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miércoles, julio 29, 2026

5 de noviembre, elecciones USA: Alea jacta est

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Antonio Miguel Sánchez
Antonio Miguel Sánchez
Psicólogo licenciado por la UNED, políglota y observador políticamente incorrecto durante los últimos 50 años

Las elecciones a la Presidencia de los Estados Unidos de América son recurrentes, como los carnavales. La única diferencia es que se celebran cada cuatro años, en año par y bisiesto, y por ello también en los que cierran siglo. Para no irnos muy atrás en el tiempo, partiremos de 1960, año en que ya funcionaban la prensa, radio y televisión a pleno rendimiento, aunque no con tantos canales como hoy día. Además, no había internet. Ese año se enfrentaban John F. Kennedy y Richard Nixon: el presidente más carismático de la historia reciente de los Estados Unidos contra el más fullero. Con matices, claro, pues mientras uno era hijo de papá y el dinero del viejo Joe (Kennedy padre) compraba grupos y voluntades aquí y allá, el otro era un sufrido meritorio del partido republicano, con muchas horas de vuelo y con muchas tablas en la política. Había sido vicepresidente durante la Presidencia de Eisenhower, de 1953 a 1961, y posteriormente consiguió la victoria en 1968, siendo destituido en 1974 por el asunto Watergate.

Estas elecciones fueron ajustadas en números, con una diferencia de 110.000 votos populares a favor del bostoniano (Kennedy había nacido en Brookline, condado de Norfolk, muy próximo a Boston, Massachusetts. El recuento se hizo largo, y a cierta hora, caída la noche, nuestro carismático candidato demócrata dijo al californiano Nixon: “Verdaderamente, no sabemos quién ha ganado las elecciones”. Finalmente, los votos electorales dieron ganador a Kennedy.

Joe Kennedy, padre de JFK

Esta fue la primera vez que se celebraron debates electorales entre candidatos a la Presidencia de los Estados Unidos. El primero de cuatro se celebró el 26 de septiembre de 1960. Este debate cambió las reglas de las campañas presidenciales, pues intervenía la televisión. Kennedy procedía de un medio familiar audiovisual, ya que su padre era el fundador de la RKO y tenía una cadena de cines. El medio televisivo no le era ajeno, y se presentó impecablemente vestido con traje oscuro, muy presidencial, y perfectamente maquillado y afeitado. Su rival, en traje claro y sin maquillaje, dejaba transparentar su piel y se le veían los puntos negros de los pelos de la barba. Su apariencia en televisión era la de un hombre avejentado y enfermo. Tenía 47 años, solamente cuatro más que su rival. Mientras el carismático Kennedy miraba a la cámara y, por lo tanto, a los telespectadores, Nixon debatía mirando al grupo de periodistas intervinientes en el debate. Con 80 millones de audiencia en la televisión estadounidense, el candidato demócrata ganó la partida. Se daba la circunstancia de que el debate se emitía también por radio, y mientras las encuestas daban ganador al norteño en la televisión, el californiano salía ganador ante los oyentes de radio. Vano empeño, pues una audiencia era muy superior a la otra en número.

Desde esas elecciones, que fueron muy controvertidas por el ajuste de los números y por el eterno debate sobre si fueron limpias (el padre de Kennedy había comprado a la mafia y al poderoso sindicato de transportistas norteamericanos, y se supone que ambas inversiones influyeron en el resultado), ha habido algunas otras que han ido preocupando más y más al observador europeo, que no vota en urna, pero vota en su casa debido a la influencia que estas elecciones tienen para el devenir del viejo mundo.

