómo hacer frente a China, pues la subida de aranceles no está claro que sea la mejor solución, puesto que los contrarios responderán con la misma fórmula, y hoy por hoy los chinos son autosuficientes en muchos apartados, que hace unos años nos parecerían inverosímiles. Por ejemplo, en automóviles, transportes, lujo, tecnología punta y otros bienes y servicios de alto valor añadido, son tan punteros y competitivos como el primero. Su industria militar ha crecido en cantidad y calidad, y su política de ayuda a países en vías de desarrollo le ha hecho tomar un rol de primera importancia en el panorama político mundial.
Estados Unidos bajo la presidencia Trump tendrá que jugar con estas nuevas circunstancias, pues sus intereses en Lejano Oriente son obvios, y deberá hacer frente a desafío en todos los órdenes, especialmente en el económico y en el de influencia global, sin olvidar el aspecto militar. Para lo que deberá contar con sus socios europeos, con los que no siempre se entiende muy bien. Explicable por otra parte, pues la UE parece no tener una dirección o propósito claros en ninguno de los puntos de la agenda.
La guerra de Ucrania
La invasión de Ucrania por Rusia en febrero de 2022 fue provocada por la irresolución aliada (EE.UU.-OTAN-UE) frente a los deseos de Rusia de atraer a Ucrania, por las buenas o por las malas, a su órbita. Este hecho se enmarca en la política «recuperacionista» de las élites de magnates rusos liderados por Putin, con el designio de hacer del istmo europeo su frontera con Occidente. Esta frontera incluiría Moldavia, Bielorrusia, Ucrania, Estonia, Letonia y Lituania, además del enclave de Königsberg (Kaliningrado) que ya poseen, y posiblemente Finlandia, ya sea dentro de Rusia o con un estatus similar al que tenía bajo la URSS, mediante un tratado de amistad y cooperación que duró 50 años y que se renovó tácitamente hasta antes de la entrada de Finlandia en la OTAN.
Los europeos, embarcados en adquisiciones de combustibles baratos suministrados por Rusia, con una interminable retahíla de políticos occidentales «fichados» por la gran potencia con dinero, no han sabido ver la necesidad de una política de firmeza ante el oso del este. La UE, que jamás ha sido capaz de articular una política internacional propia en ningún apartado, junto con la debilidad de las presidencias demócratas en EE.UU., con sus cesiones ante Irán en cuestiones nucleares y ante Rusia en temas geoestratégicos (Crimea fue ya invadida y anexionada en 2014, bajo el segundo mandato de Obama, y esta posterior invasión de febrero de 2022 bajo la presidencia de Biden) han propiciado el presente estado de cosas.
Como ya sucediera con Hitler ante la invasión de los Sudetes y posteriormente de toda Checoslovaquia, la ausencia de firmeza en el primer momento dio alas al monstruo, y en un año y medio estuvo en condiciones de hacer frente a toda clase de enemigos y coaliciones, resultando dicha ausencia de firmeza en una catástrofe global sin precedentes en la historia. Desmontar el desperfecto costó seis años y cerca de 100 millones de muertos. Se llamó Segunda Guerra Mundial. Únicamente la Gran Guerra de 1914 fue comparable, si bien los historiadores actuales tienden a ver el período 1914-1945 como dos episodios del mismo conflicto. El presidente francés Charles de Gaulle la llamó la Guerra de los 30 años del siglo XX.
La nueva presidencia de Trump deberá liderar la respuesta occidental a este conflicto, que sin duda tiene repercusiones en el resto de la agenda mundial. Esta guerra cruza intereses con otros terrenos de juego, existiendo otros litigios en curso como las medidas defensivas de Israel en Oriente Próximo frente a Hamas en Gaza y Hezbolá en Líbano, ambos apoyados por Irán, que también suministra armas a Rusia para su intervención en Ucrania. La presencia de China como gran aliado de Rusia y la introducción en el conflicto de un nuevo jugador, Corea del Norte, que se ha sumado no solo como proveedor de armas sino también de hombres sobre el terreno, hace que esta guerra adquiera tintes mucho más internacionales y se acerque a un punto crítico de conflicto global. Hasta ahora, solo la ayuda occidental en términos de suministros bélicos ha podido contener a Putin, pero las nuevas circunstancias mencionadas y la llegada de Trump a la Casa Blanca pueden variar el reparto de cartas y las jugadas a seguir.
