Nota del Editor:
El estudio de Francisco Franco Bahamonde, jefe del Estado español entre 1939 y 1975, continúa siendo uno de los terrenos más complejos y debatidos de la historiografía contemporánea. Su figura se sitúa en el cruce de la historia militar, política y social del siglo XX español, marcada por la Guerra Civil, la dictadura posterior y el proceso de transición democrática que siguió a su muerte. En este sentido, cualquier análisis que aspire al rigor debe partir de la constatación de que Franco fue simultáneamente producto y protagonista de una época convulsa, en la que confluyeron los restos de un siglo XIX inacabado, las tensiones ideológicas de entreguerras y las transformaciones internacionales derivadas de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría.
A lo largo de casi cuatro décadas de gobierno autoritario, Franco consolidó un régimen personalista que combinó elementos de militarismo, nacionalcatolicismo y corporativismo, y que se adaptó a las circunstancias internacionales para garantizar su supervivencia. Bajo su mando, España vivió una severa represión política e ideológica tras la guerra, una política económica autárquica durante los años cuarenta, y una apertura limitada a partir de los cincuenta, cuando el régimen buscó reconocimiento exterior en el contexto del anticomunismo global. No obstante, reducir su figura a un mero ejercicio de poder autoritario sería insuficiente: Franco también encarnó una cosmovisión y un proyecto de Estado que se mantuvo —con matices— en las estructuras políticas y sociales incluso después de su muerte.
Analizar a Franco exige, por tanto, un enfoque que combine la crítica documental con la distancia valorativa, sin caer ni en la hagiografía ni en la condena simplista. El objetivo de esta serie de análisis que firma Antonio Miguel Sánchez es ofrecer una visión multifacética de su trayectoria: su formación militar, su papel en la Guerra Civil, la arquitectura institucional del franquismo, su política exterior y económica, su relación con la Iglesia y, finalmente, el legado que dejó en la cultura política española. Se trata de situar a Franco en su contexto histórico, entendiendo las condiciones que hicieron posible su ascenso y la perdurabilidad de su régimen, para contribuir a un debate histórico que aún hoy forma parte del tejido moral y político de la sociedad española.
Antecedentes familiares, formación, incorporación al servicio y carrera en África
Francisco Franco Bahamonde, 1892-1975, dictador de España entre 1939 y 1975, provenía de una familia de clase media con vínculos militares en la marina:
Padre: Nicolás Franco Salgado-Araujo, 1855 – 1942 nació en El Ferrol y falleció en Madrid, fue oficial de intendencia de la Armada desde 1877. Hombre de carácter voluble, abrazó ideas liberales y anticlericales que lo distanciaron del entorno familiar, especialmente durante la infancia de su hijo Francisco, con quien mantuvo siempre una relación fría y distante. Esta ausencia emocional dejó una huella profunda en el futuro dictador.

Reconocido por su impecable desempeño profesional, gozaba de fama como oficial competente y riguroso. Sin embargo, esa disciplina no se trasladaba al ámbito doméstico, donde su figura se desdibujaba entre episodios de alcoholismo y una cadena interminable de infidelidades. Como padre y esposo, fue negligente, casi ausente, dejando tras de sí una estela de silencios y heridas no cerradas.
Durante la década de 1880, mientras prestaba servicio en Filipinas, Nicolás Franco mantuvo una relación con Concepción Puey, hija de un militar, que apenas contaba catorce años. De esa unión nació Eugenio Franco Puey el 28 de diciembre de 1889, quien más tarde se dedicaría a la topografía y fallecería en 1966. Francisco Franco, su medio hermano, probablemente no supo de su existencia hasta bien entrada la década de 1950.
Para 1907, Nicolás se había desligado por completo de su familia. Inició entonces una nueva etapa junto a Agustina Aldana, maestra de secundaria, con quien convivió hasta el final de sus días en una vivienda de la calle Fuencarral, en Madrid. No se tiene constancia de que tuvieran descendencia.