Como sabemos, el presidente Kennedy fue asesinado en Dallas el 22 de noviembre de 1963, víctima de un atentado perpetrado por Lee Harvey Oswald, exmarine de 24 años, con un rifle Carcano de 11 dólares, comprado por correo, pues las ventas a distancia ya existían en los dinámicos EEUU de los años 60 del siglo XX. Una ventana de la quinta planta del edificio Texas School Book Depository de la Plaza Dealy, sirvió de apostadero a nuestro “hater” (odiador, así lo llamaríamos hoy día) y resolvió de paso los problemas de todos los poderosos del mundo y de casa que querían acabar con la vida del mandatario. Después, todos ellos lloraron lágrimas de cocodrilo e hicieron su patético paripé, pero por dentro estaban más contentos que unas castañuelas. Kennedy había sacado pecho por su país y había pisado muchos callos dentro y fuera, y el resultado terminó con un funeral de Estado en una tumba de Arlington. La llama del sepulcro sigue encendida.

Lyndon B. Johnson heredó la guerra de Vietnam y el compromiso por los Derechos Civiles, principales asuntos de la Agenda Kennedy. La guerra de Vietnam dio problemas durante los siguientes 12 años, pero los Derechos Civiles fueron reconocidos en 1964, y su nombre pasó a la historia por ser el presidente que completó la liberación de los esclavos, acabando con el apartheid. El proceso lo había iniciado la presidencia Lincoln el 1 de enero de 1863, y tardó un siglo en completarse. Este hito histórico costó muchos esfuerzos a la sociedad norteamericana y todavía están trabajando (bastante hipócritamente) por la integración.

En 1968, el presidente Johnson, debido a la impopularidad de la guerra de Vietnam, decidió no presentarse para un segundo mandato, dejando el campo libre en el lado demócrata a Robert Francis Kennedy, que había sido fiscal general durante la presidencia de su hermano. Este icono de familia cayó asesinado el 6 de junio de 1968, como su hermano, muerto por un exaltado, Sirhan Sirhan, palestino de 24 años, inmigrante de ciudadanía jordana. La cuestión de Israel pasaba factura a la familia. Ese año, el contendiente republicano era nuevamente Richard Milhous Nixon, quien obtuvo la revancha y ganó la presidencia. Prometió acabar con la guerra de Vietnam, inició el deshielo en 1972 con la ya entonces poderosa República Popular de China y se enredó en un turbio asunto de espionaje (Watergate) al partido demócrata, que le costó la destitución en agosto de 1974.

Su sucesor, Gerald Rudolph Ford, completó la salida de Vietnam en 1975 y también vivió la muerte de Franco y la delicada situación de la Transición española en la persona de Juan Carlos I. Lo resolvió enviando a sus hombres de confianza a España, el vicepresidente Nelson Rockefeller y el secretario de Estado Henry Kissinger, y aquí estamos los españoles, dándoles las gracias todavía y sin nada que hacer en el Sáhara Occidental, precio de su estimable ayuda en aquellos días.

Su elección no fue posible y Jimmy Earl Carter Jr. se hizo con la Presidencia en las elecciones de 1976, pero los turbulentos años 70 lo convirtieron en presidente de un solo mandato: los acontecimientos en Irán, con la caída del Sha Mohammad Reza Pahlevi y la crisis de los rehenes, dieron al traste con la reelección. Se recuerda su período presidencial como de “línea blanda” y cuando los Estados Unidos ceden mucho en algún asunto internacional de su interés, se dice del inquilino accidental de la Casa Blanca que se ha “carterizado”, es decir, que su política no es de línea dura y que Estados Unidos no ha impuesto su criterio. Ningún presidente desde entonces quiere ser tachado de tal modo.

Ronald Wilson Reagan, de 69 años, se hizo con la Presidencia en 1980. Antiguo actor de Hollywood, muy activo en el género “western” y presidente del Sindicato de Actores, el viejo cowboy se presentó como brillante gobernador de California, donde se había desempeñado con éxito, y el problema en Irán le ayudó a ganar las presidenciales. Los iraníes se dieron cuenta de que su régimen llevaba poco tiempo funcionando, y soltaron a los rehenes con el doble propósito de humillar a Carter y no tener problemas con el nuevo titular de la Casa Blanca. Ronald se asoció con su “prima” europea Margaret Thatcher para hacer frente a los últimos tiempos de la URSS, ya en franca decadencia después de casi 70 años de régimen comunista, y a término de la década la presión occidental acabó con el muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989 y a comienzos de los 90 la URSS se desplomó como un decorado de cartón piedra, dando paso al nuevo orden mundial que se ha venido estableciendo durante los últimos 35 años.

