La invasión de Ucrania no eliminó la presencia de corrientes políticas y sociales favorables a Moscú dentro de la Unión Europea. Al contrario, la evolución de los últimos años muestra una transformación: del tradicional vínculo ideológico o económico con Rusia se ha pasado a una combinación mucho más compleja de partidos soberanistas, movimientos de extrema derecha, sectores de la izquierda radical, plataformas digitales, organizaciones de influencia, medios de comunicación y redes ciudadanas que comparten, con distintos grados de intensidad, posiciones favorables a los intereses del Kremlin.
No todos estos actores pueden ser considerados agentes rusos ni existe una estructura única que los coordine. Pero sus mensajes coinciden en cuestiones esenciales: rechazo al apoyo europeo a Ucrania, crítica de las sanciones, oposición a una mayor integración política y militar de la UE, cuestionamiento de la OTAN y defensa de una relación más pragmática con Moscú. Para las instituciones europeas, el problema ha dejado de ser exclusivamente político y se ha convertido en una cuestión de seguridad y resiliencia democrática.
La presencia de corrientes políticas favorables a Rusia en Europa no es un fenómeno surgido con la guerra de Ucrania. Durante años, el Kremlin construyó relaciones con partidos y movimientos situados tanto en la derecha radical como en determinados sectores de la izquierda, al tiempo que desarrollaba vínculos económicos con dirigentes políticos y empresarios europeos.
Lo que ha cambiado desde febrero de 2022 es la dimensión estratégica del fenómeno. Rusia ya no necesita necesariamente convencer a los europeos de que Moscú constituye un modelo político atractivo. En muchos casos, su objetivo resulta más sencillo: generar dudas, aumentar la polarización y dificultar la construcción de consensos europeos sobre Rusia, Ucrania y la seguridad continental.
El propio Parlamento Europeo ha documentado durante los últimos años contactos entre Rusia y partidos europeos de distintos signos ideológicos, así como intentos de influencia sobre responsables políticos, procesos electorales y debates públicos. Una resolución europea señaló que Moscú había mantenido contactos sistemáticos con partidos y movimientos de extrema derecha y extrema izquierda con el objetivo de obtener apoyo institucional y legitimidad para sus posiciones. El Parlamento también ha advertido sobre redes de desinformación y sobre la utilización de plataformas digitales para amplificar narrativas favorables al Kremlin.
La cuestión fundamental, por tanto, no consiste únicamente en identificar a políticos «prorrusos». El fenómeno es mucho más amplio. Existe una diferencia sustancial entre un partido que mantiene una posición diplomática favorable a negociar con Moscú, otro que cuestiona las sanciones por razones económicas y un tercero que reproduce de forma sistemática narrativas procedentes de medios estatales rusos. Meter a todos en la misma categoría sería un error periodístico y analítico. La influencia rusa funciona precisamente porque puede apoyarse en actores que no necesariamente se consideran prorrusos, pero que coinciden con el Kremlin en determinadas cuestiones concretas.
Del vínculo ideológico a la estrategia de influencia
Durante la década anterior a la invasión de Ucrania, Rusia cultivó una relación especialmente intensa con sectores de la derecha nacionalista y euroescéptica europea. Partidos como el entonces Frente Nacional francés, la Liga italiana, el FPÖ austríaco, el AfD alemán o determinadas formaciones de Europa central desarrollaron relaciones políticas o discursivas con Moscú. También existieron vínculos con sectores de la izquierda radical europea contrarios a la OTAN y críticos con la política exterior estadounidense.
Un análisis del European Council on Foreign Relations ya identificaba entonces un amplio grupo de partidos europeos favorables a Rusia, tanto en la derecha como en la izquierda. Aquella realidad, sin embargo, era anterior al escenario actual y no debe trasladarse mecánicamente al presente: algunos partidos han cambiado de posición y otros han reducido sus vínculos con Moscú después de la invasión. El dato relevante es que la relación política entre determinados movimientos europeos y Rusia tenía ya una infraestructura previa cuando comenzó la guerra.