El 1 de enero de 1918 alcanzó el rango de Intendente General de la Armada, equivalente a Contraalmirante o General de Brigada. Sin embargo, su carrera comenzó a declinar: el 18 de agosto de 1920 cesó en sus funciones por una licencia médica de larga duración, y el 29 de noviembre de 1924 pasó a la reserva con 69 años, cerrando así su etapa en activo. Falleció en la capital en 1942.
Madre: María del Pilar Bahamonde y Pardo de Andrade, 1865-1934, también nacida en El Ferrol e hija de marino, poseía un carácter profundamente conservador, marcado por el rigor moral, la religiosidad ferviente y una visión tradicional de la vida. Fue una figura decisiva en la formación de Francisco Franco, sobre quien ejerció una influencia silenciosa pero poderosa. Se le atribuye la transmisión de valores que moldearían la personalidad del futuro dictador: la disciplina férrea, la austeridad como virtud y una devoción católica que impregnaría su visión del mundo y del poder.

Hermanos

Nicolás Franco Bahamonde (1891-1977), diplomático y político de trayectoria destacada, ocupó cargos relevantes durante el régimen franquista, entre ellos el de embajador. Inició su carrera como militar, aunque pronto abandonó la vida castrense para adentrarse en el mundo de la empresa privada. Con el estallido de la Guerra Civil, se alineó sin titubeos con su hermano Francisco, poniéndose a su servicio y convirtiéndose en una figura clave dentro del engranaje del nuevo poder.
Fue destinado a Portugal como embajador, donde ejerció no solo funciones diplomáticas, sino también como hombre de absoluta confianza del régimen. Su papel, discreto pero influyente, contribuyó a consolidar los vínculos estratégicos entre ambos países en un momento crucial para la supervivencia del franquismo.
María del Pilar Franco Bahamonde (1895-1989), fue la hermana de Francisco Franco y una presencia discreta pero significativa en el entorno familiar del dictador. Nacida en El Ferrol, ocupó el tercer lugar entre cinco hermanos, en una familia marcada por la tradición militar y el rigor conservador.
En 1914, con apenas 19 años, contrajo matrimonio con el militar Alfonso Jaraíz Pérez-Fariña, con quien tuvo diez hijos. La tragedia la alcanzó en 1941, cuando quedó viuda; su hijo menor tenía entonces apenas diez meses, y ella se convirtió en el eje silencioso de una familia numerosa en tiempos convulsos.
Ya en la madurez, en 1980, publicó Nosotros, los Franco, una obra que pretendía ofrecer una visión más íntima y defensiva del clan familiar, en respuesta a las críticas que se habían acumulado sobre su hermano y el régimen que lideró. En entrevistas posteriores, no ocultó su incomodidad ante el peso histórico de su apellido. En una frase que resonó por su franqueza, llegó a decir: “Mejor para todos si mi hermano hubiera sido fontanero”.
Durante los años setenta, cultivó una estrecha amistad con Isabel Perón, ex presidenta de Argentina, y llegó a interceder por ella ante organismos internacionales cuando fue detenida, mostrando una faceta diplomática poco conocida.
María del Pilar falleció en Madrid el 6 de enero de 1989, a los 93 años. Fue enterrada en el Cementerio de La Almudena, cerrando una vida marcada por la discreción, la lealtad familiar y una lucidez que, en ocasiones, se atrevió a desafiar el relato oficial.
Ramón Franco Bahamonde (1896-1938), aviador audaz y figura popular en la España de los años veinte, Ramón Franco alcanzó la fama como héroe del Plus Ultra, un hidroavión Dornier Do J ‘Wal’ cuya producción comenzó en 1923. En 1926 protagonizó uno de los hitos más celebrados de la aviación española: el vuelo transatlántico que unió Palos de la Frontera, en Huelva, con Buenos Aires, capital de la República Argentina. El aparato, símbolo de la hazaña, quedó allí como regalo, sellando un gesto de hermandad entre naciones.
La tripulación elegida para aquella misión estaba compuesta por el comandante Ramón Franco, el capitán de Artillería Julio Ruiz de Alda, el teniente Juan Manuel Durán y el cabo mecánico Pablo Rada. El vuelo fue recibido con entusiasmo popular y convirtió a Ramón en un icono de modernidad y progreso.
