La evolución del ciberespacio ha transformado radicalmente las relaciones internacionales, las estructuras de poder y la seguridad global. La monografía ‘Geopolítica del Ciberespacio. Ciberinteligencia y Cibercriminología en la Sociedad Digital‘ (Tirant Editorial) explora las complejidades de la ciberinteligencia y la cibercriminología en un contexto internacional, analizando la interacción entre actores estatales, no estatales y corporativos en la nueva arena del ciberespacio. Lo hace de la mano de Abel González García, director del Departamento de Criminología de la Universidad a Distancia de Madrid (UDIMA).
‘Geopolítica del Ciberespacio’ es, por tanto, una invitación a comprender el siglo XXI desde su territorio más decisivo: el digital. En sus páginas, González García analiza cómo la inteligencia, el poder y el crimen se entrelazan en un nuevo orden mundial donde los algoritmos sustituyen a las armas y los datos son la materia prima del dominio. Con un enfoque riguroso y divulgativo, el autor combina la perspectiva de la criminología, la ciberinteligencia y la geopolítica para revelar las claves de una era en la que la soberanía, la seguridad y la ética se disputan cada bit. Un libro imprescindible para quienes desean anticipar los desafíos del futuro y entender por qué, hoy, quien controla el ciberespacio controla el mundo.
Al ser una herramienta tanto de desarrollo como de amenaza, se explica en la reseña editorial, el ciberespacio redefine las fronteras tradicionales y exige un análisis multidisciplinar que incluya la geopolítica, la defensa, la diplomacia y el crimen organizado. Esta obra busca ofrecer una perspectiva integral y contemporánea de los desafíos y oportunidades en el ciberespacio internacional y ofrece las claves para participar de ese debate con fundamentos sólidos, con marcos teóricos actualizados, con estudios de caso relevantes y con una visión que combina rigor académico con conciencia ética.
González es doctor en Criminología por la Universidad de Barcelona (Programa de Doctorado en Personalidad y Comportamiento. Sobresaliente Cum Laude), Máster en Criminología y Delincuencia Juvenil (Universidad de Castilla-La Mancha), licenciado en Criminología (Universidad de Alicante), Máster propio en prevención de la violencia de género y asistencia integral a las víctimas (Universidad Autónoma de Madrid y Universidad La Salle), Experto Universitario en Delincuencia Juvenil (Universidad Nacional de Educación a Distancia) y Experto Universitario en Seguridad (Universidad de Salamanca).
En tiempos de incertidumbre digital, esta obra es una brújula para navegar el presente y pensar el futuro. Con su autor conversamos en esta entrevista concedida a Delta13News.
Abel, ¿qué le ha llevado a escribir esta monografía sobre la evolución del ciberespacio y su impacto en las relaciones internacionales? ¿Hubo algún hecho o tendencia reciente que le hiciera ver la urgencia de abordar este tema?
La idea surge de una constatación: la transformación del poder global ya no se produce solo en los territorios físicos, sino en los espacios digitales. Durante años, los conflictos se libraron por el control de territorios, rutas o recursos; hoy, se disputan datos, algoritmos e infraestructuras críticas en ese poder mundial. La pandemia de COVID-19 y la guerra en Ucrania actuaron como catalizadores: ambas mostraron que la ciberdependencia es una vulnerabilidad estructural. Frente a ello, la comunidad internacional carece todavía de un marco de gobernanza global sólido. El libro pretende ofrecer una lectura criminológica, geopolítica y ética de esa transición.
En su libro plantea que el ciberespacio es al mismo tiempo una herramienta de desarrollo y una fuente de amenaza. ¿Cómo se equilibra esa dualidad desde la perspectiva de la seguridad global?
El ciberespacio representa una paradoja constante: cuanto más conectados estamos, más expuestos nos volvemos. La digitalización impulsa la innovación, la educación y la economía, pero también amplifica las posibilidades de manipulación, espionaje o sabotaje. El equilibrio solo puede alcanzarse desde una visión integral: invertir en ciberseguridad, pero también en educación digital, ética tecnológica y cooperación internacional. La seguridad global en el siglo XXI depende tanto de los firewalls como de la alfabetización digital de las personas.
Usted afirma que el ciberespacio ha redefinido las fronteras tradicionales del poder. ¿De qué manera los Estados están reconfigurando su influencia y su soberanía en este nuevo entorno digital?
Los Estados están redibujando su soberanía en tres dimensiones: infraestructural, cognitiva y normativa. En la primera, controlan cables submarinos, centros de datos o satélites, como extensión material del poder. En la segunda, buscan dominar la narrativa, la información y los flujos de datos, mediante desinformación o control algorítmico. En la tercera, intentan imponer su modelo regulatorio —como hace la Unión Europea con el RGPD o la AI Act— para proyectar su soberanía digital.
El poder ya no depende solo de la fuerza militar, sino de la capacidad para moldear el ecosistema de la información.
¿Podría darnos ejemplos concretos de cómo la competencia geopolítica, por ejemplo entre Estados Unidos, China, Rusia o la Unión Europea, se está trasladando al ámbito del ciberespacio?
Sí, y de forma cada vez más visible. Estados Unidos mantiene su hegemonía gracias al dominio corporativo de los grandes imperios digitales —Google, Apple, Meta, Microsoft— y a su arquitectura de inteligencia. China impulsa un modelo alternativo basado en la soberanía tecnológica y el control estatal, ejemplificado en la Great Firewall y en su expansión global a través de Huawei y la Nueva Ruta de la Seda Digital. Rusia, por su parte, ha convertido el ciberespacio en un instrumento híbrido de desestabilización, desde ataques a infraestructuras críticas hasta campañas de desinformación. Y la Unión Europea intenta articular un “tercer modelo”, centrado en la ética digital y los derechos fundamentales, aunque todavía carece de la capacidad industrial para competir de igual a igual.