La invasión modificó el contexto. La mayoría de los gobiernos europeos condenaron a Rusia, aprobaron sanciones y respaldaron militarmente a Ucrania. Pero la sociedad europea no quedó políticamente unificada. Las consecuencias económicas de la guerra, la inflación energética, la llegada de refugiados, el debate sobre el gasto militar y el temor a una escalada con Rusia crearon nuevos espacios para discursos alternativos.
El Kremlin encontró así un terreno especialmente fértil. No necesitaba que los ciudadanos europeos apoyaran la invasión rusa; bastaba con que una parte de ellos empezara a considerar que ayudar a Ucrania tenía un coste demasiado elevado. Esta diferencia resulta fundamental.
Una de las narrativas más repetidas consiste en presentar la guerra como un conflicto entre Rusia y Estados Unidos librado sobre territorio europeo, atribuyendo a Washington la responsabilidad principal de la escalada. Otra sostiene que las sanciones perjudican más a los europeos que a los rusos. Una tercera plantea que Ucrania es un Estado irremediablemente corrupto que no puede formar parte de la Unión Europea. Una cuarta afirma que el envío de armas prolonga innecesariamente la guerra. Y otra presenta a la OTAN como el elemento provocador de una confrontación que, según esta interpretación, podría haberse evitado.
Muchas de estas afirmaciones pueden aparecer también en debates legítimos de política exterior. El problema de seguridad aparece cuando se combinan con campañas coordinadas de manipulación, falsificación de hechos, cuentas automatizadas, redes de bots, medios controlados o financiados desde el exterior y operaciones encubiertas dirigidas a determinados colectivos.
El Parlamento Europeo ha advertido precisamente sobre esta combinación de desinformación, redes sociales, inteligencia artificial, cuentas falsas y publicidad política adquirida mediante identidades ficticias. En su análisis de 2026 sobre las amenazas híbridas, la institución identifica a Rusia como una de las principales fuentes de estas actividades y señala que las operaciones híbridas combinan instrumentos políticos, económicos, cibernéticos, informativos y militares.
Hungría y Eslovaquia: cuando la posición prorrusa alcanza el poder
El caso más evidente dentro de la UE es Hungría. El Gobierno de Viktor Orbán ha mantenido durante años una relación singular con Moscú y ha cuestionado repetidamente algunas de las políticas comunitarias relacionadas con Ucrania. Budapest ha defendido una política de negociación y ha mostrado resistencia ante determinadas medidas de apoyo europeo a Kiev.
Hungría constituye un caso especialmente relevante porque demuestra que el fenómeno prorruso no tiene por qué expresarse mediante un partido marginal. Puede formar parte de la estrategia de un Gobierno de un Estado miembro y, por tanto, trasladarse directamente al funcionamiento institucional de la Unión.
La diferencia es fundamental. Un movimiento situado en la oposición puede influir sobre la opinión pública, pero un Gobierno tiene capacidad para bloquear decisiones, condicionar negociaciones, retrasar acuerdos y utilizar el derecho de veto en determinadas materias. En consecuencia, el debate deja de ser únicamente sobre propaganda y pasa a afectar directamente a la capacidad de actuación exterior de la UE.
Eslovaquia ofrece otro ejemplo diferente. El regreso de Robert Fico al poder abrió una etapa de mayor oposición al apoyo militar a Ucrania y de crítica hacia algunas políticas comunitarias. Un análisis del Carnegie Endowment señala que el Gobierno de Fico ha seguido una trayectoria próxima en determinados aspectos a la de Hungría, caracterizada por políticas internas más iliberales, oposición al apoyo a Ucrania y una posición más euroescéptica, aunque sin llegar a romper con el núcleo político de la Unión.
Esto demuestra que el mapa prorruso europeo no es homogéneo. Hay dirigentes que quieren transformar la UE desde dentro, otros que pretenden limitar su poder, otros que defienden recuperar competencias nacionales y otros que simplemente buscan poner fin a las sanciones contra Moscú.
