Este 23 de febrero se cumplen cuarenta y cinco años del golpe militar que asombró al mundo y del que se conservan, para mejor memoria, estudio y comprensión, archivos sonoros y videográficos registrados en tiempo real durante su ejecución. Un hecho casi único entre los grandes acontecimientos históricos, salvo contadas excepciones como la declaración de guerra de Estados Unidos a Japón el 8 de diciembre de 1941 o las tomas de posesión presidenciales del 20 de enero, celebradas cada cuatro años tras las elecciones de noviembre en año par, ininterrumpidamente desde 1792 hasta hoy. Desde la aparición del cine y la televisión, todas esas ceremonias han quedado documentadas y cuentan con su correspondiente archivo.
Hemos publicado monográficos en este diario dedicados a figuras como Carrero, Franco y el franquismo, aprovechando el cincuentenario de sus fallecimientos —uno en 1973 y otro en 1975—. Todo ese material está a disposición de los lectores y puede consultarse en el propio periódico mediante el buscador.
Este artículo que hoy sacamos a la luz quizá debería publicarse en 2031, coincidiendo con el cincuentenario del suceso. Sin embargo, la premura impuesta por la avanzada edad y el delicado estado de salud de su principal protagonista don Juan Carlos I de Borbón y Borbón —el Rey de España, 88 años de edad, que abdicó en 2014 a sus 76— nos ha llevado a adelantarlo a este aniversario. Con todo, el tiempo transcurrido desde 1981 ha permitido que la historia y los testimonios de quienes la vivieron hayan madurado lo suficiente como para intentar una aproximación más veraz a lo que entonces se nos contó. El tiempo serena los hechos, los coloca en su sitio y abre la puerta a un análisis más objetivo.
Para comprender el sentido de lo que quisiéramos transmitir a los lectores con esta pieza de lectura, les pediremos que se sitúen en 1938. La noche del 30 de octubre, Orson Welles conmocionó a Estados Unidos con su adaptación radiofónica de La guerra de los mundos, presentada como una serie de boletines informativos que simulaban una invasión marciana. La emisión, realizada por el Mercury Theatre on the Air a través de la cadena CBS, se convirtió en un hito de la historia de los medios por su capacidad para demostrar el enorme poder persuasivo de la radio y la vulnerabilidad del público ante formatos que imitaban la información en directo. Aunque el alcance real del pánico fue menor de lo que después se afirmó, la transmisión marcó un antes y un después en la relación entre ficción, credibilidad y comunicación de masas.
Ahora hagamos un ejercicio de imaginación y situémonos en la España de 1981. Pero, vistos los hechos cuarenta y cinco años después, con la casi absoluta certeza de que el espectáculo nacional e internacional ofrecido entonces fue puro teatro, intentemos colocarnos en la piel de aquellos buenos españoles que se creyeron la obra de principio a fin. El paralelismo con la emisión radiofónica de Welles es innegable: el guion estaba perfectamente trazado y supervisado desde la primera escena hasta la última, y los efectos especiales los aportó la improvisación, que añadió aún más verismo y apariencia de realidad. Entre ellos destacan los disparos al techo del hemiciclo —reproducidos hasta la saciedad— y la salida de pata de banco de Tejero al desobedecer las órdenes de sus superiores. En el argot teatral y audiovisual español, a ese tipo de añadido improvisado se le llama “morcilla”.
Una morcilla es cualquier frase, gesto, comentario o intervención que un actor introduce por su cuenta, sin estar prevista en el texto original. Puede ser humorística, contextual o simplemente un recurso para salir del paso. Pero su efecto suele ser total, casi apoteósico: es el golpe de gracia que un mago reserva para rematar su número más brillante. Basta recordar aquella escena de Pretty Woman en la que Richard Gere ofrece a Julia Roberts un collar dentro de su estuche y, cuando ella va a tomarlo, él lo cierra de improviso. Ella se sobresalta, se sorprende y ríe. Aquello no figuraba en el script, pero aportó tal naturalidad y credibilidad a la secuencia que los realizadores decidieron conservarla.