En estas circunstancias, debemos esperar que Trump tenga una visión clara y que los socios europeos se unan y encuentren una estrategia conjunta con el aliado transatlántico. De lo contrario, podríamos vernos inmersos en una escalada de la que sabemos cómo comenzó, pero desconocemos el rumbo y el punto de destino. Los esfuerzos de los aliados, con todo su poder económico y militar, deben centrarse en encontrar un camino de acuerdo en términos justos para las partes. Si esta guerra termina con una solución no satisfactoria, estaremos como en 1919 con el Tratado de Versalles. Ferdinand Foch, comandante de los ejércitos aliados, predijo que era un mal acuerdo y que se había firmado un armisticio para 20 años. Se equivocó en una semana.
Los Estados Unidos de Trump frente a los adversarios económicos y militares
La nueva presidencia de Trump deberá atender a una vasta agenda internacional, a pesar de la tendencia al aislacionismo de la gran potencia americana. Sin embargo, esto ya hemos visto que no es posible. Sus acuerdos, intereses y poderío económico y militar se lo impiden. Como gran imperio económico global, está obligado a enfrentar los retos que le planteen los competidores en el campo comercial o los adversarios en el militar.
Su red defensiva y de contención, como vimos al principio del presente artículo, es inmensa, bien engrasada y lista para ser utilizada. Ucrania, Israel, Irán y China son sus puntos calientes en la agenda, pero recientemente se ha sumado Corea del Norte, lo que obligará a la nueva presidencia americana a afilar las garras y el ingenio para mover todos los hilos al mismo tiempo, en escenarios diferentes pero con tramas complejas. Desgraciadamente, tanto para el actor americano como para el socio europeo (UE/OTAN), estas tramas están endiabladamente entrelazadas. Un movimiento en falso puede conducir a un conflicto global de consecuencias inimaginables, dado el poder de destrucción acumulado por unos y otros.
Enfrentarse a ese escenario no es bueno para nadie, y muy malo para los negocios. Las destrucciones masivas cuestan caras y la pérdida de vidas en cifras nunca antes vistas puede llevar al mundo al borde del abismo. Por ello, tanto el bando occidental como el liderado por China (muchas veces en la sombra) deberán medir sus fuerzas y sus envites muy bien para evitar la catástrofe. Unos y otros deberán sentarse en múltiples mesas para hacer frente a los diversos escenarios, que por conflicto de intereses están inevitablemente entrelazados.
En el apartado económico, EE.UU. y la UE deberán encontrar zonas de acercamiento entre sí y con China para que el comercio mundial fluya en términos justos para todos, e integre al mayor número de actores posibles, entre ellos los países con economías emergentes y los BRICS, núcleo que ya acoge a más del 50% de la población mundial y al 40% del PIB. Este bloque está pensando en organizar sus propios sistemas de comercio y pago interno y se convertirá en el desafío más importante para los occidentales durante el siglo XXI. La gestión de estas relaciones es clave para el funcionamiento de la economía global. Los socios occidentales deberán llegar a acuerdos en términos favorables para todas las partes.
Para que ello sea posible, los conflictos militares deberán encontrar vías de solución, al menos los más preocupantes de la agenda, empezando por la guerra en Ucrania. Por el momento, la presidencia de Biden se está apresurando a hacer llegar la ayuda prometida de 60.000 millones en material aprobado en el último acuerdo y se ha dado permiso a los ucranianos para utilizar estas armas en los términos más convenientes para su defensa. Naturalmente, una medida de esta importancia no dudamos de que cuenta con el acuerdo de Biden y Trump, y esta línea de actuación deberá llevar al nuevo presidente y sus socios europeos a tratar con los rusos el acuerdo definitivo. Esperemos que no se demore ni lleve a peores consecuencias ulteriores.
El asunto de Israel está entrelazado con el problema en Irán, que a su vez es socio de los BRICS y proveedor de armas para Rusia, así como para los enemigos de Israel. No sabemos qué hará Trump, aparte del incondicional apoyo a los hebreos, pero es claro que en la agenda de estos últimos está tumbar este régimen, aunque no será fácil hacerlo desde fuera. No parece posible si la población iraní no está por la labor. Además, están los ataques de los hutíes desde Yemen en el Golfo Pérsico al tráfico internacional, en los que colaboran los socios occidentales junto con EE.UU. e Israel para rechazarlos. Estos grupos también están respaldados por Irán, de modo que la agenda de Trump para su segunda presidencia tendrá que tener en cuenta todos estos factores a la hora de programar su acción.