La coincidencia no implica necesariamente coordinación, de acuerdo con la percepción de nuestra Sala de Análisis Estratégico.
La extrema derecha como uno de los principales espacios de expansión
El crecimiento electoral de la derecha radical europea ha proporcionado a Moscú un nuevo escenario de oportunidad. Formaciones nacionalistas y soberanistas han aumentado su representación en distintos países y han convertido cuestiones como inmigración, identidad nacional, soberanía, rechazo de las élites y oposición a Bruselas en elementos centrales de sus discursos.
Pero sería igualmente erróneo identificar automáticamente extrema derecha con prorrusismo.
El mapa político europeo presenta diferencias considerables. Algunos partidos de derecha radical han endurecido su posición contra Rusia y apoyan la defensa de Ucrania, especialmente aquellos procedentes de países del este y norte de Europa que perciben directamente a Moscú como una amenaza. Otros mantienen posiciones ambiguas. Y algunos sí han defendido de forma clara planteamientos próximos a los intereses rusos.
La composición del Parlamento Europeo refleja esta diversidad. El grupo Patriotas por Europa, en el que se encuentran formaciones como Fidesz, Agrupación Nacional francesa, la española VOX y el FPÖ austríaco, constituye una de las grandes agrupaciones de la derecha soberanista, mientras que Alternativa para Alemania y otros partidos se sitúan en el grupo Europa de las Naciones Soberanas. Sin embargo, estos grupos presentan importantes diferencias internas y no pueden ser considerados un bloque prorruso uniforme.
Precisamente ahí reside una de las oportunidades para el Kremlin: la fragmentación europea puede ser más útil que la creación de un movimiento político directamente subordinado a Moscú.
Una Europa dividida sobre Ucrania tiene más dificultades para adoptar nuevas sanciones. Una Europa dividida sobre el gasto militar encuentra más obstáculos para aumentar sus capacidades de defensa. Una Europa dividida sobre la ampliación de la UE puede ralentizar la integración de Ucrania y Moldavia. Y una Europa dividida sobre la relación transatlántica puede tener dificultades para formular una política común frente a Rusia.
Francia y Alemania, dos escenarios estratégicos
Francia constituye uno de los países donde el debate sobre la influencia rusa ha adquirido mayor dimensión. El antiguo Frente Nacional, posteriormente Agrupación Nacional, mantuvo durante años una relación política particularmente visible con Rusia. La cuestión ha evolucionado desde entonces y la formación ha tratado de distanciarse de algunas de aquellas posiciones, pero el debate sobre la relación entre Moscú y determinados sectores de la derecha francesa continúa.
La influencia no se limita a los partidos. El ámbito mediático adquiere una importancia creciente. En julio de este año, el caso de Xenia Fedorova, antigua responsable de RT France, volvió a poner de manifiesto las dificultades europeas para determinar dónde termina la actividad periodística y dónde comienza una operación de influencia extranjera. Fedorova no fue incluida finalmente en el último paquete de sanciones de la UE pese a las presiones de algunos sectores políticos que la acusaban de contribuir a la difusión de narrativas del Kremlin.
Alemania presenta un escenario todavía más delicado por su peso político y económico dentro de la Unión. Alternativa para Alemania se ha convertido en una fuerza política de primer nivel y mantiene posiciones mucho más favorables a Moscú que la mayoría de las formaciones alemanas tradicionales.
A esto se suma la existencia histórica de una relación económica entre sectores de la élite alemana y Rusia, especialmente alrededor de la energía. El caso de Gerhard Schröder constituye el ejemplo más conocido de esta conexión entre política, negocios y Rusia. El Parlamento Europeo ha utilizado precisamente este tipo de vínculos para advertir de la existencia de figuras políticas europeas que, pese a haber ocupado cargos institucionales de máximo nivel, mantuvieron relaciones económicas con empresas controladas por el Kremlin.