Gracias a esas dos salidas de guion —las ráfagas de metralleta contra el techo del hemiciclo y la desobediencia del teniente coronel Tejero—, el acontecimiento cobró forma y la farsa adquirió apariencia de realidad. Como si, en una representación teatral, tras el asesinato de Desdémona irrumpiera la policía para arrestar a Otelo y, para colmo, lo condujera ante un juez, fuera juzgado y lo condenaran a treinta años de cárcel… pero en la vida real. Eso fue lo que ocurrió con los militares que comparecieron a juicio en 1982. Con toda disciplina y sin decir una sola palabra contra su comandante en jefe, el titular de la Corona, aceptaron sus sentencias y se comieron el marrón.
Esto, y no otra cosa, fue lo que ocurrió. Aún quedamos unos doce millones de españoles de aquella época que, con más de dieciséis años entonces, lo vivimos en directo y teníamos ya suficiente uso de razón como para reclamar asiento de primera fila en aquel acontecimiento. Es cierto que también había población entre los cero y los quince años, presente pero sin la madurez necesaria; por eso fijamos los dieciséis como edad de corte para considerar espectadores plenamente conscientes del episodio.
El resultado fue una actuación de campeonato, con una presentación excepcional. Igual que sucedió en 1938 con La guerra de los mundos en la radio norteamericana, hubo mucha gente en posiciones importantes que se sintió amenazada y corrió a refugiarse, tanto dentro como fuera de España. A lo largo de los años hemos oído cientos, si no miles, de versiones: unas más interesadas, otras más veraces; unas defendiendo el papel de unos, otras el de otros.
Tras cuarenta y cinco años, la aproximación al hecho que presentamos hoy, si no da en el centro de la diana, debe faltarle muy poco.
Los españoles de hoy conocen el caso por la historia, los medios, los documentales y los libros. Pero lo verdaderamente difícil de admitir —como ya ocurrió en 1938 con la emisión radiofónica de Orson Welles— es la posibilidad de que todo fuese ficción. Y ello pese a que los uniformes, los picoletos, los fusiles, los tanques, los automóviles, los walkie‑talkies y toda la parafernalia empleada por los militares, el atrezzo y la puesta en escena en su conjunto, eran absolutamente reales, igual que los escenarios naturales: el Congreso de los Diputados, la Zarzuela, RTVE, la División Acorazada Brunete, las fuerzas de la III Región Militar… incluso el gobierno provisional de Francisco Laína fue real.
Antecedentes y contexto
El 23‑F —aquel 23 de febrero de 1981— fue un intento fallido de golpe de Estado. No se engañen: ese intento formaba parte de un guion perfectamente delineado y coreografiado hasta en sus más mínimos detalles, una suerte de réplica contemporánea de lo que Welles logró en la radio en 1938. Esta es la idea central del libreto, con sus protagonistas en los papeles estelares: el teniente coronel Tejero, el general Alfonso Armada y el general Milans del Bosch, acompañados, en concurso con todo el montaje, por los principales partidos y líderes del hemiciclo.
Como protagonista en la sombra, Don Juan Carlos I de Borbón y Borbón. Y como guionistas, miembros destacados de los servicios de inteligencia —entonces denominado CESID—. Al frente de ellos, el comandante José Luis Cortina, hombre disciplinado y de capacidad fuera de duda, subordinado a los principales militares implicados y leal a todos ellos y al Rey.
Tarradellas ya había advertido un par de años antes que era preciso un golpe de timón, pues todo lo ocurrido desde 1975 —que, según Sabino Fernández Campos, había salido bien precisamente gracias a la improvisación— se les había ido de las manos a los máximos mandatarios políticos de la nación: el Rey, el Gobierno y el propio Estado de las Autonomías. ETA campaba a sus anchas, dejando tras de sí unos años de plomo para olvidar —1979 fue un año especialmente terrorífico—, mientras el paro, la crisis económica y la inflación hacían mella en la marcha de una joven nación que salía de una larga dictadura y aspiraba a caminar hacia un futuro mejor.