¿Considera que estamos viviendo una nueva “Guerra Fría digital”? ¿O las dinámicas de cooperación e interdependencia tecnológica impiden que se dé una confrontación de ese tipo?
Estamos ante una “Guerra Fría Algorítmica”, más que una reedición del conflicto bipolar clásico. No existe una cortina de hierro (o piedra) física, sino una fragmentación digital en torno a valores, normas y arquitecturas tecnológicas: un internet libre frente a uno vigilado, una IA abierta frente a otra controlada por el Estado. La interdependencia tecnológica impide la ruptura total, pero aumenta la vulnerabilidad mutua. Lo inquietante es que la confrontación ya no requiere tanques ni misiles, sino líneas de código y manipulación de datos (y mentes).
En el libro analiza la interacción entre actores estatales, no estatales y corporativos. ¿Qué papel juegan las grandes empresas tecnológicas en la configuración del poder cibernético? ¿Tienen más influencia que algunos Estados?
Absolutamente. Las Big Tech son los nuevos actores cuasi-soberanos del sistema internacional. Poseen datos de miles de millones de personas, infraestructuras globales y capacidad de vigilancia superior a la de muchos gobiernos. En algunos casos, pueden decidir quién tiene acceso a la información, qué narrativas prevalecen y qué contenidos se censuran. En el libro utilizo la expresión “imperios digitales” para describir su poder: controlan territorio cognitivo y ejercen una gobernanza privada del ciberespacio. Su influencia ya supera la de muchos Estados medianos, y la cooperación público-privada se ha vuelto imprescindible para mantener la seguridad global.
De hecho, en el libro una tesis fundamental es cómo se configura el poder en el ciberespacio de los “Imperios Digitales” (Estados o grupos de Estados) y los “Imperios Tecnológicos” (las empresas9. Y ojo, que algunas de ellas ya tienen poder nuclear, porque algunas tendrán a su alcance reactores nucleares para el desarrollo de la IA (la energía necesaria para ser hegemónicos en este ámbito).
¿Cómo han evolucionado las prácticas de ciberinteligencia en los últimos años? ¿Estamos ante una democratización del espionaje digital, donde incluso actores pequeños pueden generar grandes impactos?
Efectivamente. La ciberinteligencia ya no es patrimonio exclusivo de las agencias estatales. Hoy, grupos hacktivistas, corporaciones privadas o incluso individuos con habilidades técnicas pueden desarrollar operaciones de impacto global.
El fenómeno se explica por tres factores. En primer lugar, por la accesibilidad de herramientas de hacking y análisis OSINT. Luego, la mercantilización de vulnerabilidades (el llamado cyber-mercado gris), seguido de la interconexión total de infraestructuras, que convierte cualquier sistema en potencial vector de ataque. Estamos ante una “inteligencia distribuida”, donde el riesgo proviene tanto de actores masivos como de nodos aparentemente insignificantes.
En el campo de la cibercriminología, ¿cuáles considera que son las principales amenazas que enfrentan hoy los Estados y los ciudadanos?
La amenaza más inmediata es la deshumanización del delito. Los ciberdelitos se ejecutan sin contacto directo con la víctima, lo que reduce la percepción moral de daño.
Entre las amenazas estructurales destacan el ransomware como arma económica y política; la ingeniería social avanzada, que explota la confianza y la emocionalidad humana; el ciberdelito económico y las estafas algorítmicas en plataformas digitales, y la inteligencia artificial criminal, capaz de automatizar el engaño o generar desinformación a escala. Desde la Criminología, debemos estudiar no solo la técnica, sino también la motivación y el contexto social que la facilita.
Usted menciona la necesidad de una “conciencia ética” en la gestión del ciberespacio. ¿Qué principios éticos deberían guiar el desarrollo tecnológico y las estrategias de ciberdefensa en este nuevo escenario?
Propongo tres principios fundamentales: Responsabilidad tecnológica, que implica anticipar los efectos sociales y criminógenos de cada innovación; Transparencia algorítmica, como base para la rendición de cuentas en sistemas automatizados; y Equidad digital, entendida como garantía de acceso justo y protección frente a la exclusión o la manipulación. El progreso tecnológico no puede medirse solo en términos de eficiencia, sino también de justicia. La ética debe ser el nuevo “firewall” de la humanidad.
Por último, si tuviera que definir una hoja de ruta para el futuro de la gobernanza del ciberespacio, ¿qué elementos serían imprescindibles para garantizar un entorno seguro, libre y equitativo a nivel internacional?
Necesitamos un Pacto Digital Global, con cuatro ejes estratégicos. El primero, normas internacionales vinculantes sobre ciberconflictos y ciberarmas, actualizando el espíritu del Convenio de Budapest. En segundo lugar, un sistema de gobernanza multiactor, donde participen Estados, empresas y sociedad civil. El tercero sería educación digital y ciberresiliencia ciudadana, como escudo frente a la manipulación y la ciberviolencia. Por último, un marco ético-jurídico universal, que sitúe al ser humano —no al algoritmo— en el centro del desarrollo tecnológico. El futuro de la geopolítica será digital, pero aún estamos a tiempo de decidir si también será humano.