De ideas más avanzadas y republicanas que las de su hermano, Ramón mantuvo durante años una postura política distante del conservadurismo franquista. Sin embargo, al estallar el golpe de Estado en 1936, se alineó con el bando sublevado, quizás por lealtad familiar o por convicción estratégica. Murió en acto de servicio en Baleares en 1938, en circunstancias que aún despiertan interrogantes.
En segundas nupcias, bajo la República, tuvo una hija que falleció de cáncer en 1976, cerrando una línea familiar marcada por el brillo fugaz de la gloria y la sombra persistente de la tragedia.
María de la Paz Franco Bahamonde (1899-1903), lamentablemente falleció muy joven, el 4 de mayo de 1903, a los cuatro años de edad, también en El Ferrol. Su muerte temprana la dejó fuera del relato histórico que rodea a sus hermanos, especialmente a Francisco, cuya figura eclipsó a gran parte de su entorno familiar.
Franco en la Academia de Toledo y primeros destinos

Francisco Franco ingresó a la Academia de Infantería de Toledo en 1907, con solo 14 años, después de ser rechazado en la Armada por no haber plazas disponibles. Esta institución fue clave en su formación militar y en su carácter.
Aspectos destacados de su paso por la Academia:
Disciplina y vocación: Francisco Franco se distinguió desde joven por su seriedad, obediencia y constancia, cualidades que le granjearon el respeto de sus superiores, aunque no brilló en lo académico. Su carácter reservado y su férreo sentido del deber lo hacían destacar más por su actitud que por sus resultados.
Al finalizar su formación, ocupó el puesto número 251 de los 382 alumnos, situándose en el tercio inferior de su promoción. Esta modesta clasificación contrasta de forma llamativa con el fulgurante ascenso que protagonizaría años más tarde en la carrera militar, donde su disciplina y capacidad de maniobra política lo llevarían a lo más alto del poder en España.
Duración y formación: Estuvo en la academia tres años, donde recibió formación teórica y práctica en tácticas militares, manejo de armas, estrategia y valores castrenses.
Ascenso rápido: Tras su graduación en 1910 como segundo teniente de infantería, fue destinado a Marruecos en 1912, donde comenzó su carrera militar y empezó a ganar reputación como oficial valiente y eficaz.
El primer destino de Francisco Franco como oficial fue el Regimiento de Infantería Zamora n.º 8, con base en El Ferrol, su ciudad natal. Se trataba de una asignación peninsular provisional, común entre los recién graduados que aún no habían sido enviados a zonas de conflicto o a las colonias. Su paso por el regimiento fue breve, casi transitorio, mientras aguardaba una oportunidad más ambiciosa.
Consciente de que la guerra en el Rif ofrecía un escenario propicio para el ascenso rápido, solicitó el traslado a Marruecos, donde la acción militar y el riesgo eran moneda corriente. Allí, en tierra africana, comenzaría a forjarse la leyenda del joven oficial que, sin destacar académicamente, supo abrirse camino con disciplina, ambición y una intuición política precoz.
Francisco Franco fue destinado a Marruecos en 1912, con apenas 19 años y aunque él mismo solicitó el traslado para adquirir experiencia de guerra, la influencia decisiva vino de su profesor en la Academia de Infantería de Toledo, el coronel José Villalba Riquelme.
Villalba Riquelme era un veterano africanista que había servido en campañas anteriores en Marruecos. Reconoció en Franco a un joven disciplinado, ambicioso y con potencial para destacar en el difícil escenario africano. Recomendó personalmente su destino en el Regimiento de Regulares Indígenas de Melilla, una unidad de élite en la guerra del Rif. En ese entorno hostil, donde la tasa de mortalidad entre oficiales era alta, Franco comenzó a forjar su reputación como militar eficaz y frío bajo presión.
Como él mismo diría años después: “Sin África, difícilmente podría explicarme”.