Las relaciones entre Juan Carlos I y el presidente Suárez se habían deteriorado, en parte porque su propio partido ya no lo aceptaba. Desde las elecciones generales posteriores a la aprobación de la Constitución del 78, celebradas en marzo de 1979, el ambiente político, económico y social, unido a una violencia terrorista que dejaba masacres impropias de un país civilizado, se había enrarecido hasta tal punto que la prioridad de unos y otros era apartar a Suárez del cargo. El objetivo era doble: instaurar un tipo de gobierno capaz de tomar las riendas y, mediante el susto del 23‑F a todos, particulares en sus casas y profesionales de la política, poner coto a los excesos que la Transición y la propia Constitución, con sus indudables fallas, habían acarreado.
ETA ejercía una presión insoportable, pues sus víctimas habituales eran miembros de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, aunque también las había de todo tipo, unas veces colaterales y otras claramente intencionadas. Javier Arzalluz, presidente del PNV, sostuvo en varias entrevistas y declaraciones públicas entre finales de los setenta y principios de los ochenta que no debía emplearse el término “terrorista” de forma indiscriminada, porque —según él— podía dificultar eventuales vías políticas de diálogo. Llegó incluso a afirmar que algunos jóvenes vascos implicados en la violencia callejera o en entornos de apoyo a ETA eran “muchachos equivocados” más que terroristas en sentido estricto.
Este contraste —los actos de terrorismo por un lado y las declaraciones perversas del presidente de un partido supuestamente democrático y del sistema por otro— nos hacía hervir la sangre a todos los españoles que remábamos a favor de la democracia, la Constitución, la convivencia y la lucha por el futuro. Y a los responsables políticos y militares, así como al propio Rey Juan Carlos, en su condición de directores de la nación, los mantenía trabajando en la búsqueda desesperada de soluciones a aquel estado de cosas.
La preparación del golpe
Las desavenencias entre Suárez y su propio partido, la UCD, unidas a los desacuerdos entre el presidente y Juan Carlos I, propiciaron la sustitución del jefe del Ejecutivo mediante una votación en el Congreso de los Diputados, cuyos debates previos debían celebrarse a partir del 18 de febrero de 1981. Juan Carlos y sus asesores —principalmente los militares de más alto rango en quienes depositaba su total confianza—, en connivencia con los principales partidos del hemiciclo, llevaban presuntamente algún tiempo preparando una intervención destinada a provocar un susto mortal al conjunto de la nación, con el fin de justificar el cambio de modelo y de gobierno, así como el golpe de timón que se pretendía imprimir: los dos objetivos esenciales de la operación.
El candidato propuesto por la UCD para sustituir a Suárez dentro de los términos previstos por el procedimiento constitucional era José Calvo-Sotelo Bustelo, sobrino de aquel Calvo-Sotelo que en la madrugada del 12 al 13 de julio de 1936 recibió dos tiros en la nuca que le dieron los sicarios del PSOE y guardias de asalto de aquella época, y que detonó la guerra civil.
Los periódicos mejor informados venían reseñando distintas operaciones en curso para cambiar el rumbo de las cosas. Desde meses antes, aquella prensa favorable al régimen anterior hablaba de un golpe preparado por tenientes coroneles, otro por coroneles y un tercero por generales del más alto rango. En realidad, todas estas supuestas conspiraciones no eran más que intoxicaciones de los guionistas, que preparaban cuidadosamente el auténtico golpe: el de Tejero como cabeza visible, pero sostenido por nombres como Armada y Milans, y con el conocimiento pleno del resto de capitanes generales y del propio comandante en jefe, el rey Juan Carlos I, aunque este permaneciera en la sombra. “A mí dádmelo hecho”, decía.
El supuesto inconstitucional máximo al que alude la historia era el golpe de mano militar para la toma del Congreso, y la solución prevista pasaba por la votación del general Armada como presidente de un gobierno de concentración nacional, integrado por miembros de todos los partidos significativos del hemiciclo: UCD, PSOE, AP -hoy PP- y el PCE, como mínimo. Esta parte del plan, desconocida para Tejero, fue la que motivó que reaccionara como lo hizo y se cargara uno de los finales guionizados: aquel en el que Suárez desaparecía de escena y el gobierno de concentración nacional asumía la dirección del país.