El impulso de su presidencia dio como resultado un nuevo mandato republicano para George Herbert Walker Bush, quien en 1992 cedió la presidencia a Bill Clinton, después de haber liberado Kuwait de la invasión iraquí durante la Guerra del Golfo, a principios de 1991. “Es la economía, estúpido”, dijo Clinton y ocupó la Casa Blanca. Estas fueron las presidenciales de 1992.

William Jefferson Clinton asumió el cargo como el 42º presidente de los Estados Unidos y durante toda su presidencia continuó enfrentando atentados islamistas, tanto dentro del país como en el extranjero. Los estadounidenses ya venían siendo atacados en el Oriente Próximo, principalmente en el Líbano, debido a su apoyo a Israel desde comienzos de la década de 1980. En este contexto surgieron organizaciones terroristas como Hamas en Palestina y Hezbolá en Líbano, los primeros de tendencia sunnita y los segundos chiítas, ambas consideradas por muchos como títeres bajo la influencia de Irán, que comenzó lo que hoy conocemos como guerra híbrida.

El 26 de febrero de 1993, el World Trade Center (complejo comercial y financiero de Nueva York que albergaba las Torres Gemelas) fue atacado mediante un camión cargado con 680 kg de explosivos en los aparcamientos del sótano. El ataque causó 6 muertos, 1.042 heridos y daños considerables en el edificio.

En 1995, el presidente Clinton inició una «relación inapropiada» con una joven becaria, Mónica Lewinsky, que se extendía a algo más que organizar los papeles en el Despacho Oval.

Cuando el escándalo salió a la luz en 1998, el presidente sufrió un intenso acoso de la prensa sensacionalista y de algunos grupos feministas, que en esa época empezaban a articular lo que luego sería el movimiento «Me Too«. Clinton atravesó una difícil crisis, reconoció lo inapropiado de su relación y, tras 21 días de juicio —en su mayoría mediático—, fue exonerado por el Senado, salvando así su presidencia.

Las elecciones presidenciales del año 2000 trajeron consigo el primer gran conflicto moderno relacionado con el recuento de votos, con un antecedente directo en las elecciones de 1960, donde ya se evidenciaron pequeñas diferencias entre Kennedy y Nixon. Estas diferencias fueron resueltas finalmente por la influencia de Joe Kennedy y el cálculo final de los votos electorales asignados estado por estado. Pero en 2000, las cosas sucedieron de modo diverso.

El sistema electoral estadounidense adjudica un número determinado de votos electorales por cada estado, y tras el conteo del voto popular, la ley exige que el colegio electoral asigne los votos electorales de ese estado al candidato ganador del voto popular. Este sistema puede hacer que el ganador en voto popular no acceda a la Presidencia, debido al peso ponderado de los votos electorales por estado. Las controversias surgidas en el año 2000 generaron intensos debates y retrasos debido a problemas con el conteo de votos. Fue entonces cuando muchos admiradores de la supuesta superioridad de Estados Unidos en todo lo que hace, comenzaron a darse cuenta de que no siempre es así.

Las papeletas de votación no solo incluyen a los candidatos presidenciales, sino también las elecciones al Congreso, que se renueva en su totalidad cada dos años, y las elecciones al Senado, en las que un tercio de los senadores es elegido cada dos años.

Para que el voto fuera válido en las elecciones del año 2000, era necesario perforar con un punzón la casilla correspondiente a la elección. Esto generó una embarazosa controversia durante los recuentos, ya que, aunque algunas casillas estaban marcadas, no estaban perforadas completamente. A estas papeletas las denominaron «preñadas«, en un juego de palabras.