En 2026, además, las informaciones sobre reuniones discretas entre antiguos funcionarios alemanes y representantes rusos han vuelto a alimentar el debate sobre la existencia de canales informales de comunicación entre determinados sectores europeos y Moscú.
El salto de la propaganda a la guerra híbrida
La principal transformación producida desde 2022 es que la influencia política ya no puede analizarse de forma separada de las denominadas amenazas híbridas.
La UE considera actualmente que Rusia utiliza una combinación de sabotaje, ciberataques, manipulación informativa, interferencia electoral, ataques físicos, presión económica y otras operaciones encubiertas. El Consejo de la UE volvió a condenar en marzo de 2026 las campañas híbridas rusas contra los Estados miembros y sus socios, señalando expresamente el sabotaje, los ataques cibernéticos, la manipulación informativa y la interferencia electoral.
La consecuencia es que el activismo político prorruso puede formar parte de un ecosistema mucho más amplio sin que todos sus integrantes sean conscientes de ello.
Un ciudadano que comparte en redes sociales una noticia falsa sobre Ucrania no se convierte automáticamente en agente ruso. Un político que pide negociar con Moscú tampoco. Una organización que critica las sanciones no necesariamente actúa siguiendo instrucciones del Kremlin.
La preocupación de los servicios de seguridad aparece cuando existen redes organizadas, financiación opaca, coordinación transnacional, operaciones encubiertas, utilización de identidades falsas o vínculos demostrables con estructuras estatales rusas.
La diferencia es esencial para evitar un problema todavía mayor: convertir cualquier opinión favorable a Rusia en sospecha de traición. Una democracia abierta necesita protegerse de la injerencia extranjera sin destruir la libertad de expresión que pretende defender.
El laboratorio moldavo
La República de Moldavia constituye uno de los ejemplos más importantes para comprender hacia dónde puede evolucionar el fenómeno dentro del espacio europeo.
Aunque Moldavia no pertenece todavía a la UE, su proceso de adhesión y su proximidad geográfica con Ucrania la convierten en un escenario estratégico. En 2025, las autoridades europeas denunciaron una intensa campaña rusa de interferencia electoral que incluyó desinformación, compra de votos, ciberataques y entrenamiento de provocadores violentos.
En junio de 2026, el Consejo de la UE impuso nuevas sanciones contra seis personas relacionadas con operaciones destinadas a desestabilizar Moldavia. Según el Consejo, algunas estaban vinculadas a estructuras sucesoras del partido ȘOR y a redes relacionadas con el empresario moldavo Ilan Shor. Las autoridades europeas sostienen que determinadas operaciones financiadas desde Rusia buscaban perturbar las elecciones mediante compra de votos y campañas de desinformación.
El caso moldavo resulta especialmente importante porque muestra un modelo de influencia que va más allá de las redes sociales: financiación, organizaciones intermediarias, captación de personas, formación, propaganda y actividad política sobre el terreno.
En abril de 2026, además, la UE amplió las medidas restrictivas contra personas y organizaciones relacionadas con la desestabilización de Moldavia, manteniendo un régimen específico contra quienes amenazan la soberanía y los procesos democráticos del país.
Las redes sociales como campo de batalla
Internet ha cambiado radicalmente las reglas del juego. Durante la Guerra Fría, la propaganda extranjera necesitaba emisoras, periódicos, revistas o redes clandestinas. Hoy puede llegar directamente al teléfono móvil de millones de ciudadanos.
La estrategia moderna es mucho más sofisticada. Un mismo mensaje puede aparecer simultáneamente en X, Telegram, TikTok, Facebook, YouTube y páginas aparentemente independientes. Puede ser reproducido después por una cuenta política, recogido por un influencer y terminar convertido en argumento parlamentario.
El objetivo no siempre es que el ciudadano crea una mentira concreta. A menudo es más eficaz conseguir que deje de confiar en cualquier fuente de información.