La Academia Militar de Toledo marcó el inicio formal de la carrera castrense de Francisco Franco, y fue mucho más que un simple centro de formación. En sus aulas y patios de instrucción se consolidó una visión del mundo que lo acompañaría toda la vida: el culto al orden, la obediencia jerárquica y un patriotismo férreo, casi místico.
Allí no solo se forjaron sus convicciones, sino también sus alianzas. Fue en ese entorno disciplinado y austero donde estableció vínculos con otros jóvenes oficiales que, años más tarde, desempeñarían roles decisivos durante la Guerra Civil y en la arquitectura del régimen franquista. La Academia no solo le enseñó a mandar: le enseñó a elegir con quién hacerlo.
Franco en África
La etapa africana de Francisco Franco fue decisiva en la forja de su carrera militar y en la construcción de su prestigio como oficial. Destinado al Protectorado español de Marruecos entre 1912 y 1926, vivió catorce años de guerra y maniobra, de los 19 a los 33, que marcaron su carácter y consolidaron su imagen pública.

En ese escenario de conflicto constante, Franco ascendió por méritos de guerra desde teniente hasta general de brigada, convirtiéndose en el general más joven de Europa en su momento. La dureza del Rif, la estrategia militar y la política colonial le ofrecieron un campo fértil para desplegar su ambición, su disciplina y su capacidad de liderazgo. África no solo le dio galones: le dio relato.
Principales momentos en detalle:
Primera etapa (1912-1920): Franco participó en la guerra del Rif, un conflicto colonial contra las tribus rifeñas que resistían la ocupación española. Se ganó fama de valiente, eficaz y disciplinado, aunque también de frío y calculador. El 13 de Junio de 1912 es promovido por antigüedad de su grado de segundo teniente (alférez) al de teniente.
Francisco Franco ascendió al grado de capitán por Real Orden del 15 de enero de 1915, con antigüedad del 1 de febrero de 1914 por méritos de guerra durante la campaña en Marruecos, específicamente por su actuación en la ocupación de la Peña Beni Hosmar.
Herido en combate (29 de junio de 1916): Durante una acción militar en El Biutz, en el corazón del conflicto rifeño, Francisco Franco fue gravemente herido. Las primeras valoraciones médicas lo daban prácticamente por irrecuperable, y su futuro en el ejército parecía truncado. Sin embargo, contra todo pronóstico, sobrevivió.
Aunque la herida ralentizó su ascenso inmediato, reforzó su imagen pública como oficial valiente y resistente, capaz de sobreponerse al dolor y al peligro. Aquel episodio, envuelto en dramatismo y tenacidad, comenzó a perfilarlo como un héroe silencioso, más temido que celebrado, más respetado que comprendido.
Ascenso a comandante: Fue ascendido a comandante el 4 de marzo de 1917 con antigüedad del 29 de junio de 1916 por su acción en dicha fecha, a los 23 años, siendo uno de los más jóvenes en lograr ese rango.
El 31 de mayo de 1917, tras una incorporación demorada por la grave herida sufrida el verano anterior en El Biutz, Francisco Franco tomó posesión de su nueva plaza en el Regimiento del Príncipe n.º 3, acuartelado en Oviedo. Este destino, lejos del fragor africano, le ofreció un respiro y una nueva perspectiva: el contacto con la buena sociedad asturiana.
Fue allí, entre tertulias y paseos por la ciudad, donde conoció a María del Carmen Polo y Martínez-Valdés, joven perteneciente a una familia distinguida de la alta sociedad ovetense. Carmen estaba a punto de cumplir diecisiete años cuando Franco llegó a la ciudad, y aquel primer encuentro marcaría el inicio de una relación que, con el tiempo, se convertiría en matrimonio y en uno de los pilares más sólidos de su vida personal.
Regreso y fundación de la Legión (1920-1922): Francisco Franco fue uno de los primeros oficiales en incorporarse al recién creado Tercio de Extranjeros, germen de lo que pronto sería conocido como La Legión. Fundada por José Millán-Astray, esta unidad nació con la ambición de convertirse en un cuerpo de élite, inspirado en la mística de la Legión Francesa y dotado de un código de honor casi samurái, donde el valor, la disciplina y el sacrificio eran divisa.