Aunque el candidato demócrata Albert Arnold Gore Jr. ganó el voto popular con una ventaja de 544.000 votos, la distribución de los votos electorales fue de 271 a 266 en favor del republicano George Walker Bush Jr., debido a la asignación de votos electorales por estado. La controversia sobre las papeletas «preñadas» y la decisión de Jeb Bush, gobernador de Florida y hermano del candidato republicano, de adjudicar los votos electorales de su estado a su hermano, dejó una marca indeleble en la elección presidencial del año 2000.

George W. Bush asumió la presidencia de Estados Unidos por dos mandatos, mientras que Al Gore, tras la derrota, se dedicó a la causa del cambio climático, acumulando una considerable fortuna. Su patrimonio, estimado en 1,7 millones de dólares por aquella época, creció a más de 200 millones en los años siguientes.

George Walker Bush Jr. enfrentó el 11 de septiembre de 2001 los atentados contra las Torres Gemelas, que se desplomaron tras el impacto de dos aviones comerciales. En total, cuatro aviones fueron secuestrados: dos impactaron en las Torres del World Trade Center, uno en el Pentágono y otro en el municipio de Stonycreek, Pensilvania. El saldo de víctimas fue de 2.996 muertos y más de 25.000 heridos. Este ataque terrorista, perpetrado por Al Qaeda bajo el liderazgo de Osama Bin Laden, superó en gravedad a Pearl Harbor y golpeó a Estados Unidos en el corazón de su territorio.

La presidencia de Bush Jr. quedó profundamente marcada por estos atentados, llevando a los EEUU a la Guerra de Irak y la invasión de Afganistán. Mientras que la intervención en Irak dejó la región en un estado de inestabilidad permanente, aún evidente en Siria, Irak, Gaza y Líbano, en Afganistán, el 11 de septiembre de 2021, la presidencia de Joe Biden retiró las tropas estadounidenses, dejando a los talibanes nuevamente en el poder. Esto trajo consigo un retroceso drástico en los derechos de la población afgana, especialmente para las mujeres, quienes volvieron a ser sometidas a los estrictos controles de los talibanes, perdiendo las libertades que habían disfrutado brevemente, como la educación, la música y la libertad para elegir su vestimenta.

Las elecciones de 2008 y 2012 fueron ganadas cómodamente por Barack Obama, el carismático y atlético político de ascendencia mixta, hijo de una antropóloga blanca y un padre afroamericano. Criado en Hawái, Obama finalmente adoptó su identidad afroamericana para desarrollar su carrera como abogado y en política. En Estados Unidos, cada persona tiene la libertad de definir su pertenencia a un grupo étnico, y es la sociedad la que valida o no esa autoidentificación.

Su esposa, Michelle Robinson, es afroamericana y desciende de Thomas Jefferson, el tercer presidente de Estados Unidos, quien tuvo hijos con una de sus esclavas, a la que trató con una relativa deferencia para la época, preocupándose por ella y sus descendientes. De esta manera, Michelle y Barack Obama conformaron un poderoso tándem de exitosos y carismáticos abogados afroamericanos en Chicago, desde donde lograron ascender hasta la Casa Blanca, convirtiéndose en una de las parejas más influyentes de su tiempo. En 2009, el presidente Obama recibió el Premio Nobel de la Paz de manera preventiva, lo que contribuyó al “prestigio” del galardón, un reconocimiento que también fue otorgado a figuras como Yasser Arafat. Con esto queda dicho todo.

Como no tuvo suficiente, el domingo 20 de Marzo de 2016, nuestro intrépido Presidente visitó Cuba, validó a los Castro, y ahí siguen los hijos por medio de persona interpuesta. Parece que últimamente el servicio eléctrico de la isla no funciona muy bien. Muy ecológico por cierto: funcionan a base de petróleo para producir la luz.