Si una sociedad llega a la conclusión de que todos los medios mienten, que todos los políticos están corruptos y que las elecciones están manipuladas, la desinformación ha conseguido su objetivo aunque el ciudadano no crea directamente ninguna narrativa rusa.
La UE ha identificado precisamente este fenómeno como una amenaza sistémica. En junio de 2026, el Parlamento Europeo propuso reforzar el denominado Escudo Europeo de la Democracia mediante herramientas contra la interferencia extranjera, mayor responsabilidad de las plataformas digitales, protección de medios independientes y la creación de un centro europeo de resiliencia democrática.
La cuestión energética y económica
La dependencia energética europea respecto a Rusia fue durante años uno de los principales instrumentos de influencia de Moscú. El gas barato creó una relación de interdependencia que hizo que determinados países europeos considerasen la relación con Rusia desde una perspectiva fundamentalmente económica.
La invasión modificó radicalmente esa ecuación, pero sus consecuencias siguen presentes.
Las dificultades para mantener las sanciones también demuestran que el factor económico continúa siendo importante. En julio de 2026, la aprobación del vigesimoprimer paquete de sanciones volvió a evidenciar las dificultades de los Veintisiete para mantener una posición completamente uniforme. Grecia consiguió excepciones vinculadas al transporte marítimo de gas ruso, mientras otros países plantearon reservas sobre diferentes medidas.
El problema para la UE es evidente: cuanto mayor sea el coste económico de la confrontación con Rusia, mayor será el espacio político para los movimientos que cuestionan las sanciones.
Moscú no necesita convencer a todos los europeos de que Rusia tiene razón. Puede ser suficiente con que consiga que un grupo creciente de ciudadanos considere que mantener la política actual resulta demasiado caro.
El papel de los movimientos sociales
Junto a los partidos políticos existe un segundo nivel de influencia: asociaciones, plataformas contra la guerra, movimientos pacifistas, organizaciones nacionalistas, grupos anti-OTAN y comunidades digitales.
Aquí el análisis resulta todavía más delicado.
Muchos movimientos pacifistas europeos son completamente independientes de Rusia y responden a convicciones políticas legítimas. Lo mismo ocurre con quienes cuestionan el envío de armas a Ucrania o defienden una negociación de paz.
El problema surge cuando actores externos intentan aprovechar esas preocupaciones legítimas para dirigirlas hacia objetivos políticos concretos.
La estrategia puede consistir en introducir determinados mensajes dentro de comunidades ya existentes, amplificarlos mediante redes sociales y presentar después esa opinión como una expresión espontánea de la sociedad europea.
Esta técnica tiene una enorme ventaja para quien la utiliza: resulta muy difícil distinguir entre una opinión genuina y una opinión artificialmente amplificada.
El peligro de la polarización
El principal efecto de estas redes no tiene por qué ser electoral. Puede ser social.
Una campaña rusa puede contribuir a enfrentar a quienes apoyan a Ucrania con quienes defienden una negociación. Puede convertir el debate migratorio en una cuestión relacionada con la guerra. Puede vincular las sanciones con la inflación. Puede presentar el gasto militar como dinero «robado» a los servicios públicos.
De esta manera, cuestiones diferentes terminan formando parte de un mismo relato. La polarización se convierte así en un multiplicador de influencia.
Cuanto más dividida esté una sociedad, más difícil resulta alcanzar acuerdos sobre seguridad nacional, política exterior, defensa o inteligencia. Y cuanto mayor sea la desconfianza entre ciudadanos e instituciones, más sencillo resulta introducir narrativas alternativas.
Por eso el Parlamento Europeo considera que la lucha contra la manipulación extranjera no puede reducirse a eliminar cuentas falsas. Debe incluir también educación mediática, protección de periodistas, transparencia financiera, ciberseguridad, protección de infraestructuras críticas y fortalecimiento de las instituciones democráticas.
Una amenaza para la unidad europea
La consecuencia estratégica más importante de la expansión de las corrientes prorrusas es la posibilidad de que Rusia consiga influir indirectamente en las decisiones de la UE.