Millán-Astray, encargado de abrir la recluta para esta nueva fuerza, ya conocía bien a Franco: lo consideraba un jefe eficaz, curtido en las tropas de choque del Protectorado, donde había servido con distinción en las Harkas, Mehalas y Regimientos de Fuerzas Regulares, las unidades de vanguardia en la guerra del Rif.
El 20 de septiembre de 1920, la Legión quedó oficialmente constituida, y Franco asumió el mando de la Primera Bandera como lugarteniente de Millán-Astray. Bajo su dirección, el cuerpo adquirió rápidamente fama de implacable y disciplinado. Franco imprimió su sello personal: una exigencia extrema, una eficacia militar sin concesiones, y una cultura del deber que convertiría a la Legión en una fuerza temida y admirada, tanto en el campo de batalla como en el imaginario nacional.
De esta etapa africana surge una de las pocas obras escritas por Francisco Franco: Diario de una Bandera, publicada en 1922. El texto recoge sus vivencias desde la incorporación al Tercio hasta abril de ese mismo año, y se presenta como una guía práctica para las Fuerzas Armadas de tierra, basada en la experiencia directa del combate en los escarpados riscos y quebradas del Rif.
La obra no tenía precedentes en la literatura militar española. En aquel escenario hostil, las tropas españolas sufrían un número alarmante de bajas, y los combatientes rifeños —a quienes entonces se llamaba “moros”— se burlaban de ellos con la expresión “no saber manera”, en alusión a su torpeza táctica en terrenos montañosos.
Franco, curtido en unidades de élite, volcó en el libro su conocimiento sobre cómo “saber manera”: cómo desplegar, replegar y retirarse con disciplina, tanto desde posiciones elevadas como desde valles expuestos. Su enfoque metódico y su capacidad para adaptar la estrategia al terreno salvaron numerosas vidas y sirvieron de enseñanza para muchos oficiales que, gracias a aquel manual de guerra, aprendieron a operar con eficacia en uno de los escenarios más difíciles del colonialismo español.
Ascenso a Teniente Coronel: El 8 de junio de 1923, con antigüedad reconocida desde el 31 de marzo de 1922, Francisco Franco fue ascendido a teniente coronel por méritos de guerra en las campañas del Rif. Ese mismo día asumió el mando del Tercio, consolidando su posición como figura clave en la joven Legión Española.
Poco después, el 2 de julio, obtuvo permiso oficial para contraer matrimonio. La boda tuvo lugar el 16 de octubre de 1923, tras recibir una licencia de 40 días.

El enlace fue apadrinado por Su Majestad Don Alfonso XIII de Borbón y Habsburgo-Lorena, representado en la ceremonia por el general Don Antonio Losada, Gobernador Militar de Asturias. Como gesto de distinción, Franco fue admitido como Gentil Hombre de Cámara con Ejercicio, un título honorífico que, aunque no conllevaba funciones específicas, sí otorgaba privilegios como militar cercano al monarca.
Tras la boda, el joven matrimonio se estableció en Melilla, donde Franco fijó su residencia familiar. Allí, entre la vida castrense y la intimidad doméstica, comenzó a consolidarse no solo como oficial de prestigio, sino como figura emergente en el entramado político-militar de la España de entreguerras.
Ascenso a Coronel: El 7 de febrero de 1925, Francisco Franco fue ascendido a coronel de Infantería por méritos de guerra, con antigüedad retroactiva al 31 de enero de 1924. Este nuevo rango consolidaba su meteórico ascenso en el seno del Ejército, fruto de su desempeño en las campañas del Rif y su papel decisivo en la consolidación de La Legión.
A pesar del ascenso, su destino no cambió: permaneció al frente del Tercio, que bajo su mando creció hasta contar con ocho banderas, convirtiéndose en una fuerza de élite temida por sus enemigos y reverenciada por sus superiores. Franco imprimió a la unidad un sello de disciplina férrea, eficacia táctica y mística guerrera, que la convertiría en uno de los pilares del Ejército español en los años venideros.