El otro final posible era que la operación saliera mal —como efectivamente ocurrió— y que el Jefe del Estado acudiera a poner las cosas en su sitio. Así sucedió con el comunicado‑reportaje que emitió RTVE a la 01:15 de la madrugada del día 24, con Juan Carlos I vestido con el uniforme de capitán general de los Ejércitos y aquel texto que tantas veces hemos visto y que todos conocemos de memoria. Esto fue la tercera gran improvisación del acto, pero la solución empleada no estaba muy lejos de la prevista para el caso de que hubiera salido la solución deseada.
En el primer escenario, con el gobierno de concentración nacional aprobado por las Cortes —final que Tejero arruinó con su indisciplina—, el comunicado habría sido similar, con matices, pero siempre dentro de los términos que marca la Constitución, al haber sido votado presidente el general Armada, si ello hubiera llegado a producirse.
En ambos casos, la operación era un win-win, aunque muy probablemente la opción primera hubiera tenido consecuencias para el futuro distintas de las que tuvo la segunda. Ahí entraríamos en el terreno de la ucronía, porque como no sucedió, solo podemos especular con un discurrir del futuro de acuerdo con los planes previstos.
La ejecución del golpe
Todos los prolegómenos fueron arreglados y coordinados por Armada y Milans, con el inapreciable esfuerzo de los servicios de inteligencia y, en particular, del comandante José Luis Cortina Prieto, así como con el conocimiento de los jefes nacionales, tanto militares como civiles. Entre ellos destacaban los capitanes generales de las distintas regiones militares y los principales dirigentes de los partidos políticos, especialmente del PSOE, que había aceptado la fórmula de gobierno. Todo ello se hacía a sabiendas del Jefe del Estado, aunque este no se ocupaba tanto de los detalles —recordemos su célebre “A mí dádmelo hecho”—. El Vaticano y los Estados Unidos de América estaban avisados y habían acordado no inmiscuirse y apoyar la solución planteada.
La elección del ejecutor sobre el terreno recayó en Antonio Tejero, teniente coronel de la Guardia Civil, especialmente fiel a Milans del Bosch, capitán general de la III Región Militar con sede en Valencia, y no tanto a Alfonso Armada, mano derecha del Rey en el Ejército y futuro presidente del gobierno de concentración según el plan. A Milans se le reservaba el puesto de jefe del Ejército como Jujem, presidente de la Junta de Jefes de Estado Mayor.
A Tejero se le proporcionaron doscientos guardias civiles —en su mayoría procedentes de la Agrupación de Tráfico—, así como los autobuses y vehículos necesarios para llegar al Congreso en el día y la hora previstos.
Todos los militares eran leales al Jefe del Estado, que había heredado ese privilegio por mandato de Franco. En cuanto a sus filias o fobias constitucionales, todo es discutible según de quién se tratara, pero todos acataban como un solo hombre lo que el Rey decidiera en relación con los destinos de la nación, y con las soluciones para encauzarlos. La Constitución de 1978 había recortado los poderes del Jefe del Estado, pero aquello no afectaba realmente a Juan Carlos, que siempre dispuso de atribuciones fuera de los límites formales, por el propio origen de su jefatura. Así fue hasta su abdicación, cuando finalmente entregó la cuchara, como suele decirse.
Cortina y sus hombres proporcionaron cobertura a la libre entrada de Tejero y los suyos en el hemiciclo, y todo resultó según el plan: una operación de relojería que interrumpió la sesión a las 18:20, con Tejero gritando, pistola en mano, desde la tribuna: «¡Quieto todo el mundo! ¡Al suelo! ¡Se sienten, coño!», irrumpiendo en la segunda votación para la elección de José Calvo‑Sotelo Bustelo como presidente del Gobierno.