En esta época, con el auge de internet, la expansión de la fibra óptica y el nacimiento masivo de los teléfonos inteligentes —los llamados «smartphones«— conectados a la comunicación inalámbrica por wifi, se produjo la verdadera revolución mundial de la comunicación. La globalización se consolidó en los hechos, multiplicándose las redes sociales y emergiendo nuevas figuras, los conocidos ahora como «influencers«, que cambiaron las formas de interacción entre las personas. Este nuevo medio se ha convertido en un espacio de libertad, pero también en un terreno lleno de riesgos. En este contexto, el movimiento «woke» y un feminismo radical —al que en algunos círculos se refiere con al hecho como «feminazis«— han alcanzado su pleno desarrollo.

Tras el fin de la presidencia de Obama, en octubre de 2017, estalló en los medios el caso Weinstein, en el que el poderoso magnate de la industria de Hollywood fue acusado por 80 mujeres de diversos abusos sexuales cometidos contra aspirantes a obtener papeles en sus producciones. Este caso resulta particularmente curioso, ya que desde 1912, año que podríamos considerar como el inicio de las grandes producciones de Hollywood proyectadas en salas de cine, era un secreto a voces el intercambio de favores entre aspirantes al mundo del celuloide y los productores o magnates del cine. En la época dorada del cine, las grandes productoras mantenían cientos de coristas y bailarinas en nómina, posición desde la cual algunas de ellas saltaron al estrellato. No hay que dar más detalles.

Para mencionar algunos casos que superan con creces al de Weinstein, basta con citar a Howard Hughes, quien mantenía a numerosas candidatas y actrices en lujosos apartamentos alquilados, o a Joe Kennedy, que compró una productora para disponer de su propio «harén», donde su hijo John F. Kennedy —futuro presidente de los Estados Unidos y todo un Casanova entre las estrellas— protagonizó sus propias hazañas. Entre las famosas actrices relacionadas con estas dinámicas podemos mencionar a Marilyn Monroe, quien, desde sus veinte años, en 1946, destacó como pin-up y posteriormente como actriz de éxito, gracias a su particular «método». Se dice que, sin reparos, solía preguntar a la entrada de los estudios con quién debía «interactuar» para conseguir el contrato. Marilyn, tan libre en sus decisiones, nunca tuvo problemas en reconocer su método, aunque sin llegar a patentarlo.

Lo sorprendente del caso Weinstein, que de algún modo vino a resolver un problema originado un siglo antes (aunque desconocemos el estado actual de la cuestión, es razonable pensar que, dadas las circunstancias políticas y sociales, el número de víctimas de este «método» ha disminuido), radica, en primer lugar, en el largo período de incubación entre los hechos y las denuncias. La lista de celebridades denunciantes es extensa, pero hay dos aspectos que me llaman particularmente la atención. El primero es que las acusaciones surgieron «muchas películas y años después» de los incidentes, tras el éxito acumulado en el cine, junto con millones de dólares, mansiones y lucrativos contratos en campañas publicitarias de ropa, accesorios o perfumes.

El segundo aspecto, que considero verdaderamente preocupante y digno de reflexión, es el papel de los representantes de estas actrices. Durante todo ese tiempo, ¿desconocían realmente las prácticas de los magnates de la industria? Y si las conocían, ¿por qué no advertían a sus representadas o las protegían de esos «tiburones»? O más bien, ¿era un acuerdo tácito, y los representantes aconsejaban a sus clientas «colaborar» para asegurar el acceso a los contratos? Lo cierto es que nunca ha habido denuncias contra ningún representante, lo que me deja con una sensación de incredulidad al pensar en mis propias reflexiones…

Noviembre de 2016 marcó las elecciones para la presidencia que sucedería a la de Barack Obama. Este presidente, de imagen impecable, dejó para la historia su Premio Nobel de la Paz concedido de manera preventiva y la eliminación del enemigo número uno de los Estados Unidos, Osama bin Laden. Finalmente, bin Laden fue capturado en una operación de comandos en Pakistán y eliminado de la manera más discreta posible, con su cuerpo entregado al mar para evitar que su tumba se convirtiera en un lugar de peregrinación. Una damnatio memoriae que incluyó la negación del «polvo al polvo»: sería el agua, y no la tierra, la que cumpliría el mandato de borrar su recuerdo.