El Kremlin no necesita controlar gobiernos enteros. Puede ser suficiente con disponer de aliados políticos capaces de retrasar decisiones, introducir divisiones, bloquear consensos o cuestionar determinadas políticas.
En una Unión de 27 Estados, la existencia de unos pocos gobiernos especialmente resistentes a determinadas medidas puede tener consecuencias importantes.
Esto resulta especialmente evidente en materia de sanciones, política exterior, ayuda militar a Ucrania y ampliación europea. La unanimidad requerida en determinados ámbitos convierte a los Estados miembros en potenciales puntos de bloqueo.
El objetivo estratégico, por tanto, no es necesariamente colocar gobiernos prorrusos en toda Europa. Puede ser mucho más rentable impedir que los gobiernos europeos actúen de forma conjunta.
El nuevo escenario de 2026
La situación europea en 2026 es especialmente delicada porque la guerra de Ucrania se prolonga, las sociedades europeas afrontan una presión económica considerable y el debate sobre la defensa europea ha adquirido una dimensión que no tenía antes de 2022.
Al mismo tiempo, la UE está endureciendo sus mecanismos de defensa frente a las amenazas híbridas. El Consejo mantiene un régimen de sanciones contra personas y entidades implicadas en actividades rusas de desestabilización. En octubre de 2025 prorrogó estas medidas hasta octubre de 2026; en ese momento afectaban a 47 personas y 15 entidades.
En marzo de 2026, además, Bruselas añadió nuevos nombres relacionados con actividades de manipulación informativa. En abril incorporó entidades como Euromore, considerada por la UE una plataforma integrada en la arquitectura informativa pro-Kremlin, y Pravfond, organización financiada por el Estado ruso que Bruselas considera parte de la estrategia rusa de influencia y propaganda.
Estos movimientos muestran que la UE está pasando de una estrategia predominantemente reactiva a otra más estructurada.
El desafío para España
España no se encuentra en la misma situación que los países de Europa central y oriental, pero tampoco está al margen de este fenómeno.
La posición geográfica española, su pertenencia a la OTAN y su papel dentro de la UE hacen que Madrid forme parte del entramado estratégico europeo. La desinformación relacionada con inmigración, energía, defensa, Ucrania o la propia Unión Europea puede encontrar espacios de difusión en un contexto político cada vez más polarizado.
España también debe afrontar el desafío de proteger sus procesos electorales, sus infraestructuras críticas, sus instituciones y sus medios de comunicación frente a campañas de influencia.
La cuestión adquiere especial importancia para los servicios de inteligencia y seguridad porque las operaciones híbridas no siempre dejan una huella evidente. Una campaña puede combinar ciberespionaje, financiación clandestina, propaganda, contactos políticos y operaciones psicológicas.
La UE ha advertido precisamente de que estas actividades pueden mantenerse por debajo del umbral de un conflicto armado. El objetivo es erosionar la capacidad de respuesta de una sociedad sin necesidad de recurrir a una agresión militar directa.
¿Hasta dónde puede llegar el fenómeno?
La evolución de los colectivos prorrusos dentro de la UE apunta hacia una transformación más que hacia un simple crecimiento.
La primera fase estuvo marcada por la admiración hacia Vladimir Putin entre determinados sectores de la derecha nacionalista y por la oposición de determinados movimientos de izquierda a la política exterior estadounidense.
La segunda fase estuvo relacionada con la crisis migratoria, el Brexit, el auge del populismo y el crecimiento de los partidos euroescépticos.
La tercera comenzó con la invasión de Ucrania y convirtió la cuestión rusa en un asunto de seguridad europea.
Ahora se está entrando en una cuarta fase: la integración de la influencia política, económica, mediática, digital y clandestina en una estrategia híbrida de mayor alcance.
El objetivo no parece consistir únicamente en conquistar simpatías para Rusia. Es más ambicioso: conseguir que los ciudadanos europeos cuestionen las decisiones de sus gobiernos, que los partidos se enfrenten entre sí y que los Estados miembros tengan dificultades para construir una política exterior común.