Ascenso a general (3 de febrero de 1926): Tras años de campañas exitosas en Marruecos, Francisco Franco alcanzó el generalato a una edad inusualmente temprana. Fue ascendido a general de brigada a los 33 años, con antigüedad reconocida desde el 31 de enero, convirtiéndose en el general más joven de Europa en ese momento. El ascenso, reflejo de su eficacia táctica y su disciplina férrea, fue impulsado por figuras de peso: recomendado por el mariscal Philippe Pétain, jefe de las fuerzas francesas en el Desembarco de Alhucemas; patrocinado por el Generalísimo Miguel Primo de Rivera; y finalmente aprobado por el rey Alfonso XIII.
Este nombramiento consolidó su prestigio dentro del Ejército español y lo situó en el centro del poder militar. Su primer destino como general fue Madrid, donde asumió el mando de la Primera Brigada de la Primera División, compuesta por los Regimientos del Rey y de León, con sede en la capital.
En medio de este ascenso fulgurante, la vida personal de Franco también dio un giro decisivo. El 14 de septiembre de 1926 nació en Oviedo su única hija, Carmen Franco Polo, fruto de su matrimonio con Carmen Polo. La llegada de la niña marcó el inicio de una vida familiar que, aunque discreta en lo público, se mantendría como un refugio constante en medio de las turbulencias políticas que se avecinaban.
Nombramiento como Director de la Academia de Oficiales: El 4 de enero de 1928, Francisco Franco fue nombrado primer director de la recién creada Academia Militar de Zaragoza, un centro destinado a la formación de oficiales del Ejército. El nombramiento representó un reconocimiento indiscutible a su trayectoria en África y un triunfo para los llamados “africanistas”, el grupo de militares que, como él, habían forjado su prestigio en las campañas del Rif.
Muchos de sus antiguos subordinados en Marruecos lo acompañaron en esta nueva etapa como profesores, conformando un núcleo doctrinal que trasladó al aula los valores que habían aprendido en el frente: disciplina, austeridad, eficacia y sentido del deber. La Academia no solo fue un espacio de instrucción, sino también un laboratorio ideológico donde se moldeó una generación de oficiales que, años más tarde, jugarían un papel decisivo en la historia de España.
Importancia de la experiencia africana: La experiencia africana moldeó de forma decisiva la personalidad y el pensamiento militar de Francisco Franco. En los polvorientos escenarios del Rif, entre emboscadas y repliegues, desarrolló una mentalidad autoritaria y marcadamente militarista, cimentada en el culto al orden, la jerarquía y el sacrificio. Se le consideraba un “ordenancista” por excelencia, conocedor minucioso del Código de Justicia Militar, que aplicaba con rigor casi doctrinal.
Aprendió a liderar tropas bajo condiciones extremas, con un estilo férreo, sobrio y sin concesiones. Su paso por La Legión, donde destacó como jefe de la Primera Bandera, consolidó su reputación como héroe nacional. Las cualidades que lo definían como mando —una serenidad imperturbable ante la presión, lucidez estratégica, innata capacidad de liderazgo y eficacia en la toma de decisiones— lo erigieron en el jefe ideal para la primera línea.
África fue, en suma, mucho más que un campo de batalla: fue el laboratorio donde Franco construyó su carrera, su ideología y su red de lealtades militares. Aquellos vínculos, forjados en la dureza del combate, serían fundamentales años más tarde, cuando la Guerra Civil lo colocara al frente del destino de España.
Contexto histórico
El período comprendido entre 1909 y 1927, años de la guerra del Rif, debe situarse en el contexto histórico de la Restauración, bajo la vigencia de la Constitución de 1876. España vivía entonces una aparente estabilidad institucional, pero bajo la superficie se gestaban tensiones que marcarían el siglo XX. En 1906 se celebró la Conferencia de Algeciras, una reunión internacional de alto nivel en la que se decidió el reparto de las últimas zonas no ocupadas del continente africano. El objetivo era doble: consolidar el dominio de las potencias europeas y satisfacer las aspiraciones de la nueva superpotencia emergente, la Alemania unificada de Bismarck, convertida en el II Reich desde 1871.