Sin embargo, durante la presidencia de Obama, no se resolvieron varias cuestiones clave: ni la retirada de las tropas de Afganistán, ni el cierre de Guantánamo, ni la erradicación del terrorismo. Para colmo, en 2014, Putin anexó Crimea, repitiendo la estrategia que Hitler empleó en Austria en marzo de 1938. Un acto que parece calcado.

En estas elecciones se enfrentaron Donald Trump, conocido multimillonario hecho a sí mismo (Self-Made Man), y Hillary Diane Rodham Clinton, poderosa ex secretaria de Estado bajo la administración de Obama, senadora por el estado de Nueva York y esposa de Bill Clinton, marcada por el escándalo Lewinsky. La campaña fue feroz: Trump se enzarzó en una batalla constante contra las fake news y los medios «woke», mientras que Clinton contaba con el respaldo de casi todo el cosmos mediático, que cargaba duramente contra su oponente.

Durante estas elecciones se dio la paradoja entre los votos populares y los votos electorales: Clinton obtuvo casi tres millones de votos más que Trump, pero el Colegio Electoral otorgó la victoria al magnate. Esta presidencia estuvo marcada por el constante y agrio debate con los medios de comunicación, y por la exacerbación de la división en la sociedad estadounidense, más polarizada que nunca desde los tiempos de la guerra de Vietnam. Las grandes ciudades del Este y el Oeste apoyaban a Clinton y a la cultura «woke», mientras que la América profunda, agrícola, industrial y productora de empleo diario, respaldaba al multimillonario.

Trump se enfrentó abiertamente a China en la lucha por la hegemonía comercial global, y su lema «America First» fue el eje central de su campaña, buscando que las empresas invirtieran en territorio nacional en lugar de en el extranjero. En cuanto a su planteamiento de defensa global, desplazó el enfoque hacia el sudeste asiático y exigió a Europa un mayor compromiso con la OTAN, advirtiendo que, si los europeos no cumplían con su cuota en la defensa común, Estados Unidos no podría garantizar el apoyo pleno al que estaban acostumbrados.

El dispositivo global anti-Trump rindió frutos en la campaña de 2020, y el enfrentamiento total dentro de la sociedad estadounidense continuó sin freno. El resultado fue la elección de Joe Biden como el 46.º presidente de los Estados Unidos. Las controversias no tardaron en surgir. El asalto al Capitolio el 6 de enero de 2021 dejó imágenes inéditas para la historia de la mayor democracia del mundo civilizado, y Trump quedó debilitado, marcado como perdedor de unas elecciones que muchos consideran las más oscuras de los últimos 60 años, además de verse inmerso en un complejo calvario judicial.

La presidencia de Biden ha sido anodina, con una política exterior errática que no ha resuelto ninguno de los grandes problemas que afectan al mundo. En 2022, Putin invadió Ucrania, desatando una guerra de desgaste y destrucción masiva que ya se prolonga por casi tres años. Además, las acusaciones de corrupción contra Hunter Biden han añadido una sombra sobre la administración, ya que el tráfico de influencias parece no estar muy lejos de estos asuntos, implicando indirectamente al presidente.

Finalmente, las condiciones mentales de Biden han llevado a aconsejar su retirada de la campaña de reelección, y el Partido Demócrata ha optado por nombrar apresuradamente como candidata a Kamala Devi Harris, de 60 años, actual vicepresidenta de Estados Unidos.

En el mundo mediático y globalizado en el que vivimos, la actual campaña electoral, que concluirá con la votación del 5 de noviembre, ha estado marcada por la oposición masiva a Donald Trump por parte de los medios de comunicación, tanto dentro como fuera de Estados Unidos. Kamala Harris, la candidata demócrata, fue elegida apresuradamente en un movimiento rápido de su equipo para evitar la intromisión de los pesos pesados del partido. Sin embargo, según la opinión general, no es una buena candidata. Pero en la batalla contra Trump, todo parece ser válido, y los poderosos medios norteamericanos intentan presentar a Harris como una nueva Hillary Clinton. No obstante, mientras que la exsecretaria de Estado era una figura de peso, con una amplia experiencia y una preparación que la colocaban en un nivel político elevado, la vicepresidenta es percibida como una advenediza.