Por eso, la amenaza no debe medirse exclusivamente por el número de diputados que puedan defender posiciones favorables a Moscú. Hay que medirla también por la capacidad de determinadas narrativas para modificar el debate público.
Una Europa ante el dilema entre seguridad y libertad
El gran desafío para la UE será combatir esta influencia sin caer en el extremo contrario.
Una democracia no puede considerar sospechoso a todo ciudadano que critique a Ucrania, a la OTAN, a las sanciones o a la política exterior de Bruselas. Tampoco puede convertir la etiqueta «prorruso» en un mecanismo para deslegitimar opiniones incómodas.
La respuesta europea debe centrarse en la evidencia de la interferencia, no en la ideología del individuo.
Financiación clandestina, coordinación con estructuras extranjeras, operaciones de desinformación, espionaje, ciberataques, compra de votos, utilización de identidades falsas o instrucciones procedentes de servicios de inteligencia son elementos que pueden justificar una respuesta de seguridad.
Una opinión política, por sí sola, no.
Esta distinción será fundamental en los próximos años. El éxito de la estrategia europea dependerá de que consiga proteger sus democracias sin debilitar precisamente aquello que pretende defender.
El Kremlin ha demostrado que sabe aprovechar las fracturas existentes en las sociedades occidentales. Pero esas fracturas no fueron creadas necesariamente por Rusia. La desigualdad, la desconfianza institucional, la inmigración, la inflación, la fatiga de guerra, la crisis de representación política y el enfrentamiento cultural son problemas reales de las sociedades europeas.
La influencia extranjera encuentra su mejor terreno cuando esos problemas permanecen sin resolver.
Por eso, la respuesta europea no puede ser exclusivamente policial o de inteligencia. Necesita también una dimensión política, económica y social.
La UE tendrá que mejorar su capacidad para detectar operaciones de influencia, proteger las elecciones, controlar la financiación política extranjera y aumentar la seguridad de sus infraestructuras digitales. Pero también tendrá que recuperar la confianza de los ciudadanos.
Porque el verdadero objetivo de una guerra híbrida no es necesariamente conseguir que una sociedad ame al adversario. Es conseguir que deje de confiar en sí misma.
Y ese es, probablemente, el mayor riesgo que representa la evolución de los movimientos y colectivos prorrusos dentro de la Unión Europea: no que todos ellos se conviertan en una quinta columna organizada al servicio de Moscú —una simplificación que no se corresponde con la realidad—, sino que una combinación de actores legítimos, movimientos radicales, intereses económicos, redes digitales y operaciones clandestinas termine erosionando la capacidad europea para adoptar decisiones comunes.
En un continente que se enfrenta simultáneamente a una guerra en sus fronteras, a una transformación del orden internacional y a una creciente competencia geopolítica, la cohesión interna se ha convertido en un elemento de seguridad nacional.
La batalla, por tanto, no se libra solamente en Ucrania ni en las fronteras orientales de la UE. También se desarrolla en los parlamentos nacionales, en Bruselas, en los medios de comunicación, en las redes sociales y, sobre todo, en la capacidad de los ciudadanos para distinguir entre una opinión legítima y una operación diseñada para manipularla.
La propia UE está asumiendo ya este cambio de paradigma. En 2026, el Parlamento Europeo ha reclamado un verdadero «Escudo Europeo de la Democracia» frente a la interferencia extranjera y considera a Rusia la principal amenaza exterior para la integridad democrática europea. El Consejo, por su parte, ha definido las campañas híbridas rusas como persistentes, coordinadas y prolongadas.
El resultado es una nueva realidad estratégica: Rusia ya no necesita únicamente proyectar poder militar hacia Europa. Puede intentar proyectarlo también a través de las divisiones políticas y sociales de los propios europeos. Y la capacidad de la Unión para impedirlo será uno de los grandes desafíos de seguridad de la próxima década.