Toda la escena —los sonidos, las voces, el temblor del instante— quedó grabada para siempre en quienes la vivimos. Después vino el forcejeo con el general Gutiérrez Mellado, vicepresidente del Gobierno, y los disparos al techo del hemiciclo, que se salieron del guion, pues en él no figuraba que hubiera de producirse ningún tiro.
En ese momento, todos los diputados desaparecieron bajo los escaños, permaneciendo sentados únicamente —para la imagen eterna de la historia— el presidente Adolfo Suárez González y el líder del PCE, Santiago Carrillo Solares, el de Paracuellos.
Luego subió a la tribuna un capitán del equipo de Tejero, que aclaró que vendría la autoridad —militar, por supuesto— que decidiría lo que se habría de hacer.
La operación en su versión prevista se va al traste
El capitán de la Guardia Civil Jesús Muñecas Aguilar se dirigió a los diputados. Estas fueron sus palabras, que pueden escuchar en el documento videográfico incluido en la bibliografía de consulta al final del artículo. Hemos realizado la transcripción literal para facilitarles la labor: corresponde al minuto 10’20’’ de la cinta disponible —treinta y tres minutos en total— del documento histórico reseñado.
“Buenas tardes, no va a ocurrir nada, pero vamos a esperar un momento a que venga la autoridad militar competente para exponer lo que tenga que ser, y lo que él mismo diga a todos nosotros. Así que estén tranquilos, no sé si esto será cuestión de un cuarto de hora, veinte minutos, media hora, me imagino que no más tiempo, y la autoridad que hay competente, militar por supuesto, será la que determine qué es lo que va a ocurrir. Por supuesto que no pasará nada, para que estén ustedes todos tranquilos.”
El documento en vídeo que les hemos facilitado está disponible gracias a que RTVE estaba grabando la sesión del Congreso para su edición posterior en el Telediario de las 21:00 h, mientras que las radios —entre ellas Radio Madrid para toda la Cadena SER— la estaban emitiendo en directo. Existen innumerables documentos sonoros de la entrada de Tejero, pero también desde el comienzo mismo de la sesión, cuando se inició la votación para el nombramiento de Calvo‑Sotelo.
A efectos de este artículo hemos preferido facilitar el vídeo no editado de RTVE, porque se trata de un directo original, sin más comentarios que los de los propios protagonistas. Quien esto les relata, al no estar disponible la señal televisiva en directo, estaba siguiendo la sesión de investidura por la radio. Recuerdo que por aquel entonces residía en Talavera de la Reina, por motivos de trabajo, e inmediatamente telefoneé a mi padre en Madrid para que encendiera la radio. Le dije literalmente: «Pon la radio, que la Guardia Civil ha entrado en el Congreso y están dando un golpe de Estado en directo».
Mi tiempo de reacción tras escuchar a Tejero pronunciar su primera frase —«¡Quieto todo el mundo!»— fue de entre dos y cinco segundos, y ya estaba llamando a mi padre en Madrid.
Hasta este momento todo transcurrió según el plan previsto, y el famoso “elefante blanco” que se esperaba en el hemiciclo —en palabras del capitán Muñecas Aguilar— no era otro que el general Alfonso Armada.
Para el enfoque que hemos dado al artículo y al análisis del “golpe institucional del 23‑F” nos hemos guiado, sobre todo, por las investigaciones de Stanley G. Payne y Jesús Palacios: hispanista de largo recorrido el primero, periodista, escritor e historiador el segundo. Ambos cuentan con una ingente obra sobre Franco y el franquismo y han publicado recientemente, al alimón, Juan Carlos I. La construcción de un rey. La Esfera de los Libros lo llevó a las librerías el 19/11/2025. Les recomiendo la lectura detallada del capítulo IX.
Entre el momento en que el capitán Muñecas Aguilar terminó su “speech” a los diputados —aproximadamente a las 18:35— y la llegada de Armada al Congreso, sobre las 23:15, transcurrió un mundo: el tiempo pareció detenerse, haciéndose interminable.