Harris, afroamericana de ascendencia india y de presencia física agraciada, ha construido su carrera política como parte de las iniciativas de “cuotas” que buscan promover a las mujeres en altos cargos durante el siglo XXI. Su trayectoria ha sido, en gran medida, simbólica, destinada a cubrir estas necesidades de representación más que a desarrollar un liderazgo contundente. Prácticamente inédita en su mandato como vicepresidenta junto a Biden, su presencia ha sido mayormente mediática y no política. El único debate que sostuvo contra Trump dejó en evidencia que es más prudente que permanezca en silencio, apareciendo en los medios, pero sin pronunciarse abiertamente sobre los grandes problemas.

La situación actual en el Próximo Oriente, con Israel inmerso en una campaña en Gaza y Líbano, y la amenaza constante de Irán, que presagia un posible enfrentamiento con los clérigos persas, exige mucha cautela por parte de la demócrata. Si gana las elecciones, ella y su equipo tendrán la responsabilidad de determinar el curso de acción de Estados Unidos, el «Gran Satán«, como lo denominan los enemigos irreconciliables de Israel.

Donald Trump sigue en su línea, confiado en ganar y recuperar la influencia de Estados Unidos en el escenario global. Los últimos cuatro años han desdibujado las posiciones occidentales, mientras que China, en asociación con Rusia, y la creciente influencia de los BRICS se han convertido en rivales temibles, tanto económica como geopolíticamente. Las encuestas muestran un empate técnico, y nuevamente los votos electorales de los estados clave serán decisivos en el resultado final.

El 13 de julio, Trump sufrió un atentado a tiros que estuvo a solo seis milímetros de costarle la vida, resultando herido en la oreja derecha, con un abundante sangrado que impresionó a los televidentes. A pesar de la gravedad del ataque, en el que hubo un muerto y varios heridos, los medios de comunicación minimizaron el incidente, comparándolo con el atentado que sufrió el presidente Kennedy el 22 de noviembre de 1963. Uno no puede evitar preguntarse cuál habría sido la reacción de los medios si la víctima hubiera sido Kamala Harris. Un segundo intento de atentado ocurrió el 15 de septiembre, mientras Trump jugaba al golf. Los asesinatos de John y Robert Kennedy han sobrevolado esta campaña, pero el sistema mediático norteamericano, dominado por magnates cercanos al Partido Demócrata y a los postulados «woke», ha hecho creer a la opinión pública que estos ataques son «normales» si se dirigen contra el candidato republicano, mientras que un atentado contra la candidata demócrata seguramente generaría una respuesta de gravedad inusitada.

Ha habido un tercer intento el día 13 de octubre. Un tal Vem Miller, de 49 años, con una escopeta cargada, una pistola y munición suficiente, y varios pases falsos para el mitin de Trump en Coachella, fue detenido con antelación.

En este contexto, la vida de Donald Trump parece tener poco valor, y haría bien en preocuparse por su seguridad. Esperemos que llegue con vida al día de las elecciones. A una semana de la votación, deseamos al pueblo norteamericano la mejor de las suertes en sus elecciones y que estas sirvan para unir a la nación. El mundo necesita un liderazgo fuerte y creíble, no un país debilitado por divisiones internas e inmerso en una crisis de toma de decisiones. Asimismo, deseamos que el proceso electoral sea limpio, libre de dudas y controversias al momento de contar las papeletas. Aunque los occidentales no votamos en las urnas de Estados Unidos, votamos con nuestros deseos y con el corazón.

Por Antonio Miguel Sánchez, psicólogo licenciado por la UNED, políglota y observador políticamente incorrecto durante los últimos 50 años

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