En ese reparto, Marruecos fue adjudicado como protectorado francés, aunque se concedió a España un papel secundario pero comprometido. Francia deseaba evitar que ambos lados del Estrecho de Gibraltar quedaran bajo control británico, mientras que el Reino Unido prefería no confrontar con su rival de territorios africanos. El resultado fue un caramelo envenenado para España, que tras el desastre de 1898 había quedado relegada a potencia de segundo orden, despojada de sus posesiones ultramarinas en el Atlántico y el Pacífico. El gobierno español y su ejército no estaban preparados para asumir el reto marroquí, pero rechazarlo habría significado quedar fuera del tablero internacional. España, sin margen de maniobra, aceptó la oferta… y con ella, las dificultades garantizadas en el Rif.
En ese mismo contexto se promulgó la Ley para la Represión de los Delitos contra la Patria y el Ejército —conocida como “Ley de Jurisdicciones”—, que trasladó al ámbito militar la competencia para juzgar delitos considerados ofensivos contra la nación o sus fuerzas armadas. Estuvo en vigor desde 1906 hasta su derogación por la Segunda República en 1931. Los impulsores de esta ley promovieron también la creación de las Juntas de Defensa en 1917, una suerte de sindicato de mandos intermedios (jefes y oficiales) que se oponía a los ascensos por méritos de guerra y reclamaba mejores condiciones salariales y materiales. Esta pugna abrió una brecha entre los oficiales “africanistas”, curtidos en combate, y los destinados en la Península, más vinculados a la burocracia castrense.
La Guerra de Marruecos (1909–1927) evidenció esta fractura. Los oficiales destinados en África, a riesgo de sus vidas, obtenían ascensos rápidos, mientras que sus compañeros peninsulares veían estancadas sus carreras. La división afectó especialmente a los cuerpos de Infantería y Caballería. Artillería e Ingenieros, por su parte, permanecieron al margen, al estar sujetos a ascensos por antigüedad y compensaciones salariales mediante medallas. Pero incluso dentro de las mismas promociones, los destinados en África saltaban el escalafón… si no morían en el intento.
Así nació la pugna entre africanistas y peninsulares, que fragmentó al Ejército español en dos almas enfrentadas. Esta división no solo sobrevivió a los años, sino que se proyectó en la Guerra Civil, donde ambos bandos contaron con representantes de ambas tendencias. Sin la división del ejército la guerra civil no hubiera sido posible. Hubiera triunfado un régimen político u otro, pero de forma inmediata. Pero fue en las primeras décadas del siglo XX —con los terremotos ideológicos, la guerra colonial, la influencia de la Gran Guerra, las huelgas revolucionarias de 1917 y 1919 (huelga de la famosa compañía eléctrica de Cataluña, La Canadiense), el desastre de Annual y la dictadura de Primo de Rivera— cuando se gestó el caldo de cultivo que haría posible el conflicto fratricida.
Ese fue el contexto en el que Francisco Franco se formó profesionalmente y ascendió en su carrera: un ejército dividido, un país en tensión, y una guerra colonial que ofrecía gloria… o muerte.
Bibliografía de consulta:
- Mis conversaciones privadas con Franco, por Francisco Franco Salgado-Araújo. (1976)
- Mi vida junto a Franco, por Francisco Franco Salgado-Araújo. (1977)
- 1936, fraude y violencia en las elecciones del Frente Popular, por Manuel Álvarez Tardío y Roberto Villa García. (2017)
- El secreto de Franco, por Guillermo Gortázar. (2023)
- Franco, una biografía personal y política, por Stanley G. Payne y Jesús Palacios, 1ª edición 2015 o 2ª edición 2025.
- La guerra civil que vino de África, por Joaquín Rivera Chamorro. (2025)
Antonio Miguel Sánchez, psicólogo licenciado por la UNED, políglota y observador políticamente incorrecto durante los últimos 50 años