Unos quince minutos después, la grabación de vídeo se interrumpió y quedó solo el audio, mientras las radios comenzaban a echar humo. A aquella larga vigilia se la llamó, con justicia, “la noche de los transistores”.
Para hacerlo breve: Tejero cumplió con su parte del papel, porque “hasta ahí puedo leer”, le dijeron, supeditando todo a una continuación patrocinada por generales y capitanes generales que se harían cargo de la situación. Y eso era, en efecto, lo previsto. Pero Tejero, en su cabeza, manejaba un guion liderado por militares de alta graduación, y cuando le anunciaron que Armada vendría a verle como posible futuro presidente de un gobierno de coalición nacional compuesto por políticos —causa, a su juicio, de todos los males habidos y por haber—, y más aún teniendo en cuenta que en el listado figuraban incluso comunistas, siendo él partidario de Milans del Bosch, comenzó una ronda interminable de llamadas telefónicas que alargó la jornada y dio al traste con el libreto.
Aquí les facilitamos un listado del posible gobierno que se avecinaba, según lo exponen Payne y Palacios, aunque las listas que han circulado durante estos cuarenta y cinco años son innumerables, si bien todas muy parecidas y con el mismo principio básico: presidencia de Armada y presencia de representantes de todos los partidos y del Ejército.
- Presidente: Alfonso Armada Comín, general de división.
- Vicepresidente político: Felipe González Márquez, secretario general del PSOE.
- Vicepresidente económico: José María López de Letona, exgobernador del Banco de España.
- Ministro de Asuntos Exteriores: José María de Areilza, diputado de Coalición Democrática, CD.
- Ministro de Defensa: Manuel Fraga Iribarne, presidente de AP y diputado de CD.
- Ministro de Justicia: Gregorio Peces Barba, diputado del PSOE.
- Ministro de Hacienda: Pío Cabanillas Galla, ministro de Suárez, diputado de la UCD.
- Ministro del Interior: Manuel Saavedra Palmeiro, general de división.
- Ministro de Obras Públicas: José Luis Álvarez, ministro de Suárez y diputado de UCD.
- Ministro de Educación y Ciencia: Miguel Herrero y Rodríguez de Miñón, de UCD.
- Ministro de Trabajo: Jordi Solé Tura, diputado del PCE.
- Ministro de Industria, Agustín Rodríguez Sahagún, ministro de Suárez, diputado de UCD.
- Ministro de Comercio: Carlos Ferrer Salat, presidente de la patronal CEOE.
- Ministro de Cultura: Antonio Garrigues Walker, empresario.
- Ministro de Economía: Ramón Tamames, diputado del PCE.
- Ministro de Transportes y Comunicaciones: Javier Solana Madariaga, diputado del PSOE.
- Ministro de Autonomías y Regiones: José Antonio Sáenz de Santamaría, teniente general.
- Ministro de Sanidad: Enrique Múgica Herzog, diputado del PSOE.
- Ministro de Información: Luis María Anson, periodista, presidente de la Agencia Efe.
El rey Juan Carlos, por su parte, según el relato de Payne y Palacios, estuvo en contacto telefónico con todo el mundo desde que se tuvo noticia de la incursión de Tejero en el Congreso, a través de su ayudante Sabino Fernández Campo, quien detuvo la salida de la División Acorazada Brunete n.º 1, acuartelada en El Goloso. Sabino y el rey hablaron con todos los capitanes generales —más o menos constitucionalistas unos y otros, pero todos juancarlistas—.
Franco había acumulado tal poder que el espíritu de lealtad y servicio inculcado a su Ejército terminó siendo legado, casi sin fisuras, al rey Juan Carlos en su famoso Testamento, sobre el que ya hemos escrito en este periódico. El conjunto de los mandos, incluidos Milans y Armada, estaban a lo que ordenara Juan Carlos.