Otro contrincante que ha entrado en juego es Corea del Norte, como ya hemos comentado. EE.UU. deberá hacer frente también a este nuevo operador, pues su escalada afecta a los intereses de los estadounidenses y sus socios en el Lejano Oriente, implicando a Corea del Sur, Japón y el resto de socios asiáticos. Más madera para el presidente Trump.
Finalmente, al fondo de todas las cuestiones está China, proveedor de Rusia, socio de los BRICS, antagonista principal global de americanos y europeos en todos los campos, y poseedor de un conocimiento tecnológico a escala mundial que se ha convertido en un reto global y que era impensable hace pocos años. China no es un bluff, porque sus pasos son firmes y año tras año mejoran sus posiciones. Su agenda incluye el dominio y la influencia en su área, y también la reintegración en su territorio de soberanía de la antigua Formosa, actual Taiwán, que es un estado independiente de facto, aunque no siempre de iure. China quiere que esta isla pase a formar parte de su integridad como nación, y toda la política que ejerce con ilimitada paciencia va encaminada a ese fin. Trump tendrá que tener en cuenta también estas circunstancias, que serán permanentes para los próximos años, con este presidente o con otros, en el devenir de la política norteamericana.
USA, UE, OTAN. ¿Cómo deberán actuar?
Estos tres conceptos y ámbitos, entremezclados por el estatus adquirido en 1945 al término de la Segunda Guerra Mundial, se enfrentan a nuevos retos tras la caída del mundo comunista creado por la URSS y la aparición de China como nuevo actor global, por el momento. A lo largo del siglo, los BRICS y la India también tendrán mucho que decir, pero aún no hemos llegado a esa página, aunque estamos en camino. De modo acelerado, ciertamente, pues el siglo XXI corre muy rápido.
Desde 2008, tanto Rusia como China están jugando partidas nuevas en el mapamundi, y son estos los nuevos retos a los que los socios occidentales deberán dar respuesta. Cuanto más acordada sea la respuesta, mejor. Como sabemos, EE.UU. es competidor de la UE en términos económicos, al mismo tiempo que socio. Ambos lo son, a su vez, en la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), que ha acogido a nuevos socios hasta alcanzar el número de 32. De este modo, estos tres actores tienen muy imbricadas sus economías y su colaboración en términos militares. EE.UU. quiere que Europa no dependa de ella para su autodefensa, por lo que pretende que el socio atlántico incremente su coordinación militar y su gasto en defensa. El socio americano se sentirá feliz cuando la participación europea se haga de modo más coordinado y su gasto militar sea autosuficiente para su propia defensa. EE.UU. no pretende escapar de sus obligaciones, pero exige que el socio europeo tenga un peso en la alianza acorde con sus recursos humanos y su PIB.
Europa, por su parte, deberá ser capaz de coordinar a todos los países que pertenecen simultáneamente a la UE y a la OTAN para que cumplan con el aumento de gasto, a fin de hacerse más fuertes y solidarios dentro de la organización de defensa. Al mismo tiempo, deberán integrarse en el escenario europeo de modo que sus propios medios sirvan de elemento de disuasión, sin el paraguas americano. No quiere esto decir que EE.UU. no esté presente, solo se pretende que EE.UU. sea un elemento sumatorio dentro de la alianza, pero no siempre el necesario e imprescindible. Con esta perspectiva, EE.UU. será sin duda un socio capaz y leal, como lo ha sido desde 1945, aunque los retos ahora sean otros.
La presidencia de Trump tiene poco tiempo para trabajar: cuatro años que deberán ser muy intensos. EE.UU. deberá liderar una vez más un proceso que conduzca al futuro, implementando políticas de crecimiento propio y para socios, obligando a estos a crecer en todos los campos y a coordinarse entre sí y con los aliados. Solo de esta forma estará garantizado el futuro para todos. Una alianza occidental firme es necesaria en el mundo, porque las otras grandes alianzas amenazan con darle muchas vueltas al reloj en sentido contrario. Deseamos la mejor suerte a norteamericanos y europeos en la tarea que les espera. Y es vital que lo hagan pronto y bien.
Por Antonio Miguel Sánchez, psicólogo licenciado por la UNED, políglota y observador políticamente incorrecto durante los últimos 50 años