Cuando llegó Armada al Congreso, Tejero se insubordinó, pues ya lo estaba desde que supo de la composición del previsto gobierno, y además estaba espoleado por su amigo —y enlace civil de los golpistas— Juan García Carrés, enemigo acérrimo de Armada, partidario de Milans y único civil condenado por el golpe del 23‑F. Carrés, dirigente del Sindicato Vertical franquista, militante ultraderechista y estrecho colaborador de Antonio Tejero, era un hombre de gran imaginación y no dejó de confundir al teniente coronel en todo momento, pese a que Armada y Milans estaban plenamente de acuerdo, al margen de las simpatías de Tejero y del modelo de gobierno que este esperaba.
Carrés malmetía a Tejero contra Armada, y el teniente coronel terminó llamando a Milans. Aunque el capitán general de Valencia le indicó que debía obedecer a Armada, Tejero, fuera de sí, se negó. Ahí se rompió el guion y entró en escena la segunda solución, la que finalmente nos mostraron a todos los españoles, porque la primera —la que debía desarrollarse entre las 18:24 y las 23:15— se había ido al traste.
Según el relato que seguimos, parece que hacia las 21:00 h el rey salió al patio a fumar —y a llorar— exclamando: «¡Dios mío, las fuerzas que he desatado!». En ese momento, la camisa no le llegaba al cuerpo y Sabino Fernández Campo fue el verdadero cerebro tras los teclados.
El conocido comunicado televisado de la 01:15, con Juan Carlos vestido con uniforme de capitán general, lo vimos todos en directo.
Resolución y conclusiones
La insubordinación de Tejero dio al traste con la coreografía completa y obligó a improvisar otro final, el que conocemos por la historia, mensaje del rey por televisión incluido.
Tejero se rindió bajo condiciones y, a la mañana siguiente, hacia el mediodía, vimos a los guardias civiles abandonar el Palacio del Congreso de los Diputados. Armada, Milans y una larga lista de militares fueron juzgados y condenados un año después, y se comieron un marrón sin glacé y con acíbar, abandonados de aquella manera por su señor natural, que tenía que salvar los muebles y ocupar las portadas.
Como dijimos al comienzo, no olviden que, a cuarenta y cinco años del suceso, les presentamos un enfoque rompedor: todos los movimientos de atrezzo y el personal en escena eran auténticos, pero el verdadero propósito de la operación era dar un susto descomunal a los españoles, clase política incluida, y reconducir una situación que, entre las masacres terroristas de ETA, los desmanes autonómicos y constitucionales, el paro, la inflación y el desacuerdo del rey con su valido Adolfo Suárez, se había ido completamente de las manos, en palabras del honorable Tarradellas, dos años antes. Para que les sea más fácil interiorizarlo para su análisis, recuerden la radio de 1938, Orson Welles y su Guerra de los Mundos. Todo era mentira pero la gente se lo creyó.
En la ucronía que podríamos desarrollar, los cerebros de la operación habrían puesto a un hombre de su cuerda, con la cabeza fría, el mismo código de lectura de la situación y pleno conocimiento de la operación completa. En su lugar colocaron a un patriota con mucha testiculina e ideas propias, posiblemente obsoletas, y hubo tiros e insubordinación: las dos únicas líneas de guion que no estaban en el libreto.
Desconocemos a qué se debió esta falla. Puede que a la búsqueda de un chivo expiatorio adecuado. Pero, por no querer arriesgar la carrera de uno de los suyos, todo salió como el rosario de la aurora. El desarrollo de la ucronía podría ocupar mucho espacio, por eso lo dejamos a su imaginación. El coste de la escenografía fue sin duda descomunal, el susto fue de campeonato, y la falla aludida es paradójica. Un plan perfecto y pusieron al mando en la escena de peligro, si me permiten el símil, al indio de la película The Party, de 1968, El Guateque en español. Personaje de Peter Sellers: Hrundi V. Bakshi, actor hindú extremadamente torpe que provoca situaciones absurdas en una fiesta de Hollywood. Con anterioridad se había cargado toda la película entera que estaban rodando y cuya finalización celebraban en aquella fiesta.
Les he traído a cuento programas radiofónicos y películas para recordarles que operamos con la teoría de que el 23-F fue una pieza completa de atrezzo y que, como dicen los italianos, “Se non è vero, è ben trovato” que en español significa “si no es cierto, está bien hilado”. Si quieren mi opinión personal como observador político y estudioso de nuestra historia desde 1876, testigo directo de nuestra España desde 1969, año del nombramiento como sucesor a título de rey de nuestro protagonista principal, el rey Juan Carlos I, yo la doy por buena, o al menos por la mejor que he analizado en estos 45 años.
En cuanto a la solución 1, la programada en el despliegue militar —con tiros imprevistos incluidos—, el futuro intentaba recomponer el descomunal roto causado por las circunstancias: la saña de ETA, rayana en el holocausto de los españoles, y el propio texto constitucional, con fallas que habían derivado al país por una pendiente peligrosísima, camino de su balcanización.
Juan Carlos I habría sido el héroe del día al demostrar, de modo sobrado, que tenía a los militares bajo control y que la situación se había reconducido dentro de los términos constitucionales. El vídeo que vimos —y el que habríamos visto en este primer escenario— habrían sido muy similares, con ligeras variaciones.
La solución 2, recoger los vidrios y ajustarse al guion previo, el de la sesión de investidura normal del Congreso, nos dio a Calvo‑Sotelo como presidente del Gobierno y la entrada del país en la OTAN en un brevísimo período de tiempo, allanando el camino hacia el Mercado Común. Juan Carlos, por supuesto, pasó a la historia con su mensaje vestido de comandante en jefe, nada menos que como salvador de la democracia.
El PSOE ganó las elecciones del 28 de octubre de 1982; Juan Carlos aprovechó para legitimarse dentro del sistema con la entrada de las izquierdas, tras haber sido el salvador de la situación el año previo frente a los “militares golpistas”, y desde entonces se dedicó a lo que le gusta: la pasta y las tías, en palabras de muchísimos periodistas y comentaristas a lo largo del tiempo.
Felipe González, como presidente, metió a su partido por su senda de toda la vida —la corrupción y el nepotismo— y así tuvimos que aguantar casi catorce años. Las peripecias del personaje y de su partido, a través de ZP y el 11‑M, llegan hasta nuestros días, en los que padecemos a Pedro Sánchez.
Aznar se cubrió de gloria hablando catalán en la intimidad y renegando de Franco y del franquismo el 20 de noviembre de 2002. Entregó la cuchara y la batalla por el relato, y desde entonces PSOE y PP “la misma mierda es”, en palabras de muchos, sin que la frase encierre intención de odio alguno: simplemente refleja el bipartidismo cómplice y el sistema de pensamiento único en el que hemos vivido. Rajoy y Feijóo representan el PP de Aznar y no han hecho nada que se salga del plan bipartidista.
Juan Carlos I, a día de hoy, está mayor y fuera de España, y como no le deseamos ningún mal, pedimos a Felipe VI que lo traiga, pues no queremos que uno de nuestros personajes históricos fallezca en el exilio.
Bibliografía y fuentes consultadas.
Stanley G. Payne y Jesús Palacios, Juan Carlos I, la construcción de un rey, editado por La Esfera de los Libros el 19/11/2025.
Juan Carlos I, Reconciliación, Editorial Planeta, 03/12/2025
https://www.youtube.com/watch?v=wlPEZsI-oio , audio y video original no editado, subido a la red YouTube por Javier Luis.
https://www.youtube.com/watch?v=iXSkHpk-nXE , audio del mensaje de S.M. al pueblo español en la madrugada del 24 de febrero de 1981, subido a la red YouTube por Foro Cultura.
Antonio Miguel Sánchez, psicólogo licenciado por la UNED, políglota y observador políticamente incorrecto durante los últimos 50 años





Hay mucha literatura sobre el tema, pero como siempre, lo importante es seleccionar las fuentes más proximas a la realidad.
Don Antonio siempre las sabe encontrar. Sus vivencias propias y su necesidad de entender y comprender cada movimiento social y político le llevan a comprender y anticipar con sus análisis el mundo en el que vivimos y los acontecimientos que acabarán por producirse.